Por Herbet Ibarra

Llegamos temprano al bar. Comenzamos con unas botanas y un par de caguamas Indio. Nos pusimos al corriente como cada semana. ¿Qué tal el trabajo?, ¿Y tu niño?, ¿Otra caguama? Las chavas llegarían tarde como siempre, una media hora, chance un poco más. La azotea del bar estaba repleta de tunantes distribuidos según el número de mesitas de Coca-Cola. En los rincones se apilaban sillas rotas, baldes y tablas de madera. El borde estaba adornado de macetas hechizas con botes de yogurt y mantequilla.

-¿Qu’ionda locos?- La sonrisa de Adriana se le adelantaba. Seguida por abrazos y besos en la mejilla.

-Siéntate morra, ahorita pedimos más cheves.

Las caguamas llegaban estratégicamente de tres en tres, para después ser vaciadas en vasitos rojos desechables. Estábamos felices de poder tomar juntos, hacía un par de meses que no nos podíamos ver los cuatro.

-La semana pasada hubo redada, locos. Se llevaron al Marquillos y a su novio; les bajaron una feria y todavía alcanzaron coscorrones.

-No mames, Adriana, si hasta subieron fotos bien abrazaditos con unos cholos.

-Pues yo creo se cotorrearon, ¿no?

-Y eso, ¿cuándo fue?

-Hace dos semanas, al bato le tuve que prestar dos mil pesos pa’ sacarlo.

-Entonces la feria te la bajaron a ti, morra, ese bato qué chingaos te va a pagar.

-Y ya se regresó a Matamoros, ¿o era Reynosa?

-Reynosa güey, pues vamos a caerle, ¿no? No vaya a ser el diablo y regre…

Al sonido de la puerta le siguió un barullo general. Nos asomamos por la barandilla de la azotea, hacia abajo, a la entrada principal. Ya pudimos ver los destellos rojos y azules.

-No mames, ya ves por burlarnos, güey.

-Deja veo qué pedo.

Bajé las escaleras mareado y vigorizado por el alcohol. Me acerqué a la barra, pero Don Chucho no estaba, atravesé la pista y salí por el pasillo. A la entrada estaban cuatro uniformados con las macanas en las manos. Una pared liderada por Don Chucho y un par de sus más fieles y fornidos clientes contenían a los azulados oficiales del orden. Me acerqué y pregunté en voz alta:¿qué pasó?”. Un policía alargó la mano y me empujó levemente el hombro.

-Ey cálmala, no pasa nada.

De nuevo me empujó y por reflejo le hice la mano a un lado. Me miró con el ceño fruncido y las voces se elevaron al tiempo que se acercaba a mí.

-Oficial no pasa na…

Sentí toda fuerza huir de mí en una sola exhalación. Una rodilla al suelo, una mano al estómago y al ver el piso tan cerca decidí arrastrarme de regreso por el pasillo. Un gordo sudoroso se acercó a mí y me tomó de la axila, me levantó. Miré hacia las escaleras y allí estaban los tres viéndome, serios y confundidos.

Babeando y con piernas de cordero me les acerqué balbuceando algo así como “vámonos a la verga”. Afortunadamente, Adriana recordó la puertita detrás de la barra. Nos acercamos. Aldo me apoyó contra la pared mientras abría su mochila y se acercaba a la hielera. En media fuga el cabrón se robó unas chelas. Bien hecho. Escapamos del bar tropezando. La diminuta salida trasera no era usada con frecuencia, Aldo la pateó tres veces antes de poder abrirla. Las chicas me sostenían mientras gritaba “¡Cerdos, puercos azules que nos comen por dentro!”, un cliché andando. Dentro, los polis enfilaban a las rockeras obesas y a sus novios greñudos. Panzones de bigote y playeras de Transmetal y Iron Maiden. Los polis reían mientras se pasaban el churro y las guamas. Nosotros salimos volando. Llegamos a un callejón cerrado, rodeado por locales abandonados y tiraderos inundados por las ratas. Y apenas era lunes.

Comments

comments