Por Kaizer Cantú

El Sargento 777 y la pequeña Rosario caminan de la mano flanqueados por dos hileras firmes de bomberos portando sus impecables uniformes de gala. Una multitud observa desde el primer plano cómo se vuelven cada vez más pequeñitos en su caminata hacia el fondo del cuadro. Aparece la palabra “FIN” escrita en gruesa tipografía blanca.

Las tres letras permanecen flotando justo en medio de la pantalla hasta que la imagen entera se apaga. Brillan un par de letreros más en servicio y honor de los productores y distribuidores del filme. Después, ahora sí, la imagen se apaga.

Alguien enciende las luces, la pan talla vuelve al tono gris blanquecino. El público abandona sus asientos y busca los escalones hacia la planta baja. Para algunos el descenso será un poco más tardado: cuatro niveles de escalinatas en zigzag. Cuando la silueta del último cinéfilo atraviesa el umbral de la sala, la titánica pantalla se queda sola, encarando hileras e hileras de butacas vacías. Será hasta la próxima función.

Un riachuelo de personas fluye bajo la marquesina. En ésta se lee “Cine Monterrey”, y más a la derecha “El bombero atómico, con Mario Moreno Cantinflas”, segunda función del día. Es domingo, el cine prepara una tercera. Mientras espera una nueva oleada para la cual apagar sus luces y encender la pantalla, el edificio eleva orgulloso su arquitectura de corte streamline por encima de las demás estructuras en la acera. Cinco líneas verticales al costado pronuncian los cuatro pisos de altura, seis horizontales crean la sensación de movimiento en la esquina curveada de cara a la Alameda Mariano Escobedo; un ventanal interrumpe la pared de hormigón gris y deja entrever el contorno de las escalinatas; para re- matar, el muro despliega un estrecho rectángulo que apunta al cielo y dice con trazos puntiagudos “Monterrey”. La tarde es alegre, elegante.

Pero todo aquello pertenece a las hemerotecas, los archivos fotográficos y el recuerdo. Algunos intentarán devolver vida a las imágenes hojeando los libros o rememorando en una banca de piedra. El Cine Monterrey abrió sus puertas en 1947 y rodó los créditos por última vez en 1990. ¿Qué pensaría el arquitecto Lisandro Peña al ver su obra fosilizada en tan poco tiempo?

Dicen quienes lo vieron que el Cine Monterrey no ha cambiado tanto, que si uno ignora el grafiti, la marquesina descarapelada y las ventanas rotas, la fachada y los colores son esencialmente los mismos que hace 60 años: los contornos del edificio siguen imponiendo, las escaleras todavía se distinguen a través del ventanal (no obstante el polvo), las líneas paralelas continúan su ilusión de movimiento veloz. La diferencia innegable es que el cine está muerto; las funciones cesaron hace más de dos décadas.

Ahora es una curiosidad arquitectónica que se manifiesta si uno eleva la mirada en el cruce de Aramberri con José Marroquín Leal, pues pasar con los ojos a nivel de la calle devela apenas algo parecido a un bodegón clausurado. Ya ni hay pantalla. Desapareció con la parte posterior del edificio, arrancada de un bocado por un animal in- distinguible. La reemplaza un estacionamiento pequeño desde el cual es casi inevitable notar las entrañas abiertas de lo que fue una esplendorosa sala de espectáculos. Un cartel de la aventura fílmica de Bronco cuelga sobre uno de los flancos, recuerdo opaco de las últimas batallas.

El Cine Monterrey corresponde a una extensa tradición regiomontana de salas cinematográficas moribundas o por completo aniquiladas. La lista es larguísima: Lírico, Buñuel, Teresa Montoya, Reforma, Cometa, Encanto, Aracely, Elizondo, etc. (A este último se le recuerda con particular apego por el fuego de sus colores y la majestuosa iconografía de castillo chino.) Todos han caído por razones tan diversas como el progreso de nuevos proyectos, las llamas o incluso simple abandono. Los más afortunados respiran funcionando como salas pornográficas; de los menos no queda ni el escombro.

El Cine Monterrey continúa oficialmente muerto de lunes a jueves. Los viernes por la tarde llegan camionetas y carretones a colocar toldos y mesas. Lo que resta del fin de semana pertenece a los vendedores ambulantes. Instalan su mercancía entre las ruinas de la planta baja, rodeados de verde carcomido y peldaños cuarteados. La multitud ronda una vez más la antesala del edificio; no como antes, pero ahí está.

Regatean el precio de ropa y electrónicos, huelen el aceite que dora las tortillas, comen en mesas de plástico rojo. Por encima de los vivos flotan tres niveles de pura ausencia.

Llega el lunes. Los barrotes cubren de nuevo las entradas. Alcanzan a verse sillas de aluminio y maniquíes desnudos de cara al suelo. El cine vuelve a ser el despojo de una generación prometedora mutilada por el progreso desenfrenado, progreso que en su marcha acelerada pierde de vista sus pasos en los brillos del horizonte a sus espaldas. Con suerte, el Cine Monterrey superará la incertidumbre del recuerdo nublado por las décadas apresuradas.

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