¿Es peligroso ser novelista?

Por Anthony Burgess

Ha pasado ya un año desde la declaración de la fetúa contra Salman Rushdie realizada por el posteriormente fallecido ayatolá Jomeini. No creo que Rushdie sea el único autor cuya vida haya sido amenazada, pero, sin duda, es el primero del mundo occidental, tradicionalmente cristiano, que recibe una sentencia oficial de muerte por parte del líder de una religión extranjera. Como musulmán renegado que es, al señor Rushdie se le podría comparar con los renegados cristianos, que constituyen una mayoría entre nuestros ciudadanos. Me refiero a que acepta una libertad de elección moral que podría considerarse de herencia cristiana. Puede escribir y publicar lo que desee, un derecho que no permite el islam. Los musulmanes que viven en el Reino Unido se equivocan al negar ese derecho. En mi opinión, esto es algo en lo que generalmente están de acuerdo todos aquellos que no comparten esa fe.

A finales de este mes se representará en el Barbican una versión adaptada para el teatro de mi novela La naranja mecánica. Desde que en 1962 se publicara el trabajo por primera vez, he recibido amenazas —por correo o telefónicas— de personas ofendidas que me acusaban de haber pecado contra la Luz por haber mostrado a la humanidad tal y como ésta es: gratuitamente agresiva y difícil de redimir del pecado original. Las amenazas aumentaron con el estreno de la película basada en el libro, e iban dirigidas tanto a la persona del director de la misma, Stanley Kubrick, como a mí mismo. Parece ser que Kubrick ha retirado la película de este país porque está cansado, y posiblemente inquieto, ante tales amenazas. Los agraviados, que en mi caso incluyeron a un enloquecido evangelista aficionado con una pistola y a un indio algonquino con hacha de guerra, coincidían en que ninguno de ellos había comprendido de qué trataba el libro o la película. Con la aparición de la versión teatral posiblemente se reavive esta incomprensión, que permanece aletargada por el momento. Supongo que las amenazas se renovarán. Al igual que Rushdie, aunque por diferentes razones, en la actualidad me encuentro incomunicado. En general, no creo que la mayoría de las amenazas se lleven a la práctica, dado que el agravio moral puede ser satisfactorio por sí mismo. Pero la fetúa de Rushdie se deriva de la creencia religiosa, y eso es siempre peligroso.

John Le Carré, escritor de novelas de espionaje, declaró, acertadamente en mi opinión, que Rushdie es una víctima, pero no un héroe. Se le podría considerar un héroe si Los versos satánicos propusieran una forma de trabajo didáctico y no amparado, por tanto, exclusivamente en la ficción, la inculcación de una mayor humanidad y tolerancia en las doctrinas del islam. Por el contrario, fue vilipendiado y amenazado injustamente por fanáticos que habían meditado sobre sus palabras y las habían rechazado. Pero los que le acusaban no habían leído su libro —una situación cómica que no tiene ninguna gracia— y el propio Rushdie ha escrito una fantasía satírica que no nos enseña nada. Él, al igual que muchos de nosotros, ha descubierto en la libre expresión algo bueno en su esencia, al margen del contenido.

Hace algunos años, el poeta James Kirkup escribió un poema en el que un centurión romano contemplaba el cuerpo crucificado de Cristo como un objeto sexual; a consecuencia de ello fue juzgado y castigado. Hasta cierto punto se podía justificar la injuria a la religión porque el poema, además de irrespetuoso, carecía de relevancia respecto al verdadero significado del sacrificio cristiano. Los lectores no sólo se sintieron ofendidos porque se vieran obligados a recapacitar sobre su fe, sino debido a que aquella frivolidad homosexual les produjo una conmoción intempestiva. Un poema o una historia en la que los seguidores de Cristo bebieran su orina y comieran sus heces, o un poema o historia en la que alguien fuera injuriado por escribir un poema o relato sobre semejante barbaridad, ofendería aún más.

En los juicios por delitos criminales se considera importante el móvil. En los trabajos literarios, el impacto lo es todo. Rushdie ofende con el sueño de un personaje inventado. Si yo escribo: “Ahmad dijo que Mahoma era un borracho fornicador inspirado por el demonio”, el lector musulmán no culpará al ficticio Ahmad, sino al creador de dicha ficción.

Los novelistas, los poetas y los dramaturgos se encuentran siempre en una situación incómoda. Si crean personajes malvados, los lectores o espectadores ingenuos creen que la maldad está en el alma del autor y no en su imaginación. Por tanto, Shakespeare es Otelo, Yago, Ricardo II y Caliban. Conviene olvidar que también es Próspero y, por la misma razón, Miranda. La gente, en general, tiene un poderoso olfato para lo diabólico; la bondad no es tan emocionante. A menudo, lo que se denomina un libro sucio es aquel en el cual la suciedad se expone y castiga. Incluso un autor musulmán está en su derecho de divulgar shaitans y afrits que escupen en la verdadera fe.

De hecho, existen esos autores, pero, de un modo injusto, a Salman Rushdie se le considera el único. Bueno, no exactamente. Hace muchos años, D. J. Enright escribió una novela en la que un personaje, un egipcio, recuerdo, afirmaba que en todos los libros había afrits. Entonces, ¿en el Corán?, preguntó alguien. ¡Ah! El Corán no es un libro. Sería una descortesía atribuir semejante confusión de ideas a la hermandad de Bradford, pero antes de condenar un libro los detractores deberían considerar qué es exactamente un libro.

Tenemos musulmanes viviendo entre nosotros. Le compré esta máquina de escribir de segunda mano a un musulmán, y el puro que me estoy fumando proviene de un estanco musulmán; también el papel sobre el que estoy escribiendo y mi paquetito de tipp-ex. Por lo que veo, estoy dando a entender que los musulmanes británicos son ellos, los otros, mientras que los demás son una especie de liberales medio cristianos. Tener una dicotomía de creencias y culturas en un país no es cosa buena. “Nosotros” debería significar todos los súbditos de la reina, o de la señora Thatcher. Mi propia fe heredada, que es la católica irlandesa de Lancashire, en su día perteneció a ellos (antes de Enrique VIII fue el atributo de un nosotros). Sufrió, pero en la actualidad está aceptada como una rama legítima, aunque algo exótica, del cristianismo británico. El islam, claro está, nunca podría llegar a serlo. Su exotismo es irredimible, y sus dogmas —el rukun islam—, irreconciliables tanto con el cristianismo como con el judaísmo. Exige derechos que, en su mayoría están genialmente otorgados, pero ahora pretende lograr un privilegio muy concreto: decidir qué libros no deben ser publicados, lo cual ataca a una tradición de tolerancia conseguida a duras penas. Aunque la discreción prohíbe manifestarlo demasiado libremente, no nos cabe duda de que los musulmanes creen haber llegado a la revelación religiosa final, y que tanto el cristianismo como el judaísmo no son más que agrupaciones inferiores en comparación con la fe islámica. Cuando uno piensa que tiene el monopolio de la verdad, apenas queda lugar para la tolerancia.

Es cierto que el deseo de prohibir una edición rústica de Penguin tiene una resonancia mucho mayor que el hecho de consultar con las sensibilidades de una minoría. Nos dicen que ahora el comunismo ha muerto en Europa, y todo Occidente se siente perdido sin una guerra fría. Ya no existe el dualismo político, de modo que, según parece, tiene que haber un dualismo religioso. Sólo el islam representa una oposición violenta para los valores de Occidente. Puede disfrazarse de nacionalismo, como ha sucedido en el flanco sur de la Unión Soviética, pero la mano que no sostiene la bandera es porque agita la cimitarra. La situación en el Reino Unido nunca irá más allá de la quema de libros y de los insultos en la mezquita y en la calle donde ésta se encuentre. El denominado Estado cristiano está a salvo, pero el musulmán, que con razón reivindica protección por parte de éste, no lo está. De todos modos, una minoría islámica es una especie de anomalía, dado que las aspiraciones de la fe sólo pueden alcanzarse en una teocracia. Gibbon se dio cuenta de que los árabes que atravesaban el Loira podrían llegar al Támesis sin dificultad alguna. G. K. Chesterton describía un Estado británico musulmán de pesadilla en La hostería volante, hace 90 años. La luna creciente nunca presidirá los consejos de ministros del gobierno británico, pero los apóstatas musulmanes librepensadores, como el señor Rushdie, siempre estarán en peligro. Con ello, los musulmanes ya han conseguido bastante.

Quizás el señor Ruslidie, conociendo el carácter de sus correligionarios, tendría que haber sido más discreto. Esto es fácil de decir. Los escritores como yo son demasiado tímidos para ofender con la blasfemia (aunque al traducir algunos de los sonetos de G. Giuseppe Bolli me han acusado de ello), y la discreción ha dañado algunas veces nuestro arte. Rushdie, en términos de su propio arte, no ha hecho nada malo, excepto el haberse colocado en una postura sensacionalista que oscurece sus verdaderos logros.

Ha transcurrido un año desde que se convirtiera en un hombre perseguido, y un año es demasiado tiempo. Los musulmanes a los que no les guste la obra del escritor no necesitan leerla (de todos modos, no lo hacen). Los musulmanes que desaprueban nuestra sociedad tolerante son libres de marcharse. Pero parecen estar aquí no sólo por el simple hecho de ganarse la vida en paz, sino para insultar a los infieles que viven cerca de ellos.

Hay una guerra santa en marcha. Es algo intolerable. El señor Rushdie debe tener la libertad de andar por las calles de su país adoptivo mucho antes de que se celebre otro aniversario de la fetúa.

*Texto publicado en El País (FEB 20, 1992). Traducción de Carmen Viamonte.

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