Hay tipos extraños en el hipódromo, por supuesto. Hay un individuo que va casi todos los días. Nunca parece ganar una apuesta. Después de cada carrera, desconsolado, la emprende a gritos contra el caballo ganador. “¡ES UN PEDAZO DE MIERDA!”, dice a gritos. Y luego sigue gritando, diciendo que el caballo no debería haber ganado. Se tira sus buenos 5 minutos así. Muchas veces las apuestas del caballo están 5 a 2 y 3 a 1, o 7 a 2. Un caballo así debería tener posibilidades, o no tendría tantos puntos a su favor. Pero este señor no se aclara. Y como pierda una carrera en la photo finish, entonces la arma de verdad. «¡ME CAGO EN DIOS! ¡NO ME PUEDE HACER ESTO!». Consigo entender por qué no le prohíben la entrada al hipódromo.

—Oye, ¿cómo se lo monta el tío ese? —le pregunté a otro tipo una vez. Le había visto hablar con el otro a veces.

—Pide dinero prestado —me dijo—. Encuentra a otros. ¿Sabes cuál es su expresión favorita?

—No.

—¿“A qué hora abre el banco por la mañana”?

Supongo que lo único que quiere es estar en el hipódromo, de alguna manera; simplemente estar allí. Significa algo para él, aunque siga perdiendo. Es un sitio donde estar. Un sueño loco. Pero es aburrido estar allí. Un lugar que te aturde. Todos pensando que sólo ellos conocen el secreto. Estúpidos egos perdidos. Yo soy uno de ésos. Sólo que para mí es un pasatiempo. Creo. Espero. Pero hay algo allí, aunque sea en un corto espacio de tiempo, muy corto; un fogonazo, como cuando mi caballo entra en la recta final y lo consigue. Lo veo ocurrir. Hay un subidón, una elevación. La vida casi resulta razonable cuando los caballos cumplen tus deseos. Pero los espacios que quedan en medio son muy planos. Gente pululando. La mayoría de ellos perdedores. Empiezan a secarse como el polvo. Chupados hasta quedar secos. Y, sin embargo, cuando me obligo a quedarme en casa empiezo a sentirme muy apático, enfermo, inútil. Es extraño. Las noches siempre están bien; por las noches tecleo. Pero los días hay que quitárselos de encima. Yo también estoy enfermo, de alguna manera. No me enfrento a la realidad. Pero ¿quién demonios quiere hacerlo?

Me recuerda la época en que me metía en un bar de Filadelfia desde las 5 de la mañana hasta las 2 de la mañana del día siguiente. Parecía el único sitio en el que podía estar. Muchas veces ni me acordaba de haberme marchado a la pensión y haber vuelto. Me daba la impresión de estar siempre en aquel taburete. Estaba evadiéndome de las realidades, no me gustaban.

Puede que el hipódromo sea para este individuo lo que el bar era para mí.

Muy bien, decidme algo útil. ¿Ser abogado? ¿Médico? ¿Congresista? Eso es una mierda también. Ellos creen que no es una mierda, pero sí lo es. Están atrapados en un sistema y no pueden escapar. Y casi nadie es demasiado bueno en lo que hace. No importa, se sienten seguros en su crisálida.

Un día las cosas se pusieron medio raras por allí. Hablo del hipódromo otra vez.

El loco gritón estaba allí, como de costumbre. Pero había otro individuo, y se veía que le pasaba algo en los ojos. Tenía una mirada de ira. Estaba cerca del Gritón, escuchando. Luego escuchó las previsiones del Gritón para la siguiente carrera. Eso al Gritón se le daba bien. Y por los visto Ojos Iracundos estaba apostando a los caballos que decía el Gritón.

Fue pasando el día. Yo salía del servicio cuando lo vi y lo oí. Ojos Iracundos le estaba chillando al Gritón. “¡Maldita sea! ¡Cállate! ¡Te voy a matar!” el Gritón le dio la espalda y se marchó diciendo “Por favor… Por favor…”, con un tono de hastío y repugnancia. Ojos Iracundos lo siguió: “¡HIJO DE PUTA! ¡TE VOY A MATAR!”.

Llegaron los de Seguridad e interceptaron a Ojos Iracundos, y se lo llevaron. Evidentemente, la muerte en el hipódromo no es algo que se deba tolerar.

Pobre Gritón. Estuvo callado el resto del día. Pero se quedó hasta que acabaron las carreras. El juego, por supuesto, te puede devorar vivo.

Tuve una novia una vez que me decía: «Estás realmente mal, será mejor que vayas a Alcohólicos Anónimos y a Jugadores Anónimos a la vez». Pero en realidad no le importaba ninguna de esas cosas, a menos que interfirieran con los ejercicios de cama. Entonces no las podía soportar.

Recuerdo a un amigo mío que era jugador empedernido. Una vez me dijo: «no me importa si gano o pierdo; yo lo que quiero es apostar».

Yo no soy así, he estado demasiadas veces en la calle del Hambre. No tener nada de dinero sólo tiene un ligerísimo tinte de Romanticismo cuando eres muy joven.

En fin, el Gritón estaba allí otra vez al día siguiente. Misma historia: emprendiéndola contra los resultados de cada carrera. Es un genio, en cierta manera, porque nunca escoge un ganador. Pensadlo. Es algo muy difícil de hacer. Quiero decir, aunque no sepas nada de nada, puedes elegir simplemente un número, cualquier número, digamos que un 3. Puedes apostar al 3 durante 2 o 3 días, y al final te tiene que acabar saliendo un ganador. Pero no a este hombre. Es un prodigio. Lo sabe todo de los caballos, los tiempos fraccionados, las variantes entre hipódromos, el ritmo, las categorías, etc., pero aun así no escoge más que perdedores. Pensadlo. Y luego olvidadlo, o acabará volviéndoos locos.

Yo he recogido 275 dólares hoy. Empecé a apostar a los caballos tarde, a los 35 años. Llevo 36 años en ello y calculo que me siguen debiendo 5 mil dólares. Si los dioses me conceden 8 o 9 años más, puede que cuando muera haya conseguido equilibrar la balanza.

Y ése es un objetivo digno de perseguir, ¿no os parece?

¿Eh?

Por Charles Bukowski

*Fragmento de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998).

Comments

comments