¿A qué se atiene la esposa de un piloto aviador?

Por Tom Wolfe

En cinco o diez minutos, no más, tres de las otras la habían llamado por teléfono para preguntarle si había oído decir algo sobre lo que había pasado allá afuera.

—Jane, soy Alice. Escucha, Betty me acaba de llamar y me dijo que había oído decir que había pasado algo allá afuera. ¿Tú has oído decir algo?.

Esa fue la manera en que lo expresaron llamada tras llamada. Ella cogió el teléfono y empezó a transmitirles el mismo mensaje a algunas de las otras.

—Connie, soy Jane Conrad. Alice me acaba de llamar y dice que algo pasó…

Algo era parte de la jerga de las esposas de los oficiales para tantear el tema a ciegas. Como apenas tenía 21 años y era nueva allí, Jane Conrad sabía muy poco sobre este tema en particular, puesto que nadie ni siquiera hablaba sobre él. ¡Pero el día era joven! ¡Y qué decorado el que la rodeaba para su inminente instrucción! ¡Y qué aspecto el que ella misma tenía!

Jane era alta y esbelta, con abundante pelo castaño y los pómulos salientes y grandes ojos partos. Se parecía un poco a la actriz Jean Simmons. Su padre era un ranchero del sureste de Texas. Había ido a la universidad en el este, a Bryn Mawr, y había conocido a Pete, su esposo, en una fiesta de presentación en sociedad en el club Gulf Mill de Philadelphia, cuando él estaba en su último año en Princeton.

Pete era un muchacho bajito, nervioso y rubio que bromeaba mucho. En cualquier momento se podía abrir en su cara una desbordante sonrisa que revelaba el boquete entre sus dientes delanteros. Tenía el perfil de muchacho montañés, pero montañés en el círculo de las jovencitas de sociedad. Rezumaba energía, autoconfianza, ambición, joie de vivre.

Jene y Pete se había casado dos días después de graduarse él en Princeton. Y hoy, aquí en Florida, en Jacksonville, en el pacífico año de 1955, el sol brilla afuera entre los pinos, y hasta el mismo aire asume los destellos del océano. El océano y una playa grande y blanca como mica a menos de una milla. Cualquiera que pase un auto verá la pequeña casa de Jane reluciendo como una casa de ensueño entre los pinos. Es una casa de ladrillo, pero Jane y Pete pintaron de blanco los ladrillos, así que relumbra bajo el sol contra una gran cortina de pinos con miles de pequeños espacios por donde el sol se asoma. Pintaron los postigos de negro, lo que hace que las paredes blancas brillen más aún. La casa sólo tiene mil 100 pies cuadrados de piso, pero Jane y Pete la diseñaron ellos mismos y eso más que compensa el tamaño. Un amigo suyo construyó y les dio todas las facilidades posibles, de manera que sólo costó 11 mil dólares.

Afuera brilla el sol, y adentro la fiebre sube minuto a minuto a medida que cinco, diez, quince y finalmente casi todas las veinte esposas se unen al circuito, tratando de averiguar lo que ha pasado, que en realidad significa lo que les ha pasado a sus esposos. Después de 30 minutos de estos circuitos —que por aquí no son nada raros cualquier mañana—, la esposa empieza a sentir que el teléfono ya no está en la mesa o en la pared de la cocina. Explota en su plexo solar.

El protocolo sobre este punto es estricto, aunque no esté escrito en ninguna parte. Se supone que ninguna mujer debe dar la noticia final, y ciertamente no por teléfono. ¡No se debe meter la pata! (Es la idea.) No, un hombre debe traer la noticia cuando llegue el momento, un hombre con alguna autoridad oficial o moral, un religioso o un compañero del recién fallecido. Además, debe dar la noticia en persona. Deberá presentarse ante la puerta principal, tocar el timbre y quedarse allí como un pilar de serenidad y competencia, portando la mala noticia entre hielo, como un pescado. Por lo tanto, todas las llamadas de las esposas eran, se podría decir, como los frenéticos y ominosos aletazos de las alas de los ángeles de la muerte.

Cuando la noticia finalmente llegara, habría un timbrazo en la puerta principal —una esposa en esta situación se encuentra contemplando la puerta principal como si ya no fuera suya o no pudiera controlarla—, y ante la puerta estaría un hombre… para informarle que desafortunadamente algo había sucedido allá afuera, y que el cadáver de su esposo ahora yacía incinerado en los pantanos o entre los pinos o sobre la hierba. “En un estado irreconocible”, lo que cualquiera que hubiera pasado en una base aérea el tiempo suficiente (afortunadamente no era éste el caso de Jane) sabía que se trataba de un artificioso eufemismo para describir un cuerpo humano que ahora parecía una enorme ave quemada en el horno, de un pardo negruzco por todas partes, grasoso y ampollado, frito, en una palabra, consumidos no sólo el rostro y el pelo y las orejas, para no mencionar la ropa, sino también las manos y los pies, con lo que les queda de brazos y piernas doblado en las rodillas y los codos y abrasados en ángulos absolutamente rígidos, chicharras grasosas, paradas y negruzcas como el mismo cuerpo a punto de reventar, de modo que el esposo, el padre, el oficial, el caballero, el ornamentum de alguna madre, su majestad el Bebé de hace sólo unos 20 años, ha sido reducido a un armazón tostado del que salen alas y zancas.

Mi propio marido —¿cómo podía ser que estuvieran hablando sobre esto? —. Jane había oído a los jóvenes, incluido Pete, hablando sobre otros jóvenes que “la habían comprado” o “taladrado” o “aplastado”, pero nunca ninguno que conocieran, nadie del escuadrón. Y en cualquier caso, la forma en que hablaban sobre el caso, con términos tan ligeros y coloquiales, era la misma que usaban para hablar de deportes. Era como si estuvieran diciendo: “Lo pusieron out robándose la segunda base”. ¡Y eso era todo! Ni una palabra, ni impresa ni dicha —ni siquiera en este lenguaje amputado— sobre un cadáver incinerado del que se había esfumado en un instante el espíritu de un joven, del que todas las sonrisas, los gestos, los humores, las preocupaciones, la risa, los ardides, las sacudidas de hombros, la ternura y las miradas amorosas —¡tú, mi amor! — han desaparecido como un suspiro mientras el terror consume una cabaña en el bosque y una joven ardiendo en fiebre espera la confirmación de ser la nueva viuda del día.

La siguiente serie de llamadas aumentó enormemente la posibilidad de que fuera a Pete a quien algo le había pasado. No había sino 20 hombres en el escuadrón, y pronto ya se sabía de 9 o 10…. por los aleteantes informes de los ángeles de la muerte. Al saber que se decía que un accidente había ocurrido, los esposos que tenían un teléfono a mano estaban llamando a sus casas para decir que no me pasó a mí. Esta noticia, por supuesto, alimentaba la fiebre de inmediato. El teléfono de Jane timbraba una vez más, y una de las esposas decía:

—A Nancy la acaba de llamar Jack. Está en el escuadrón y dice que algo pasó, pero que no sabe qué. Dijo que había visto despegar a Frank D. hace unos diez minutos con Greg detrás, así que ellos están bien. ¿Qué has oído decir tú?

Pero Jane no había oído decir nada fuera de que otros maridos, no el suyo, estaban seguros y presentes. Y así, en un soleado día en Florida, en las afueras de la Estación Naval Aérea de Jacksonville, en una pequeña cabaña blanca, una auténtica casa de ensueño, otra bella y joven mujer estaba a punto de ser información sobre el quid pro quo del tipo de trabajo de su marido del trueque, se podría decir, de los incisos de un contrato no escrito en una forma visible. Con tanta seguridad como si tuviera toda la planilla ante los ojos. Jane se dio cuenta ahora de que sólo dos de los hombres del escuadrón no se habían presentado. Uno era un piloto llamado Bob Jennings; el otro era Pete. Cogió el teléfono e hizo algo muy mal visto en un momento de emergencia: llamó a la oficina del escuadrón. Respondió el oficial de servicio.

—Quiero hablar con el teniente Conrad —dijo Jane—. Es la señora Conrad.

—Lo siento —dijo el oficial de servicio, y luego se le quebró la voz—. Lo siento… Yo… —¡No podía encontrar las palabras! Estaba a punto de llorar—. Yo lo… Es decir… Quiero decir… que no puede pasar al teléfono.

¡No puede pasar al teléfono!

—Es muy importante —dijo Jane.

—Lo siento… es imposible..

El oficial de servicio difícilmente podía formular las palabras porque estaba demasiado ocupado conteniendo los sollozos. ¡Sollozos!

—¡No puede pasar al teléfono!

—¿Por qué no? ¿Dónde está?

—Lo siento… —más sollozos, jadeos, resuellos ahogados—. No le puedo decir…. ¡Ahora debo colgar!

Y la voz del oficial de servicio desapareció bajo un gran oleaje de emoción, y colgó.

¡El oficial de servicio! ¡El sonido mismo de la voz de Jane era más de lo que podía soportar!

El mundo se congeló, se coaguló en ese momento. Jane ya no podía calcular el tiempo que pasaría antes de que sonara el timbre de la puerta principal y apareciera una figura competente y carilarga, algún amigo de las viudas y los huérfanos, que le informaría, oficialmente, que Pete había muerto.

***

Aún en medio de este pantano, esta marisma podrida de troncos de pino, esta capa aceitosa de escoria, de ajadas enredaderas temblorosas y huevos de mosquito; aún en este sumidero putrefacto, el olor de lo “quemado hasta ser irreconocible” arrasaba con todos los demás.

Cuando explota el combustible de un avión, crea un calor tan intenso que todo salvo los metales más duros no sólo se quema —todo lo de caucho, plástico, celuloide, madera, cuero, tela, carne, cartílago, calcio, cuerno, pelo, sangre y protoplasma—, sino que rinde su espíritu bajo la forma de todos los degradados gases pútridos conocidos por la química. Se podría oler el horror. Entraba por las narices, despellejaba las fosas nasales y penetraba hasta el hígado e impregnaba las entrañas como un gas negro hasta que no había nada en el universo, adentro o afuera, salvo el hedor de la chamusquina.

Cuando el helicóptero descendió entre los pinos y se posó en el tremedal, el olor golpeó a Pete Conrad incluso antes de abrir completamente la compuerta, y ni siquiera estaba lo bastante cerca aún para ver los restos. Conrad y la tripulación tuvieron que recorrer a pie lo que quedaba de camino. Después de unos pocos pasos, el agua les legaba a las rodillas, y luego hasta las axilas, y siguieron vadeando las aguas y la nata impura y las lianas y los troncos de pinos, pero aquello era nada comparado con el olor. Conrad, un teniente subalterno de 25 años, de casualidad estaba ese día de servicio como oficial de seguridad del escuadrón, y era su deber investigar el accidente en el sitio. El hecho era, sin embargo, que este escuadrón hacía la primera misión de servicio de su carrera, que ni siquiera había estado antes en el lugar de un accidente y que nunca había olido un hedor tan nauseabundo o visto nada parecido a lo que le esperaba.

Cuando Conrad finalmente llegó al aeroplano, que era un SNJ, encontró el fuselaje quemado y con burbujas y clavado en el pantano con un ala arrancada y la cubierta de la cabina destrozada. En el asiento de adelante, todo lo que quedaba de su amigo Bud Jennings. Bud Jennings, un tipo amistoso, un joven y prometedor piloto de combate, era ahora una horrible armazón carbonizada… sin cabeza. Su cabeza había desaparecido por completo, aparentemente arracada de la columna vertebral como una piña de un tronco, sólo que no se encontraba por ninguna parte.

Conrad estaba allí, empapado hasta los huesos en la marisma, preguntándose qué diablos hacer. Avanzar 20 pies en esa maldita porquería era una hazaña. Cada vez que miraba hacia arriba veía un delirio de ramas, enredaderas, sombras moteadas y una luz blanca fragmentada que se filtraba por las copas de los árboles, la ubicua cortina de árboles por la que el sol se asomaba en uno y mil lugares. No obstante, empezó a vadear la inmundicia y la escoria, y los demás lo siguieron. Seguía mirando hacia arriba. Gradualmente pudo distinguir. En las copas de los árboles había una huella identificable de ramas rotas por donde la nave se había precipitado. Era como un túnel a través de las copas de los árboles. Conrad y los demás empezaron a chapotear en el pantano, siguiendo el extraño rastro a 90 o 100 pies sobre ellos. Tenía un agudo cambio de rumbo. Ahí debía de ser donde se había desprendido el ala. El rastro se desviaba hacia un lado y empezaba a bajar. Continuaron mirando hacia arriba y vadeando la marisma. Luego se detuvieron. Había una gran hendidura verde en torno al tronco de un árbol. Era algo extraño. Cerca del enorme corte había… una enfermedad del árbol… una especie de saco parduzco y abultado arriba de las ramas, como el que se ve en los árboles infectados por las orugas, y había coágulos amarillentos en las ramas vecinas, como si la enfermedad hubiera hecho que la savia manara enconándose y coagulándose, sólo que no podía ser la savia porque tenía vetas de sangre. Al instante siguiente… Conrad no pudo decir una palabra. Todos podían ver todo. El saco abultado era el forro de tela del casco de vuelo con los audífonos integrados. Los coágulos eran los sesos de Bud Jennings. Al chocar, el tronco había hecho añicos la cubierta de la cabina y había vuelto pedazos la cabeza de Bud Jennings, como si hubiera sido un melón.

***

De acuerdo con el protocolo, el comandante del escuadrón no iba a revelar el nombre de Bud Jennings hasta que Loretta, su viuda, fuera localizada y le fuera enviado un competente mensajero de la muerte. Pero Loretta Jennings no estaba en casa y no había sido posible localizarla. Por lo tanto, una demora —y más que suficiente tiempo para que las demás esposas, los ángeles de la muerte, ardieran en pánico por las líneas telefónicas—. Todos se habían dado cuenta, fuera de los dos que estaban en el bosque: Bud Jennings y Pete Conrad. Una oportunidad de dos, pares o nones, un-dedo-dos-dedos, y éste no era un día fuera de lo común.

Loretta Jennings había ido a un centro comercial. Cuando llegó a casa, una cierta figura la estaba esperando: un hombre, un solemne amigo de las viudas y los huérfanos, y fue Loretta Jennings quien perdió el juego del as y el dos, pares o nones, y fue el hijo de Loretta (esperaba a un segundo) el que no tendría padre. Fue esta joven la que pasó por todos los horrores definitivos que Jane Conrad había imaginado —¡asumido! — que tendría que soportar para siempre. Pero este siniestro golpe de suerte no fue de mucho alivio para Jane.

El día del funeral de Bud Jennings, Pete sacó del fondo del armario su casaca de ceremonia reglamentaria. Ésta era la prenda más elegante en el guardarropa de los oficiales de la Marina. Pete nunca había tenido la oportunidad de ponérsela antes. Era una casaca cruzada de paño azul marino que llegaba casi hasta los tobillos. Debía de pesar unas 10 libras. Tenía adelante una doble hilera de botones dorados que iba hasta abajo y presillas para las hombreras, cuello y solapas grandes y hermosas, amplias vueltas en las bocamangas, talle estrecho y una abertura central atrás que iba desde el talle hasta el borde inferior de la casaca. Pete, o para ese caso muchos otros norteamericanos a mediados del siglo xx, no tendría nunca una prenda tan importante y aristocrática como ese abrigo de ceremonia.

En el funeral, los 19 pequeños indios que quedaban —¡muchachos de la Marina!— se alinearon varonilmente con sus casacas de ceremonia. Parecían tan jóvenes. Sus caras sonrosadas, sin arrugas, con los perfiles completamente nítidos y magros de sus quijadas brotaban gallardas y correctas de los enormes cuellos redondeados de sus abrigos de ceremonia. Cantaron un viejo himno de la Marina, que aquí y allá descendía a una clave menor extraña y lúgubre, y que incluía una estrofa añadida especialmente para los aviadores. Terminaba así: “Óyenos cuando elevamos nuestra oración para los que están en peligro en el aire”.

***

Tres meses después, otro miembro del escuadrón se accidentó y se quemó hasta quedar irreconocible, y Pete sacó de nuevo el abrigo de ceremonia y Jane vio de nuevo 18 pequeños indios cumpliendo valerosamente con el rito fúnebre.

No mucho después, Pete fue transferido de Jacksonville a la Estación Naval Aérea de Patuxent, en Maryland. No acababan de instalarse Pete y Jane cuando supieron que otro miembro del escuadrón de Jacksonville, un buen amigo a quien habían invitado muchas veces a comer, había muerto tratando de despegar de la cubierta de un portaaviones en una sesión de práctica de rutina a unas pocas millas mar adentro en el Atlántico. La catapulta que impulsaba a los aviones fuera de la cubierta había perdido presión, y su nave sólo avanzó en zig-zag hasta el borde y, rugiendo en vano el motor, cayó a 60 pies al mar, se hundió como un ladrillo y desapareció, así nada más.

Pete había sido transferido al río Patuxent, que en la jerga de la Marina era conocido como el Pax River, para entrar a la nueva escuela de pilotos de ensayo de la Marina. Se consideraba esto un paso de gran importancia en la carrera de un joven aviador. Ahora que había terminado la guerra de Corea y que no había combates aéreos, todos los pilotos jóvenes apasionados aspiraban a los ensayos de vuelo. Los militares siempre decían “ensayos de vuelo” en vez de “vuelos de ensayo”. Para esa época, los jets sólo llevaban poco menos de 10 años, y la Marina ensayaba constantemente pilotos de jet. Pax River era el principal centro de ensayos de la Marina.

A Jane le gustó la casa que compraron en Pax River. No le gustaba tanto como la casita de Jacksonville, porque esa la habían diseñado ella y Pete. Vivían en un poblado llamado North Town Creek, a 6 millas de la base. North Town Creek, como la base, estaba en una península cubierta de pinos comunes, que se internaba en la bahía de Chesapeake. Estaban metidos ente los pinos. (¡Una vez más!) Matas de rododendros los rodeaban por todos lados. El trabajo académico y los vuelos obligatorios de Pete eran muy exigentes. Todos en su clase de ensayos de vuelo, el Grupo 20, hablaban sobre lo difícil que era —y obviamente adoraban el asunto porque estar en la aviación de la Marina era como estar en las grandes ligas—.

Los jóvenes del Grupo 20 y sus esposas eran todo el mundo social de Pete y Jane. No se metían con nadie más. Continuamente se invitaban a cenar durante la semana; había una fiesta de grupo en la casa de alguien casi todos los fines de semana; y hacían expediciones para pescar o esquiar sobre el agua en la bahía de Chesapeake. En cierto modo, no podían relacionarse con nadie más, por lo menos no fácilmente, porque los muchachos sólo podían hablar de una sola cosa: sus vuelos. Una de las frases que recurrían en la conversación era “forzar la envoltura”. La “envoltura” era, en el mundo de los ensayos de vuelo, un término que se refería al rendimiento de un avión en particular, qué tan cerrado y a qué velocidad podía virar, y así por el estilo. “Forzar”, ensayar los límites extremos del sobre, parecía ser el gran desafío y la satisfacción en los ensayos de vuelo. Al principio, “forzar la envoltura” no era una frase particularmente terrible al oírla. Sonaba una vez más como si los muchachos sólo estuvieran hablando de deportes.

Pero luego, un día de sol, un miembro del grupo de los felices muchachos con el que siempre comían y bebían y esquiaban en el agua se preparaba a aterrizar en la base en un caza A3J. Entró demasiado bajo antes de bajar los alerones, el avión perdió bruscamente velocidad y él se estrelló y se quemó hasta quedar irreconocible. Y sacaron las casacas de ceremonia y cantaron sobre aquellos que estaban en peligro en el aire y guardaron las casacas de ceremonia, y los indios que quedaron hablaron sobre el accidente una noche después de la cena. Menearon las cabezas y dijeron que era una lástima del carajo, pero que él no ha debido ser tan tonto de esperar tanto tiempo para bajar los alerones.

Apenas había pasado una semana cuando otro miembro del grupo se disponía a aterrizar en el mismo tipo de avión, el A3J, y al tratar de hacer un aterrizaje de 90 grados, que implica un viraje brusco, se presentó mal en los controles y termino con un ala estabilizador trasera arriba y la otra abajo, cayó dando vueltas como un sacacorchos desde 800 pies y se estrelló y se quemó hasta quedar irreconocible. Y salieron a la luz las casacas de ceremonia y ellos cantaron sobre aquellos en peligro en el aire y luego guardaron las casacas de ceremonia y una noche después de la cena mencionaron que el difunto había sido un buen tipo pero que no tenía experiencia, y que cuando el daño de los controles lo había metido en ese aprieto, no había sabido cómo salirse.

Todas las esposas querían gritar: “¡Bueno, por Dios! ¡La máquina se dañó! ¿Pero qué les hace pensar a cualquiera de ustedes hubiera salido mejor librado?”. Sin embargo, intuitivamente, Jane y las demás sabían que no era correcto incluso mencionar aquello. Pete ni por un momento sugirió que una cosa así le pudiera pasar a él. No sólo parecía incorrecto sino peligroso desafiar la confianza de un joven piloto haciendo esa pregunta. Y eso, también, era parte del protocolo no oficial de las esposas de los oficiales. Desde ese momento, Jane se preocupaba cada vez que Pete se retrasaba al regresar de la base. Empezaba a preguntarse —no, a asumir— que se había metido en uno de esos líos sobre los que hablaba con tanta vehemencia, uno de esos callejones sin salida que tanto animaban allí las conversaciones.

No mucho después, otro buen amigo suyo ascendió en un F-4, el avión de caza más nuevo y flamante de la Marina, conocido como el Phantom. Llegó a 20 mil pies y luego cayó en picada derecho en la bahía de Chesapeake. Resultó que faltaba la conexión de una manguera de su sistema de oxígeno, que le había dado hipoxia y que había perdido el conocimiento a mucha altura. Y los abrigos de ceremonia salieron a la luz, y ellos elevaron una oración por los que están en peligro en el aire y guardaron los abrigos de ceremonia y los pequeños indios se mostraron incrédulos. ¿Cómo podía alguien dejar de inspeccionar las conexiones de sus mangueras? ¿Y cómo podía alguien estar en tan mala condición física para desmayarse así de rápido por la hipoxia?

Un par de días después, Jane miraba por una ventana de su casa en North Town Creek. Vio que un poco de humo se levantaba entre los pinos en dirección de la línea de vuelo. Sólo eso, una columna de humo; ni explosión, ni sirenas o cualquier otro sonido. Se fue a otro cuarto, para no tener que pensar en ello, pero no había explicación alguna para el humo. Regresó a la ventana. Vio un grupo de gente en el patio de una casa al otro lado de la calle… Estaban ahí y miraban hacia su casa, como tratando de decidir qué hacer. Jane apartó la vista —pero no pudo evitar volver a mirar—. Vislumbró una cierta figura que caminaba por el sendero hacia la puerta principal. Pero éste no era un sueño. Estaba muy despierta y alerta. ¡Nunca había estado más alerta en toda su vida! Helada, completamente derrotada por la visión, simplemente esperó a que sonara el timbre. Esperó, pero no sonó nada. No pudo tolerar más. En la vida real, al contrario de lo que era en sus sueños. Jane tenía demasiado aplomo y era demasiado educada para gritar “¡Váyase!” con la puerta cerrada. La abrió. No había nadie allí, nadie en lo absoluto. No había un grupo de gente en el prado al otro lado, y no se veía a nadie en 100 yardas a la redonda, en los prados y las calles bordeadas por los frondosos rododendros de North Town Creek.

Empezó entonces un ciclo en el que tenía continuamente tanto pesadillas como alucinaciones. Cualquier cosa podía producir una alucinación: una bola de humo, timbrazos del teléfono que se detenían antes de que pudiera contestar, el sonido de una sirena, hasta el ruido de camiones que arrancaban (¡camiones que chocaban!). Después se asomaba a la ventana y una cierta figura caminaba por el sendero, y esperaba que sonara el timbre. La única diferencia entre los sueños y las alucinaciones era que el escenario de los sueños siempre era la casita blanca de Jacksonville. En ambos casos, la sensación de que esta vez había sucedido era muy real.

El piloto estrella de la clase siguiente a la de Pete, un joven que era el principal rival de su buen amigo Al Bean, ascendió en una caza para ensayar el motor en picada. Una de las disciplinas más exigentes de los ensayos de vuelo era acostumbrarse a hacer una lectura precisa del panel de control en el mismo momento en que se forzaba la envoltura. Este joven inició una picada y todavía estaba leyendo las cifras, con agilidad y precisión y mucha disciplina, cuando cayó en barrena en medio de un banco de ostras y se quemó hasta quedar irreconocible. Y las casacas de ceremonia salieron a la luz y contaron sobre aquellos que estaban en peligro en el aire y guardaron las casacas de ceremonia, y los pequeños indios anotaron que el difunto era un tipo magnífico y un brillante estudiante de aviación; un poco demasiado estudiante, por cierto. No se había molestado en mirar el mundo real por la ventanilla con la suficiente rapidez. “Beano” —Al Bean— no era tan brillante; por otro lado, todavía andaba por ahí.

Como muchas otras esposas del Grupo 20, Jane deseaba hablar sobre la situación en conjunto, la increíble serie de accidentes fatales, con su esposo y los demás miembros del grupo para darse cuenta de cómo estaban reaccionando. Pero de algún modo, el protocolo no escrito vedaba la discusión de este tema, que era el temor a la muerte. Tampoco podía Jane, o cualquiera de las demás, realmente hablar con cualquiera de la base. Podían hablar sobre su preocupación con las demás esposas. ¿Pero para qué servía eso? ¿Cuál de todas no estaba preocupada? Les podían responder con una mirada que decía: ¿Para qué machacar la cosa? Jane hubiera podido salirse con la suya divulgando el tema de sus pesadillas. ¿Pero las alucinaciones? En la vida de la Marina no había lugar para que existiera una tendencia tan anómala como esa.

Para entonces la mala racha se había llevado a 10 en total, y casi todos los muertos habían sido buenos amigos de Pete y Jane, jóvenes que habían estado muchas veces en su casa, jóvenes que se habían sentado frente a Jane y que habían charlado como los demás sobre la magnífica aventura de la aviación militar. Y los sobrevivientes seguían reuniéndose como antes —¡con la misma inexplicable alegría!—.

Jane observaba a Pete continuamente para detectar alguna seña de que su ánimo estuviera fallándole, pero no veía ninguna. Hablaba a chorros, bromeaba y hacía chistes, y se reía con su cacareo de montañés. Siempre había sido así. Todavía le gustaba la compañía de miembros del grupo como Wally Schirra y Jim Lovell. Muchos jóvenes pilotos eran lacónicos, y sólo en el aire daban rienda suelta al extraño fervor de su actividad. Pero Pete y Wally y Jim no eran reticentes; en ninguna situación. Les encantaba tomarse el pelo. Pete llamaba a Jim Lovell “Tembloroso”, porque era lo último que un piloto hubiera querido que lo llamaran. Más que extrovertido, Wally Schirra era un espontáneo; le encantaba el azar, los juegos de palabras pesados y cosas por el estilo. A todos los tres —aún en medio de esa mala racha— les encantaba hablar de un tema como el de Mitch Johnson, el propenso a los accidentes.

Mitch Johnson, al parecer, era un piloto de la Marina cuya vida estaba en manos de dos ángeles: uno bueno y otro malo. El ángel malo lo hacía caer en accidentes que habrían aniquilado a cualquier piloto normal, y el ángel bueno lo salvaba de ellos sin ningún rasguño. Precisamente el otro día —esa era la clase de historias que Jane los oía contar— Mitch Johnson iba a aterrizar en un portaaviones. Pero se quedó corto, no alcanzó la cubierta de aterrizaje, y se estrelló contra la bovedilla, bajo la cubierta. Hubo una explosión tremenda y la parte posterior del avión cayó entre llamas al mar. Todos en la cubierta de vuelo dijeron: “Pobre Johnson. El ángel bueno no estaba en servicio”. Todavía discutían cómo retirar los deshechos y sus despojos mortales cuando un teléfono timbró en el puente. Una voz algo aletargada dijo:

—Habla Johnson. Escuche, estoy aquí en la bodega y la escotilla está cerrada y no puedo encontrar la luz y no puedo ver un carajo y me tropecé con un cable y ceo que me lastimé la pierna.

El oficial en el puente colgó el teléfono con violencia y juró encontrar al hijueputa morboso que podía hacer una broma en un momento como ese. Entonces el teléfono timbró de nuevo y el hombre de la voz aletargada se las arregló para probar que él era, en realidad, Mitch Johnson. El ángel bueno no lo había abandonado. Cuando chocó contra la bovedilla, dio contra unos cilindros de municiones vacíos que amortiguaron el impacto y lo dejaron atontado, pero sin ninguna herida grave. El fuselaje había estallado en pedazos, así que él sólo tuvo que entrar a la bovedilla, donde abrió una escotilla que daba a la bodega. Allí todo estaba oscuro como la noche y había cables por todas partes, sosteniendo repuestos para los motores de los aviones. Mitch Johnson, el propenso a los accidentes, trastabilló entre los cables hasta que encontró un teléfono. Y, efectivamente, la única herida que tenía era un raspón en una espinilla que se había hecho al tropezar con un cable. ¡El tipo era propenso a los accidentes! Pete y Wally y Jim se morían literalmente de la risa con cuentos como ese. Era asombroso. ¡Grandiosas historias deportivas! Nada más que eso.

Unos días después, Jane estaba de compras en el comisariato de Pax River en Saunders Road, cerca de la entrada principal de la base. Oyó sonar las sirenas del campo y luego arrancar los motores de los camiones de auxilio. Esta vez estaba decidida a mantener la calma. Todos sus instintos hacían que quisiera apurarse a llegar a casa, pero se forzó a quedarse en el comisariato haciendo las compras. Durante 30 minutos completó la lista de compras mecánicamente. Luego se fue en el auto a North Town Creek. Al llegar a la casa, vio una figura que avanzaba por el sendero. Era un hombre. Hasta de espaldas no había duda de quién se trataba. Tenía puesto un vestido negro y una faja blanca en torno al cuello. Era el ministro de su Iglesia Episcopal. Miró fijamente, y esta visión ni venía ni se iba. La figura seguía caminando por el sendero. No estaba dormida ahora, ni estaba en la casa mirando por la ventana de la fachada. Estaba afuera en el auto frente a la casa. No estaba soñando y no estaba alucinando, y la figura siguió caminando hacia la puerta principal.

***

El tumulto en el campo era por una de las cosas más extraordinarias que ni los pilotos más veteranos habían visto en Pax River. Y todos la habían visto, porque a causa de ella casi todo el personal de la base se había reunido en el campo, como si se tratara de una exhibición aérea.

Ted Whelan, un amigo de Conrad, había ascendido en una caza, pero al despegar se había presentado una falla estructural que causó un escape hidráulico. Una luz roja de alarma se encendió en el panel de Whelan, y éste habló con la base. Era obvio que el escape paralizaría los controles antes de que pudiera volver al campo para aterrizar. Tendría que saltar en paracaídas: la única cuestión era cómo y cuándo, así que tuvieron que discutir el asunto. Decidieron que tenía que saltar a 8 mil 100 pies a tal y cual velocidad, directamente sobre el campo. El avión caería en la bahía de Chesapeake, y él bajaría flotando al campo. Tan tranquilamente como cualquiera lo hubiera exigido, Ted Whelan alineó el avión para cruzar el campo precisamente a 8 mil 100 pies y oprimió el botón de expulsión.

Abajo, en el campo, todos tenían las caras hacia el cielo. Vieron a Whelan salir disparado de la cabina. Sujeto con correas a su pequeño y negro bulto geométrico a milla y media de altura contra el azul del cielo. Lo observaron empezando a caer. Todo el mundo esperaba que se abriera el paracaídas. Esperaron unos cuantos segundos más, y luego algunos más. La pequeña figura se volvía más y más grande y adquiría una velocidad tremenda. Luego llegó el inenarrable momento en el que todos lo que sabían algo sobre los saltos en paracaídas supieron lo que iba a suceder. Pero aún para ellos era una sensación irreal, porque nadie había visto pasar esto tan de cerca, de principio a fin, como si estuvieran en la tribuna de un estadio. Ahora la figura bajaba tan rápido y se acercaba tanto que empezó a ser engañosa para la vista. Parecía estirarse. Se volvió mucho más grande y se precipitó hacia ellos a una velocidad aterradora, hasta que no podían distinguir ni siquiera su contorno real. Finalmente, sólo era un rapidísimo borrón negro frente a sus ojos, seguido por lo que pareció una explosión. Sólo que no fue una explosión: fue un tremendo estruendo de Ted Whelan, su casco, su traje presurizado y su dispositivo de asiento paracaídas haciéndose añicos en el centro de la pista, precisamente en el blanco, precisamente frente al gentío; absolutamente en el centro del blanco. No había duda de que Ted Whelan había estado vivo hasta el instante del impacto. Tuvo cerca de 30 segundos para observar cómo se levantaba la base de Pax River y la península y el contado de Baltimore y el continente americano y todo el mundo abarcable para chocar contra él. Cuando levantaron su cadáver del concreto, era como un bulto de fertilizante.

Pete sacó de nuevo el abrigo de ceremonia y él y Jane y todos los pequeños indios fueron al funeral de Ted Whelan. Que no hubiera sido Pete no fue consuelo suficiente para Jane. Que el ministro, de hecho, no se hubiera presentado ante su puerta como el amigo solemne de las viudas y los huérfanos, sino para una visita eclesiástica… no le produjo ni paz ni alivio. Que Pete todavía no mostrara la menor seña de que le esperaba un destino cruel ya no le inspiraba ni un solo instante de valor. El siguiente sueño y la siguiente alucinación, el siguiente y la siguiente, simplemente le parecían más reales. Porque ahora ella sabía. Sabía el objeto y la esencia de esta aventura, aunque ni una sola palabra sobre ella hubiera pasado por los labios de nadie. Hasta sabía por qué Pete —¡el muchacho de Princeton que había conocido en una fiesta de debutantes en el Gulf Mill Club! — nunca abandonaría, nunca dejaría esta siniestra actividad, a no ser que fuera en una ataúd. Y Dios sabía, y ella sabía, que un ataúd esperaba a cada uno de los pequeños indios.

Siete años después, cuando un reportero y un fotógrafo de la revista Life estaba de verdad junto a ella en la sala, mirando su cara, mientras afuera, en el prado, un tropel de técnicos de la televisión esperaban una palabra, una indicación, cualquier cosa… ¡aunque sólo fuera un atisbo ente las cortinas!… esperaban algún indicio de lo que sentía… Cuando todos le preguntaron con sus ávidos ojos y, ocasionalmente, con las palabras de rigor: “¿Cómo se siente?” y “¿Tiene miedo?” —¡los Estados Unidos quieren saber! —, a Jane le dieron ganas de reírse, pero en realidad ni siquiera pudo arreglárselas para sonreír.

Quería decirles: “¿Para qué preguntarme ahora?”. Pero ellos no hubieran tenido ni la menor idea de lo que estaba hablando.

*Texto de Elegidos para la gloria (1979).

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