Por La Víctor Serge

Ilustración de la serie: ‘S/N’ Por Alejandro López

¿Qué piensa usted de la ametralladora? ¿No prefiere una máquina de escribir o una cámara fotográfico?


Personas honestas, y que se ocupan de la sociología, plantean a veces, a propósito de las realidades de la revolución, preguntas de tal calibre. Hay los que reprueban con lirismo toda violencia, toda dictadura, confiados, para lograr el fin de la opresión, de la miseria, de la prostitución y de la guerra, tan sólo en la intervención, sobre todo literaria, del espíritu.

 

Gozando en realidad de un confort considerable, en la sociedad tal cual es, se sitúan altaneramente “por encima del conflicto social”. En vez de la metralleta, prefieren, muy particularmente, la máquina de escribir.


Otros, sin repudiar la violencia, repudian formalmente la dictadura. La revolución les parece una liberación milagrosa. Sueñan con una humanidad que con sólo liberarse de sus trabas se haría pacífica y buena. A despecho de la historia, de la verosimilitud, del sentido común y de sus propósitos, sueñan con una revolución total, no sólo idílica, claro, aunque sí breve, decisiva, definitiva, con futuros radiantes. “Fresca y alegre”, quisieran agregar, pues en el fondo mucho se parece esta concepción de la lucha al mito oficial de la “última guerra” imaginada en 1914 por las burguesías aliadas. Nada de época de transición; nada de dictadura del proletariado (“¡Contra todas las dictaduras!”); nada de represión después de la victoria de los trabajadores; nada de tribunales revolucionarios; nada de Cheka, sobre todo, ¡por todos los dioses!, ¡nada de Cheka! ; nada de prisiones… La entrada con pie firme en la libre ciudad del comunismo; el arribo inmediato, después de la tormenta, a las Islas Afortunadas. A las metralletas, estos revolucionarios, nuestros hermanos libertarios prefieren… las guirnaldas de rosas, de rosas rojas.


Otros, en fin, creen que, por ahora, se debe dejar el monopolio del las metralletas a las clases poseedoras, y tratar de inducirlos suavemente, por persuasión, a renunciar a ellas.


Mientras tanto estos reformadores padecen penas sin cuento tratando de obtener de conferencias internacionales la reglamentación del uso de disparos en ráfaga… Parece que se dividen en dos categorías: los que al uso de la metralleta prefieren sinceramente el uso de la mesa de discusiones; y los que, más prácticos y desilusionados, prefieren in petio el uso de los gases asfixiantes.


En verdad, nadie —salvo tal vez algún fabricante de armas y municiones— tiene especial predilección por el uso de la metralleta. Pero la metralleta existe. Es una realidad. Una vez recibida la orden de movilización, hay que elegir entre estar delante de esta cosa real o estar detrás de ella, entre servirse de la simbólica máquina de matar o servirle de blanco. Nosotros preconizamos entre los trabajadores el uso de una tercera solución: tomar este instrumento de muerte y volverlo contra sus fabricantes. Los bolcheviques rusos decían desde 1915: “Transformar la guerra imperialista en guerra civil”.


Todo lo que hemos dicho de la metralleta se aplica al Estado y a su aparato de dominación: prisiones, tribunales, policía, servicios policíacos. La revolución no escoge las armas. Recoge del campo ensangrentado las que la historia ha forjado, las que caen de las manos de la clase dirigente vencida. Ayer a la burguesía, para reprimir a los explotados, le era necesario un poderoso aparato coercitivo: ahora también un poderoso aparato represivo le sirve a los obreros y campesinos para vencer la extrema resistencia de los poseedores desposeídos, para impedirles retornar al poder, para mantenerlos en una constante carencia de sus privilegios. La metralleta no desaparece: cambia de manos. No es preferible el arado, por ahora…


Pero dejemos las metáforas y las analogías simplistas. La característica de la metralleta es que no se modifica, cualquiera que sea la manera de usarla. Si se la instala en un museo, amordazada por un rótulo de cartón; si se la emplea inofensivamente en ejercicios de academia militar; si, agazapada en un agujero de obús, le sirve a un campesino de Beauce para perforar la carne de su hermano, el cultivador de Westfalia; si, instalada en el umbral de un palacio expropiado, mantiene en jaque a la contrarrevolución, no se le modifica ni un tornillo, ni una tuerca.


Por el contrario, una institución es modificada por los hombres, y más aún, infinitamente más por las clases que se sirven de ella. El ejército de la monarquía feudal francesa de antes de la revolución de 1789-93, aquel pequeño ejército profesional, formado por mercenarios a sueldo y por pobres diablos reclutados a la fuerza, dirigidos por nobles, se parece muy poco al ejército que se formó al día siguiente de la revolución burguesa, aquella nación en armas, constituida espontáneamente al llamado de “la patria en peligro”, dirigida por viejos sargentos y por diputados. Igualmente profunda era la diferencia entre el ejército del antiguo régimen ruso imperial, llevado a la derrota por el gran duque Nicolás, con su casta de oficiales, servicio duramente impuesto, régimen del “puñetazo en el hocico”, y el Ejército Rojo organizado por el partido comunista, por su gran animador Trotsky, con sus comisarios obreros, su servicio de propaganda, sus cotidianos llamados a la conciencia de clase del soldado, sus épicas victorias… Igualmente profunda, si no más, la diferencia entre el Estado burgués destruido de arriba a abajo por la Revolución Rusa de octubre de 1917, y el Estado proletario edificado sobre sus escombros. Planteamos el problema de la represión. Veremos que la analogía entre el aparato represivo del Estado burgués y el del Estado proletario es mucho más aparente que real.

*Fragmento de Lo que todo revolucionario debe saber de la represión (1925).

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