A la laguna turquesa que apareció en los terrenos del antiguo mercado Colón, entre Juárez y Constitución.

Al mero principio pensamos que eran orines. El mismo arquitecto nos regañó por puercos pero al paso de los días yo mismo lo vi empinarse para oler aquel líquido que terminó maldiciendo. Era agua.

La sospecha fue cierta. Habíamos pegado con una poza subterránea que inundaría la obra. Los primeros días sólo fue lodo. No importó el bochorno que aquel zoquete producía. Pararíamos hasta que fuera imposible seguir, fue la orden. Pero entonces el agua comenzó a despegarse del suelo y pudimos ver su perfecta claridad. No podía creer que me estuviera sucediendo esto. Sería porque todas las noches conjuraba ese recuerdo para poder dormir: salir corriendo de la escuela, cruzar todas las sombras del camino hasta llegar a la laguna. Aventar la mochila a un lado, desvestirme como si los chaquistes me estuvieran devorando y entonces ¡zas!, aventarme al agua. Sumergirme hasta el fondo como ajolote, sentirme dentro, vaciar mis oídos de las palabras del maestro y abrir los ojos en el momento perfecto para ver uno a uno a mis amigos caer dentro del agua, como pequeñas bombas humanas. Era mi alucinación volviéndose real. Yo invoqué a esa laguna. Por eso todas las mañanas atravesaba corriendo el perímetro cercado de publicidad: “Aquí construimos el futuro” hasta alcanzar la puerta y descubrir el nuevo nivel del agua.

Cuando fue posible chapotear esperé que alguno se me uniera. No se juega en el lugar de trabajo, me advirtieron con sus miradas. Ninguno quiso beber su agua; siguieron comprando Coca-Cola. Entonces comprendí mi soledad. Nadie más que yo construía una relación con aquel manantial herido. Por eso, la mañana en la que por fin apareció quieta y mansa la laguna color turquesa, los compañeros la contemplaron apendejados, como si no la hubieran visto crecer. Peleaban en silencio contra la belleza de aquella imagen. Algo les disgustaba.

El nivel del agua había llegado a un “límite intolerable” dijo el arquitecto. Todos tenían la cara larga. Parecían ciegos. No veían el milagro. No se enteraban de nuestra fortuna. Podíamos descalzarnos y jugar a aventarnos clavados. O flotar viendo el cielo, mientras escuchábamos los motores surcar las calles. Sumergirnos para absorber el silencio de la tierra, como decía mi abuelo Juan. Pero nadie preguntó si nos podíamos meter. Yo no tenía voz, es decir, nadie se sabía mi nombre. Algunos creían que ni español hablaba.

Me decían El Indio y yo no lo tomaba a mal porque algo de eso era cierto. Esa misma tarde comenzarían el trabajo de bombeo, dijo el arquitecto y despachó a la gente. Arrojarían la laguna afuera. Los compañeros se fueron retirando sin voltear la vista atrás.

Al final me quedé con los vigilantes. Adentro de la oficina el arquitecto discutía con unas personas. Me veían y yo los veía. El sol quemaba. El sol de siempre, el que se mete adentro de uno y por las noches no deja dormir.

El que me secó la risa. Por eso me arrojé, porque tenía sed. Porque la sentía mía. Mi laguna, mi alucinación. Salté de mí mismo. Sentí cómo mi peso fue abriéndose camino hasta quedar totalmente sumergido. Abrí los ojos. En sus entrañas, Monterrey es perfecto, su temperatura es ideal, su tiempo es otro. Fui sacado por órdenes del arquitecto que sólo asomó la cabeza afuera para decir “saquen a ese cabrón”. Me dejaron que me vistiera y me acompañaron a la salida. No dijeron una sola palabra. Me fui caminando por la calle Ocampo. Anduve chorreando todo el camino. La laguna se vino conmigo.

La fui regando por toda la Ciudad.

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