¿La violencia puede ser una musa?

Por Alma Vigil

Ilustración por Cristina Guerrero

Aquí fue donde empezó todo, en El Arenal, un ghetto típicamente chilango alejado de Dios. El Arenal es pintoresco de día, pero al anochecer se convierte en una especie de Ciudad Gótica mexicana. Aquí creció el periodista Alejandro Almazán. En el estéreo se escucha Pink Floyd mientras dirige su coche negro a través del barrio. Va rumbo al mercado donde venden la mejor barbacoa de chivo que haya probado en su vida. Almazán cuenta que viene muy poco a su colonia. La última vez fue a principios de 2013, hace más de un año. Le duele volver desde que falleció su mamá, María Elena Rodríguez, en 2007. De su mamá, Almazán heredó el gusto por contar historias. Ella tenía una forma muy particular de narrar los relatos que oía en su tienda llamada La Cruz. Elena era muy alegre y a todos, sin excepción, los trataba bien. La querían y la respetaban. En tierra de nadie, para sobrevivir, supo que tenía que hacerse amiga de los malos.

En el cuarto sector del barrio, donde vivió Almazán, mataron al Oso, un pandillero que era el Tony Montana de El Arenal. Todos le temían. Lo molieron a batazos cerca de una cancha de futbol donde estaba Almazán jugando con sus amigos. Ese día, cuando vio a su primer muerto, Almazán tuvo una predicción: “Esto se va a poner peor”. Y se cumplió. Tenía sólo seis años. Dicho sector es hoy el más temible de los cuatro que componen El Arenal. Según la leyenda, todo empeoró desde que llegaron los tepiteños a tomar posesión de unas casas vacías acomodadas en la zona. Ruth Zavaleta, diputada federal por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), era en ese entonces la secretaria de desarrollo social del Distrito Federal y les dio luz verde luego de que el terremoto de 1985 sacudiera la ciudad.

Tiempo después, Almazán fue testigo de cómo rafaguearon al Rebelde, un ladronzuelo que lo asaltó cuando estaba morro. Almazán se besaba apasionadamente con una chavita de su colonia y de pronto el Rebelde salió de entre la oscuridad para someterlo. El verdugo del Rebelde fue su mejor amigo, un loco al que le gustaba reventarse envases en la cabeza cuando le pegaba duro al “activo”, “mona”, “pomo” o como se prefiera llamar a los solventes.

Las historias abundan en este barrio. Otra es la de la guerra campal de Los Tlapaleros contra Los Vagos. Los dos bandos bajaron de unos camiones previamente secuestrados. Ambas pandillas venían armadas hasta los dientes con cuchillos, palos, piedras y bombas molotov. Antes no era muy sencillo conseguir armas de fuego, pero Don Pepe, el papá de Luis, el mejor amigo de Almazán en su infancia, sacó su arma y los aplacó con unos cuantos balazos al aire. “Órale, hijos de la chingada”, les gritó y se fueron corriendo. Don Pepe se encabronó porque, en la trifulca, el parabrisas de su vochito quedó bien estrellado de tantas pedradas.

De acuerdo con el Informe Estadístico Delictivo en el DF de 2013, la delegación Venustiano Carranza, donde se encuentra El Arenal, ocupa el octavo lugar (de 16) en la lista del número de averiguaciones previas por delegación. Es decir, los delitos que sí fueron denunciados durante el año pasado en la zona sumaron 10 mil 337, según el documento emitido por la Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF). Pero en este país mucha gente no denuncia. La constante negligencia y la corrupción de las autoridades oprimen el deseo de los ciudadanos de hacer justicia.

El rostro de Almazán, de tez ligeramente aperlada, refleja el brillo de la esperanza. Espera que a base de muchos esfuerzos todo pueda cambiar, aun rodeado siempre por la violencia, tan recurrente en su trabajo. Sicarias, caníbales, narcos, padrotes y víctimas son algunos de los personajes de sus crónicas. Una de sus más recientes, llamada “Cartas desde La Laguna”, sobre la narcoviolencia en el punto donde se juntan Torreón, Coahuila y Gómez Palacio, Durango, lo convirtió en el primer ganador del premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2013, en la categoría de crónica y reportaje.

A pesar de crecer en un barrio donde se necesitan un par de buenos puños para defenderse, Almazán nunca ha sido un peleador virtuoso. Dice que de las siete broncas que ha tenido en su vida, ha ganado sólo dos. No le gusta la violencia.

EL CRONISTA KALÁSHNIKOV

a) Almazán come tacos en un local de Chihuahua con su amigo Topete.

b) Almazán comienza a molestarse cuando un mesero no para de contarle su historia como sicario. Ya le aburren ese tipo de historias. El güey se metió a la plática porque escuchó a Topete leer en voz alta un borrador de una novela de Almazán, de esas que escurren sangre.

c) Almazán intenta ignorar al mesero que ahora le está pidiendo su número de teléfono para cuando vuelva a la ciudad. Qué pinche miedo. Pero luego el mesero dice algo que le llama la atención: “En una de esas a lo mejor te presento a mi ex morra. Ella está en la cárcel, era sicaria”.

d) Almazán comienza a preguntarle más. Su curiosidad ha despertado. Hasta se siente mal por haber deseado que el mesero se fuera a la verga.

e) Almazán le dice que le gustaría conocerla. Ahora sí, en putiza, le deja su número de teléfono y uno de los dos libros que trae: su reciente novela, titulada Entre Perros, para que se lo dé a la chava. Topete hace una mueca. Sabe que ese libro iba a ser para él, pero ya qué.

f) Almazán acaba de encontrar el tema de una nueva crónica que titulará “Chicas Kaláshnikov” y será publicada en la revista de periodismo narrativo Gatopardo en febrero de 2011. Irónicamente, ni quería venir a Chihuahua. Le confirieron la tarea de presentar la antología País de muertos: crónicas contra la impunidad, cuya selección es de su amigo el cronista Diego Osorno, a quien conoció en una cobertura del desafuero de Andrés Manuel López Obrador en la Cámara de Diputados. A Almazán las presentaciones y conferencias “le rompen la madre” porque es tiempo de trabajo perdido.

g) Almazán ahora está en el CERESO de Chihuahua. Han pasado algunos días desde su encuentro con el mesero-sicario. Una reportera y amiga suya lo ayudó a ingresar en el penal donde entrevistará a otra sicaria de la que habían estado platicando. El director es un gemelo perdido del actor Joaquín Cosío: gordote, feo, lépero y con unos lentes Ray Ban. Le dice que le presentará a una chica que se ha convertido en una leyenda en su barrio por su cualidad de sanguinaria.

h) Almazán batalla en derribar la barrera que pone Yaretzi al hablar. No quiere decir mucho. Pero hace un pacto con ella: no pondrá su nombre real. Ya con eso ella se suelta un poco. Almazán suele hacer este tipo de pactos con sus entrevistados. Prefiere mil veces que lo critiquen por su credibilidad, la cual ha sido cuestionada en diversas ocasiones, que cargar con la vida de alguien en su conciencia, incluyendo la propia.

i) Almazán lleva tres horas charlando con Yaretzi. Se siente noqueado, sin embargo, aún tiene la fuerza mental para hablar con Martha, otra sicaria más cabrona. Yaretzi la convenció de que se dejara entrevistar.

j) Almazán llegó a las 11:00AM. Ahora son las 7:00PM. La ciudad está a 40 minutos del penal y su celular ya no trae batería. Paty le dijo que lo esperaría afuera, pero cuando sale no ve a nadie. “A la verga, ¿ahora cómo me voy?”, piensa. Le pregunta al guardia por algún camión que lo deje en la ciudad. El guardia apunta con su dedo a un pequeño punto rojo que se vislumbra muy lejano. “Hasta allá donde está aquel semáforo pasan”, le dice. Ni pedo, a caminar en la oscuridad. Qué pinche miedo, y más cuando pasa una camioneta a su lado. Para su suerte resultó ser un buen hombre que le dio aventón hasta el hotel. La pobre Paty andaba bien asustada, sobre todo cuando supo que subieron a Almazán a una camioneta.

k) Almazán siente como si acabara de donar sangre. Quiere relajarse un poco y sale a cenar con un amigo de Chihuahua, un típico norteño que tiene el síndrome Soprano: está enfermo de mafia. Él también conoce a otra sicaria, la diferencia es que ella está libre.

l) Almazán y su amigo se dirigen a otro restaurante. Ahí está la Güera, la cereza en el pastel de su crónica. Se hace el mismo pacto de cambiar el nombre real y omitir sus rasgos físicos, pero Almazán pide permiso de describir la gorra Ed Hardy que trae puesta. La Güera le dice que no hay pedo, que muchas como ella usan de esas gorras.

m) Almazán le marca al mesero-sicario y siente cierto alivio cuando éste le dice que su ex morra se echó para atrás. Qué tal si al publicar la crónica se hubiera llevado su vida de por medio. Ya lo han amenazado.

n) Almazán estuvo todo un mes redactando “Chicas Kaláshnikov”. Dice que es uno de los textos más tardados que ha hecho, pero es también uno de sus favoritos por ser el primero en el que aborda estructuras y andamiajes más elaborados.

NUNCA MUERAS DE AMISTAD”

Así como Almazán cuenta historias de otros, también abundan las que se cuentan de él.

Manuel D. es un amigo de Almazán y es un reportero amante de los datos duros. Todo un personaje. Su apellido no puede ser revelado por las políticas del periódico donde trabaja.

Manuel D. no está en contra de las crónicas, pero cuenta que les ha dicho a sus alumnos de periodismo que lean “Chicas Kaláshnikov”. Cuando terminan les dice que eso es lo que no se debe hacer en periodismo porque empieza la narración en primera persona. Es uno de los pocos que le dan la contra a Almazán en los intensos debates que han tenido sobre periodismo en sus borracheras. Ese es uno de los aspectos más criticados en el trabajo de Almazán: el uso de la primera persona en sus textos. No obstante, él dice que el utilizar la primera persona de manera correcta le da al lector la impresión de estar dentro del relato. Almazán y Manuel D. se conocieron en 2005 en una gira de Andrés Manuel López Obrador como jefe de gobierno del Distrito Federal. Recuerda haber visto a Almazán detrás de AMLO. Pensó que se trataba de algún asistente del político perredista. “Eso es muy bueno en un periodista. Como dice la frase de Roberto Zamarripa: tan cerca del poder para conocerlo y tan lejos para escribirlo. Almazán estuvo al lado de AMLO en el avión. Yo también iba pero no tan cerca. Eso te habla muy bien de un reportero”, comenta Manuel D. Luego fueron a comer y se hicieron amigos.

En ese aspecto también abunda Salvador Fraustro, editor del suplemento “Domingo” del periódico El Universal. Recuerda que una vez que coincidieron al reportear la pugna entre Roberto Madrazo y Beatriz Paredes para la presidencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Almazán era como el lobo solitario que aguardaba y observaba a lo lejos para luego atacar a su presa. No andaba con la bola como la mayoría de los reporteros.

El periodismo diario de hoy enfrenta una situación crítica. Los periódicos han ido perdiendo cada vez más lectores y credibilidad. Con las redes sociales y el internet, las noticias de los periódicos son de ayer. Salvador comenta que en un estudio realizado por Artículo 19 se analizaron las portadas de los medios nacionales más importantes y fue señalado el número de declaraciones que había. Salieron muchas. Dice que en cualquier tipo de periodismo hace falta más investigación y se deben dar mayores garantías de confianza a los lectores con fotografías y videos.

Por su parte, Guillermo Osorno, director de la revista Gatopardo, cuenta que Almazán prepara mucho su reporteo desde su casa en México y después se va al terreno pocos días por todos los riesgos que implican sus temas de violencia. Osorno dice que Almazán siempre le comenta sobre cualquier pacto que haga con sus entrevistados y él confía plenamente en él. De hecho, casi no edita sus textos, sólo para corregir si se le fue alguna coma o acento. Osorno procura brindarle el espacio en Gatopardo. Cree que el premio que ganó Almazán es un gran logro no sólo para él, sino también para todos los periodistas mexicanos, porque se reconoce que en este país también se está haciendo un trabajo de calidad. Actualmente hay un boom del periodismo narrativo en México. Sin embargo, Osorno señala que debe de realizarse con cuidado y sin abusar de él, porque no todas las historias requieren gran cantidad de palabras.

Almazán le debe parte de la mejoría en sus inicios a Ignacio Rodríguez Reyna, director de la revista Emeequis y editor de Almazán en diversos medios durante varios años. Solían tener una relación muy estrecha, pero por diversos motivos personales se distanciaron. Sin embargo, ambos reconocen su trabajo, de gran editor y de gran reportero. Su relación es la oda a todas esas historias de amigos inseparables que terminaron para siempre. Almazán lo explica con una frase que viene en su novela Entre Perros: “Está bien, se vale morir de amor, es bien chilo morir de amor, pero nunca mueras de amistad porque nunca te llega la redención”.

Alejandro Sánchez, reportero especializado en política, conoció a Almazán después de esa etapa de broncas personales muy fuertes en su vida, entre ellas la que tuvo con Rodríguez Reyna. Diego Osorno le habló a Alejandro Sánchez, amigo suyo, para pedirle que le diera posada a Almazán por un tiempo en su departamento. Osorno no podía recibirlo ya que en ese entonces vivía en una pequeña habitación del Hotel Virreyes. Almazán tenía muchos problemas con su ex esposa Paola y se salió de su casa. Apenado, Almazán telefoneó a Sánchez y se pusieron de acuerdo. De inmediato se hicieron amigos. Tenían un pasado similar: Sánchez también creció en un barrio peligroso, y su carrera la logró a base de mucho esfuerzo. Curiosamente, también tenía una historia de amor tormentosa. Luego, cuando Almazán regresó con Paola, Sánchez se hizo amigo de ella también. Pero años más tarde terminaron definitivamente el matrimonio. La separación de Almazán y el giro en el trabajo de Sánchez de seguir contando historias han hecho que se frecuenten menos. De todos modos, siempre están al pendiente de lo que les pasa.

Nel Sánchez, coordinadora editorial de la revista Spleen! y amiga de Almazán, al principio pensó que era un rockstar mamón. Luego vio todo lo contrario. En una presentación de Almazán notó que era muy humilde y crítico, que denunciaba y le mentaba la madre a los políticos. Nel comprobó que todo lo que Almazán le contaba de su barrio era verdad cuando conoció a Carlos, uno de los dos hermanos de Almazán (el otro se llama Jorge). Carlos ahora vive en Australia y también es periodista; allá trabaja en una televisora. Jorge también le entra al periodismo, pero de espectáculos, por lo que ha sido víctima del bullying de sus dos hermanos. Almazán es un bully de primera. Él cree que fue porque de niño tenía un problema en sus piernas y su mamá tenía que llevarlo cargando a la escuela. Se burlaban, así que cuando creció se quiso desquitar. Nel dice que Almazán no va mucho a fiestas y que cuando no está trabajando, por lo regular está en su casa. De repente va a Covadonga, un restaurante-bar que suele abarrotarse de periodistas y escritores. Queda a dos cuadras de su casa.

EL AMOR A HANDALA

La colonia Roma es una zona llena de hipsters. Pero no son esos hipsters de los que habla Jack Kerouac, sino de los que usan ropa de colores neón, pantalones entubados, andan en bici, escuchan Arcade Fire y no comen carne (algunos). Es lo que está de moda; los emos han sido erradicados. Ahí vive Almazán ahora.

Es miércoles 5 de febrero de 2014. Todavía ni entra por la puerta y Handala, el pug de Almazán, no deja de ladrar; lo olfatea desde lejos. Entra y se saludan efusivamente. Se extrañaron, pero no tanto como aquella vez que secuestraron a Handala. Alejandro casi incendia el puesto de artículos para celulares del raptor, ubicado justamente en la entrada de su edificio. El Pumpkin, un cuidador del estacionamiento de enfrente, le roló algo de gasolina para alumbrar. Pero llegó la policía a aplacarlos. Días antes, una vecina había acusado al tipo de llevarse a Handala, cuando por accidente se le salió del departamento. Almazán no es violento, pero tampoco se deja de nadie. Fue junto a su ex esposa Paola a pedírselo por la buena varias veces y el tipo seguía negándolo. Paola fue quien le regaló el pug a Almazán. Después de toda una odisea que incluyó el encarcelamiento de los responsables, por fin recuperó a su perro. Handala y Almazán son muy unidos. Tienen una relación como de padre e hijo. Handala, con el simple hecho de estar con él, también lo ha ayudado a salir de su última depresión por amor. De muy pocos errores se arrepiente Almazán: sus dos divorcios y el haber aprendido a fumar. Siempre suele andar con su cajetilla de Marlboro Light.

A su primera esposa, Eréndira, la conoció en una escuela de inglés. Se separaron porque buscaban cosas diferentes en la vida. Eréndira quería un hijo, Almazán no. Nunca ha querido ser padre, pero Handala ha hecho que le despierte el instinto.

Almazán acaba de llegar a su departamento. Andaba en Guadalajara reporteando para un perfil de un futbolista famoso. “Hacer el perfil de un futbolista es más complicado que sentarse a pistear con un narco”, dice. Se la hicieron muy cardiaca: esperó varios días más de los que tenía previsto para que le dieran la entrevista. “En este oficio se necesita mucha paciencia”, comentará mañana, cuando otro de sus entrevistados no le conteste sus llamadas.

Hoy lo único que quiere es descansar y disfrutar de su regreso a casa, su lugar favorito. Lleva 10 años viviendo en este departamento, y en el último año llegó un amigo suyo para compartir. Su roomie se llama Manuel Larios, “el Meño”. Es un reportero de Sonora que llegó al DF en 2009. Se conocieron en un restaurante de mariscos donde estaban reunidos varios amigos en común. A Meño le pareció raro que Almazán pidiera un Delaware Punch; lo acostumbrado es acompañar los mariscos con cheve. Pero Almazán no puede tomar cerveza, tiene una enfermedad en el colón que le impide ingerir irritantes. Tampoco toma café. Lo único que toma de alcohol es whisky, de preferencia Buchanan’s.

Meño es un chavo atrabancado, terco y fiestero, y aunque no lo parezca a simple vista, también es sensible. Tiene una cicatriz en la frente a causa de un botellazo que le cayó durante un zafarrancho cuando estaba en la preparatoria. Los médicos le dijeron que pudo haber perdido el ojo pero le cocieron la piel por dentro. En su antebrazo se distingue un tatuaje. Dice “Ashia”, que en árabe significa vida y es el nombre de su hijita de nueve años. La niña vive en Hermosillo, con su mamá. La vida amorosa de Meño ha sido por demás complicada, como un capítulo de The O.C. Ahora la lleva más tranquila con su novia Nallely, una periodista tenaz de dulce voz. A los 18 años, Meño se salió de su casa. Vivió y trabajó por un tiempo en Utah, pero volvió a Sonora para estudiar periodismo. Meño dice que la situación del periodismo en Sonora está grave. Los sueldos son muy bajos y no tienen tanta libertad para denunciar por los convenios publicitarios. Gracias a una oferta que le hicieron para cubrir notas del Senado, arribó al DF.

DEL DF A SINALOA

El DF es una ciudad que parece estar encafeinada todo el tiempo y donde abundan los personajes extraños. En una sola ida para llegar a la estación del metro Insurgentes, dentro del vagón se ve una señora sonriente con la ropa sucia y un cepillo rosa enredado en su cabello grisáceo. Por el corredor camina una niña de unos ocho años cuyo rostro, del lado izquierdo, está deforme, como si la hubieran quemado. En uno de los accesos a la estación se encuentra el Escuadrón de la Muerte; así le dicen Meño y Almazán a un grupo de punks que siempre andan bien colocados pidiendo dinero para comprar más “activo”. Se entremezclan con los profesionistas de apretujadas corbatas, las bellas estudiantes y turistas extranjeras, chavos de tribus urbanas y migrantes de diversos estados y países. Aquí, en el DF, y sobre todo en el metro, es donde uno se da cuenta que no se es más que un punto en el universo. Actualmente existen casi nueve millones de personas en la capital, censadas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Es el doble de lo que tiene Chihuahua, el estado más grande de México. El territorio del DF es diminuto en comparación, pero, como dicen, todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar. En el DF se acomoda hacia arriba.

Las cosas son muy diferentes en el norte del país, incluida la delincuencia. Hay varias ciudades con edificios históricos construidos con dinero del narco. El narco ha sido durante décadas el sustento de muchas familias; se ocupa de asuntos que el gobierno descuida, y eso le ha ganado el respeto y amor de mucha gente. En Sinaloa, por ejemplo, organizaron una marcha a favor de Joaquín Guzmán Loera “El Chapo” días después de su arresto. Lo capturaron el pasado 22 de febrero de 2014 en un operativo que no cuadra con lo que se esperaría de uno de los diez más buscados por el FBI.

Sinaloa es el estado al que Almazán juró nunca volver desde que lo amenazaron de muerte. Visitó entonces aquella calurosa ciudad para escribir la historia “Lino Portillo, asesino a sueldo”, un temible sicario que acababa de ser encarcelado. “Yo dije, güey, ese vato es el diablo. Quiero entrevistar al diablo”, cuenta Almazán. Lino había sido responsable de dos masacres, y cuando salió el texto publicado, Almazán comenzó a recibir llamadas extrañas. Varias veces fue escoltado a su casa por policías para salvaguardarlo. Cuando murió Lino, las amenazas cesaron.

Sin embargo, el texto lo hizo acreedor de su primer Premio Nacional de Periodismo, en el 2003. A los ganadores les dan una réplica de “El águila”, una escultura diseñada por el artista Juan Soriano. Almazán hasta ahora ha ganado tres, pero en el librero de su departamento sólo hay dos. Alex tuvo que empeñar una; no la ha recuperado. Los otros dos los ganó en 2004 y 2006 por sus crónicas “Cinco días secuestrada, cinco días de infierno” y “Los Buchones”, respectivamente.

Almazán, a pesar de su juramento, sí regresó a Sinaloa. Ese día que volvió a pisar suelo sinaloense conoció a Paola, su segunda esposa.

CREO EN LA IZQUIERDA

Cada vez que Almazán habla de un tema profundo la sale la voz con tono medio romántico, nostálgico. Sobre todo cuando habla de su mamá. En su antebrazo izquierdo tiene un tatuaje que dice “MER”, que significa mamá en francés y que también son las iniciales de su mamá: María Elena Rodríguez. Almazán es de complexión delgada. Su cabello es completamente negro y lo peina con el fleco un poco levantado. De pronto parece rockabilly. Usa lentes y se viste siempre casual, con pantalón de mezclilla y playera. Tiene 42 años, pero aparenta menos.

—¿Cómo era tu mamá?

—Mi mamá era un desmadre. Era muy alegre, muy cotorra. Su risa era clásica, se oía a 100 metros de distancia y te contagiaba. Creció con mi bisabuelo porque su padre y su madrastra eran alcohólicos. Luego se casó también con uno. Era la clásica doña religiosa educada para no divorciarse. Aguantó hasta que estuvimos grandes, pero finalmente mi padre es el que se va. Al preguntarle por qué aguantó tanto, siempre decía que fue por nosotros, quiso sacarnos adelante. Empezó a vender tortas en la primaria, en el recreo, y luego en la secundaria, pero no le fue tan bien. Luego decidió poner una tienda. La gente iba y la querían mucho. Pero también era sensible y confiada. Por eso la chingaron mucho. Sin embargo, mi mamá al único que le tenía resentimiento era a mi padre. La convencimos de que dejara la tienda y nosotros la manteníamos porque ya comenzaba a enfermarse, pero sólo empeoró. La tienda se las rentó a otros güeyes que la hicieron mierda. Luego, cuando mi mamá regresó, la levantó otra vez. Te hubieras reído mucho con esa doña. La extraño mucho, a veces la sigo llorando.

—¿Y tu papá?

—Es un desmadre. Le encanta el pedo y fue muy mujeriego. Esto puteó a mi madre. Él se forjó muy cabrón porque es un hijo bastardo. Su padre ya estaba casado cuando llegó una prima al pueblo y se la echó; de ahí nace mi papá. Nunca tuvo noción de lo que era una familia. Empezó a trabajar desde los nueve años en la calle. Mi papá tuvo sus razones por las que se fue de la casa. Ahora las entiendo. Durante mucho tiempo no nos vimos, hasta el año antepasado que vino mi hermano Carlos de Australia. Hablé con mi papá y entendí que le tenía que pedir perdón. Nos perdonamos chido, y quedamos en el entendido que nos íbamos a buscar. Quién sabe si seríamos amigos o tendríamos ese sentido de pertenencia paternal, pero quedamos en que si alguno de los dos muere, nos iremos tranquilos.

—¿Cuál es tu utopía?

—Que por lo menos todos tengamos lo necesario para vivir, esa es mi utopía. Buscar un bien común. Que fuera un país donde los políticos fueran serios.

—¿Crees que con López Obrador no hubiera pasado la guerra contra el narco?

—Los gringos son los que han determinado la política de las drogas en el país. El que llegara a la presidencia tendría que entrarle a la política de ellos. Con Andrés Manuel seguro hubiéramos tenido esta guerra, pero creo que no hubiéramos llegado a una descomposición social y violencia tan cabronas. Cuando se empiece a reconstruir el país van a pasar 25 años. Entonces digo “Ya valió madres el país que me toca”. No nos hagamos pendejos, México vive de mandar drogas a Estados Unidos. El negocio no se va a parar, un chingo de cabrones y familias dependen de eso. El narco ha hecho que muchos pueblos no se mueran de hambre, terminaron siendo sustitutos del gobierno. Tampoco puedes culparlos, es un pedo de políticas gubernamentales. Lo más sensato es hacerlo como antes, pactar rutas y que cada quien mueva su droga; antes podíamos coexistir con ellos. Debemos de regresar a ese punto primero, de coexistir, porque sólo nos están matando.

—¿Cuál es tu ideología política?

—Creo en la izquierda. Pienso que la Universidad Nacional Autónoma de México me hizo ver las carreras de humanidades y las lecturas que te arrastran a que seas antigobierno. Siempre teniendo una crítica hacia el gobierno. En el fondo, la izquierda trae un modelo económico distinto. Aquí sólo hemos tenido a Cuauhtémoc Cárdenas y a Andrés Manuel. He votado por ellos porque han sido los únicos. No soy un revolucionario, pero soy un güey que en el fondo trata de pensar, según yo, en lo que le conviene más a la raza. Vengo de ahí, conozco, yo soy esa raza. Tampoco soy un pejezombie, pero sí me hice amigo de Andrés Manuel. No le gustó cuando Oscar Camacho y yo publicamos el libro La victoria que no fue. López Obrador entre la guerra sucia y la soberbia porque no sólo retrataba lo miserable que habían sido Vicente Fox y todos los demás contra Andrés Manuel, sino que también había cometido muchos errores. Aunque Oscar y yo simpatizábamos con él, también es una cuestión profesional. Soy reportero y no puedo mentirle a la gente. Creo que en el periodismo lo que estamos haciendo es historia. Para el 2033, si este país existe, y todavía hay educación y libros, alguien va a tener que reconstruir la historia. Y sientes chido aportarle lo que tú viviste y viste. Habrá más versiones, pero al final, el que tu aportes un dato que sea real será algo chido. Aunque sea en un periódico o una revista, estamos escribiendo la historia de este país.

OJOS ARDIENDO EN PALESTINA

Y ahí estás, Almazán, en medio de una enorme nube de pólvora, tierra y gases lacrimógenos tan mortales que hasta fueron prohibidos por la Organización de las Naciones Unidas. Estás tirado en el piso junto a tu amigo Oscar Camacho y tus otros cuatro compañeros. Te proteges de las balas que el ejército israelí dispara a cualquiera que se le ponga en frente, incluidos ustedes, la prensa. Israel invadió Palestina desde hace muchos años y están en una guerra que parece interminable. Y ahí estás tú, en mero en medio. Es un viernes de agosto de 2011. Te dijeron a ti y a tus compañeros que todos los viernes en este pueblo palestino los habitantes se manifiestan en contra de la invasión judía. En otros pueblos también lo hacen, pero dicen que aquí es mucho más violento y siempre hay desmadre. Por eso se fueron para allá, te gusta la adrenalina. Te lloran los ojos, te arden en demasía, pero los habitantes son solidarios y te regalan cebolla como remedio para el asfixiante gas lacrimógeno que arrojan sin parar.

Ya has trabajado con Oscar en varias ocasiones desde que lo conociste en el periódico El Universal en 1998. Pero esta vez sientes el temor de morir. Aunque también sientes el cariño y el apoyo de él y de tus compañeros, sin que nadie lo diga. Estás aquí para hacer un libro de crónicas con Oscar que se titulará Historias que Dios no hubiera escrito: la invasión judía a Palestina. No tenías ni dinero ni trabajo, por eso cuando te ofrecieron venir a Palestina a retratar la guerra aceptaste. Aparte te gusta la aventura.

Después de un rato de deambular entre el terror, encuentras un refugio en una casa llena de palestinos que como tú buscan resguardo. Tú, Oscar, los fotógrafos Ulises Martínez y Daniel Aguilar y los otros dos compañeros sienten esa cercanía en una situación que podría no tener un final feliz. De pronto, ves a Oscar abalanzarse para defender a un niño con síndrome down que está a punto de ser capturado por un soldado. Oscar lo abraza para que no se lo lleven, y tú lo primero que piensas es abrazar a Oscar porque lo están jalando hacia afuera también; luego los demás te abrazan a ti. Estás tan angustiado como tus colegas, pero continúas reporteando al igual que Oscar mientras los fotógrafos no dejan de disparar con sus cámaras.

Cuando por fin te liberas de la situación y llegas al lugar donde se hospedaron, platicas con Oscar. Los dos acuerdan que cada quien va a escribir cinco crónicas. Se detienen un momento y reflexionan sobre lo que investigaron. Luego continuarás con el tecleo.

Oscar confía en ti, sabe que al momento de trabajar estás reporteando. Dice que eres muy observador y tomas muchos apuntes, pocas veces utilizas tu grabadora. Asimismo, tú también confías en él. Oscar te considera un hermano. Lo quieres mucho. No sabes qué sería de ti sin tus amigos.

Al regresar a tu casa en México, Paola te sorprenderá con un pequeño pug al que nombró Marcelo. Pero tú vas a decir “No, se llamará Handala”. Ese es el nombre que viste en los muros de Palestina. Pertenece al hijo de un dibujante palestino asesinado, y ahora es el símbolo de esa gente. Al investigar su significado supiste que Handala es una planta de raíces tan profundas que si la cortas vuelve a crecer.

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