Por Carmen Libertad Vera

En tu casa hay un fantasma, ¿verdad?

Al escuchar lo anterior, Mateo me miró fijamente. En silencio. Con toda la incredulidad del mundo depositada en su juiciosa mirada. A punto de la más espontánea de las carcajadas, misma que apenas pudo contener. Lo que no pudo evitar fue la divertida sonrisa que distendió sus labios y escaló hasta su mirada, haciendo irradiar en ella su tan exclusivo chispear. Con tan sencillo gesto supe que no me creía.

Él pareció inferir mi descubrimiento acerca de su escepticismo y no dudó en corroborar, de viva voz, su incredulidad. Escuché así sus palabras:

Carmen… —dijo Mateo, pasado su estupor inicial. —En esa casa, durante diez años, vivió mi madre, y nunca mencionó algo relacionado con ningún fantasma.

Hubo un silencio entre ambos, que él mismo decidió interrumpir:

Además… —prosiguió Mateo con tono discreto e ilustrativo—, en esa casa nunca, pero nunca, se ha muerto alguien. ¡Yo mismo me encargué de investigar!

Conociendo la certeza con que Mateo acostumbra ir por la vida, debido a su sensata mente científica, y entendiendo que difícilmente alguien en su sano juicio podría rebatir algo por él afirmado, debí de haberme quedado callada.

Pero no, hice exactamente lo contrario: ¡Me atreví a ambas cosas! A poner en duda mi sano juicio, algo nada difícil por cierto, y a intentar objetar sus siempre exactas conclusiones. Esto último, un verdadero y complejo tour de force.

En tu casa hay un fantasma —insistí categórica.

Mateo, ante tal testarudez, y haciendo ostensible su paciencia de hombre sabio, sin perder en su mirada el brillo de divertimiento encendió un cigarrillo y… se resignó a escucharme, no sin antes preguntar:

¿Qué hace el fantasma?

Procedí a responder con toda certidumbre:

Prende y apaga las luces de la cocina. Enciende la radio y le cambia de frecuencia. Y lo que más me exaspera: ¡En el baño se entretiene yendo a levantar la tapa del sanitario! ¡Es lo único que no le tolero! Además… pues… estuvo el incidente de la licuadora…

Concluí aquella exposición de evidencias con un categórico suspenso. En gesto tan explícito, como si frente a unos eruditos sinodales hubiera defendido una tesis irrebatible. Según yo, nadie podría seguir dudando la existencia de aquel fantasma.

Mateo, a esas alturas de la conversación, había ido inclinando el torso por sobre su escritorio, hacia mi persona. Se concretó a mirarme con una escrutadora cara de what.

Él, pensando que era broma, decidió continuar en la forma más lógica. Siendo partícipe de un insustancial juego. Adoptando un tono provisto de toda la formalidad posible, preguntó:

¿Y qué te dice el fantasma?

Yo, ingenua y, como usualmente me sucede con Mateo, sin captar la ironía en la generalidad de sus expresiones, respondí:

Nada. A mí no me dice nada.

Ante respuesta tan candorosamente estúpida, Mateo puso cara de doble what. Después… No pudo reprimirse más y soltó la más libre de todas las carcajadas que le he conocido.

Yo, seguramente con una cara de idiota de lo más convincente, no entendía porque él no podía creer algo tan indiscutible. Sólo hasta el momento en que Mateo había soltado aquella carcajada advertí que iba a ser imposible que él, o cualquiera, me creyera. No sabía que decir.

Me preguntaba internamente si… “Ese fantasma debía decir algo para que Mateo, especialmente él, no pusiera en duda aquella su espectral existencia, ni mis afirmaciones”.

Me sentía herida en mi amor propio. Además… “El hecho de que el fantasma no hubiera proferido palabra alguna tampoco probaba su inexistencia. Se podría pensar la posibilidad de un fantasma mudo o afónico”. ¿O no?

Esos absurdos discernimientos no eran exteriorizados. Se generaban non sense, íntimamente, como recursos en defensa de mi menoscabado ego.

La realidad es que había un fantasma en casa de Mateo. Si alguien sabía eso, era yo. Nadie más. Ya que era yo quien vivía en aquella casa. Probablemente también el fantasma sabía de su existencia y proceder. Pero… con esa ánima en cuestión no se podía contar a nivel testimonial. ¡Hubiera sido el recurso óptimo para que el escepticismo de Mateo se evaporara más fantasmagóricamente que cualquier espíritu chocarrero!

¡Ah! Porque algo primordial: el fantasma aquel se clasificaba dentro del subgénero chocarrero. No era espíritu maldito que la pasara asustando gente con lamentos, o alborotando vecindarios mediante el farragoso recurso de arrastrar cadenas. Tampoco encajaba en la sobada categoría de alma en pena. ¡Para nada! Cuando encendía la radio, sintonizaba sólo música tropical, de banda o de puro ritmo ponchis ponchis.

A lo mejor por esa razón era difícil que alguien, en este caso Mateo, creyera en su existencia.

Probablemente resulta más sencillo suponer a los fantasmas, per se, maléficos o quejumbrosos. Y este sólo era vacilador y bromista. ¡Además de mudo y maleducado! Porque no decir ni pío o jugar con la tapa del sanitario no eran rasgos de mucho refinamiento. ¡Sobre todo lo segundo, ¿verdad?

Todo eso del dichoso fantasma había comenzado hacía poco menos de un mes. Ya que yo llevaba casi un año de resistencia y lucha por la mínima subsistencia y estaba sin techo. Después de haber quedado, li-te-ral y com-ple-ta-men-te, en la calle.

Como se lee. Injusta e infundadamente desempleada. Sin peso en la bolsa. Con un patrimonio personal que consistía únicamente en ese desempleo, de innoble raíz política, y la correspondiente demanda laboral contra el exceso de arbitrariedad que había ocasionado tan mañosa y escandalosa destitución, el único recurso posible para una justa reinstalación laboral y el legítimo pago de mis salarios caídos, a esa fecha con más de un año de andar por el subsuelo; además de la recuperación de otras prestaciones profesionales.

Patrimonial podría considerarse entonces también mi esperanza en la justicia laboral de este país, aún a sabiendas de que en este país la justicia siempre ha sido la gran ilusión.

El destino parecía convertirme en, una más, de los millones de clochards de esta globalizada y mal compartida nación. Lo cual se evaporó cuando Mateo, defensor de las causas más sublimes y promotor de las bellas artes, asumiendo prodigiosamente un papel de ángel guardián y remedio a todas mis desventuras, me socorrió en forma celestial autorizando la posibilidad de morar, exentamente, una residencia de su propiedad.

Casa donde según esto provisionalmente habito con mis escasos trebejos y tiliches. Mi amada música. Mi profesionalidad magisterial y, sobre todo, mi creatividad pictórico-literaria difícilmente reconocida y exiguamente remunerada. Además de… ¡un fantasma!

Lo más semejante a lo que me acontecía parecía guión cinematográfico de película en espera de un happy ending. Pero era la pura realidad. Mi realidad. Y conste, el fantasma no llegó conmigo. Lo constata fehacientemente el servicio de mudanzas que trasladó mis modestas pertenencias. El inventario de mi menage no incluyó ningún tipo de aparecido.

Ya estando instalada en casa de Mateo, los primeros días fueron de enorme ajetreo. No hubo tiempo para advertir fantasma alguno.

Su primera manifestación fue melódica. Una noche se comenzaron a escuchar guapachosas notas musicales desde el interior de la cocina; lugar con una exquisita atmósfera veermeriana.

Las escuché hasta el interior de mi recámara. Yo estaba adormilada y a punto de ingresar al territorio del más intenso sueño. Sólo así pude escucharla. Porque dormida nunca la hubiera escuchado. Mi dormir es tan profundo que apenas el más intenso de los estruendos consigue interrumpirlo.

Lo sorprendente resultaba que el ruido aquel no podía provenir del exterior de la finca. Eso despertó mi curiosidad y me fue despabilando. Intuitivamente me levanté de la cama, al salir de la habitación percibí los sonidos con mayor intensidad y provenientes de la cocina. Me dirigí a ese sitio. Encendí la luz y vi la radio funcionando. Desconecté dicho aparato. Fue la primera vez de tal situación. No me provocó ningún resquemor. Aunque para mis adentros reafirmaba absoluta seguridad acerca de mi inveterada costumbre por no dejar innecesariamente encendido algún aparato eléctrico.

Se presentaba un razonamiento clave: “Si no era yo quien había encendido esa radio… ¿Quién demonios la había encendido?”.

Razonamiento válido, tomando en cuenta que no fue esa la única vez que sucedió algo similar. Seis o siete veces se repitió la misma historia. A distintos horarios. Y observé que las luces de ese bellísimo espacio de ambientación tan especial se apagaban estando yo segura de haberlas dejado encendidas, o se prendían cuando tenía plena certeza de haberlas dejado apagadas. Me fui acostumbrando.

A lo que no logré habituarme fue a entrar al cuarto de baño y descubrir, ¡la tapa del excusado per-fec-ta-men-te levantada! En contra de mi más recalcitrante rutina.

Quien le dejaba así no podía ser otro sino un fantasma. Un ser no tangible o mensurable dentro del mundo físico. Razón por la cual Mateo, buscando explicación lógica a esos misterios, llegó a sugerir el que alguien se pudiera brincar al interior de la casa sin yo darme cuenta. Posibilidad descartada al unísono debido a los sistemas de seguridad instalados, los que incluyen alambrados, alarmas y sensores. Buscamos explicaciones lógicas para los demás sucesos extraños. Sin encontrarlas del todo.

Dos situaciones fueron las que a mi juicio tuvieron una ponderada justificación racionalista. Ellas fueron las que me condujeron, aún en contra de mi propio e inicial desdén, a presuponer la existencia de un fantasma.

Una: la vez que se comenzó a escuchar un sonido parecido al característico ruido de un motor en funcionamiento. Incesante e in crescendo, por más de veinte minutos. ¡Para variar, proveniente del interior de la cocina! Y que surgía de… ¡El motor de la licuadora encendido en la más alta de sus catorce velocidades! Era inaudito. Aquel artefacto había quedado limpio y apagado después de la gastronómica preparación de un aderezo a base de crema y chiles chipotles. “¡Hummmm!”. ¿Cómo explicar entonces que varias horas después, de buenas a primeras, se pusiera a funcionar? “¡¿Ah, verdad?!”.

Dos: una noche, saliendo del cuarto de baño, percibí una incorpórea forma vaporosa de consistencia similar a un membranoso tejido de gasa blanca, levitando encima del rústico piso para, repentinamente, introducirse dentro de la primera pieza de aquella casa. Aposento habilitado por Mateo para parte de su biblioteca y su memorabilia personales.

Fue cuestión de instantes. Mismo tiempo que quedé en un silencioso azoro. Sin saber si dudar de lo visto, o de mi propia visión. Asimilé tal acontecimiento como algo de muuuuuy dudosa veracidad. Pero eso sí, concediéndome el beneficio de la duda.

Acaso Mateo me haya otorgado también ese mismo beneficio, pues después de escuchar esa parte, procedió a proponer posibles alternativas prácticas de desenlace.

¿Quieres qué hable con Saturnino y lo lleve a la casa? —me pregunt en una forma particularmente dulce.

¿Con quién? —respondí en forma de pregunta.

Saturnino, el cura de la parroquia que tenemos enfrente de la casa. ¡Qué vaya y eche unas cuantas invocaciones con agua bendita! Digo, si tú crees que eso haría que el fantasma deje de molestar.

¡Mateo! —respondí yo con un tono entonces sí verdaderamente espantado—. ¡No! Para nada es necesario un sacerdote. El fantasma no molesta. Te comento lo de su existencia… pues… porque consideré conveniente que lo supieras. Y porque… porque… pues… ¡En tu casa hay un fantasma! ¡Te lo juro!

Eso último lo pronuncié acompañado de un espontáneo gesto de mi parte: había levantado mi brazo derecho, como signo de algo que resultaba imprescindible en cualquier rito juramental que se respete. Mateo y yo permanecimos varios segundos mirándonos fijamente a los ojos. Me sentí convertida en una despistada Caperucita, extraviada en un bosque oscuro como boca de lobo. Mateo, en indescriptible concordancia con esa sensación, terminó la charla diciendo en el más bello tono de voz que le he conocido:

Tendré que hablar muy seriamente con ese fantasma…

Mateo, hasta donde yo sé, no ha hablado con el fantasma.

Pero, poco después, un sorpresivo desperfecto eléctrico dejó en completa oscuridad la parte donde se ubica la casa. Aunque todas las demás áreas de la finca tenían suministro de luz. Informé a Mateo del contratiempo. Paciente, dio instrucciones para restablecer la iluminación. Fue inútil. Transferí energía eléctrica desde la planta baja del inmueble. Tuve que pasar unos días ausente de casa. Al regreso, Mateo me informó por teléfono que “iba a enviar un electricista a fin de restablecer, inmediatamente, el funcionamiento de la luz”. Le pedí que no se preocupara por eso, porque había descubierto un problema mayor.

¿Ahora cuál? —me preguntó con voz expectante.

¡En la casa se metieron unos ratones! —respondí con voz llena de genuina alarma—. Llegaron del otro lado. Vi meterse a uno por debajo de la puerta del balcón. Creo que no es el único, porque vi a otro, o no sé si será el mismo, saliendo debajo de la puerta de la habitación primera.

No pasaron ni quince minutos cuando Mateo estaba en casa con un electricista. Éste llego cargado de cables y herramientas. Luego Mateo fue a comprar un efectivo y coagulante veneno para roedores nocivos, con intención de “declarar la guerra a los ratones y exterminar esos bichos, pues son animales muy inteligentes y bastante destructivos”.

El electricista encontró el origen del fallo en el suministro de luz. Un fusible defectuoso. Sí, exactamente el mismo fusible que según yo había cambiado en diversos e infructuosos intentos por restablecer la iluminación.

Luego Mateo preparó y colocó los cebos contra ratones, mismos que al parecer no han sido muy efectivos. Pues, para mi infortunio, todavía anda por ahí algún otro (quizá sea el mismo) asqueroso y plomizo ratoncillo.

De lo que sí he podido darme cuenta es que el hipotético fantasma pudiera tener cierto parecido con algunos mamíferos pertenecientes al orden de los proboscídeos. Pues desde que los ratoncillos comenzaron sus desagradables apariciones, el dichoso fantasma chocarrero no ha vuelto a dar señales de vida.

Probable que ante la presencia ratonil, al igual que se supone hacen los elefantes… ¡Haya huido!

Quizás ahora ande por alguna otra casa, lejos de los invasores mus musculos vecinos. ¡Esos pericotes mentecatos a los que Mateo, estoy segura de ello, logrará exorcizar de casa por un muy buen y largo tiempo!

*Texto perteneciente a la obra De los Cuentos de la Casa de Lázaro Mateo, actualmente en preparación.

Comments

comments