Algo mágico deben tener los eclipses totales de sol, ya que al menos los que han sido visibles en nuestro país, sobre todo en la segunda mitad del siglo xx, en amplios sectores de la población y bajo distintas circunstancias, han llegado a remover el tan vanagloriado misticismo de nuestras ancestrales raíces indígenas.

Desconozco si la motivación primigenia de tal misticismo se relaciona con el enorme temor que experimentaban pueblos como los aztecas, por citar sólo un ejemplo, ante fenómenos semejantes; aprensión natural hacia lo inexplicable, ya fuera a causa de un limitado conocimiento científico o a su particular cosmogonía.

Fray Bernardino de Sahagún, en el Códice Florentino, narra los sangrientos ceremoniales que entre los indígenas mexicas provocaba la aparición de un Tonatiuhcuallo, eclipse de sol; los que a decir del franciscano, incluían sacrificios humanos a manera de ofrenda y para evitar que el astro solar muriera.

Sin llegar a semejantes rituales extremos, lo que resulta innegable es que por tradición, moda, buena onda o mera pachequez, en torno a los tres más recientes eclipses totales de sol que se observaron en Guadalajara, de una u otra forma todos ellos contaron con el alivianado acompañamiento de esa parafernalia de invocaciones prehispánicas, lo que incluye música de teponastlis, caracoles y chirimías; danzas con taparrabos de manta y mantos de terciopelo adornados con grecas de listón o espiguilla; vestuarios adicionados con escudos bélicos, emplumados penachos y demás etcéteras.

También hay que considerar que dos de esos fenómenos celestiales sucedieron apenas con un año de diferencia: el primero de ellos el 11 de septiembre de 1969 y el segundo el 7 de marzo de 1970, en pleno auge del hipismo y la era de acuario.

Ése último fue el más importante, “el eclipse del siglo”, y tuvo como el observatorio principal de todo el planeta, la hasta entonces olvidada población de Miahuatlán de Porfirio Díaz, ubicada a 100 kilómetros al sur de la ciudad de Oaxaca, allá por los reverenciados territorios de doña María Sabina.

Innecesario mencionar que entre los casi 20 mil turistas que hasta aquellos parajes llegaron, se encontraban muchos hippiosos extranjeros o nacionales, integrantes de la peace & love generation, buscando reencontrarse con la naturaleza y, de paso, con uno que otro honguito alucinógeno.

No faltó ahí la grupal y participativa danza-ofrenda al dios Sol, con obvias reminiscencias indígenas pero sin sacrificios humanos, ni tampoco faltaron las doñitas oaxaqueñas que ese día prefirieron alejase del argüende para mejor ir a orar en el interior de algún templo.

Por otra parte, el registro de científicos que de todas partes del mundo arribaron a Oaxaca para observar el eclipse ascendió a poco más de un millar, muchos de ellos acompañados de impresionantes sistemas de medición y registro, sofisticados aparatos electrónicos, fotográficos o de filmación, antenas y estaciones de transmisión vía satelital o por microondas, situación que causó enorme sorpresa entre los pobladores quienes, en su totalidad, carecían de receptores para una señal televisiva.

En Guadalajara, la “observancia del eclis” de 1969 estuvo más bien calmada, lo que no significa que para los tapatíos semejante suceso pasara desapercibido, sino que, debido a los persistentes cielos nublados, sólo pudo observarse en forma parcial durante el tiempo que duró el fenómeno.

En el eclipse total de 1970, a nivel nacional sucedió un portento mediático muy interesante, el cual concentró la apreciación del fenómeno al través de las pantallas televisivas, las que de manera casi uniforme sintonizaron el Canal 2, todavía no “de las estrellas” pero si del entonces Telesistema Mexicano, que realizó una súper promocionada transmisión a control remoto desde Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, conducida memorablemente, entre otros, por Pedro Ferriz Santa Cruz, quien de costa a costa y de frontera a frontera manifestó una emoción desbordada y fuera de serie, razón por la cual en el momento de mayor obscuridad declaró al aire no saber, “si reír, llorar o hincarse a rezar”; frase que luego se volvió recurrente en el habla coloquial de toda la nación.

Los tapatíos que esa vez prefirieron ver el eclipse en vivo y a todo color de oscuridad, armados con sus correspondientes rollos de fotografía velada, o con un cartoncito de papel con un orificio milimétrico en el centro, complementado con otro similar pero completo, donde la sombra reflejara el avance del fenómeno solar; o con pedazos de mica para soldar del número 14 o vidrios muy ahumados incluso con ocote, a fin de evitar los daños de los rayos infrarrojos en la retina; anduvieron muy cucos y de mirones por sitios públicos como el Observatorio Meteorológico de la UDG, o en la Plaza de Armas y otros sitios semejantes al aire libre.

Es muy posible que el eclipse del 11 julio de 1991 sea, hoy en día, el mejor recordado por la mayoría de tapatíos.

Ocurrido en periodo vacacional, previa divulgación masiva en los medios informativos de los reiterados cuidados que la población debía tener a fin de evitar lesiones oculares, algunos tapatíos aprovecharon la ocasión para ir al cerro de Tonalá, lugar donde instalaron el denominado observatorio de la Cihualpilli y, además, el municipio tonalteca organizara un espectáculo popular con grupos de música autóctona prehispánica y otros de danza indígena.

Algo similar ocurrió en la explanada del desaparecido Planetario Severo Díaz Galindo, donde también en su interior programaron conferencias a cargo de prestigiados académicos especialistas, proyecciones científicas, así como otras actividades con carácter de divulgación.

A pesar de que ese día el cielo tapatío no estuvo completamente despejado, lo que impidió que se observaran las estrellas, a partir de las 13:09 horas la ciudad comenzó a oscurecer ante los admirados ojos de sus habitantes. Los efectos en el ambiente y en algunas especies animales fueron inmediatos. Las parvadas de aves revolotearon ruidosas buscando árboles donde pernoctar. La fauna doméstica llegaba a sus acostumbrados rincones de descanso. La temperatura comenzó a descender en forma ligera pero perceptible. Un silencio nocturnal se apoderó de las calles y la vida citadina. La respiración de los seres humanos se pausaba o contenía. ¡La pronosticada noche irrumpió soberana! Un temblor interno recorría muchos de los asombrados cuerpos. Un sentimiento mágico e inexplicable invadió el ambiente.

En las calles todo parecía detenido y hasta fantasmagórico. Los escasos autos comenzaron a circular con sus faros encendidos. Las luminarias urbanas con sensibilidad solar prendieron en automático su resplandor.

Aquella maravilla duró seis minutos. Minutos memorables que conducen a ser recordados como una, a veces, irrepetible y fugaz experiencia de vida.

Poco a poco, aquella breve noche extraordinaria, culminó con la similar progresividad de su inicio. Fue el segundo amanecer de un nuevo día, mismo que a lo lejos, algún gallo citadino anunciara con su sonoro e inconfundible ¡kikiriquíííí!

De nuevo, aunque de manera parcial y conjuntamente con el regreso a clases, este 21 de agosto del 2017 en Guadalajara podrá observarse un eclipse de sol. Si lo va a intentar observar, tome todas las consabidas precauciones. De seguro no faltarán los que, para no perder la tradición, enfilarán hasta Los Guachimontones para participar en alguna purificadora ceremonia mística, whatever that means, o en algún acto de veneración solar.

Las tradiciones permanecen, aunque algunas se renueven o adapten conforme a la época. Así que si lo considera pertinente, vaya preparando su listón coloradote con tamaño alfilersote pañalero, pa’ que se lo ponga donde mejor le cuadre y se así proteja de los efluvios del “eclis”. No vaiga siendo la de malas si no. ¿’Edá?

Por Carmen Libertad Vera

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