¿Cuál es el significado de las aguas en lugares donde apenas existe?

Por Joan Didion

Entre las personas que habitan las partes más áridas del mundo habemos quienes concebimos el agua con una reverencia que a muchos podría parecerles excesiva. El agua que saldrá mañana del grifo de mi casa en Malibú hoy cruza el Desierto de Mojave, desde el Río Colorado, y me gusta pensar en la localización exacta de esas aguas. El agua que beberé esta noche en un restaurante de Hollywood se encuentra recorriendo ahora mismo el Acueducto de Los Ángeles, traída desde el Río Owens, y también me gusta pensar en la ubicación exacta de esas aguas. Yo particularmente disfruto de imaginarlas como una cascada que se desliza sobre los escalones —con ángulos esculpidos de 45 grados— que ventilan las aguas del Owens después de su viaje enclaustrado a través de las tuberías y sifones que atraviesan la montaña.

Resulta que mi propia devoción al agua siempre se ha concretado en esta meditación constante acerca de dónde se encuentra; un interés obsesivo no por la política del agua, sino por la logística de ésta, su movimiento a través de los acueductos y presas y bombas y cámaras y sifones y resumideros, la plomería a gran escala.

Conozco información sobre proyectos de agua que nunca veré. Conozco las dificultades por las que pasó Kaiser Engineering para cerrar los canales del Embalse de Guri en Venezuela. Me mantengo al tanto de los índices de evaporación de la Presa de Asuán, en Egipto. Puedo dormirme imaginando el agua que cae decenas de metros hasta las turbinas de las Cascadas Churchill, en Labrador [Canadá]. Y si el proyecto de Churchill no logra concretarse, puedo concentrarme en otros más cercanos —los molinos de Hoover, en Colorado; las torres piezométricas de las Montañas Tehachapi, que reciben las aguas bombeadas por el Acueducto de California— y, finalmente, recordar aquella mañana en la que tenía 17 años y quedé atrapada, sobre una balsa salvavidas, en plena construcción de la Presa Nimbus Afterbay, en el Río Americano, cerca de Sacramento. Recuerdo que sucedió mientras intentaba abrir una lata de alcaparras con alcachofas. La balsa giró hacia un tobogán bastante angosto que se usó para desviar el río temporalmente. En mi memoria, deliraba de emoción.

Supongo que le debo en parte a la memoria de aquel delirio mi visita veraniega al Centro de Control y Operaciones para el California State Water Proyect (SWP), en Sacramento. De hecho, en California hay tanta agua que es movida por tantísimas instituciones diferentes que quizá los que mueven el agua son los únicos que están al tanto de dónde está viajando el agua de cada quien. Para hacerse una idea es necesario recordar que Los Ángeles transporta una porción de toda esa agua, y que San Francisco mueve otra porción, y el Buró de Reclamación de Central Valley está a cargo de otra, y el SWP se encarga de buena parte del resto, moviéndola en cantidades enormes y transportándola a través de distancias mucho más extensas de lo que cualquier cantidad de agua ha viajado jamás. Almacenan el agua en contenedores de granito en Sierra Nevada y almacenan alrededor de un trillón de galones en la Represa de Oroville, y cada mañana, en las oficinas del SWP, en Sacramento, se decide cuánta agua habrá de moverse al día siguiente.

Esta decisión se ejecuta dependiendo de la oferta y la demanda, algo que es, en teoría, bastante simple, pero que se dificulta mucho en la práctica. En teoría, cada una de las cinco divisiones del SWP —Oroville, Delta, San Luis, San Joaquin y las divisiones del Sur-—llama a la base antes de las nueve de la mañana y comunica a los despachadores cuánta agua ocupan los contratistas locales, quienes basan sus estimados en agricultores y otros grandes usuarios. Se arma un programa, y las compuertas se abren o se cierran dependiendo de lo establecido en el programa. El agua fluye rumbo al sur y se cumplen los pedidos. En la práctica, esto requiere precisión, una coordinación prodigiosa y el tremendo esfuerzo de varios cerebros humanos, más el de una Univac 418. En la práctica puede que sea necesario retener enormes cantidades de agua para la producción de energía eléctrica, o bajar la salinidad del Delta de San Joaquín-Sacramento, el punto más ecológicamente sensible de todo el sistema.

En la práctica, una llovizna puede suprimir la necesidad de una entrega que ya va en camino. En la práctica, lo que se entrega son volúmenes increíbles de agua, no cartones de leche o carretes de hilo, y se requieren dos días para mover toda esa agua a través de Oroville hacia el Delta, que es el lugar donde se almacena el agua de California y que por años ha permanecido avivado por sensores eléctricos y equipo telemétrico y hombres que bloquean los canales y desvían el flujo del agua y sacan peces para que no se atoren en las bombas. Hacen falta más o menos otros seis días para mover esta misma agua a lo largo del Acueducto de California, desde el Delta hasta Tehechapi, y colocarla al otro lado de la colina, al Sur de California.

“Colocar el agua al otro lado de la colina” es lo que suele decirse en el Centro de Control de Operaciones del SWP cuando se habla de bombear agua a través del Acueducto, desde el fondo del Valle de San Joaquín, hasta el otro lado de las Montañas Tehechapi. “Descenderla” quiere decir que bajarán los niveles de agua en alguna parte dentro del todo el sistema. Pueden mover el agua al otro lado de la colina vía control remoto desde sus oficinas en Sacramento usando la Univac, con sus tableros enormes y luces parpadeantes. Pueden descender el agua de San Joaquín, también vía control remoto y desde la misma oficina en Sacramento, con sus puertas cerradas y sus alarmas sonantes y su flujo constante de hojas de datos extraídos con sensores escondidos allá afuera, bajo el agua.

Desde esa oficina en Sacramento, el sistema entero asemeja un juguete hidráulico de un trillón de dólares, y de cierto modo lo es. “EMPECEMOS A DRENAR QUAL A LAS 12:00”, decía un comunicado electrónico que se grabó a las 10:51 AM cuando visité el Centro de Control y Operaciones. “Quail” es la reserva en el condado de Los Ángeles, su capacidad es de 1 trillón 636 millones 18 mil galones. “OK”, se leía como respuesta en la bitácora. Entonces me di cuenta de que había perdido la oportunidad para practicar la única vocación para la que tenía una afinidad instintiva: quería drenar el Quail yo misma.

No son muchas las personas que me siguen la corriente cuando intento hablar sobre el movimiento de las aguas, incluso cuando les detallo el impacto que ese movimiento tiene sobre sus vidas, indirectamente, todos los días. Pero “indirectamente” no es suficiente para la mayoría de las personas que conozco. Esta mañana, sin embargo, varios conocidos sintieron el impacto, no indirecto, sino directo del movimiento de las aguas.

Estaban grabando una película en Nuevo México; la secuencia en la que estaban trabajando requería de un río lo suficientemente profundo como para hundir un camión entero, de esos que traen cabina, remolque y 15 o 16 ruedas. Resulta que ese año no había ni un solo río en todo Nuevo México que cargara suficiente agua para ejecutar la escena. La producción tuvo que moverse a Needles, California, donde el Río Colorado lleva, dependiendo de la apertura de la Presa de Davis, entre 5 y 6 metros de profundidad. Ahora, preste mucho atención: ayer, una tormenta tropical azotó el Sur de California; en los meses secos, lo normal son 5 cm de agua, pero como la lluvia inundó los campos y le proporcionó a los agricultores agua suficiente para varios días, no hubo necesidad de pedir ni una gota a la Presa de Davis.

Si no hay órdenes, no hay entregas.

Oferta y demanda.

Como resultado, el Colorado apenas si alcanzaba los 2 metros de profundidad a la altura de Needles. Sam Peckinaph necesitaba por lo menos 5 metros para hundir su camión y grabar la escena, pero nadie le dijo a los trabajadores de la presa que había demanda por cubrir. El rodaje se detuvo todo un fin de semana. Volverán a grabar el martes, suponiendo que algún agricultor haga un pedido de agua. Mientras tanto, iluministas, camarógrafos, asistentes de dirección, supervisores de guión, dobles y quizá hasta Sam Peckinaph están atorados por un fin de semana en Needles, donde la temperatura alcanza los 43 grados centígrados a las cinco de la tarde y es difícil encontrar un lugar para cenar después de las ocho. Una parábola californiana, pero verídica.

Siempre quise una piscina, pero nunca la tuve. Cuando se supo, hace un año más o menos, que California estaba pasando por una sequía severa, muchos de los residentes de las zonas más ricas en agua se sentían muy agradecidos y hacían referencias constantes a cómo los californianos tenían que clausurar sus piscinas. De hecho, una vez que una piscina ha sido llenada y su filtro comienza el proceso de limpieza y re-circulación del agua, ésta requiere virtualmente cero líquido. Sin embargo, el contenido simbólico de las piscinas siempre ha sido interesante: la piscina ha sido malinterpretada como un signo de afluencia (real o simulada) y una especie de atención hedonística para el cuerpo. Pero la piscina es, de hecho, para muchos occidentales, un indicador no de riqueza, sino de orden, de control sobre lo incontrolable. Una piscina es agua disponible y usable, y eso es, como tal, una imagen infinitamente tranquilizante para el ojo occidental.

Es fácil olvidar que la única fuerza natural sobre la que ejercemos cualquier tipo de control es el agua, y eso es un hecho reciente. En mis recuerdos, los veranos de California se caracterizan por la tos de las tuberías, una señal de que el pozo estaba seco. Los inviernos me hacen pensar en las guardias nocturnas al borde del río a punto de desbordarse, los sacos de arena, la dinamita en los diques y las inundaciones del primer piso. Incluso hoy la zona no es del todo adecuada para un poblado tan grande.

Mientras escribo, un incendio lleva ardiendo por dos semanas sin control tras la costa de Big Sur. Inundaciones destrozaron todas las grandes carreteras que llevan al Condado de Imperial. Esta mañana noté una ruptura muy fina en los azulejos de la sala causada por el terremoto de la semana pasada, una sacudida de 4.4 que ni siquiera sentí. En la parte de California que habito, el clima se caracteriza principalmente por su aridez, y no estoy para nada complacida de ver a los cactus esparciéndose sin freno rumbo al mar. Habrá días de invierno en los que la humedad bajará a diez, siete o hasta cuatro. Plantas rodadoras pasarán frente a mi casa y el sonido de las cascabeles será multiplicado cien veces en las tardes por las buganvilias de la cochera.

La supuesta tranquilidad de la vida en California es un espejismo, y quienes lo confunden con una realidad viven aquí del modo más temporal. Conozco tan bien como cualquiera el valor considerable que existe en un río que corre libre y lleno de brillo, en el agua que fluye sin barreras sobre la piedra, pero también me ha tocado vivir bajo las aguas de ese río cuando se desborda, y pasado un buen tiempo sin bañarme cuando se seca.

“El Oeste comienza”, escribió Bernard DeVoto, “donde el promedio anual de lluvia baja de los 50 centímetros”. Esa es quizá la mejor definición del Oeste que he leído, y ayuda a explicar la pasión que tengo por ver el agua bajo control, pero muchos de mis conocidos insisten en buscar implicaciones psicoanalíticas que justifiquen esa pasión. De hecho he explorado, en plan amateur, las implicaciones más obvias, y no he encontrado nada interesante. Existe cierta realidad externa que se resiste a la interpretación. El Oeste comienza donde el promedio anual de lluvia baja de los 50 centímetros. El agua es importante para las personas que no la tienen, y lo mismo puede decirse sobre el control.

Hace unos 15 años arranqué un poema de Karl Shapiro impreso en una revista y lo clavé a la pared de mi cocina. Ese mismo fragmento de papel ahora cuelga en la pared de mi sexta cocina y se desmorona un poco cada vez que lo toco. Lo conservo por su última estrofa, que tiene, para mí, el poder de una plegaria.

It is raining in California, a straight rain

Cleaning the heavy oranges on the bough,

Filling the gardens till the gardens flow,

Shining the olives, tiling the gleaming tile,

Waxing the dark camellia leaves more green.

[Llueve en California, una lluvia lisa

que limpia las naranjas llenas del ramaje,

que colma los jardines hasta que el jardín desborda,

que da brillo a los olivos, y azul al azulejo,

que enverdece el lustro oscuro de las camelias.]

Inundando los valles diurnos como el Nilo.

Pensaba en esos versos casi todas las mañana en Sacramento, cuando iba a visitar el Centro de Control y Operaciones del SWP. Si quería drenar el Quail a las 10:51 de la mañana, también quería, en la tarde, hacer mucho más. Quería abrir las compuertas del molino de Clinton Court. Quería producir energía en la Presa de San Luis. Quería vaciar una de las piletas del Acueducto y mandarla entera al Buró de Reclamaciones del Canal de Cross Valley, nada más para ver cuánto tiempo tardarían los del Buró en llamar con sus quejas.

Me quedé tanto como pude para ver el sistema trabajando en los tableros con luces brillantes. El reporte de salinidad del Delta estaba apareciendo en los teletipos a mis espaldas; el reporte de mareas se materializaba en otro lado. El tablero de terremotos, que ha sido modificado para sonar su alarma —un pillido para el Sur de California, un tono más agudo para el Norte— sólo durante terremotos que registran un 3.0 en la Escala de Richter, permanecía en silencio. No tenía nada más que hacer en la habitación, pero, de todos modos, quería quedarme. Quería ser la encargada, ese día, de dar brillo a los olivos, llenar los jardines e inundar los valles diurnos como el Nilo. Y no he dejado de quererlo.

*Texto publicado en We Tell Ourselves Stories in Order to Live (2006). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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