Por Camilo Ruiz

Hay una anécdota que probablemente guarde la llave para entender lo que pasa en Ucrania mejor que el más sesudo análisis: el 9 de marzo se cumplieron 200 años del nacimiento de Tara Schevchenko, el gran poeta de la liberación y del nacionalismo ucraniano. Los seguidores del nuevo gobierno ucraniano se juntaron alrededor de la estatua en Kiev para rendirle homenaje al poeta. Entre los oradores se encontraba —aparte del presidente interino— Mikhail Khodorkovsky, el enorme magnate del petróleo ruso, uno de los cuatro que se hizo ultramillonario con la liberalización de las empresas estatales. Khodorkovsky fue encarcelado por Putin bajo los cargos más diversos y fue puesto en libertad al alba de los Juegos Olímpicos, hace apenas unos meses, para quedar bien con la comunidad internacional. Khodorkovsy terminó su discurso citando una de las frases de Schevchenko: “¡Luchen y triunfarán! ¡Dios los ayuda!”. Como si esta combinación de capitalismo mafioso con poesía romántica no fuese ya lo suficientemente desagradable, a unos kilómetros, ante la estatua de Lenin, se organizó una contramanifestación de pro-rusos que entonaron cantos soviéticos y loas al revolucionario, pidiendo la absorción del este de Ucrania en Rusia. Uno puede preguntarse quién se retuerce más en su tumba, si Schevchenko siendo recitado por un oligarca ruso o Lenin siendo alabado por un grupo de chovinistas estalinistas.

Aunque Google Maps no haya todavía, mientras escribo este artículo, aceptado la separación de Crimea y la posterior unificación con Rusia, es ya un hecho que Ucrania se ha dividido y que la federación rusa ha incrementado su territorio unos 30 mil kilómetros hacia el suroeste.

Lo anterior es una derrota: uno no tiene que ser un fetichista de las fronteras entre los estados para darse cuenta que, a pesar del rompevientos democrático del referéndum, la absorción de una parte de Ucrania por Rusia no es sino otro avatar en la larga historia del chovinismo ruso sobre sus países vecinos. En la confrontación entre los estalinistas reconvertidos al capitalismo mafioso y los oligarcas ucranianos ansiosos de llegar al acuerdo más humillante posible con la Unión Europea —esa gran exportadora de armas y derechos humanos—, la mayoría de los ucranianos tienen poco que ganar.

En cada oportunidad que tiene, Putin no deja de mofarse de la decadencia y la debilidad occidental. Es cierto: ni la UE ni mucho menos Estados Unidos harán nada para contrarrestar el hecho consumado, en gran parte porque la autodeterminación de las naciones no les interesa más que en tanto que vector de sus intereses económicos. Pero esa insistencia oscurece otro hecho, que muy probablemente saltará a la vista en el mediano plazo: la equivalente debilidad del estado ruso y de su política exterior.

Putin ganó Crimea, pero perdió Ucrania. La oligarquía rusa estaba feliz con el vasallaje que tenía sobre Ucrania entera hasta hace unos pocos meses, y absorber a Crimea dentro de su enfermiza economía puede salir extremadamente caro. Habrá que pagar pensiones, salarios de funcionarios, construir un enorme puente, etc. Se ha vuelto un cliché de la prensa occidental hablar de la dependencia energética europea hacia Rusia, pero Rusia es igualmente dependiente de Europa para prácticamente todo aquello que implique un cierto valor agregado. La fórmula del escritor Emmanuel Carrère para referirse a Rusia como “una Burkina Fasso de veinte millones de kilómetros cuadrados pero con misiles nucleares” puede volverse realidad si los precios del petróleo bajan en los próximos años.

En la decisión de Putin, pues, hay pavoneo y despliegue de fuerza, pero ante todo hay un error político nacido de la desesperación. Desesperación provocada por la movilización de Maidan. Pero ésta cayó en la fosa que hay entre la representación política y el deseo. Las revoluciones inconscientes no dan nunca un programa para gobernar los países: de ahí que tan pronto su objetivo primario haya sido cumplido —tirar al gobierno—, el camino le queda libre a cualquier banda de oportunistas bien organizados que sepan aprovecharse del vacío de poder.

Lo mejor que uno puede esperar ahora es que la movilización, que ya logró hace unas semanas su primer objetivo, no se postre ante la partición y pueda desarrollarse y radicalizarse a través de la creación de asambleas de discusión y decisión local. Algunas de las políticas que adoptó el gobierno post-Maidan —como aquéllas contra el idioma ruso—han enojado a una buena parte de la población del este y la vuelve permeable al discurso de Putin —reproducido en América Latina por el castro-chavismo trasnochado— de que Maidan estuvo dirigido por un puñado de fascistas imperialistas.

Si hay una salida a largo plazo para el problema de la autodeterminación ucraniana, ésta se encuentra, sin duda, en la aplicación cuidadosa de los dos símbolos que neo-estalinistas y nacionalistas burgueses buscan absorber. Si Lenin teorizó la opresión y la revolución, Schevchenko las poetizó:

¡Ay Dios, otra vez la calamidad!…

Todo era tan apacible, tan sereno;

Apenas comenzábamos a romper las cadenas

Que atan a nuestra gente en la desgracia

Cuando ¡alto!, Fluye otra vez la sangre

Del pueblo; Y como perros voraces

Ante un hueso, los vándalos reales

Se muerden mutuamente la garganta.

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