Por Camilo Ruiz Tassinari

El primer país europeo en desafiar abiertamente el consenso neoliberal ha reelegido al antiguo líder de la resistencia, Alexis Tsipras, pero convertido en un dócil instrumento de sus antiguos enemigos.

Si un sector muy amplio de la izquierda radical se negó a depositar su confianza en la que desde siempre se mostró como una opción ambigua y confusa, creo que nadie esperaba que Syriza diera semejante vuelta de 180 grados en poco menos de nueve meses. Con la reciente victoria electoral de Tsipras se amarra bien un nudo cuyos componentes quedaron a la vista tras la firma del memorándum que siguió al referéndum de junio: el momento clave en la debacle griega no son las últimas elecciones, sino el acuerdo que vino tras la victoria del No. En todo caso, la conclusión es la misma: la oportunidad más clara de romper con la austeridad fue espectacularmente desperdiciada.

En momentos de derrota, el primer deber es sacar las conclusiones necesarias. Hay que intentar practicar un realismo intransigente y desechar cualquier sombra de falso consuelo. Lo primero que hay que constatar, por supuesto, es que social y económicamente, a Grecia le esperan años de pobreza, desempleo y desesperanza. El shock económico ha sido ya devastador; será peor. Incluso desde el punto de vista del capitalismo griego, era mejor salir del euro, devaluar la moneda y esperar atraer inversiones para la exportación. Ahora Grecia depende de un nuevo ciclo generalizado de crecimiento en Europa para poder empezar a revertir la situación en la que se encuentra. Tal cosa no sucederá en por los menos el siguiente lustro.

La tanda de recortes y privatizaciones planeada para este invierno es la peor de las que se han aplicado hasta la fecha, y sólo si esta es llevada a cabo con éxito, los acreedores europeos considerarán la posibilidad de una cierta flexibilidad en los términos de los pagos. En pocas palabras, al declive económico hay que agregarle sujeción total a la Troika.

¿Y en la política interna? Las cosas podrían pintar menos mal si las fuerzas a la izquierda de Syriza hubieran sacado buenos resultados electorales. Eso mostraría que un sector amplio de la población griega estaría todavía dispuesto a pelear contra el gobierno y que en el mediano plazo un proceso de recomposición de las fuerzas radicales podría ser factible. Pero ese no fue el caso. Unidad Popular, el ala izquierda de Syriza, que salió del gobierno y se negó a firmar el memorándum con la Troika, sacó un resultado extremadamente bajo —menos del 3 por ciento— en relación con la proporción de Syriza que se llevaron a sus filas (alrededor de un tercio, incluyendo a toda la juventud). El otro partido de la izquierda radical, Antarsya, que en otros momentos rozó el 3 por ciento, no llegó ni al 1 por ciento. Ninguno de los dos tendrá representación parlamentaria. Para darse una idea de la debacle, basta recordar que al principio de la campaña electoral los dirigentes de Unidad Popular creían que podrían llegar al 15 por ciento.

La cuestión esencial es explicar por qué Syriza versión neoliberal ganó las elecciones, habiendo traicionado su programa original. Esto es lo más difícil y aquí no se puede sino esbozar una interpretación. Tal vez haya que comenzar invirtiendo a Marx: la clase obrera produce (y vota) por sus sepultureros. En enero, la victoria de Tsipras fue celebrada en las calles de las ciudades griegas como una victoria del pueblo, como el inicio de una cierta reapropiación de la historia: un triunfo de los trabajadores y de la soberanía nacional sobre los banqueros y la Troika. Ahora las calles de Atenas estaban desiertas. Los griegos sabían que las dos opciones eran en realidad una misma: Syriza y la derecha tradicional, Nueva Democracia, están de acuerdo en todo lo esencial. Por eso la campaña de Tsipras se centró en sus capacidades personales como primer ministro, en su capacidad para el diálogo con la Troika, su conocimiento del terreno, etc. De la política en sí, está de más decirlo, ni una sola palabra.

El triunfo de Syriza se da en el contexto general de una profunda decepción de esos millones de griegos que hace tres meses votaron con ardor por el No. El experimento de los últimos nueve meses les dijo que en el fondo no hay ninguna alternativa: después de haber desechado a los dos partidos tradicionales de la democracia, la organización que se había creado ad hoc para derrotar el consenso neoliberal terminó aplicando exactamente lo mismo que los otros. Syriza ganó en un mar de desesperanza. Esa es una lección en pesimismo que permeará a toda una generación. La consecuencia principal, me animo a especular, será el desencantamiento con la política en general y la izquierda en particular. El experimento Syriza relegará a la izquierda radical a la completa marginalidad y, como ya se vio en estas elecciones, la participación electoral caerá a bajos históricos. Esperemos que los filo-fascistas de Alba Dorada, que ya son terceros, no capitalicen esta derrota… Benjamin escribió hace mucho que todo fascismo es un testimonio de una revolución derrotada.

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Grecia reverbera en España. No es casualidad que Podemos haya empezado a desangrarse desde que Syriza empezó a trastabillar. Lo anterior es parcialmente una función de la actitud que Pablo Iglesias ha tomado respecto a sus aliados griegos. En una intervención desconcertante, cuando le cuestionaron sobre Grecia, Iglesias declaró que, en el fondo, si Podemos llegara al poder y se viera sometido al mismo nudo neoliberal, no podría hacer nada diferente que Syriza: “Nuestro programa es el de la democracia cristiana de los años ‘70. La única que puede hacer algo en Europa es Marine le Pen, si gana las elecciones en Francia y se alía con Rusia, porque su país tiene armas nucleares”.

Iglesias se ha negado a deslindarse de Tsipras porque, dicen, no quiere estar con los perdedores. La incapacidad de Podemos de darle una respuesta coherente al que claramente es un problema común de la izquierda europea ha provocado, y con razón, la desconfianza de amplias capas de la población española. Podemos seguirá en caída libre. Lo que le subyace a este declive es una sequía estratégica: el simplemente no saber qué hacer si llegan al poder. Si negarse a estar con “los perdedores” lo lleva a uno a depositar las esperanzas en Marine Le Pen o en Putin, tal vez ese sea un declive por el que no haya que derramar tantas lágrimas.

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