POR GUADALUPE CLAUDIA TREVIÑO MIER

Radico en la ciudad de Durango. Soy madre de Omar Vázquez Treviño, muchacho de 22 años de edad, quien desapareció desde el día 30 de julio de 2013, en compañía de dos amigos: Javier Jefte Morales Olivo de 26 años y Luis Fernando Landeros Aguilar de 28 años. Lo último que se supo es el paradero de la camioneta donde se trasladaban que fue encontrada abandonada en el crucero de las calles 16/Berriozabal, en Ciudad Victoria Tamaulipas, municipio a donde se trasladaron para desempeñarse como actores independientes de teatro agregados del Instituto Tamaulipeco de la Cultura y las Artes (ITCA). Desde entonces, vivo la peor pesadilla que una madre puede padecer, no sólo por desconocer el paradero de mi hijo, sino por no saber cómo está. No tengo que decirle cómo estamos su padre y yo; como podrá imaginar, este ha sido el peor de los golpes que puede recibir una familia, nada más y nada menos que esta situación donde priva la angustia, el dolor, los sentimientos encontrados, la zozobra, la desesperación, entre otros. Mi situación es el lado B de las estadísticas que sólo reflejan números, las mismas que hablan de miles de desaparecidos desde que empezo esta absurda guerra donde quienes más perdemos somos las madres de familia. Porque para dolor, el de una madre que no se cansa de buscar, de esperar, pero tampoco de torturarse por no saber nada de su hijo. Las estadísticas, reitero, son sólo números fríos, pero no hablan de las tragedias que hay detrás, no describen el vía crucis que representa para una madre, para toda la familia involucrada, una pérdida que no se puede llamar pérdida hasta que no se sabe el destino del o los desaparecidos. Por esta razón no hay reparación de daños más que el regreso de ese hijo tan amado, tan anhelado. Por ello, le suplico que mire con detenimiento la foto de mi muchacho y de sus amigos, y se ponga en mis zapatos, en los zapatos de las otras dos madres en espera, y haga, desde su posición como periodista, comunicador y/o líder de opinión, lo que su ética profesional, pero sobre todo su corazón le dicte; difúndala, pregúntele a la autoridad competente, y por qué no, al mismo presidente de la República, desde su micrófono o columna, desde su tribuna, dónde es que está Omar, quien junto con sus compañeros no hacía otra cosa más que estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. Hasta el momento, la autoridades de Tamaulipas, donde estuvimos una semana entera realizando gestiones para la localización de mi hijo, hicieron lo medianamente posible; obtuvimos más y mejor respuesta de sus homólogos de Durango, Durango, pero hasta el día de hoy ningún esfuerzo ha sido suficiente para tener ya no noticias, sino indicios de dónde pudiera estar mi hijos y el resto de sus acompañantes.

Le suplico que haga lo que estime conveniente con esta misiva, pero no ignorarla. Mi hijo, sus dos amigos, así como cientos de jóvenes y adultos desaparecidos en condiciones semejantes en los últimos años, suman sus voces desde donde están, desde donde yacen, para exigirles a aquellos como usted que pueden darles voz, que no se queden callados, no como aquellos que por miedo no dicen lo que saben sobre esta y otras desapariciones. Quedo de usted con la esperanza puesta en que este caso sea considerado como algo que involucra personas, seres humanos que viven y respiran y padecen de un dolor indescriptible, y no como una cifra más que se suma para engrosar las ya de por sí vergonzantes y dolorosas estadísticas que sólo reflejan la indolencia de las autoridades por poner un hasta aquí a tan lamentables sucesos. Confío en ello. Dios le bendiga.

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