Voy regresando a Monterrey tras pasar un mes en el Distrito Federal, en la Colonia Obrera. Es un barrio que por el día hace honor a su nombre: a las seis de la mañana se escuchan los rechinidos de las imprentas. Por la tarde la pulquería El Salón Casino agasaja a sus comensales con un menú de comida gratis en la compra de alguno de sus ocho diferentes tipos de pulque. Y por las noches, los tacones y las lentejuelas marcan meridianos imaginarios entre las ficheras del Barba Azul y las transexuales a lo largo de la Calzada de Tlalpan. Pese a lo animado de aquellos lares, anhelaba estar en mi Barrio. Las últimas noches antes de regresar me soñaba acá: extrañaba bajar las escaleras de mi edificio, saludar a la vecina y a sus gatos que se asoman al escucharme desencadenar la bicicleta; treparme y comenzar a pedalear entre los Condominios Constitución, cruzar El Barrio Antiguo, Santa Lucía, La Macroplaza y llegar a la Frutería Morales en el Mesón Estrella, quejarme de los precios del lichi. No soy de Monterrey, nací en Chihuahua y llevo más de 20 años acá. Tengo un inexplicable apego con este lugar que frecuentemente considero inhóspito. En varias ocasiones he sentido que la ciudad me escupe, que no quiere que regrese pero siempre lo hago, el centro me seduce, ahora vivo en los Condominios Constitución.
Habitar estos rumbos y recorrerlos a diario en bicicleta me hacen sentir melancolía y nostalgia por el final de aquella época, que era una gran fiesta que parecería que nunca iba a terminar.
Pero también siento el inicio de nuevas formas de vida, menos eufóricas y más comunales. Me encuentro a diario entre las calles a músicos, escritores, fotógrafos, periodistas, que conocí en mis vidas pasadas. Nos saludamos y nos despedimos con una sonrisa de complicidad, sin hablarlo entendemos algo, aquí vivimos y vamos a rescatar esta zona, incluyendo a los Condominios Constitución, el lugar por el cual, en esta edición, Melva nos lleva a dar un paseo histórico entre sus edificios, hogar y refugio de quienes en ellos estamos formamos comunidad.
Visitamos los recovecos de la Posada Belén, hogar de migrantes en Saltillo y concluimos nuestro tour por un paseo en la Torre Eiffel de Maupassant. Al cabo, somos vecinos.
DAG
buzon@elbarrioantiguo.com
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