Maria Fernández

Un viaje siempre es bueno, y más cuando tu destino es un festival de música en una de las zonas más contrastantes del país. Baja California es actualmente de los centros culturales, gastronómicos y turísticos con mayor crecimiento, además de ser reconocida como la frontera con más tráfico del mundo. Gracias a la combinación de estos elementos, emerge uno de los proyectos más interesantes que he visto en cuanto a música y gastronomía se refiere.

El festival de música All My Friends es una propuesta que inició hace cinco años en la bella y excéntrica Tijuana y que esta vez decidió trasladarse a las playas de Rosarito. La imparable ola de músicos y artistas culinarios fue la principal razón por la cual surgió la necesidad de crear esta plataforma. Para este año, el festival evolucionó de manera natural hacia un espacio totalmente alineado con la propuesta, a tan solo unos pasos de las aguas en Castillos del Mar, Rosarito, en Baja California. Desde un inicio, el festival All My Friends ha logrado exponer la música emergente a nivel nacional e internacional, pero sobre todo ha buscado que quienes asistan tengan nuevas experiencias. Fue mi caso durante las 24 horas de supervivencia que pasé en el festival en Rosarito.

Desde mi llegada a la sede del festival tuve la sensación de estar en un paraíso. La entrada a Castillos del Mar es una puerta a un mundo desconocido pero a la vez emocionante. La vista al mar, tres escenarios, un banquete de propuestas culinarias, un mercadito y una cueva de generación de sonidos electrónicos fueron algunas de las paradas obligatorias. Además de todos los encuentros esperados dentro del festival, hubo una serie de actos que llamaron mi atención de forma particular. Debo de confesar que al ver el cartel de bandas que se presentarían en el festival fueron pocas las que reconocí. Cosa nada mala; sería una oportunidad para descubrir nuevas propuestas.

Una de las primeras bandas que decidí ver, después de haber comido una de las mejores tortas vegetarianas de mi vida, fue al dúo regiomontano Clubz, en el escenario que tenía vista al mar. Después se presentaron Las Robertas, una agrupación de surf rock costarricense con alma californiana, conformada por dos chicas y un baterista que transmiten fielmente su música. La banda, además de ser de mis favoritas, tocó durante una de las mejores horas del día en ese mismo escenario que da al mar. Mientras el avanzaba la jornada, decidí caminar un poco hacia otro de los escenarios, uno que daba de frente a un jardín. Ahí, con el atardecer de fondo, pude presenciar un proyecto que fue de mis preferidos: Late Night Howl. Esta banda originaria de Tijuana tiene como base el folk, pero lo que despierta el interés es la melancolía que hay en su música.

Otro de los actos que esperé durante el día fue la propuesta de punk garage de Bleached. Estas chicas de punk sincero fueron una de las bandas que definieron el antes y el después del festival. A partir de ahí, todo comenzó a subir de volumen a la vez que el sol desaparecía por completo. Las bajas temperaturas de la noche no nos impidieron disfrutar de dos de las presentaciones más esperadas — y excéntricas: Gonjasufi y Fuete Billete.

Al terminar el día, en el camino de regreso al hotel, no pude dejar de pensar en lo grande que había sido el festival. Con “grande” no me refiero nada más a su nueva ubicación, sino a todos los detalles que lo conformaron. El festival All My Friends no sólo expone las riquezas culturales de Tijuana, también tiene el potencial de convertirse en una de las propuestas con alcance internacional en la esquina de Latinoamérica.

Bleached – Next Stop


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