Querido Diario:

Decirte que el largo tiempo en que no he platicado contigo ha estado de lo más movido no sería para ti ninguna novedad. De hecho, con decir que desde nuestro último encuentro todo ha transcurrido como siempre no habría más que agregar. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Tú conoces a la perfección la vida cotidiana en El Arrabal.

Quizás la única novedad que necesitas saber es el reciente connato de incendio provocado por un indigente en uno de los tantos escondrijos aledaños al Tren Ligero; es decir, en un estrecho agujero con paredes de ennegrecido concreto. Minúsculo espacio subterráneo del que ese vagabundo se había apropiado, nadie sabe desde cuándo, convirtiéndolo en su propia cueva urbana.

Especial

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La escandalosa humareda que del agujero comenzó a salir obligó a que alguien solicitara la necesaria intervención de los bomberos quienes, ¡en menos de lo que te lo cuento!, aplacaron el fuego en todos esos triques que como menaje el indigente tenía.

¡Ya te la sabes! Puro material inflamable. Cajas, botellas, cartones, plásticos, cobijas y trapos viejos, además de variopintos tiliches por el estilo.

Al final, todas sus miserables pertenecías quedaron convertidas en lo mismo que eran antes del incendio: un revuelto mazacote de mugre y basura al que con la combustión sólo se vinieron a agregar un montón de terrosas cenizas.

Como suele suceder cuando las autoridades intervienen en ese tipo de sucesos, al indigente con toda seguridad se le catalogó como alguien “visiblemente perturbado de sus facultades mentales”.

Hasta donde sé, nadie relacionó su forma de “vida” con situaciones de injusticia, miseria o abandono social. Para las instituciones eso no existe, y quizás sólo les baste ver la incuestionable y desastrosa facha de un indigente para, en automático y sin conocer su historia de vida, declararlo loco. ¡Ya entiendes muy bien tú a lo que me refiero!

Así, en sus reportes dirán que dentro del quemado agujero encontraron un masculino de mediana edad, semidesnudo y todo chamagoso, con irregulares zonas de su cuero cabelludo trasquiladas al rape, con la mirada absorta en la catástrofe de sus gastados calcetines percudidos o, quizás, en el vacío de su indigente realidad personal.

Después de concluido el trabajo de los bomberos y apagado el connato de incendio, hasta El Arrabal llegaron también unos representantes del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF por sus siglas en burocrático oficialista) para finalmente hacerse cargo de la situación del indigente; trasladándolo quizás a un puesto de socorros o a un albergue para una valoración médica y, en el mejor de los casos, otorgar un posible seguimiento a su caso.

Especial

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Lo único cierto que puedo agregar, querido Diario, es que durante todo el operativo, mientras la rapada cabeza del indigente medio sobresalía del agujero en el piso que servía de entrada a su hundido hábitat, teniendo desparramada a su derredor gran parte de la ahumada basura extraída por los bomberos; el flujo vehicular que por la amplia avenida transitó a escasos centímetros de él, permaneció normal y constante. En nada altería su habitual ritmo citadino.

Especial

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Porque recuerda, querido Diario: en esta “noble y leal”, para las buenas conciencias ciudadanas, los indigentes son poco menos que seres invisibles. Ellos son considerados una población indeseable y, por lo tanto, pasan por completo desapercibidos para los ojos de la insensible mayoría.

A menos que en una de esas, a alguno de ellos le dé por la puntada de incendiar su propio infiernito.

Por Carmen Libertad Vera

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