¿No te da pena?

¿Por qué no te gustan cosas más normales?

¡Te ves ridícula!

He escuchado montones de cuestionamientos y exclamaciones similares por décadas. Desde niña mis padres me daban comics para estimular la lectura, ellos pensaban que de ahí saltaría a leer libros más complejos y así fue, pero nunca dejé mis comics.

Mis primeras letras vinieron de la mano de Memín Pinguín y La familia Burrón, mi percepción de la vida y la pobreza en México fue moldeada en gran parte por ellos, con sus historias de vecindades y niños con tenis rotos jugando al futbol.

Crecí viendo, y sufriendo, con Candy Candy, Remi y Sandybell, me emocioné con el futbol inverosímil de Supercampeones y seguí la batalla para salvar el mundo de Los Caballeros del Zodiaco. En los noventa vi morir a Superman y me enseñó sobre la vulnerabilidad, también sobre el legado que dejan quienes dedican su vida a hacer del mundo un lugar mejor.

Como seres gregarios, buscamos juntarnos con personas con los mismos intereses, pero, en esas épocas, lograr encontrar a gente con esas mismas pasiones no era sencillo, éramos los raros.

A medida que creces, pareciera que la sociedad te exige que vayas dejando atrás las cosas que te hacían feliz, tachando de infantil incluso cosas sanas como seguir practicando un deporte o continuar con hobbies, es como si desearan que te volvieras un ser amargado e insípido que solo viviera temiendo el qué dirán.

Y a quienes nos negamos a rendirnos a ese destino cruel, nos dedican burlas, miradas socarronas y en algunos casos, hasta improperios.

En la menor de las situaciones somos perseguidos por guardias por nuestra vestimenta en tiendas y centros comerciales, incluso en espacios públicos como el Parque Fundidora; en el peor de los casos nos roban policías en plena Macroplaza, quitándonos dinero, el celular, etcétera, con acusaciones de “faltas a la moral” por usar ropa diferente.

Nos corretean mientras caminamos por la calle, nos toman fotos sin nuestro consentimiento, tocan nuestra ropa, nuestra cara y cabello y meten sus manos debajo de nuestras faldas pomposas, como si nuestro estilo diverso les diera permiso automáticamente de transgredir nuestro espacio personal.

No saben nada de nosotros y se atreven a juzgarnos, muchos somos ciudadanos productivos de nuestra sociedad; hombres y mujeres que trabajamos y tenemos familias, que pagamos nuestros impuestos y generamos ganancias con nuestras habilidades y conocimientos.

De lunes a viernes podemos ser un Godínez cualquiera, vistiendo un traje y corbata. Pero el fin de semana podemos ser una persona vistiendo una alegoría a la época victoriana, un guerrero medieval, un campeón de un juego de mesa, somos lo que permitimos a nuestra imaginación ser.

Afortunadamente, gracias al cine, por fin el mainstream conoce historias de superhéroes y de historias clásicas antiguamente veneradas solo por los ñoños, como El Señor de los Anillos o El Hobbit, y en la televisión, a través de programas como The Big Bang Theory o Game of Thrones, nos han dado un nuevo lugar a los geeks, a los nerds, a los frikis, a los raros.

Hoy veo con entusiasmo las Convenciones de Comics llenas de esos adultos de mi edad, que otrora nos señalaban, arrastrados por sus hijos, para disfrutar de fines de semana llenos de personas disfrazadas de personajes haciendo Cosplay, Gamers haciendo retas de los videojuegos más populares, amantes de la música coreana haciendo coreografías en los concursos de Kpop, etcétera.

Quiero que sepan que a diferencia del trato que muchos recibimos al ir creciendo, nosotros los recibimos con brazos amorosos en nuestro mundo, donde siempre hay lugar para uno más, ¡bienvenidos!, ¡bienvenidos sean, al mundo de los raros!

 Por Yareni Villarreal Camero

*Texto original del taller `Vertebrales´: Columnas de opinión.

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