¿Por qué el periodismo muere si hay tantas personas viéndolo morir?

Por Robert S. Boyton

Cuando publiqué El nuevo Nuevo Periodismo en 2005, algunos cuestionaron mi afirmación de que la no ficción de formato extenso pasaba por un gran momento en Estados Unidos. ¿Acaso la capacidad de atención de las personas, en especial de los jóvenes, no se estaba reduciendo? ¿Quién tenía tiempo para leer largos artículos y libros? ¿Cuántas revistas publicaban todavía no ficción de formato extenso? ¿Y no estaban también ellas desapareciendo?

Y esto sucedía en la era pre-Facebook y pre-Twitter; una era más sencilla, en la que la expresión “redes sociales” evocaba imágenes de cóctel literario o de fiesta de lanzamiento de un libro. Entonces llegó la Gran Recesión de 2008, que sembró dudas acerca de todos los aspectos de nuestra economía. Incluso las revistas y los periódicos más poderosos luchaban por sus vidas. ¿Cómo podía yo defender un género periodístico que parece tan anticuado, exige tanto trabajo y consume tanto tiempo?

Todas buenas preguntas, para las que solo tengo respuestas tentativas. Mi optimismo nace de varias fuentes. En términos empíricos, he observado que, con independencia de las circunstancias macroeconómicas, las personas en las sociedades industriales avanzadas tienden a esperar utensilios cada vez mejo- res en sus vidas —cada vez más ajetreadas—: teléfonos “inteligentes” multifuncionales, cámaras que generan fotografías y vídeos más nítidos, ordenadores más ligeros y más potentes, televisores más grandes y más delgados, y —más recientemente— tabletas. Con las constantes mejoras en hardware con el que mirar, escuchar, leer, buscar y comunicarse, ¿no es probable que sus dueños vayan a querer mirar, leer, buscar y escuchar un “contenido” (¡temible palabra!) de alta calidad similar?

Mi optimismo se debe también en parte a mi propia experiencia como escritor y profesor. Cada otoño, al recibir a un nuevo grupo de estudiantes en la Universidad de Nueva York, lo primero que hago es darles la bienvenida a la casa del periodismo. Es una casa grande, les explico, con muchas estancias de diferente forma y diseño. Las estancias tienen nombres como “post de blog”, “artículo de fondo”, “ensayo”, “reportaje de corresponsal en el extranjero” y “libro”, y da la impresión de que cada año se agregan uno o dos cuartos nuevos.

Para labrarse una carrera larga y satisfactoria, continúo, deben encontrar una estancia que les guste realmente, y decorarla y diseñarla de modo que refleje sus mejores atributos. Además, deben encontrar unas pocas estancias extra en las que se sientan cómodos, ya que uno no puede pasarse toda la vida en un mismo cuarto. Cada estancia tiene una función diferente, y debe ser mantenida de modo que conserve su sentido. A veces vamos a la sala de estar, invitamos a nuestros amigos y celebramos una gran fiesta. Otras veces queremos estar solos, así que nos retiramos al despacho para reflexionar en paz sobre un tema. Y hay veces en que ofrecemos una pequeña cena y luego salimos a la terraza para proseguir una conversación particularmente intensa con un solo interlocutor. Las variaciones son, potencialmente, ilimitadas.

Ofrezco este consejo como alguien que ha trabajado exclusivamente en la vertiente editorial del periodismo, pero ha pensado mucho en el motor económico que lo impulsa. Después de todo, una de las lecciones de la última década es que todos, en cierto sentido, dependemos de la vertiente financiera. Algunos de mis colegas lo llaman “periodismo empresarial”, aunque para mí es simple- mente pensar como un periodista freelance (lo cual fui durante una década).

Durante aquellos días de “periodismo de subsistencia”, aprendí una verdad que la vertiente empresarial del periodismo solo está empezando a asumir ahora: ningún periodista, u organización periodística, puede sostenerse con un único modelo de negocio. Para sobrevivir, escribí críticas literarias y ensayos (por los que se pagaba una miseria) para avanzar en mi investigación y reflexión vertida en artículos largos (mejor remunerados). Escribí para revistas de mujeres y de viajes (que pagaban una fortuna) porque me brindaban tanto la oportunidad de escribir como la de viajar y encontrar nuevas historias. No era el periodista más exitoso de mi generación, pero tampoco el menos exitoso. Me las arreglé para forjarme una reputación aceptable y, más importante aún, para pasármelo bien.

Mis andanzas por la casa del periodismo se vieron facilitadas por mi diminuto y económico apartamento. Pero fueron posibles porque saldé la deuda por cada estancia. No esperaba vivir de las críticas literarias y los ensayos, ni aceptaba solo los encargos mejor pagados. Los combinaba de la mejor forma que podía, y creo que quienes quieran superar los desafíos económicos del periodismo deben intentarlo también.

Compararía el pensamiento actual sobre modelos de negocio para el periodismo con el promotor inmobiliario que solo hace centros comerciales. Lo que necesitamos, dicta este pensamiento, son tantos espacios abiertos, grandes y de diseño sencillo como sea posible, para que la gente acuda en masa.

El periodismo contemporáneo ha derribado las paredes y quiere que todo el mundo se siente en la misma habitación (por lo general, la más llena y ruidosa de la casa). Una colección de casas idiosincráticas, cada una con estancias de diferentes tamaños, es algo demasiado confuso y desordenado, dicta este pensamiento. No: el truco es “ser grande” y dar enormes fiestas a las que todo el mundo esté invitado. ¿De qué otro modo puede una página web atraer millones de consultas?

Esto no significa que no haya buenas noticias en el mundo periodístico. Las hay. Es importante recordar que, por más amenazados que se sientan los periodistas, el hecho más llamativo es que nunca tanta gente ha tenido tanto acceso a tan diversa y enorme provisión de información. Y nunca se había consumido tanta cantidad. Esto es innegablemente cierto y supone un gran beneficio para la humanidad. La audiencia para el periodismo nunca ha sido tan grande. Si el negocio del periodismo tiene problemas no es porque haya poca demanda de su producto.

Las páginas web de diarios como el New York Times, el Washington Post y Los Angeles Times son visitadas por decenas de millones de lectores cada mes. Si el periodismo se está muriendo, el funeral tendrá la mayor cantidad de asistentes de la historia.

Pero si un vasto número de personas quieren consumir periodismo, también quieren consumirlo a su manera y conveniencia. No es tanto que quieran las así llamadas “noticias personalizadas” (el Santo Grial de los agregadores de noticias), como que quieren controlar la forma de consumir. Esto es algo que las industrias del entretenimiento y de las comunicaciones entienden, y es la razón por la cual ha habido una explosión de la cantidad de modos en que podemos escuchar música, ver películas y hablar entre nosotros. Estas industrias son conscientes de que, si no satisfacen al cliente, morirán.

En este sentido, es el periodismo el que ha fallado al público, y no al revés. Pese a su conversión en su lecho de muerte al credo de internet, las empresas periodísticas todavía quieren que sus clientes consuman sus artículos de la manera en que lo han hecho siempre. (La noción de que internet ha destruido las noticias de los diarios y de la televisión es un mito. La circulación de los diarios ya había empezado a caer antes de que apareciera internet.)

Sin duda, suben sus artículos a la red, incluso les agregan vídeo, audio y gráficos interactivos. Lo que estas empresas han creado es la mera apariencia de una gran casa. Pero en lugar de estancias decoradas individualmente, el visitante se encuentra con el mismo espacio enorme, solo rellenado con una maraña de nichos y cubículos. La estrategia básica de combinar anuncios con artículos periodísticos y luego poner el producto resultante enfrente de las masas de clientes se mantiene prácticamente indiscutida.

Al apostar todas sus fichas por el modelo publicitario, la industria del periodismo no ha hecho más que jugársela a doble o nada, y lo ha hecho en el preciso momento en que Google y otros perfeccionaban el método para explotar cada segmento del mercado publicitario, salvo el de los bienes de lujo (nadie googlea “Ferrari”).

¿Por qué el periodismo tradicional se encuentra en tan baja forma? Contestaré a esa pregunta con otra pregunta: ¿cuántas industrias prósperas que hayan usado esencialmente la misma tecnología y el mismo modelo de negocio durante un siglo se os ocurren? El mundo ha cambiado demasiado para que esta sea un posibilidad realista.

Entre 1945 y 1985, uno de los mejores trabajos en la industria periodística era el de vendedor de anuncios en un gran diario metropolitano. El vendedor en cuestión llegaba cada día a su oficina y solo tenía que descolgar el teléfono para anotar los pedidos de los grandes almacenes y de las tiendas minoristas de la ciudad. El sistema funcionó mientras los periodistas y editores suministraron suficientes artículos al lado de los cuales se pudieran publicar anuncios.

Durante décadas, las grandes empresas de noticias cosecharon beneficios cada vez más cuantiosos atrayendo a audiencias cada vez mayores. Y para atraer a esas audiencias, las revistas y los diarios pusieron a sus productos un precio artificialmente bajo. No discriminaron demasiado entre los distintos tipos de consumidores a los que atraían. Solo querían atraer a la mayor cantidad posible.

Como resultado, acabaron dependiendo más y más de lectores que solo tenían un interés superficial en el periodismo. Estos lectores eran poco leales a marcas o a modos particulares de presentar el periodismo (como leerlo en papel). Devaluaron el periodismo porque no “valía la pena” pagar por mucho de lo que se producía —ciertamente en diarios de rango medio—. No porque los editores fueran estúpidos o malvados, sino simplemente porque aquel producto no estaba pensado para que se pagara por él. Gran parte del periodismo existía únicamente con el fin de proveer un marco para la publicidad.

Esta indolencia del modelo de negocio hizo finalmente mella en la calidad del periodismo propiamente dicho. Cuando cité la enorme cantidad de gente que visita las versiones online del New York Times y otros periódicos nacionales, olvidé apuntar un hecho descorazonador: la mayoría de estos “lectores” no son muy valiosos para los diarios que se sustentan en anuncios publicitarios, pues no pasan mucho tiempo en los sitios web. Un informe de 2010 del Pew Center descubrió que “el visitante promedio pasa solo tres minutos cuatro segundos por sesión en un típico sitio de noticias”.

Este no ha sido siempre el caso. En 2005, la mitad de los lectores de diarios en los Estados Unidos pasaba más de 30 minutos leyendo el diario. ¿Han desaparecido estas personas —que tenían un compromiso sustancial con el periodismo— en los últimos 10 años? ¿O es que el periodismo tradicional ha dejado de interesarse en ellas?

La segunda cosa que digo a mis estudiantes recién llegados es que des- confíen de cualquiera que pretenda saber qué le depara el futuro al periodismo. A riesgo de caer en esta categoría, tengo mi propia predicción. En el futuro, el periodismo será o bien muy corto o muy largo. Nada intermedio sobrevivirá.

Las noticias cortas serán informaciones e historias que se registren en lo inmediato y sin esperar que la audiencia se demore en ellas. Consistirán en noticias financieras, sumarios con enlaces (como en Twitter) y actualizaciones de noticias que ya hemos leído con anterioridad (como las alertas de Google sobre temas que seguimos). La tecnología de la información ha hecho grandes progresos en el procesamiento de este tipo de información, cuya producción, basada en gran parte en máquinas programadas por algoritmos, resulta bastante económica.

En el otro extremo del espectro estarán las noticias largas: artículos en profundidad, libros cortos, vídeos, podcasts de audio, etc., todo lo cual requerirá la atención del consumidor durante mucho tiempo. El periodismo de formato extenso es todo lo que no es el de formato corto. Es caro y su creación requiere mucho trabajo. Su consumo exige mucho tiempo. Es impredecible. No apunta a grupos demográficos particulares cuyas preferencias y comportamientos pasados se conozcan de antemano; los consumidores de noticias largas no acuden a ellas por razones predecibles o fácilmente identificables.

Dado que es creado de la nada, el periodismo de formato extenso debe seducir, con- vencer y cautivar a sus consumidores. Por consiguiente, la forma en que se presenta es extremadamente importante. Si es impreso, el diseño debe ser elegante. Si se publica en internet, deber ser cómodo, accesible y portátil. Sin importar el medio, lo más probable es que incluya fotografías llamativas, vídeo y audio, o alguna combinación creativa de todos estos elementos.

En el futuro, la economía de lo largo/corto será lo único que importe en el periodismo. Mirando hacia atrás, estamos descubriendo que el tamaño de la audiencia ha sido sistemáticamente sobrestimado. Hemos cometido un error categórico al confundir (y equiparar) a los consumidores de noticias cortas con los consumidores de noticias largas. Ambos son importantes y ambos deben contabilizarse. Pero no deben contabilizarse juntos.

Actualmente los medimos aproximadamente del mismo modo: un clic es un clic. Hay estudios que muestran que un pequeño número de lectores asiduos generan la mayor cantidad de visitas a páginas. Visitan con mucha frecuencia los sitios que les gustan, miran más páginas durante la visita y pasan más tiempo en el sitio. Son los lectores de formatos largos y deberían ser contabilizados como tales.

En el futuro, no solo debemos medirlos de modo diferente, sino diseñar de modo diferente todo lo relacionado con sus experiencias mediáticas. Los lectores de formatos cortos, poco comprometidos, necesitan obtener las noticas básicas del modo más eficiente posible, y pagarán por ese privilegio. Los lectores de formatos largos, muy comprometidos, deben sentirse lo más cómodos posible para que disfruten del periodismo que aman. Y también ellos pagarán por el privilegio.

Compromiso, y no números, será la característica más importante. Cuanto más comprometidos sean los lectores, más posibilidades tendremos de ganar dinero con ellos, ya sea mediante anuncios publicitarios o a través de diversas transacciones alternativas. El beneficio del mayor compromiso no radica solo en tarifas publicitarias más elevadas, sino en las relaciones que los editores deben construir con sus lectores más leales; una dinámica que se ha perdido en el intento de atraer a audiencias masivas.

Esta es una época de gran experimentación en el periodismo. En algunos aspectos, las industrias del libro y de las revistas tienen una ventaja sobre los diarios y los medios audiovisuales porque su modelo de negocio era impredecible de entrada. Una vez entrevisté al distinguido editor Robert Giroux, de la editorial Farrar, Straus and Giroux. “Publicar libros nunca ha sido un negocio racional”, me dijo. “¿Qué negocio verdadero lanza cien mil productos nuevos al año sin hacer un estudio de mercado o una prueba experimental?”

Este es el escenario del periodismo de hoy. Un mundo complejo, que los diálogos de El nuevo Nuevo Periodismo tratan de describir y explicar. Me alegra mucho que este libro esté ahora al alcance de los lectores de España y Latinoamérica, para que más personas interesadas puedan unirse a la conversación.

*Fragmento de El nuevo Nuevo periodismo (2005)

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