Esa pequeña foto contiene mucho de ella, excepto su mirada azul. Sí, aquel azul transparente al que un día después de tomada esa imagen, sin poder presentirlo, miró por última vez reflejado en un espejo.

Nunca supo por qué en ese retrato tamaño credencial ella portaba lentes para el sol, eclipsando así como con dos nubarrones ahumados la luminosidad de sus aguamarinas pupilas.

La noche anterior al día que ella dejó de existir, por primera vez tuvo entre las manos ese pequeño retrato. Lo miró sin presagiar que sería su última fotografía en vida. Recuerda haberle dicho lo bonita que ella se veía. También recuerda su silente gesto de alegría al escuchar ese elogio tan lleno de cariño. Aunque en la foto, la distendida y característica sonrisa suya apenas la alcanzó a retener la lente.

Lo que sí pudo captar a plenitud fue su ondulado pelo corto, distinguido siempre por el mechón plateado que desde joven lució orgullosa. “Es como el de La Tongolele”, solía decir en tono de broma.

En esa foto, el corazón de su madre todavía latía, su piel aún transpiraba, sus manos seguían generosas, su voz podía pronunciar los consejos tantas veces desoídos. Apenas unas horas después, ella ya no fue. Dejó de ser. Inexplicable y trágicamente.

A sus vidas les faltó tiempo. Mucho tiempo. Todo el tiempo transcurrido desde entonces. Todos los días y todas las noches de los años siguientes después de aquella su muerte.

De ella sólo queda aquel retrato y su recuerdo. Recuerdo que persiste inmóvil. Clavado en el pecho como dolorida astilla de su perpetuo amor.

Por Carmen Libertad Vera

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