El jueves sacamos a los niños de la escuela. Formaron una fila, esperaron atentamente a que se retirara el candado, se abriera la reja, y uno a uno cruzó la calle. Sus caras demostraban entusiasmo y también nerviosismo. Caminaron con la seguridad que ofrece hacerlo en grupo, guiados por su maestra. Iban contando lo que veían: un perro, el cerro, las flores. Llegaron a Casa Naranjos para, por unas horas, hablar de cómo construir cuentos. Al finalizar, regresaron tal y como llegaron. ¿Cuándo se repetirá?, era la pregunta en mi cabeza.

En Monterrey, los niños están privados del espacio público. Para muchos, sus mañanas transitan en el perímetro de la escuela, sus tardes en deportivos y academias, y sus noches dentro de casa. Los trayectos entre estos puntos se realizan dentro de un vehículo. Las experiencias más significativas de su niñez suceden en espacios privados. Los adultos queremos mantenerlos felices y seguros y, para eso, en lugar de transformar los espacios públicos para ofrecérselos, hemos decidido privarlos de ellos, buscarles sustitutos y encerrarlos.

¿Qué experiencia están viviendo otros niños en países cuyos espacios públicos envidiamos? ¿Qué les están enseñando en Copenhague?, ¿Barcelona?, ¿Nueva York?

En los últimos años, visité las tres ciudades. De ellas, me sorprendieron muchas cosas, pero nada como la cantidad de niños que vi en la calle en horario escolar. A diario nos encontrábamos un grupo de niños en plena excursión con cara de felicidad como si estuvieran en el momento del recreo. Los recorridos tenían tres características principales: el destino era un parque o una plaza pública, el traslado se realizaba a pie o en transporte público y la frecuencia de las excursiones era alta, muy alta, ¡casi diaria!

Con esta dinámica, los niños hablaban de arte viendo esculturas, de reglamentos interactuando con un policía, de biología viendo aves en un lago, de botánica jugando con las hojas sueltas en el parque, de matemáticas dividiendo entre todos los trozos de manzana para el snack. Cuando se camina como modo de transporte no hay necesidad de programar clase de deportes para asegurar la activación física; cuando se entiende al espacio público como una responsabilidad compartida no es necesario hablar de civismo; cuando los espacios son seguros, hasta para los niños, no se necesitan firmas de los padres de familia para sacarlos de la escuela; cuando todo está cerca y conectado para todos, no se necesita una cuota extra para lograr la visita escolar.

La escuela puede insertar en toda una generación el amor por la ciudad, pero también puede transferir miedos y enseñar apatía hacia lo público. Si buscamos como resultado de un sistema educativo formar ciudadanos y que éstos construyan nuevas realidades para nuestro país, debemos permitir que entren en contacto con lo que queremos transformar. Para transformar la ciudad necesitamos que ésta se conozca, que se explore, que se vibre. Los responsables de la formación debemos entender al espacio público como una asignatura ineludible. Reconocer en él una oportunidad maravillosa de aprendizaje tanto individual como colectivo. Entender el estado actual de nuestro espacio público, permite también, entender el estado actual de nuestra comunidad.

¿Cómo queremos tener adultos que entiendan el valor de algo que no saben lo que vale? ¿Cómo esperamos que lo defiendan? ¿Cómo podrían construir algo distinto a lo que hoy tenemos?

Con la visita de los niños del jueves identificamos la necesidad de un cruce peatonal seguro frente de la escuela, esa rehabilitación que sí es posible tiene ahora un fin muy claro: que su visita vuelva a repetirse pronto.

Por Lorena Pulido

*Texto original del taller `Vertebrales´: Columnas de opinión.

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