Hoy que desperté, el resultado aún estaba ahí. Ayer, más del cincuenta por ciento del electorado mexicano votó por AMLO. Para muchos ésta es la primera vez en nuestra vida que celebramos un triunfo electoral, y más aún, con un margen tan inmenso. Nunca me había sentido de acuerdo con mi Nación en algo realmente importante. Eso me emociona más que el triunfo de López Obrador. Pero, ¿qué acordamos ayer?

Acordamos expulsar al PRI y al PAN de Los Pinos. Ayer se ensartó una lanza en el corazón del PRIAN. Jamás los habíamos escuchado con un discurso de unidad. Nunca había sido tan necesario como ayer. Pero al fin se supieron una minoría rechazada. Y sí, aunque en los estados aún ganaron ayuntamientos, diputaciones y alguna gubernatura, la elección presidencial fue una derrota simbólica para los partidos tradicionales y sus privilegios ominosos. Un aplastamiento expuesto, que vimos sin taparnos los ojos.

Acordamos creer y fortalecer las instituciones. A pesar de que la campaña fue la más sangrienta de los últimos cien años, con 120 personas asesinadas, y muchas más que abandonaron su candidatura por amenazas, ayer la jornada transcurrió con tranquilidad. Esto en gran parte se lo debemos al escenario creado por las redes sociales (es decir, por nosotros) y por la mayor parte de los medios de comunicación que fueron cantando el resultado mes a mes.

El margen de diferencia –la elección tan decidida de ayer- impidió que hubiera jaloneo. No hubo mucho qué hacer porque no había fraude que alcanzara a remontar tal distancia. Los mapaches que operaron lo hicieron a nivel local, la federal estuvo decidida desde hace casi dos meses. Esta elección la operaron un millón 400 mil funcionarios de casilla. Es la segunda vez, la primera fue en el 2000, que el resultado dependió íntegramente de su trabajo.

Acordamos confiar en el discurso de ruptura, nos autorizamos a nosotros nuestra elección individual, pese al hostigamiento permanente en familias y grupos. Tomamos un riesgo, pero no fuimos pocos. El gran peligro era la continuidad. México acordó que quiere un cambio de raíz: una separación real entre el poder económico y el político, un reparto equilibrado de la riqueza, una interrupción al uso privado de la política. ¡Claro que me emociona escribir esto! Es la primera vez que una posibilidad me entusiasma tanto pero, ¿será posible?

Juntos Haremos Historia arrasó también en el Congreso de la Unión. De manera que AMLO podrá gobernar, por lo menos los próximos tres años, con manga ancha. Sin embargo, muchos nos preguntamos si las promesas más emblemáticas lograrán cristalizarse… justicia para los desaparecidos, justicia a los migrantes mexicanos dentro y fuera de México, redistribución de la riqueza, austeridad en el gobierno, eliminación de privilegios y prebendas, cese al régimen de corrupción … estos cinco meses que vienen serán definitorios para que la nave zarpe con rumbo claro, y de ahí la importancia de que todos nos involucremos. ¿Cómo podremos constituir un contrapeso necesario para que el nuevo gobierno se sienta vigilado?

El 2 de Julio el acuerdo debe ser subirnos a esa nave. Sentirnos parte, hacer valer el discurso de campaña. Vigilar que no arribe una nueva mafiecilla del poder. En el caso particular del PT, en Nuevo León habremos de tener especial cuidado en que este partido modifique la conducta que le conocemos y no reproduzca su patético clientelismo. Dudo mucho que el PT se conduzca a la altura de las circunstancias, pero desde hoy habremos de hacerle un marcaje puntual.

A las ocho de la noche de ayer ya sabíamos que el resultado había sido demoledor. Regresábamos a casa después del festival de ballet de mi hija. Aún había luz. Nunca olvidaré ese momento en que volteé al asiento trasero para decirle a la niña que cargaba su ramo de flores que ya teníamos nuevo Presidente. Se lo dije contenta, orgullosa. En ese momento entré a un gusano de tiempo. Tengo siete años, mi papá me señala con enorme frustración al hombre pelón que aparece en televisión, anunciándome: ese es nuestro nuevo Presidente. Qué distancia tan enorme entre uno y otro momento familiar. Cuánto dolor acumulado entre 1988 y 2018, cuántas lecciones aprendidas bajo tortura.

Ayer acordamos hacernos cargo de la esperanza. Yo que en todo el proceso me mantuve al margen de ilusionarme, de subir corriendo al campanario, de pelear por defender la honra de alguien que no conozco, hoy el resultado de la elección me alcanza para sentirme dentro del futuro de mi País, tomar la manita de mi hija y decirle: va por ti.

Por Ximena Peredo

*Texto original del taller `Vertebrales´: Columnas de opinión.

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