Cual metáfora de López Velarde, los ojos tapatíos de finales del siglo xix con toda seguridad miraron como “aguinaldo de juguetería” aquellos trenes que arribaban a la antigua estación de San Francisco, trayendo engarzados sobre los rieles aquellos fantásticos carros de ferrocarril que contenían la magia trashumante de los circos antiguos.

¿Cómo describir el exótico espectáculo provocado entonces en los patios ferrocarrileros? Esa cautivante inverosimilitud de ver descender de los vagones, metálicas Arcas de Noé, las distintas especies de animales que luego en la pista circense mostrarían sus entrenadas y sorprendentes habilidades.

Porque de seguro ahí estuvieron, ante los incrédulos ojos tapatíos, el Caballo de Oro de Miss Brengk, los Changos Tamboreros, el Gallo Cantante, los Elefantes Sabios, el bravo canguro australiano que boxeaba con Othelo, su domador; los Perros Comediantes del profesor Tenof, la Zebra Educada, las Focas Musicales de Miss y Mr. Bett, los amaestrados Toros Españoles, además de los consabidos leones melenudos, los osos pandereros, los tigres afelpados, el elegante donaire de los caballos multiusos, sin faltar una que otra jirafa de semblante pizpireto, o alguna émula de Julieta, la mitológica elefanta pianista.

El ferrocarril facilitó la salida por el mundo de los circos antiguos, en sus inicios limitados a los llamados “patios de maromas” donde, en una mezcla de teatro y juglaría, todavía en el siglo xviii ocurría la mayoría de sus funciones; permitiendo así que sus escenarios movibles de aparatosas tramoyas pudieran ser transportados grandes distancias con mayor facilidad y economía, que las rudimentarias caravanas en carromatos de madera con tracción animal, sobre las que cumplimentaban sus anteriores fatigosas giras provincianas.

Así, la modernidad ferrocarrilera convirtió a los circos en un maremágnum viajero y sin límite donde todo lo excepcional y lo inusitado tenían cabida. Palacios de excentricidades. Verdaderos teatros del absurdo. Carpas rocambolescas donde aire, fuego, agua y tierra eran simples elementos escenográficos para lucimiento de consagrados artistas del trapecio y la acrobacia, la contorsión, el ilusionismo, el malabarismo o el escapismo; cada uno de ellos anunciado como el más intrépido o extravagante del mundo, el más impactante en sus peligrosos actos, el mayor desafío de las leyes de la física, en especial la de la gravedad, las que extra muros circenses rigen el comportamiento de todos los seres terrestres, incluidos ahí obviamente el común de los mortales.

Artistas la más de las veces multinacionales, llegados también a bordo de aquellos vagones, acompañados por los amplios baúles donde guardaban sus lucidores vestuarios y todos los maravillosos triques imprescindibles para la ejecución de sus actos. Como el botellófono o el órgano chino, instrumentos melódicos en los que de manera magistral Ricardo Bell interpretara piezas musicales.

El ferrocarril fue sólo uno de los dos medios de transporte que mejor contribuyeron a la época de esplendor que los circos vivieron desde finales del siglo xix hasta buena parte del xx. El otro medio fue el barco de vapor, que facilitó aún más la realización de giras internacionales.

Y si bien la modernidad de los trenes mejoró de manera notable el anterior y fatigoso traslado terrestre de los circos, no siempre garantizó su total eficiencia.

Prueba de ello fue la ocasión en que el circo Atayde, en 1919, solicitó al cabildo tapatío una prórroga de ocho días más a la licencia que ya tenían concedida, debido a que “la Compañía de los Ferrocarriles Nacionales no pudo proporcionarles carros para efectuar su viaje a esta” ciudad. La prórroga fue otorgada por el Ing. Basave, entonces comisionado de diversiones.

Entre las distintas troupes alguna vez venidas a Guadalajara, estuvieron los afamados acróbatas Pichani, Amelia Genoa, el trío de barristas cómicos Camille, el capitán Max Gruber, el domador Welton, Castinak Oriental, los bailarines excéntricos Rubén-Areu, los telepáticos Hermanos Meneses, El Charro Mexicano, los clowns Tim Tom, Cara Sucia, Jony [sic] y Rabanito, Los Enanitos Guerreroff, el ciclista Luis Pacheco, Lola Clavijo con la demostración poderosa de su cabellera, La Niña Serpiente, contorsionista increíble; y quizás hasta las legendarias Miss Lottie, la dama con mandíbulas de acero, los Levingston o los hermanos Comalla, todos ellos gimnastas; Fillipi Salvine el entrenador de perros, los Sannett, pareja de trapecistas y esposos en la vida real, la caballista Miss Ship, la domadora Miss Austin Addie, y tantos otros; todos personajes legendarios del mundo circense, en mayor o menor grado.

Para 1919 los circos más importantes ya habían realizado giras regulares por esta ciudad. Tales fueron los casos del famosísimo Circo Orrin-Bell, el Circo Argentino y el Circo Vázquez Hermanos, en el que una vez Miguel Espino sufrió aparatoso accidente al caerse de un trapecio.

Otros, transcurrieron su estancia aquí no sólo realizando funciones, sino además enfrentando la engorrosa tramitación de vericuetos burocráticos, como el Circo Atayde, que al igual que la mayoría de sus congéneres se instalaba en la Plazuela del Tanque o Plaza San Fernando, previo el obligado permiso municipal que en ese año le fue otorgado por 20 días, pero para el cual solicitó una rebaja de impuestos a la mitad, o una dispensa total, dado que “las entradas habían sido escasas” y no era posible cumplir con esas obligaciones; por su parte el Circo Teatro Modelo, empresa de Francisco Beas inspirada en el modelo americano de tres pistas, anexos con juegos mecánicos, que además tenía la particularidad de estar acondicionado con carpas impermeables y solía presentar pantomimas, en voz de su representante Francisco Loera Valladares, también pidió una rebaja en las contribuciones que el municipio le había impuesto, de 10 a 5 pesos por función, porque de lo contrario “iría al fracaso”, a pesar de la promoción permanente que ofrecía en cualquiera de sus funciones de tarde o noche, la de que podían “entrar dos señoras o señoritas por el mismo boleto”; y, finalmente, el Circo América representando por Juan B. Enciso, quien fue otro de los voceros circenses que solicitó el permiso correspondiente para instalar sus carpas en la mencionada plaza, “frente a los Baños del Huerto”.

Por cierto, la vigilancia municipal era tan extrema que no se limitaba sólo al aspecto administrativo, ya que el 5 de noviembre de ese mismo año, el ciudadano Guadalupe Mora fue multado por tener un “aguaje” donde vendía bebidas alcohólicas, justo en las inmediaciones del Circo América; y el siguiente día 13, durante una de las funciones en ese mismo circo, por “faltas a la moral” fue detenido en flagrancia un sujeto de nombre Jesús Razo, quien al ser remitido a la autoridad correspondiente resultó con el agravante de ser portador, sin licencia, de un arma de fuego.

Entre los sitios tradicionales que en Guadalajara utilizaban los circos para el montaje de sus características y llamativas carpas, durante décadas y en primer lugar estuvo la ya mencionada Plaza San Fernando.

Además, durante algunas temporadas, ocuparon el lado sur de la antigua Penitenciería, o la Plaza de Toros El Progreso, donde por reglamento municipal los espectáculos que ahí se presentaban estaban obligados a ofrecer “tarifas populares” los días jueves y domingos, razón por la que se sobrentiende que los circos no se instalaran con mucha frecuencia en ese espacio; además, se dieron funciones en teatros como el Cuauhtémoc y el Degollado, este último lugar donde la familia Bell logró algunos de sus mejores éxitos como la fantasía musical Quince minutos en las Islas Hawaii [sic], y el gran guignol A ras de tierra.

En el Centro de Espectáculos Ideal, ubicado en Calzada Independencia Norte e Industria, todavía en 1936 se anunciaba a la prestigiada Compañía de Títeres de Rosete Aranda que presentaba, a manera de réplica de las pantomimas popularizadas por el circo Orrin, obras como La escalera japonesa, Aventura de un vendedor ambulante, Felicitación a Chito Peluca, Anita y Blanca Rosa, o El palacio de cristal, ésta última musicalizada por el maestro Gastamvide. El costo de los boletos para esas funciones eran todavía en centavos: luneta numerada 0.70, luneta general 0.50, grada preferente 0.30, y grada general 0.20.

Por su parte, muchas veces el Circo Modelo de Beas se instaló en el lado norte del Parque Morelos, ya con su anexo de aparatos deportivos y juegos mecánicos, entre éstos se encontraban los Carritos Locos, el Motódromo, la Montaña Rusa, el Látigo, los Satélites; además de diversiones como La casa de Mamerto, o el Teatro Modelo con las actuaciones del Cuate Beristáin y Elisa Berumen; llegando a tener tres funciones dominicales: una a las 11 horas, con regalos de juguetes para los niños, y otras a las 17 y 21 horas.

Más recientemente, como es de todos conocido, los circos en Guadalajara llegaban a montarse en la Avenida González Gallo y, por supuesto, en la glorieta “de la Normal, la Normal, la Normaaal”, según reza la conocida publicidad radiofónica y aérea de ese espectáculo.

Por cierto, la publicidad aérea de los circos no es reciente, ya que si bien a últimas fechas esta se realiza con un perifoneo brotado desde una ruidosa avioneta, a principios del siglo xx, el Circo Orrin-Bell ya realizaba ese tipo de promoción, utilizando para ello globos aerostáticos dotados con una canastilla desde donde se arrojaban volantes impresos a las calles tapatías y donde también Cosme Acosta, un artista contorsionista, realizaba aclamadas acrobacias aéreas.

¡Claro que la publicidad más gustada en aquellos tiempos, sin duda debió ser el obligado convite con toda la compañía circense desfilando por las principales avenidas de la ciudad!

Y entre las promociones favoritas, siempre fue bienvenida la clásica oferta de “los niños no pagan boleto” en compañía de un adulto.

Acerca de los circos antiguos, dentro de la literatura y el periodismo local y nacional existen diversos textos de época escritos por distintos autores como Ixca Farías, J. T. Laris, Manuel Gutiérrez Nájera, Ignacio Manuel Altamirano o el ya citado Ramón López Velarde; de este último existe un maravilloso poema titulado Memorias del Circo, dedicado a Carlos González Peña, mismo del que a continuación trascribo algunos fragmentos:

“Los circos trashumantes,

de lamido perrillo enciclopédico

y desacreditados elefantes,

me enseñaron la cómica friolera

y las magnas tragedias hilarantes.

[…]

Irrumpía el payaso

como una estridencia

ambigua, y era a un tiempo

manicomio, niñez, golpe contuso,

pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños

porque salía de una bodega mágica

de azúcares. Su faz sólo era trágica

por dos lágrimas sendas de carmín.

Su polvorosa apariencia toleraba

tenerlo por muy limpio o por muy sucio,

y un cónico bonete era la gloria

inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona

y la hallaba de almendra,

a juzgar por la mímica fehaciente

de toda su persona

cuando llevaba el dedo temerario

hasta la lengua cínica y glotona.

Un día en que el payaso dio a probar

su rastro de amazona al ejemplar

señor Gobernador de aquel Estado,

comprendí lo que es

Poder Ejecutivo aturrullado.

[…]

La niña Bell cantaba:

Soy la paloma errante’;

y de botellas y de cascabeles

surtía un abundante

surtidor de sonidos

acuáticos, para la sed acuática

de papás aburridos,

nodriza inverecunda

y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas

adelgazando en el frecuente síncope

del latón sin compás;

en la apesadumbrada

somnolencia del gas;

en el talento necio

del domador aquel que molestaba

a los leones hartos, y en el viudo

oscilar del trapecio…”

Es probable que todos esos autores concibieran al circo no sólo como el espectáculo más grande del mundo, sino también como algo eterno.

Ellos nunca llegaron a imaginar que aprobada en agosto del 2014, el 8 de julio de 2015 en nuestro país entraría en vigor la llamada Ley de Protección a la Vida Silvestre, propuesta por el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), desacreditado organismo político cuyo sólo nombre y cuestionable existencia para muchos es simplemente un chiste de pésimo gusto y que se cuenta solo; ley que entre sus prohibiciones más cuestionables contempló la prohibición total de espectáculos circenses con animales, lo que en poco tiempo vino a traducirse en la progresiva desaparición de un escenario artístico considerado clásico.

Lo que vino después es por todos nosotros conocido. No pocos de los valiosos animales circenses terminaron sus días en condiciones por demás lamentables o en algún matadero; por su parte, muchos de los artistas o empresarios de circo, satanizados por no pocos de los más corruptos y fraudulentos políticos ecologistas, comenzaron muy pronto a sufrir la peor crisis laboral históricamente jamás existida, ni siquiera en los lejanos tiempos cuando ellos todavía no viajaban en ferrocarril.

Para reflexionar sobre lo anterior, recurro finalmente a Manuel Gutiérrez Nájera quien, a propósito del tema del maltrato no sólo animal, en uno de sus textos anatemizara al circo de la siguiente manera:

La niña mártir de la temporada no trabaja en el trapecio, sino a caballo. Todo es uno y lo mismo.

Oigo decir con insistencia que es preciso ya organizar una sociedad protectora de animales. ¿Quién protegerá a los hombres?”.

Conociendo nuestro actual sistema político nacional, tan lleno de maromeros y payasos, no es difícil creer que no pocos de los candidatos que este de julio reclaman nuestro voto, en el fondo tienen la “ingenua” intención de proteger y velar por la seguridad y bienestar de sus congéneres ciudadanos, de igual o peor manera que como los legisladores del PVEM y sus secuaces, hicieron con los animales y los seres humanos que trabajaban en los circos. ¿O me equivoco?

Por lo tanto, sólo espero que la demagogia de los maromeros androides del circo político nacional no nos aturrulle, que con nuestros votos sepamos elegir, democráticamente, la mejor opción política para este país, a fin de evitar una posible hecatombe social. Porque juntos haremos la Historia. México ya no resistiría más un nuevo fraude electoral.

Por Carmen Libertad Vera

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