Sabrina no se muerde las uñas. Su familia lo ve con malos ojos. A cada no mordisco, una confrontación.

Sabrina nació en el último respiro del año 2000. Su padre lloró de felicidad al saber que su Sabrina había lanzado el primer llanto. Su madre lloró de felicidad al saber que su marido había cumplido la promesa de estar presente en el parto. El médico lloró de felicidad al saber que los años en la universidad lo habían instruido bien para la difícil labor de traer una criatura al mundo. Todos llorosos contemplaron a la niña. Ella lloró, pero después fingió para contemplar a los adultos.

Ningún García ha faltado a la tradición del mordisco. Hay retratos familiares que recrean tales proezas. Una fotografía de la tatarabuela hecha por un amateur fotógrafo es la prueba del momento en que la entonces joven mujer mira con deseo la uña de su dedo anular y asalta a tan indefenso órgano humano. Las paredes del hogar están llenas de retratos familiares que reproducen tal suceso. Es una tradición familiar.

Sabrina lleva exactamente tres cenas, dos almuerzos y un café frunciendo el ceño cuando la increpan por la falta de integración en el rito. De alguna manera la han proclamado persona non grata en su propia casa. Algunos pensarán que la solución a tal grave problema familiar es: fingir. A Sabrina le parece que tal performance mal ejecutado podría interpretarse como un acto burlesco y a estas alturas no se lo puede permitir.

Hablemos del rito pues. Es la hora del almuerzo. Todos están sentados alrededor de la mesa. Los integrantes de la familia intercambian miradas cómplices, la señal de apertura la da el padre de Sabrina, hace una especie de mueca para lograr la inclinación de los labios, después atrae su mano derecha hacia su boca y por obra de la selección natural remueve el dedo anular para llevarlo suavemente a tocar las paredes de los dientes, después lo mueve tranquilamente de izquierda a derecha y es justo ahí cuando empieza el trabajo titánico de abrir y cerrar la boca, no demasiado fuerte, no demasiado suave para llevarse un trozo del sagrado alimento.

Una vez sucumbido al deseo viene la orografía de la uña. Desaparecidas y amarillentas, las cutículas inflamadas, la piel repujada de ese color rosa, casi rojo que recuerda a la carne poco hecha, no olvidemos los padrastros, esas diminutas estrías al costado de las uñas que esperan ser presa de los dientes y que para lograr su atención no dudarán en causar dolor cada vez que son oprimidos por un artefacto u otro órgano.

La inadaptada sigue comiendo, sabe que iniciado el ritual no pararán. Resignada mira con detenimiento la milanesa y la ensalada de su plato que religiosamente se sirven todos los sábados. Finge tener prisa, recoge con habilidad de mesero su plato y vaso, corre al fregadero, mira sus uñas con alivio al comprobar que están intactas.

Sabrina quiere estudiar medicina, para curar a la familia ¿de qué? del mal de morderse las uñas. Sospecha que si no logra encajar en la lógica familiar se verá exiliada, sumergida en su habitación, aburrida por la rutina diaria de escuela-casa-casa-escuela. Si logra curarlos, será llamada al monte Olimpo para ser venerada por tal noble hazaña.

Un día de un mes otoñal el padre anuncia que ha visitado al médico. El diagnóstico ha sido que si continua mordiéndose las uñas morirá de envenenamiento. La noticia cae por sorpresa, es recibida con un impulsivo y caótico morder de uñas. El padre no secunda el rito, se queda observando, da un golpe a la mesa y prepara el siguiente notición: Los días del mordisco están contados.

Nerviosos se miran unos a otros, suspenden el mecanismo de morder, solo se quedan con las manos a la altura de la boca, utilizando el mentón como soporte. La madre es la primera que retira el batallón de dedos del que fue por un largo tiempo su hogar, le sigue Marcos –el hijo mayor- y Juana. Todas las manos libres acuerdan olvidarse de la práctica milenaria.

En un rincón de la cocina está Sabrina, envuelve desesperadamente la cara con sus manos, un ruido ensordecedor recuerda el croac de las ranas, todos sus dedos están rojos, de ese rojo que recuerda a la carne poco hecha.

Por Malinalli García

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