Cuéntase de algunos hombres, como de Alejandro el Grande, que su traspiración esparcía un olor suave, por virtud de una complexión rara y extraordinaria. Plutarco y otros escritores buscaron la causa de semejante singularidad; mas la general constitución del cuerpo humano demuestra lo contrario, y la cualidad más ventajosa que éstos puedan poseer, es la de estar exentos de todo aroma. La dulzura misma del aliento más puro, nunca es más perfecta que cuando no tiene olor alguno que nos sorprenda, como ocurre con los niños sanos. He aquí por qué, dice Plauto, “Mulier tum bene olet, ubi nihil olet”; “el olor más exquisito que puede tener una mujer, es carecer en absoluto de aroma”.

En cuanto a los buenos olores, hay razón para considerar como sospechosa a la persona que los usa, y puede juzgarse que los emplea para disimular algún defecto natural. De aquí nace la opinión, en que los poetas antiguos convienen, de que es oler mal el exhalar buen olor: “Rides nos, Coracine, nil olentes. / Malo, quam bene olere, nil olere.

Y en otro pasaje: “Postume, non bene olet, / qui bene semper olet”. Yo gusto, sin embargo, mucho encontrarme rodeado de olores exquisitos, y por cima de todo detesto los mefíticos, que atraigo hacia mí más que ningún otro: “Namque sagacius untis odoror, / Polypus, an gravis hirsutis cubet hircus in alis, / quam canis acer, ubit lateat sus”. Los más simples y naturales, me parecen los más agradables. Este cuidado toca principalmente a las damas: en medio de la barbarie más completa, las mujeres escitas, después del baño, se espolvoreaban embadurnaban la cara y todo el cuerpo con cierta droga olorosa que había en su territorio; pero luego, cuando se acercaban a los hombres, despojábanse de tal afeite y se encontraban pulidas y perfumadas. Sea cual fuere el aroma que me rodee, es maravilla cómo se me pega; mi cutis es de los más aptos para impregnarse.

El que se quejaba de nuestra constitución orgánica porque la naturaleza no dotó al hombre de instrumento hábil para llevar los olores al olfato, incurría en error grande, pues los olores mismos se encargan de encontrar el camino; a mí, en particular, me sirve el bigote de vehículo; como lo tengo áspero, cuando aproximo a él los guantes o el pañuelo, guarda el aroma todo un día; mi bigote declara el sitio donde he estado. Los besos apretados de la juventud, sabrosos, glotones y pegajosos, permanecían en él allá en otro tiempo, y persistían dos o tres horas después de estampados.

Y sin embargo, tan poco sujeto estoy a las enfermedades infecciosas que se propagan por la frecuentación y a que sirve de instrumento el aire, que he salido ileso de las de mi tiempo, pues las ha habido de diversas suertes en nuestros ejércitos y en nuestras ciudades. Dícese de Sócrates que habiendo permanecido en Atenas durante tantas epidemias como afligieron a su ciudad, nunca fue atacado por el mal.

Los médicos podrían alcanzar de los olores mayor partido del que sacan, pues por lo que a mi toca, he advertido con frecuencia que mi organismo se modifica según la esencia de los mismos, por lo cual apruebo el uso del incienso y otros perfumes en las iglesias, tan antiguo y tan extendido en todas las naciones y en todos los cultos. Esos aromas purifican y despiertan nuestros sentidos y nos hacen más aptos para la contemplación.

Hubiera querido gustar, para juzgar con fundamento de ella, la labor de las cocineras que saben aliñar las carnes con olores penetrantes; condimentadas así se le sirvieron al rey de Túnez, que en nuestra época desembarcó en Nápoles para parlamentar con Carlos V.

Se aderezaron las aves con drogas odoríferas de suntuosidad tanta, que el coste de un pavo real y dos faisanes llegó a la suma de cien ducados, después de preparados para el paladar del soberano de África; y cuando se trincharon, no solamente en la sala, en todas las habitaciones del palacio y en las casas circunvecinas había un vapor suavísimo, que tardó bastante en disiparse.

Lo primero que yo procuro al establecerme en cualquier lugar, es huir de la atmósfera densa y mal oliente. Esas dos hermosas ciudades de Venecia y París pierden mucho de la estimación en que las tengo a causa de las emanaciones acres que se desprenden de los canales de la primera, y de las fangosas calles de la segunda.

Por Michel de Montaigne

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