Por Enrique Medina

Fotos Yeny Tamez

Desde lejos se escucha el ruido de varios tambores, el sonido es primitivo y constante, te hace ponerte alerta. Los responsables portan una vestimenta especial conformada por un pantalón y camisa de manta, un cinturón hecho con una cobija, una capucha y tenábaris (capullos de mariposas con piedras) que envuelven sus piernas desde sus tobillos hasta las rodillas. Sus rostros están cubiertos por máscaras antropomorfas y aunque en su mayoría están hechas con cuero de vaca o yeso, de forma casera, aparecen también las de personajes caricaturescos fabricadas industrialmente. La mayoría son parte de la comunidad Mayo-Yoreme y sus bailes y cantos provienen de la tradición de esta cultura, sin embargo, el ritual no es enteramente indígena: su misión es encontrar a Cristo para capturarlo y darle muerte. Se trata de la representación de la Semana Santa de esta comunidad del norte de Sinaloa, producto de la mezcla del catolicismo e indigenismo que se dio durante la conquista española, no por la vía armada, sino a través de la religión católica.

Cada año, miles de indígenas (niños, jóvenes, adultos y ancianos) de las comunidades de Ahome y El Fuerte se reúnen en los centros ceremoniales de Mochicahui y San Miguel Zapotitlán para ser parte de esta celebración que comienza el miércoles de ceniza y finaliza durante la semana santa, temporada de mayor afluencia de judíos o fariseos, que es como se les conoce a estos personajes. El centro ceremonial de San Miguel se mantiene en una pequeña loma de esta comunidad localizada a cuarenta minutos de Los Mochis. Desde ahí uno puede observar todo el pueblo rodeado de cerros, el río El Fuerte y un gran número de árboles grandes que se llenan de pájaros negros. Aquí es el punto de partida para la búsqueda de Cristo, la cual se realiza a través de lomas, sembradíos y espacios muy cerca de los cerros, que para esta comunidad representan el lugar donde nace el agua y la vida.

El recorrido que seguimos se dirige hasta Zapotillo, parte alta de la comunidad, en donde los judíos descansan un corto tiempo y otros continúan danzando, haciendo travesuras y juegos obscenos a las personas, conviviendo o tomando cerveza. Poco a poco uno puede observar cómo el pueblo se va llenando de estos personajes hasta llegar a convertirse en el elemento más importante del paisaje. ¿Qué hay debajo de sus máscaras? Ahí, frente a una cancha de fútbol, encontramos sentado sin su máscara a don Martín Eduardo Ruíz de 54 años, quien tiene 30 años siendo parte de la tradición. Nos llamó la atención que a diferencia de los demás judíos, él permanecía en solitario con una actitud de contemplación. Al hablar con él nos explicó que las personas que participan en la fiesta realizan el recorrido todos los días de semana santa, el día sábado continúa la quema de la máscara que da fin a su personificación para finalizar el domingo con la resurrección de Cristo. Muchos de ellos son parte de la tradición por una manda, como es su caso, pues tras una grave enfermedad se prometió formar parte de ella un año, pero le encontró el gusto y piensa continuar “hasta que aguante, hasta que Dios quiera”.

Tras un rato, caminamos hasta la plazuela del pueblo, Zapotillo, y encontramos un escenario con un grupo norteño formado por integrantes de la comunidad, al lado observé a judíos bailando pascola, que se realiza en grupo, con cantos indígenas y la danza del venado, en la cual se representan los movimientos de este animal. Nos acercamos a uno de los danzantes, tenía la nariz en el suelo de tierra y al instante fue interrumpido por alguien que le preguntó qué bote quería, luego cayó encima de él alcohol, y a mí me pareció que se asemejaba a la forma en la que el venado recibe el agua del río. A su lado, carros y motos pasaban con música reggaetón o corridos con volumen demasiado alto, como si estuvieran en el malecón de alguna playa, atentando contra cualquier elemento sagrado del ritual. Muy cerca de ahí, desde algunas casas, jóvenes salían con toritos y bolas con cuetes, una de ellas cayó muy cerca de donde me encontraba y escuché a un turista decir en inglés que él también quería patearla.

Después de un rato, de nuevo el sonido del tambor pidió a los participantes reunirse para la otra parte del ritual, conocido como las “corridas”, las cuales se realizan a través de algunas casas del pueblo que se reconocen con cruces hechas con ramas. Éstas son destruidas o desenterradas por los judíos para después pedir ofrenda que puede ser dinero o comida. En una de esas casas la cooperación fue un caldo de pescado para una gran cantidad de judíos. Ahí encontramos al señor Carlos Valenzuela, de 61 años, habitante de San Miguel. Mientras algunos descansaban y comían, él al igual que el otro judío con el que habíamos hablado, se mantenía en solitario. Nos dijo que tiene más de 30 años siendo parte del recorrido, en un principio por una manda realizada por sus padres debido a una enfermedad que padeció de más joven. La tradición marca que se tiene que participar por tres años, pero al igual que la mayoría de los participantes, continúo por gusto y por lo que representa para su pueblo.

Esta es una fiesta pagano religiosa, en la conquista los españoles quisieron someter a los indígenas de la región, pero una cosa es la conquista y otra es someterlos. Nos conquistaron, sí pero no nos sometieron. Entonces después vinieron los jesuitas y ellos fueron más astutos, en vez de obligarlos a algo dijeron: vamos a mezclar sus costumbres con la religión católica, la máscara simbolizaría el casco del romano, la cobija la clásica armadura que ellos usaban, así como este tipo de lanzas, cuchillos o espadas”, comentó. La convicción con la que veía el ritual, parecía como si sus padres y abuelos habían hablado de esto por mucho tiempo junto a él, logrando crear una relación muy profunda la tradición y su cultura.

Sobre este sincretismo producto de la conquista espiritual, Stephanie Cortés Aguilar, docente de la escuela de Antropología de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) también nos habló. La antropóloga explicó que, a diferencia del sur y el centro de Sinaloa, en donde los grupos étnicos fueron aniquilados por el conquistador Beltrán Nuño de Guzmán y su ejército en 1531, en la parte del noroeste no lograron llegar, sino hasta 1600, a través de los Jesuitas, con Andrés Pérez Rivas al frente, mismo que fundaría la Villa de Ahome. Cortés señaló que, a diferencia de otros grupos religiosos como los franciscanos y Dominicos, los Jesuitas tenían una costumbre más espiritual y humanista que hizo que se acercaran a los grupos étnicos que habitaban la zona y aprendieran de su cultura, lengua y respetaron sus tradiciones y costumbres, las cuales se fueron mezclando con las de la religión católica, como el culto a San Juan, que en el caso de este grupo se convirtió en el culto al agua, o la semana santa, la cual se mezcló con cultos que estos grupos tenían antes.

La verdadera mina de los Jesuitas, fue que lograron que los grupos Yoreme se avecinaran a orillas del Río Fuerte, donde además de la religión, recibieron la enseñanza de oficios haciéndolos dependientes de los grupos religiosos al participar en la siembra de sus productos y de involucrarse en el pago del diezmo a la iglesia. La antropóloga explicó que eso hizo que los Jesuitas durante ese año se convirtieran en la mano derecha del Papa, al ser el grupo religioso que más ingresos generaban por medio de este tipo de conquistas espirituales.

Después de la una de la tarde, el sonido de los tambores cambió a uno más callado que marca el luto por la muerte de Cristo, en esta parte los judíos regresan a San Miguel por el camino de la carretera continuando con el ritual de la destrucción de cruces. Ahí tomamos un raite en una camioneta hacia la comunidad y mientras avanzábamos pudimos observar el paisaje del valle y a unos cuantos judíos que corrían en ciertos tramos. Estas imágenes y las palabras que cruzamos con los pobladores se mantuvieron en mí días después. Ellos son una comunidad que a lo largo de su historia han sufrido un montón de injusticias: la conquista y el asesinato de muchos de sus grupos étnicos por parte de los españoles, la no justa repartición de tierras en la época de Lázaro Cárdenas, la discriminación por parte de los habitantes de un estado que hicieron que cada vez haya menos hablantes de la lengua Yoreme, hasta la mano de los gobiernos priístas en sus gobiernos tradicionales. No obstante cada año continúan con este tipo de cultos y luchan por mantener su cultura, lo cual es también una forma digna de resistir.

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