Con todo el bombo y platillo que noticia semejante amerita, el anterior 22 de febrero se dio a conocer el programa de festejos institucionales con los que este 2018 se celebrará, ¡en grande!, el centenario del nacimiento de Juan José Arreola.

En rueda de prensa oficial, realizada en la residencia del autor de La Feria, hoy convertida en un espacio cultural denominado “Casa Taller Juan José Arreola”, allá en el antiguo Zapotlán el Grande, (aquel “pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán”); ante cámaras y micrófonos de los chicos de la prensa, los representantes de las instituciones organizadoras de los festejos centenarios se dieron vuelo desgranando la relación general de los miles (sí, miles) de eventos, que con toda oportunidad han programado para homenajear, ¡como es debido!, al reconocido escritor de otras obras tan importantes como Confabulario, Varia Invención y Bestiario, entre otras.

Para quienes somos admiradores de hueso colorado de la obra, la trayectoria y la personalidad literaria de Juan José Arreola, algo que por supuesto va más allá del grandilocuente y parodiable personaje arreolino popularizado por Televisa; tales celebraciones son motivo de anticipado regocijo.

Arreola merece todos los reconocimientos. Incluso, hasta el magnificado hecho de que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), haya decidido declarar oficialmente este “2018, Año de Juan José Arreola”; algo que, quiérase o no, además de obligar a toda la burocracia a colocar ese lema en toda la papelería oficial que elaboren, también tiene cierto encanto internacional y resulta significativo.

Por supuesto que, ¡ya se ve venir!, durante todo lo que resta del 2018 vamos a tener Juan José Arreola hasta en la sopa. O en un “plato de lentejas”, sitio donde según esto, surrealistamente se “lo conoció” una connotada poetiza de altos vuelos de la Perla de Occidente, cuando ella tiraba el rol en París.

Con toda seguridad, este 2018 los expertos arreolinos van a estar a la alza y apuntadísimos. Las loas y elogios facilistas o pre fabricados brotarán imparables en no pocos de los coloquios, mesas redondas, conferencias, conversatorios, publicaciones, exposiciones, torneos de ajedrez, lecturas, concursos y similares que se realicen.

No será tampoco extraño que muchos vayan a andar sin caérseles el Arreola de la punta de sus lenguas, diciendo a la menor provocación que Arreola por aquí, y que Arreola por allá, y que Arreola por acullá; o que lo conocieron desde su más tierna infancia, que con él se llevaban de a cuartos, él les daba ride en su motocicleta, los mandaba a la tintorería para recoger su emblemática capa, o que así y asa.

Eso suele suceder. Sobre todo cuando hay buen árbol presupuestario bajo el cual cobijarse en nombre del arte, la cultura y el tráfico de influencias con quienes parte el queso.

Al margen de toda la humareda que los festejos arreolinos levanten, considero que siempre se podrá rescatar lo importante del autor magistral que Arreola fue, es y será; es decir: la lectura directa, personal, íntima y gozosa de su obra. Al margen de cualquiera de los posibles panegiristas fatuos o de ocasión. Estos, ¡ni al caso! Que sigan diciendo cualquier intrascendencia o anécdota que de él, o de algunas lentejas parisinas, se les ocurra.

Habrá que ser optimistas. Esperar que entre la posible paja se cuele algún garbanzote de a libra, de esos que sí hayan leído a Arreola a profundidad, y que además tengan algo importante por decir, opinar o analizar, en el plano literario, académico, biográfico o whatever; independientemente de que lo que hagan en forma oral, escrita o, incluso, en formato digital multimedia, siempre y cuando demuestren un mínimo conocimiento de lo que dicen o cuentan. Eso sí, hagamos changuitos porque éstos sean más, que los van a salir con su batea de babas

Mientras tanto nosotros, los simples mortales, así como para que el próximo 21 de septiembre, cumpleaños de Arreola, no lleguemos sólo sabiendo o recordando que él y la cantante Thalía, hoy señora de Motola, alguna vez estuvieron juntos a cuadro en el programa de la Vero Castro; recomendaría que nos pongamos leer, o a releer según sea el caso, todas sus obras; y también a algunos de sus mejores críticos, como el gran José Joaquín Blanco.

También sugeriría, desde ya, la lectura de la obra “Poesía en Voz Alta in the Theater of Mexico”, de Roni Unger, 1981; traducida al español por Silvia Peláez y revisada por Rodolfo Obregón, publicada con el título “Poesía en Voz Alta” en una coedición Conaculta-INBA, 2006.

Esa obra contiene todos los intríngulis de Poesía en Voz Alta, uno de los proyectos culturales más importantes de México, cuya primera función se realizó el 19 de junio de 1956 en el Teatro del Caballito, ubicado en la calle Rosales de la ciudad de México.

Poesía en Voz Alta, fue una especie de performance vanguardista y experimental en el que Juan José Arreola fue pieza clave, conjuntamente con creadores de reconocido talento y provenientes de distintas disciplinas artísticas, como: Octavio Paz, Juan Soriano, Elena Garro, León Felipe, Leonora Carrington, Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez, et al.

Entre otros temas, en la acuciosa obra de Unger uno se viene enterando que Poesía en Voz Alta tuvo dos representaciones en el Teatro Degollado de Guadalajara, teniendo ambas funciones el más rotundo fracaso en taquilla, y el casi absoluto desinterés por parte del culto público tapatío. ¿Cómo la beisbol?

Al respecto, me permito citar a Unger:

[…] en Guadalajara [la obra] tuvo teatros vacíos. Es posible que la causa haya sido una deficiente campaña publicitaria, pero también la falta de interés dejó vacantes muchas vacantes en el Teatro Degollado.”

La explicación de semejante fracaso que luego Unger realiza en su obra, incluye a su vez una larga cita de la nota, ¿o columna?, de Fernando Jiménez titulada “Portaleando”, publicada en “El Sol, Guadalajara” [sic] el 14 de septiembre de 1956; en donde, entre otras linduras, se menciona lo siguiente:

“Nos quejamos los tapatíos acerca de la falta de espectáculos de altura en nuestra ciudad. Suspiramos al leer los anuncios de los veinte o treinta teatros que funcionan en la capital de la República; comentamos con tristeza el hecho de que los grandes solistas, o las compañías mejores no incluyen a Guadalajara en sus itinerarios. Pero cuando de casualidad alguien se atreve a montar determinada obra en el Degollado, o en algunas de las salas experimentales que tenemos, nadie va, y al segundo día tenemos que dar cerrojazo, pues las pérdidas son cuantiosas.

“Esto es lo que ha ocurrido con esa maravilla del buen gusto que es “Poesía en voz alta”.

[…]

“Lo trágico fue que en la función de la tarde del miércoles, [12 de septiembre de 1956], hubo, en todo el teatro, ochenta personas, ni siquiera dos filas de luneta, y en toda la noche, apenas si medio teatro se lleno. Arriba, completamente vacío, Y eso ocurre en una población que tiene medio millón de habitantes y que además presume de culta.”

Si lo anterior lo ha dejado speechless, espere, primero inhale y exhale lentamente, varias veces, con calma, tómese su tiempo porque, ahí le va. ¿Listo?

Para la época, la publicidad tapatía de Poesía en Voz Alta en el Degollado, no fue tan “deficiente”; al menos no el mero día del estreno, ya que ésta consistió en una inserción de casi un cuarto de plana en el periódico tapatío más leído de entonces: El Informador.

En esa inserción, claramente destacan los nombres de Héctor Mendoza, Juan José Arreola, Juan Soriano y Héctor Javier. Asimismo, da constancia de la asequibilidad popular que tuvieron los boletos de entrada al Degollado, siendo de diez pesos en luneta y dos pesos en galería; por demás económicos, sobre todo si se toma en cuenta que era una función en vivo, con 25 actores en escena y que, comparativamente en esa misma fecha, el ingreso a un cine de primera clase ya costaba cuatro pesos, y el boleto numerado para ver un partido de futbol de segunda división en el extinto Parque Martínez Sandoval, se cotizaba en seis pesos.

Por supuesto, quiero creer, que hoy en día aquellas funciones de Poesía en Voz Alta tendrían lleno a reventar en varias funciones del Teatro Degollado.

Quizá en 1956, al culto público tapatío sólo le faltó conocer el inicio de la nota del programa de mano que el propio Juan José Arreola escribió, muy en su estilo, aclarando de antemano lo siguiente:

“Necesitamos ponernos de acuerdo, señoras y señores, no estamos haciendo teatro en el sentido cada vez más anómalo que tiene esa palabra”.

Aunque a lo mejor, eso tampoco hubiera funcionado, porque como todos sabemos, los tapatíos somos bien sabe qué modo. A ver si este “2018, Año de Juan José Arreola”, señoras y señores, no volvemos a regarla como en aquel 1956.

Por Carmen Libertad Vera

POESÍA EN VOZ ALTA

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