La novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera termina con Florentino Ariza, por fin reunido con la mujer a la que ha querido a distancia toda su vida, recorriendo arriba y abajo el río Magdalena en un barco de vapor en el que ondea la bandera amarilla del cólera. Los amantes tienen 76 y 72 años, respectivamente.

Para poder dedicar toda su atención a su amada Fermina, Florentino ha tenido que interrumpir la relación que tenía con una pupila suya de 14 años, a la que ha iniciado en los misterios del sexo durante varias tardes de domingo en su piso de soltero (ella demuestra ser una alumna aventajada). Rompe con ella mientras se toman un sundae en una heladería. Confusa y desesperada, la chica se suicida discretamente y se lleva su secreto a la tumba. Florentino derrama alguna lágrima en privado y, de vez en cuando, siente algo de pena por su muerte, pero eso es todo.

América Vicuña, la niña seducida y abandonada por un hombre mayor, es un personaje directamente sacado de Dostoievski. El marco moral de El amor en los tiempos del cólera, una obra de gran registro emocional pero, en definitiva, una comedia otoñal, no tiene la dimensión necesaria para abarcarla. Con su decisión de hacer de América un personaje secundario (una más de las numerosas amantes de Florentino) y dejar sin explorar qué consecuencias tienen para Florentino sus acciones, García Márquez se adentra en un territorio inquietante desde el punto de vista moral.

Normalmente, su estilo verbal es ágil, enérgico e imaginativo, totalmente suyo; sin embargo, en las escenas entre Florentino y América, los domingos por la tarde advertimos ecos de la Lolita de Vladímir Nabokov: Florentino desviste a la joven prenda por prenda, con juegos infantiles: primero estos zapatitos para el osito…, luego estas braguitas de flores para el conejito, y un besito en el delicioso pajarito de su papá.

Florentino es un soltero empedernido, poeta aficionado, autor de cartas de amor en nombre de quienes tienen dificultad de palabra, devoto asistente a conciertos, de costumbres algo tacañas y tímido con las mujeres. Sin embargo, a pesar de su timidez y su falta de atractivo físico, ha logrado, en medio siglo de actividad como furtivo donjuán, hacer 622 conquistas, sobre las que conserva aides-mémoires en una serie de cuadernos.

En todos estos aspectos, Florentino se parece al anónimo narrador de la nueva novela corta de García Márquez. Como su antecesor, este hombre conserva una lista de sus conquistas como recordatorio para un libro que planea escribir. Es más, ya tiene pensado el título: Memoria de mis putas tristes, traducido al inglés por Edith Grossman como Memories of my melancholy whores. Su lista llega a 514 cuando decide dejar de contar. Entonces, ya anciano, encuentra el verdadero amor, no en una mujer de su generación sino en una chica de 14 años.

Los paralelismos entre los dos libros, publicados con 20 años de diferencia, son demasiado llamativos para ignorarlos. Indican que, tal vez, en Memoria de mis putas tristes García Márquez está haciendo otra aproximación a la historia de Florentino y América en El amor en los tiempos del cólera, que había dejado cierta insatisfacción tanto artística como moral.

El héroe, narrador y autor putativo de Memoria de mis putas tristes nace en la ciudad portuaria de Barranquilla (Colombia) hacia 1870. Sus padres pertenecen a la burguesía culta; casi un siglo después, todavía vive en el deteriorado hogar familiar. Se ganaba la vida como periodista y profesor de español y latín; ahora sobrevive gracias a su pensión y la columna semanal que escribe para un periódico.

El documento que nos ofrece, que abarca su tormentoso 91º año de vida, pertenece a una subcategoría específica de las memorias: la confesión. Este género, tipificado en las Confesiones de San Agustín, narra la historia de una vida desperdiciada que culmina en una crisis interior y una conversión, a la que sigue el renacimiento espiritual a una vida nueva y más rica. En la tradición cristiana, la confesión tiene un propósito claramente didáctico. Observad mi ejemplo, dice: observad cómo, gracias a la misteriosa intervención del Espíritu Santo, hasta un ser tan indigno como yo puede salvarse.

No cabe duda de que los primeros 90 años de la vida de nuestro héroe han sido un despilfarro. No sólo ha desperdiciado su herencia y su talento, sino que además ha tenido una vida emocional de lo más árida. Nunca se ha casado (estuvo prometido hace mucho tiempo, pero dejó a su novia en el último minuto). Nunca se ha acostado con una mujer a la que no haya pagado: incluso cuando la mujer no ha querido aceptar dinero, él la ha obligado y la ha convertido en otra de sus putas. La única relación duradera que ha tenido es con su criada, a la que monta de manera ritual una vez al mes mientras hace la colada, siempre en sentido contrario, con lo que permite que ella afirme, a su edad, que sigue siendo una virgo intacta.

Para su 90º cumpleaños, decide hacerse un regalo: acostarse con una adolescente virgen. Una alcahueta llamada Rosa, a la que conoce desde hace mucho, le introduce en una habitación de su burdel en la que le aguarda una chica de 14 años, desnuda y drogada.

Era morena y tibia. La habían sometido a un régimen de higiene y embellecimiento que no descuidó ni el vello incipiente del pubis. Le habían rizado el cabello y tenía en las uñas de las manos y los pies un esmalte natural, pero la piel del color de la melaza se veía áspera y maltratada. Los senos recién nacidos parecían todavía de niño varón pero se veían urgidos por una energía secreta a punto de reventar. Lo mejor de su cuerpo eran los pies grandes de pasos sigilosos con dedos largos y sensibles como de otras manos. Estaba ensopada en un sudor fosforescente a pesar del ventilador… Era imposible imaginar cómo era la cara pintorreteada… pero ni los trapos ni los afeites alcanzaban a disimular su carácter: la nariz altiva, las cejas encontradas, los labios intensos. Pensé: un tierno toro de lidia”.

La primera reacción del veterano libertino al ver a la niña es inesperada: terror y confusión, un impulso de salir corriendo. Sin embargo, se tiende en la cama con ella y empieza a explorar entre sus piernas sin demasiado entusiasmo. Ella se aleja en sueños. Él, con el deseo apagado, empieza a cantarle: “La cama de Delgadina de ángeles está rodeada”. Pronto acaba rezando por ella. Y luego se queda dormido. Cuando se despierta, a las cinco de la mañana, la niña está tendida con los brazos abiertos en forma de cruz, “dueña absoluta de su virginidad”. Dios te bendiga, piensa, y se va.

La alcahueta le telefonea para burlarse de él por pusilánime y le ofrece una segunda oportunidad de probar su virilidad. Él la rechaza. “Ya no sirvo”, dice, y se siente inmediatamente aliviado, “a salvo de una servidumbre” -servidumbre del sexo, en sentido estricto- “que me mantenía subyugado desde mis 13 años”.

Pero Rosa persiste hasta que él cede y vuelve al burdel. De nuevo la chica duerme, y de nuevo él no hace más que limpiar el sudor de su cuerpo y cantar: “Delgadina, Delgadina, tú serás mi prenda amada”. (Su canción no deja de tener un trasfondo siniestro: en el cuento de hadas, Delgadina es una princesa que tiene que huir de los impulsos amorosos de su padre.)

Vuelve a su hogar en medio de una fuerte tormenta. El gato que acaba de adquirir parece haberse convertido en una presencia satánica en su casa. La lluvia entra por agujeros que hay en el tejado, una cañería revienta, el viento rompe las ventanas. Mientras lucha para salvar sus queridos libros, advierte la figura espectral de Delgadina a su lado, ayudándole. Ahora tiene la certeza de que ha encontrado el verdadero amor, “el primer amor de mi vida a los 90 años”.

Se produce en él una revolución moral. Observa la miseria, la mezquindad y la obsesión de su vida pasada y las repudia. Se transforma, según dice, en “otro hombre”. Es el amor lo que mueve el mundo, empieza a comprender; no el amor consumado, sino el amor en sus múltiples formas no correspondidas. Su columna del periódico pasa a ser un canto a los poderes del amor, y el público lector responde con alabanzas.

De día (aunque nunca lo presenciamos), Delgadina, como una auténtica heroína de cuento de hadas, va a la fábrica a coser ojales. De noche regresa a su cuarto en el burdel, ahora decorado por su enamorado con cuadros y libros (él tiene vagas ambiciones de educarla), y duerme castamente a su lado. Él le lee relatos en voz alta; ella, de vez en cuando, dice alguna palabra entre sueños. Pero, en general, a él no le gusta su voz; le parece la voz de una desconocida que habla desde el interior de su cuerpo. La prefiere inconsciente.

La noche del cumpleaños de la chica, se produce una consumación erótica sin penetración: “La besé por todo el cuerpo hasta quedarme sin aliento… A medida que la besaba aumentaba el calor de su cuerpo, y exhalaba una fragancia montuna. Ella me respondió con vibraciones nuevas, y en cada una encontré un calor distinto, un sabor propio, un gemido nuevo, y toda ella resonó por dentro con un arpegio, y sus pezones se abrieron en flor sin tocarlos”.

Pero sobreviene la desgracia. Uno de los clientes del burdel ha sido apuñalado, aparece la policía, llega la amenaza del escándalo y es preciso llevarse a Delgadina. Aunque su amante la busca por toda la ciudad, no logra encontrarla. Cuando, por fin, reaparece en el burdel, parece haber envejecido años y ha perdido su aspecto inocente. Él, en un arrebato de celos, se marcha.

Pasan los meses y su ira se aplaca. Una vieja novia le ofrece un consejo prudente: “No te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor”. Pasa su 91º aniversario. Hace las paces con Rosa. Los dos acuerdan dejar sus bienes terrenales a la chica, que mientras tanto, según la alcahueta, se ha enamorado por completo de él. Con el corazón lleno de felicidad, el alegre enamorado sueña con tener, “por fin, una vida real”.

Es posible que esta alma renacida haya escrito sus confesiones, realmente, para aliviar su conciencia, pero el mensaje que predica no es, en absoluto, que debamos renunciar a los deseos de la carne. El dios al que ha ignorado toda su vida es el dios por cuya gracia se salvan los malvados, pero es, al mismo tiempo, un dios de amor, capaz de enviar a un viejo pecador en busca de una “noche de amor loco” con una virgen -”mi deseo, aquel día, era tan urgente que parecía un mensaje de Dios”- y luego inspirarle espanto y terror cuando ve por primera vez a su presa. Gracias a su divina intervención, el viejo pasa rápidamente de frecuentar a las putas a adorar a la virgen y venerar el cuerpo dormido de la joven de la misma manera que un simple creyente puede venerar una estatua o un símbolo: la cuida, le trae flores, le presenta ofrendas, le canta, reza ante ella.

Siempre existe algo injustificado en las experiencias de conversión: una de sus partes esenciales es que el pecador está tan cegado por la lujuria, o la codicia, o el orgullo, que la lógica psíquica que le empuja al momento decisivo de su vida no la puede comprender más que a posteriori, una vez que ha abierto los ojos. De modo que hay cierto grado de incompatibilidad intrínseca entre la historia de la conversión y la novela moderna tal como se perfeccionó en el siglo XVIII, con su énfasis prioritario en el personaje más que en el alma y su empeño de mostrar paso a paso, sin saltos desmesurados ni intervenciones sobrenaturales, de qué manera el que antes se llamaba héroe o heroína, pero ahora se denomina, más apropiadamente, personaje central, recorre su camino de principio a fin.

A pesar de tener asociada la etiqueta de “realismo mágico”, García Márquez se atiene a la tradición del realismo psicológico, que parte de que los mecanismos de la psique individual poseen una lógica que es posible trazar. Él mismo ha observado que su llamado realismo mágico no consiste más que en narrar historias difíciles de creer en tono totalmente serio, un truco que aprendió de su abuela en Cartagena, y que, además, lo que las personas de fuera encuentran difícil de creer en sus relatos es, muchas veces, normal en la realidad latinoamericana. Nos creamos o no esta explicación, lo cierto es que la mezcla de lo fantástico y lo real -o, para ser más exactos, la elisión del “o esto o aquello” que mantiene separadas la “fantasía” y la “realidad”- que tanta conmoción suscitó cuando se publicó Cien años de soledad, en 1967, se ha generalizado en la novela mucho más allá de las fronteras de Latinoamérica.

¿El gato de Memoria de mis putas tristes es sólo un gato, o es un visitante de los infiernos? ¿Va Delgadina a ayudar a su enamorado la noche de la tormenta, o acaso él, bajo el hechizo amoroso, imagina su visita? ¿Es esta bella durmiente una joven de clase obrera que se gana unos cuantos pesos extra, o es una criatura de otro mundo en el que las princesas bailan toda la noche, y las hadas realizan labores sobrenaturales, y las brujas adormecen a las doncellas? Pedir una respuesta inequívoca a preguntas como éstas es confundir la naturaleza del arte de narrar. A Roman Jakobson le gustaba recordar la fórmula empleada por los cuentistas tradicionales en Mallorca para comenzar sus historias: “Era y no era así”.

Lo que resulta más difícil de aceptar para los lectores modernos de tendencias laicas -porque no tiene una base psicológica aparente- es que el mero espectáculo de una adolescente desnuda pueda causar un sobresalto espiritual en un viejo depravado. El hecho de que el anciano esté listo para la conversión puede tener más sentido, desde el punto de vista psicológico, si suponemos que tiene una existencia que se remonta a antes de que empiecen sus memorias, al conjunto de la ficción anterior de García Márquez y, en concreto, a El amor en los tiempos del cólera.

Si somos verdaderamente exigentes, Memoria de mis putas tristes no es una de las obras fundamentales de su autor. Y su ligereza no es sólo consecuencia de su brevedad. Crónica de una muerte anunciada (1981), que tiene más o menos la misma extensión, es una contribución importante al canon de García Márquez: una narración ajustada y cautivadora y, al mismo tiempo, una lección magistral y pasmosa de cómo construir varias historias -varias verdades- en torno a los mismos sucesos.

Pero el objetivo de Memoria de mis putas tristes es valiente: defender el deseo de un anciano por una joven menor, es decir, defender la pedofilia o, al menos, demostrar que la pedofilia no tiene por qué ser un callejón sin salida para el amante ni el amado. La estrategia conceptual que emplea para lograrlo consiste en derribar el muro entre la pasión erótica y la pasión de la veneración como las que se manifiestan en los cultos a la Virgen, tan importantes en el sur de Europa y Latinoamérica, con su fuerte sustrato arcaico, precristiano en el primer caso y precolombino en el segundo. (Como deja claro la descripción que hace de ella su enamorado, Delgadina tiene algo de la ferocidad de una diosa virgen arcaica: “La nariz altiva, las cejas encontradas, los labios intensos… un tierno toro de lidia”.)

Cuando aceptamos la continuidad entre la pasión del deseo sexual y la de la veneración, lo que comienza siendo “mal” deseo, como el que lleva a la práctica Florentino Ariza con su pupila, puede transformarse, sin alterar su esencia, en deseo “bueno” como el que siente el amante de Delgadina, hasta el punto de que constituye el germen de su nueva vida. En otras palabras, Memoria de mis putas tristes resulta comprensible, sobre todo, como complemento a El amor en los tiempos del cólera, un anexo en el que ha violado la confianza de la virgen niña pasa a ser su fiel adorador.

Cuando Rosa oye que llama a su empleada de 14 años Delgadina, se sorprende y trata de decir a su cliente el aburrido nombre real de la niña. Pero él no quiere escuchar, como tampoco quiere que hable la chica. Cuando Delgadina reaparece, tras su larga ausencia del burdel, cubierta de maquillaje y joyas desconocidas, el viejo se indigna: no sólo le ha traicionado a él, sino a sí misma. En ambos incidentes vemos que pretende imponer a la niña una identidad inmutable, la identidad de una princesa virgen.

La inflexibilidad del viejo, su insistencia en que su amada se atenga a la forma en la que la ha idealizado, tiene un precedente majestuoso en la literatura hispánica. Fiel a la norma de que todo caballero andante debe tener una dama a la que dedicar sus hazañas, el anciano que adopta el nombre de Don Quijote se declara servidor de la señora Dulcinea del Toboso. La señora Dulcinea tiene una vaga relación con una joven campesina de la aldea del Toboso en la que Don Quijote se ha fijado alguna vez, pero es, fundamentalmente, una figura imaginaria que él inventa, del mismo modo que se inventa a sí mismo.

El libro de Cervantes comienza como una parodia de las novelas de caballerías, pero se transforma en algo más interesante: una exploración de la misteriosa capacidad del ideal para resistir pese a las decepciones que supone afrontar la realidad. La vuelta a la cordura de don Quijote al final del libro, su abandono del mundo ideal que tan esforzadamente ha tratado de habitar, el regreso al mundo real de sus detractores, provoca consternación en todos los que le rodean, incluido el lector. ¿Es eso lo que verdaderamente deseamos, renunciar al mundo de la imaginación y conformarnos con el tedio de la vida en un páramo rural de Castilla?

El lector de Don Quijote no puede estar nunca seguro de si el héroe de Cervantes es un loco aquejado de delirios, si, por el contrario, está desempeñando conscientemente un papel -viviendo su vida como una novela-, o si su mente oscila entre estados de locura y consciencia. Desde luego, hay momentos en los que Don Quijote parece afirmar que la dedicación a una vida de servicio hace que uno sea mejor persona, independientemente de que ese servicio sea imaginario. “Después que soy caballero andante”, dice, “soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor”. Aunque se pueden tener reservas sobre si ha sido tan valiente, comedido, etcétera, como dice, no es posible ignorar la compleja declaración que hace sobre el poder de un sueño para afianzar nuestra vida moral, ni negar que, desde el día en el que Alonso Quijano asumió su identidad caballeresca, el mundo ha sido un lugar mejor; o, si no mejor, al menos más interesante y animado.

Don Quijote parece un tipo extraño a primera vista, pero casi todos los que entran en contacto con él acaban medio convertidos a su forma de pensar y, por consiguiente, también medio quijotes. Si hay una lección que enseña es que, para contar con un mundo mejor y más animado, podría no ser mala idea la de cultivar en uno mismo cierta capacidad de disociación, no necesariamente bajo control consciente, aunque eso pueda hacer creer a las personas ajenas que uno sufre de delirios intermitentes.

Las conversaciones entre don Quijote y el duque y la duquesa en la segunda mitad de la novela examinan con detalle lo que significa dedicar todas las energías a vivir una vida ideal y, por tanto, tal vez irreal (fantástica, ficticia). La duquesa hace la pregunta esencial en tono educado pero firme. ¿No es cierto que Dulcinea “no es en el mundo, sino que es dama fantástica, y que vuesa merced [es decir, Don Quijote] la engendró y parió en su entendimiento?”.

“Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo”, replica Don Quijote, “o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo, ni yo engendré ni parí a mi señora…”.

La extraordinaria cautela de la respuesta de Don Quijote es prueba de que tiene un conocimiento nada superficial del largo debate sobre la naturaleza del ser, desde los presocráticos hasta Tomás de Aquino. Incluso contando con la posibilidad de una ironía por parte del autor, Don Quijote parece estar sugiriendo que, si aceptamos la superioridad ética de un mundo en el que la gente actúa por sus ideales sobre un mundo en el que la gente actúa por sus intereses, es fácil posponer o barrer bajo la alfombra incómodas preguntas ontológicas como la de la duquesa.

El espíritu de Cervantes está muy arraigado en la literatura española. No es difícil ver, en la transformación de la joven obrera anónima en la virgen Delgadina, el mismo proceso de idealización por el que la campesina del Toboso se convierte en la señora Dulcinea; o, en la preferencia del héroe de García Márquez por que el objeto de su amor permanezca inconsciente y en silencio, la misma repugnancia respecto al mundo real que mantiene a Don Quijote a una distancia segura de su señora. Igual que Don Quijote puede declarar que es mejor persona por servir a una mujer que desconoce su existencia, el viejo de Memoria de mis putas tristespuede afirmar que ha llegado al umbral de “por fin la vida real” gracias a haber aprendido a amar a una adolescente a la que verdaderamente no conoce y que, desde luego, no le conoce a él. (El momento más típicamente cervantino de la Memoria se produce cuando su autor logra ver la bicicleta que usa -o dicen que usa- su amada para ir al trabajo y, en ese objeto auténtico, halla “prueba tangible” de que la chica con el nombre de cuento de hadas, cuya cama comparte todas las noches, “existe en la vida real”.)

En su autobiografía Vivir para contarla, García Márquez narra la historia de cómo escribió su primera obra larga, la novela Tormenta de hojas (1955). Después de acabar -eso creía- el manuscrito, se lo mostró a su amigo Gustavo Ibarra, que, para su desolación, le indicó que la situación dramática -la lucha para enterrar a un hombre pese a la resistencia de las autoridades, civiles y eclesiásticas- estaba sacada de la Antígona de Sófocles. García Márquez releyó Antígona ”con una extraña mezcla de orgullo por haber coincidido de buena fe con un autor tan grande, y pena por la vergüenza pública del plagio”. Antes de publicar el manuscrito, lo revisó por completo y añadió un epígrafe de Sófocles para dejar clara su deuda.

Sófocles no es el único escritor que dejó huella en García Márquez. Sus primeras obras de ficción llevan la impronta de William Faulkner hasta tal punto que se le puede llamar con justicia su discípulo más devoto.

En el caso de Memoria…, la deuda con Yasunari Kawabata, que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1968, es muy visible. En 1982, García Márquez escribió un relato, El avión de la bella durmiente, en el que se alude a Kawabata de manera específica. Sentado en la primera clase de un avión que atraviesa el Atlántico, junto a una mujer de extraordinaria belleza que duerme durante todo el trayecto, el narrador de García Márquez recuerda una novela de Kawabata sobre viejos que pagan para pasar la noche con chicas dormidas y drogadas. Como obra de ficción, La bella durmiente está sin desarrollar, no es más que un esbozo. Tal vez ése es el motivo de que García Márquez se sienta con libertad para reutilizar la situación de partida -el admirador ya no tan joven junto a la adolescente dormida- en Memoria de mis putas tristes.

En La casa de las bellas durmientes, de Kawabata (1961), un hombre al borde de la ancianidad, Yoshio Eguchi, acude a una alcahueta que proporciona chicas drogadas a hombres de gustos peculiares. Durante cierto tiempo, pasa las noches con varias de esas chicas. Las normas de la casa que prohíben la penetración sexual son superfluas, porque casi todos los clientes son viejos e impotentes. Pero Eguchi -como no deja de recordarse a sí mismo- no es ninguna de las dos cosas. Coquetea con la idea de infringir las normas, violar a una de las chicas, dejarla embarazada, incluso asfixiarla, como forma de demostrar su virilidad y su desafío a un mundo que trata a los ancianos como si fueran niños. Al mismo tiempo, también le atrae la idea de tomar una sobredosis y morir en brazos de una virgen.

La novelita de Kawabata es un estudio sobre la actividad erótica en la mente de un sensualista intenso y consciente de sí mismo, tremendamente -tal vez morbosamente- sensible a los olores y fragancias y a los matices del tacto, absorbido por la singularidad física de las mujeres con las que tiene relaciones íntimas, propenso a dar vueltas a imágenes de su pasado sexual, sin temor a afrontar la posibilidad de que la atracción que siente por las mujeres jóvenes pueda ser una forma de ocultar el deseo hacia sus propias hijas, o de que su obsesión por los pechos femeninos pueda tener su origen en recuerdos infantiles.

Sobre todo, el cuarto aislado, con sólo una cama y un cuerpo vivo que puede manejar o maltratar, dentro de unos límites, a su gusto, sin testigos y, por tanto, sin riesgo de sentirse avergonzado, constituye un teatro en el que Eguchi puede verse tal como verdaderamente es, viejo, feo y cercano a la muerte. Sus noches con las chicas anónimas están llenas de melancolía más que de alegría, de remordimientos y angustia más que de placer físico: “La fea senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable amplitud del sexo, su profundidad insondable: ¿qué parte había conocido Eguchi en sus 67 años? Y en torno a los viejos, nacía sin cesar carne nueva, carne joven, carne bella. ¿No estaban los anhelos de los tristes viejos por el sueño inacabado, las lamentaciones por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, ocultos en el secreto de esta casa?”.

García Márquez, más que imitar a Kawabata, le da respuesta. Su héroe tiene un temperamento muy distinto al de Eguchi, una sensualidad menos compleja, es menos introspectivo, menos explorador, menos poeta. Pero lo que da la verdadera medida de la distancia entre García Márquez y Kawabata es lo que ocurre en la cama en cada una de las casas secretas. Cuando está en la cama con Delgadina, el viejo de García Márquez halla una alegría nueva y exaltadora. En cambio, Eguchi se siente frustrado constantemente por el misterio de que unos cuerpos femeninos inconscientes, que pueden comprarse por horas y cuyos miembros desmadejados y de muñeca pueden utilizarse a gusto del cliente, sean capaces de ejercer tal poder sobre él que le hacen volver una y otra vez a la casa.

La pregunta en relación con todas las bellas durmientes es, por supuesto, qué ocurre cuando se despiertan. En el libro de Kawabata no hay, simbólicamente hablando, ningún despertar; la sexta y última de las jóvenes de Eguchi muere a su lado, envenenada por la droga con la que la habían dormido. En García Márquez, por el contrario, da la impresión de que Delgadina ha absorbido a través de la piel todas las atenciones que se le prestan y que está a punto de despertarse, dispuesta a corresponder el sentimiento de su enamorado.

En otras palabras, la versión que hace García Márquez de la historia de la bella durmiente es mucho más risueña que la de Kawabata. Es más, su brusco final parece indicar que cierra deliberadamente los ojos a la pregunta sobre el futuro de cualquier anciano enamorado de una joven, una vez que la amada puede bajar de su pedestal de diosa. Cervantes hace que su protagonista visite la aldea del Toboso y se postre de rodillas ante una joven a la que ha escogido, casi al azar, para encarnar a Dulcinea. La recompensa que recibe por sus esfuerzos es una sarta de insultos campesinos aderezados con el olor de cebollas crudas, y deja el lugar confuso y desconcertado.

No está claro que la pequeña fábula de redención de García Márquez tenga la suficiente solidez como para aguantar una conclusión de este tipo. García Márquez podría fijarse también en el Cuento del mercader, la sardónica historia de un matrimonio intergeneracional en los Cuentos de Canterbury de Chaucer, y sobre todo en la escena de la pareja a la luz del amanecer, tras los esfuerzos de la noche de bodas, el marido de edad avanzada sentado en la cama, con su gorro de dormir, la piel flácida del cuello temblorosa, y la joven esposa a su lado, consumida de irritación y repugnancia.

Por J.M. Coetzee

*Fragmento de Costas extrañas (2001)

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