En 1973, el auto de Luis Carrero Blanco voló y la cantidad de dinamita provocó que cayera en la azotea de un edificio de siete pisos. El hecho sacudió al gobierno del General Franco y la muerte de su Jefe de Gobierno fue un golpe certero que comenzó la inestabilidad de su gobierno. España inició una dura transición hacia la democracia que tocó todos los aspectos de la vida social de ese país. La música no fue la excepción: en los últimos años de los setenta y en los primeros de los ochenta comenzó una efervescencia contracultural que rompía los duros esquemas de la dictadura y que propició un fenómeno musical que ahora conocemos como “La movida madrileña”.

Tras la liberación del yugo, los medios de comunicación –principalmente la radio– comenzaron a darle aire a una nueva y diversa generación de bandas con mucha influencia del punk, con descontento e identidad capaz de impulsar un movimiento de renovación madrileña.

Hubo tantas bandas trascendentes como efímeras, pero cada una aportó su sello al sonido específico de esta sub cultura. Alaska y los Pegamoides, luego Alaska y Dinarama, Hombres G, Radio Futura, Nacha Pop, Zombies, La Fundación, Parálisis Permanente, Derribos Arias, Polanski y el Ardor, La Mode, Décima Víctima y muchas otras más agrupaciones tomaron principalmente elementos del New wave y del Post-punk, cantando en castellano, creando una sinergia arrolladora que rápidamente se propagaría a toda España y que luego contagiaría a América Latina.

Para mí, ver a Alaska y Dinarama en “Siempre en Domingo”, significaba un refrescante y colorido ejercicio contra la rutina; ningún artista mexicano del pop sonaba ni siquiera parecido a Alaska, mucho menos a Radio Futura o a Nacha Pop. Esa influencia, aunque sea ya poco reconocible, le dio al movimiento del “Rock en tu idioma” su primer chispazo y a partir de este momento componer en español se volvió para los artistas latinos un reto creativo, una nueva identidad.

A casi 40 años de la avalancha que provocó “La movida madrileña”, puedo hacer memoria de ese pop y rock fino que vinieron de España para alimentar nuestra escena mexicana del rock, todavía maniatada por el régimen de esos tiempos y la indiferencia de Televisa. Mucho tiempo después y gracias a las nuevas tecnologías conocimos a los que para mi son los casos más míticos de todo este movimiento: Parálisis Permanente y Décima Víctima.

El caso de Eduardo Benavente es un hito y siempre en la memoria colectiva del enorme culto que se le rinde a Parálisis, se tiene que imaginar lo que pudo haber sido esta banda si la tragedia no se hubiese dado lugar en ese accidente de tráfico en 1983. A pesar de todo, con un solo disco (que se mira ahora como un monolito del rock español), Parálisis se las arregló para permear nuestro tiempo en forma de reproducción digital, de vinilo o de playera que rinde tributo a las reliquias que dejó esta banda. Sigo pensando que su enorme acierto fue el atrevimiento con el que hacían sus líricas, únicas y demasiado entretenidas. En su disconformidad y su rareza como seres humanos, tanto Benavente como Ana Curra y Rafa Balsameda lograron congeniar con una juventud aburrida y necesitada de cambios profundos. Además su sonido captó perfectamente la onda de Siouxsie o de Killing Joke o de Joy Division para darle forma a sus composiciones transgresoras. A la postre El Acto sería un disco definitorio de la sub cultura siniestra española y en 2018 nos sigue pareciendo sustancial para explicar porque es tan importante el post punk en millones de aferrados.

En el otro camino, sin tragedias, pero también con una inexplicable dosis de misterio y mala fortuna, muchos años después llegué a Décima Víctima, en asociación con el gusto por Parálisis. Encontré a Décima Víctima gracias a un vecino español que tenía una cinta de ellos. Esta banda no tiene ni tendrá el culto que tienen Los Pegamoides o Parálisis, pero sí tienen un sonido mágico, especial, divergente a todas las demás bandas de “La movida”. Carlos Entrena tenía pinta de nerd, pero su voz sonaba gruesa como una entidad oscura enfadada y no cambió nada en todo el periodo de actividad, pero lo más sobresaliente de Décima Víctima era lo que tocaban los hermanos Mertanen con sus instrumentos. Lars ejecutaba la guitarra con mucho reverb, pocos acordes y una distorsión muy agradable. Tal vez tenían mucha conexión con Bauhaus y las estructuras de sus canciones son evidencias de ello, sin embargo, Décima Víctima y las letras de entrena poseían una sensibilidad aparte. Si hubiera que explicarle a alguien las cualidades del post punk, la música de esta banda sería una línea a seguir.

Luego en 1983 la banda se desintegró porque los hermanos Mertanen se mudaron a Barcelona sin encontrar eco entre los demás miembros. Décima Víctima dejó el álbum Un Hombre Solo como su testamento, la mejor manera de pavimentar algo mítico. 

Por Beto Sigala

*Publicado en Okupo +


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