¿Matarán a sus maestros los alumnos de quienes mataron a los grandes maestros?

Por David Foster Wallace

En la década de 1960 los metacríticos postestructuralistas llegaron y le dieron la vuelta a la estética literaria rechazando todos los presupuestos que sus profesores habían dado por sentados y haciendo mucho más complicado todo el asunto de interpretar textos al fusionar teorías del discurso creativo con posiciones duras en metafísica.

Sea uno fan de Barthes, Foucault, De Man y Derrida o no, al menos hay que reconocerles esa fértil mezcla de crítica y filosofía: ahora la teoría crítica es un área de estudio bona fide para los jóvenes filósofos americanos interesados tanto en la poética europea como en la práctica analítica angloamericana.

H. L. Hix es uno de esos jóvenes filósofos estadounidenses (a juzgar por la foto de su libro, tiene unos doce años), y estoy bastante seguro de que su libro de 1992, Morte d’Author: An Autopsy, es una disertación de tesis doctoral que alcanzó de sobras el nivel requerido para publicarse como parte de la colección “The Arts and Their Philosophies” de la Temple University Press.

Una de las cosas más rematadamente divertidas de seguir la teoría literaria de los años noventa va a ser observar cómo los jóvenes críticos/filósofos vienen ahora y atacan a sus profesores postestructuralistas criticando los presupuestos que esos profesores han dado por sentados.

Eso es justamente lo que el profesor Hix está haciendo ahora con uno de los verdaderos toques de queda que marcaron el tránsito de la Nueva Crítica al estructuralismo y el deconstructivismo, el anuncio por parte de Roland Barthes en 1968 de “La muerte del autor”.

El ensayo seminal de Barthes ha provocado 23 años de vigoroso debate en las publicaciones entre teóricos europeos (pro-muerte) y filósofos estadounidenses (mayoritariamente anti-muerte), un debate que Hix ha recopilado y ordenado de forma impresionante en las páginas de su libro y que, de forma bastante menos impresionante, ha intentado resolver acusando a todas las partes de no haber ido lo bastante lejos en su entendimiento de las repercusiones internas y externas del término “autor”.

Si uno no es un habitual de la teoría crítica, a fin de apreciar por qué es tan importante la viabilidad metafísica del autor hay que conocer la diferencia entre escritor (la persona cuyas elecciones y acciones resultan en los elementos de un texto) y autor (la entidad cuyas intenciones se supone que son responsables del significado de ese texto).

Hix, parafraseando al siempre claro Alexander Nehamas, emplea el viejo dicho de los monos y las máquinas de escribir para ilustrar la distinción: “Seguramente es posible, aunque ciertamente improbable, que un millar de monos y un millar de máquinas pudieran por pura casualidad escribir una enciclopedia. En caso afirmativo, serían capaces de producir todos los elementos del texto: todos los rasgos textuales estarían allí … gracias a unas máquinas Smith-Corona accionadas por monos. Pero … de ninguna manera se produciría el significado de los elementos del texto, porque … los monos no habrían querido significar nada al escribir a máquina”. Los autores son monos con intención de significar.

Para los románticos y los críticos de principios del siglo xx, la interpretación textual se basaba en el autor. Para Wordsworth, el crítico contempla un texto como la puesta en escena creativa del yo del escritor. De forma bastante más clínica, I. A. Richards veía la crítica total y exclusivamente como un esfuerzo por discernir la “condición mental relevante” del creador del texto.

Para ambas escuelas era axiomática la idea de un autor real, una entidad de cuya definición la mayoría de los críticos dan crédito al Leviatán de Hobbes, que describe a los autores reales como personas que, en primer lugar, aceptan la responsabilidad de un texto y, en segundo lugar, “poseen” ese texto, es decir, conservan el derecho de determinar su significado.

Es precisamente esta definición de “autor” la que Barthes intentó refutar en 1968, argumentando con respecto al primer criterio que un escritor no puede determinar las consecuencias del texto en medida suficiente como para ser realmente responsable de las mismas (Salinger no fue llamado a juicio como prueba cuando mataron a John Lennon), y con respecto al segundo, que el escritor no posee el texto en el sentido de Hobbes porque son los lectores verdaderamente críticos los que deciden y por tanto determinan lo que significa un texto escrito.

Es el segundo argumento de Barthes el que constituye verdaderamente el certificado de muerte postestructuralista, y se trata realmente de una complicación ulterior de la reacción de los Nuevos Críticos de la época de la segunda guerra mundial contra Richards y los románticos. Los Nuevos Críticos, al principio con bastante sensatez, intentaron destronar al autor atacando lo que llamaban “la falacia intencional”.

A veces los escritores se equivocan acerca de lo que sus textos significan, o a menudo no tienen ni idea de lo que significan. A veces sucede incluso que el significado del texto cambia para el autor. Básicamente, para los Nuevos Críticos no importa lo que el autor quiere decir. Solamente importa lo que dice el texto. Este derrocamiento crítico de la intención creativa sentó las bases para el espectáculo postestructuralista que se inauguraría un par de décadas más tarde.

Los deconstructivistas (“deconstructivista” y “postestructuralista” significan lo mismo, por cierto: postestructuralista es como se llama a un deconstructivista que no quiere que lo llamen deconstructivista), siguiendo explícitamente a Husserl, Brentano y Heidegger de la misma forma que los Nuevos Críticos se apropiaron de Hegel, ven el debate por la propiedad del significado como una escaramuza en una guerra más amplia dentro de la filosofía occidental por la idea de que la presencia y la unidad son ontológicamente previas a la expresión.

Ha habido una larga y errónea presunción, creen ellos, según la cual si alguien manifiesta algo es que tiene que existir una presencia unificada y eficaz que cause y posea dicha manifestación. Los postestructuralistas atacan lo que perciben como un prejuicio posplatónico que favorece a la presencia sobre la ausencia y al habla sobre la escritura. Tendemos a confiar en el habla más que en la escritura debido a la inmediatez del orador: dado que se halla presente podemos agarrarlo de las solapas, mirarlo a la cara y adivinar qué nos quiere decir.

Pero la razón por la cual los postestructuralistas participan en el debate de la teoría literaria es porque consideran la escritura, y no el habla, como más fiel a la metafísica de la expresión genuina. Para Barthes, Derrida y Foucault, la escritura es más de fiar que el habla porque es reiterable; es reiterable porque es abstracta; y es abstracta porque es una función, no de la presencia, sino de la ausencia: el lector está ausente cuando el escritor escribe, y el escritor está ausente cuando el lector lee.

Para el deconstructivista, por tanto, las circunstancias e intenciones del escritor son ciertamente parte del “contexto” del texto, pero el contexto no impone ninguna constricción real al significado del texto, porque el significado en el lenguaje no requiere un cultivo de la presencia tanto como de la ausencia, no requiere la imposición sino la eliminación de la consciencia.

Esto es así porque estos tipos —Derrida siguiendo a Heidegger, Barthes a Mallarmé, y Foucault Dios sabe a quién— ven el lenguaje literario, no como una herramienta, sino como un entorno. Un escritor no utiliza el lenguaje, está subsumido en él. El lenguaje nos habla; la escritura escribe, etcétera. Hix apenas menciona Poesía, lenguaje, pensamiento de Heidegger o Los márgenes de la filosofía de Derrida, donde todo esto se explica con mayor claridad, pero cita bastante a Barthes —”Escribir es … alcanzar ese punto donde solamente el lenguaje actúa, “performa”, y no el “yo”“— para transmitir la idea de que el autor —como— propietario no solamente es superfluo sino también contradictorio, y también cita bastante a Foucault —”La escritura de nuestro tiempo se ha librado de la necesidad de la “expresión”; [es] un juego de signos regulado no tanto por el contenido que significa como por la naturaleza del significante”—, y de ese modo muestra que incluso el Sagrado Texto de los Nuevos Críticos desaparece como la piedra imán unitaria del significado y el valor.

Para los profesores de Hix, intentar atribuir el significado de la escritura a un texto estático o a un autor humano es como intentar coser tu propio cuerpo o las agujas con que coses. Hix usa una imagen textil todavía mejor: “Previamente, el texto era una tela que el lector desplegaba; si la tela estuviera desplegada por completo, el lector se encontraría al autor sosteniendo el otro extremo. Pero Barthes hace que el texto sea una mortaja y que nadie, ni siquiera un cadáver, esté sosteniendo el otro extremo”.

Hix es también un buen tejedor; Morte d’Author es un trabajo riguroso. La primera mitad es una perspectiva crítica de algunas de las posiciones principales sobre las señales de vida del autor. No solamente figuran las opiniones de Hobbes y de Frye acerca de lo que es un autor, sino la controversia de Foucault versus Nehamas acerca de cómo reconocer qué es un autor, y la de Barthes versus William Gass sobre si hay que molestarse en encontrar al autor.

También hay breves resúmenes críticos de Derrida, Culler, Stecker, Booth y Burke. La discusión de Hix no acaba de ser exhaustiva: a Heidegger y Hegel apenas se los menciona, Husserl (una influencia importante en Derrida) está ausente, igual que participantes contemporáneos en el debate, como Stanley Cavell (cuyo Must We Mean What We Say? es al menos tan importante para la cuestión que trata Hix como La retórica de la ficción de Wayne Booth), Paul de Man, Edward Said y Gayatri Spivak.

Y el análisis de los participantes que Hix trata adolece del exceso académico de análisis tan habitual en las disertaciones publicadas, esa obsesión con dejar espantosamente claro hasta los detalles más nimios lo que está diciendo y adonde se dirige. Las puntillas tediosas como “Voy a centrarme en tres de estas afirmaciones, de las cuales me mostraré en desacuerdo con las dos primeras y de acuerdo con la tercera” o las censuras milimétricamente precisas del tipo “El error de Wimsatt y Beardsley tal vez se oculte detrás de la voz pasiva; el de Cain se oculta tras el tiempo presente”, hacen desear al lector que el editor de Hix le hubiera ayudado a borrar gestos que parecen dirigidos a comités de lectura de tesis más que a compradores del libro.

La atención obsesiva de Hix por el detalle tal vez se justifica, no obstante, por el hecho de que Morte d’Author pretende ser más que un simple compendio de puntos de vista sobre la controversia de la muerte del autor. Hix promulga su propia teoría de la autoría, que él asegura que finaliza el debate y pone los cimientos de un enfoque más sofisticado de la crítica literaria en la víspera del plumicidio del deconstructivismo.

Aunque su solución al problema no es el remedio universal que induce al lector a esperar, su proyecto sigue siendo un ejemplo claro de la moderna comisura donde se unen la teoría continental y la práctica analítica.

Lo que Hix ofrece a modo de resolución del debate es la combinación de una metafísica derridiana que rechaza los presupuestos de la presencia causal unificada y un método analítico wittgensteiniano de tratar los hábitos reales del discurso como piedra de toque para adivinar qué quieren decir y cómo actúan ciertos términos.

Al principio de su resumen de las teorías modernas acerca del autor, Hix divide los puntos de vista existentes en dos campos opuestos. Los tipos anti-muerte siguen considerando al autor como “origen”/”causa” del texto, y los pro-muerte ven al autor como “función”/”efecto” del texto. Hix postula que ambas partes del debate “confunden … un aspecto del autor con su conjunto”. Todos los postulantes han simplificado en exceso lo que el autor comporta.

Esto se debe a que han llevado a cabo lo que Hix llama “el presupuesto de homogeneidad”, considerando de forma simplista al autor como “una entidad o fenómeno unitario”. Si examinamos el modo como la palabra “autor” se usa en la práctica del discurso crítico, sostiene Hix, estamos obligados a ver su connotación como una interacción compleja de las actividades del “escritor histórico” (el tipo con el lápiz), las influencias y circunstancias de ese escritor, el álter ego narrativo adoptado en el texto, el propio texto existente, la atmósfera crítica que rodea y conforma la interpretación del texto, las interpretaciones que lleva a cabo en la práctica el lector individual del texto, e incluso las creencias y acciones consecuentes con esas interpretaciones.

En otras palabras, toda la riña que ha habido desde 1968 no ha tenido sentido, porque los teóricos involucrados no se han molestado en considerar lo que quiere decir realmente y abarca “autor” antes de ponerse a enterrar o resucitar al paciente.

Lo rematadamente divertido es ver cómo Hix usa las propias herramientas de los deconstructivistas en contra de ellos. El ataque de Derrida al presupuesto de la presencia metafísica en la expresión literaria conforma el programa de Hix para atacar el presupuesto de homogeneidad, y asimismo el intento por parte de Hix de “socavar” y “dar la vuelta” a una oposición esencialmente binaria del autor-como-causa versus el autor-como-efecto es una maniobra postestructuralista de manual. Lo más original e interesante es el uso por parte de Hix de una especie de análisis del lenguaje ordinario tomada de Austin/Wittgenstein extendido al predicado “autor”.

En lugar de reunirse con sus profesores en la estratosfera metafísica en la que giran a una velocidad vertiginosa, Hix sugiere de forma bastante plausible que examinemos cómo usan el término “autor” los lectores agudos en diversas clases de discurso crítico a fin de averiguar la naturaleza de la bestia antes de sacar la pala o bien los desfibriladores. Su proyecto, tal como lo delinea, parece al mismo tiempo sensato y un espectáculo divertido.

El análisis de la autoría que Hix lleva a cabo en la práctica es bastante menos sensato y mucho menos divertido. Para empezar, su argumentación es descabelladamente desigual. En una misma frase recomienda la identificación como criterio necesario para determinar la viabilidad pero dice que una definición rigurosa de “autor” es importante prima facie porque no se puede formular ninguna teoría satisfactoria del texto y la lectura hasta que haya una teoría sólida del autor, lo cual implica el cuestionamiento postestructuralista de que un texto realmente requiera un autor a fin de existir y significar.

Está claro que Hix cree que el texto requiere un autor, de forma que lo que presenta como un compromiso entre las posiciones de los enterradores y los salvadores es en realidad una apología pro-vida camuflada.

Pero la definición increíblemente barroca del “autor” a la que llega Hix en el último capítulo, “Post-Mortem”, parece cometer finalmente el mismo homicidio que Barthes reclama. La diferencia es que mientras que Barthes argumentaba simplemente que la idea de autor se ha vuelto superflua para fines críticos, Hix amplía tanto la denotación de “autor” que la palabra pierde todo significado. Después de todo, se supone que los sustantivos deben distinguir cosas.

Pese a que Hix afirma que “negar el presupuesto de homogeneidad, si bien implica que el escritor histórico no es la sede exclusiva de la escritura, no implica que el significado carezca de sede”, termina conservando la idea de una sede del significado haciendo que dicha sede sea un mejunje tan agitado de acciones intrincadas, condiciones y relaciones que básicamente anula al autor vaciando el campo denotativo de su significante. Termina siendo una especie de westmorelandismo filosófico: Hix destruye al autor a fin de salvarlo.

Aunque sus conclusiones no resuelven el problema que aborda, los intentos de Hix de organizarlas y defenderlas dan lugar a un texto académico bastante impresionante. Muestra un raro don para la ordenación clara de diferentes aspectos de la cuestión, y su compleja teoría tiene la virtud de ser capaz de dar cuenta de las ambigüedades que hay en muchas afirmaciones que hacemos, como por ejemplo que Lucas es el autor del Tercer Evangelio, que George Eliot es la autora de Middlemarch y que Franklin W. Dixon es el autor de The Hardy Boys at Skeleton Cove.

Su sección sobre “Esquizoinscripción” es una disquisición fascinante acerca del “autor implícito” de los álter ego en primera persona de obras como “My Last Duchess” de Browning o “Una humilde propuesta” de Swift, y ofrece, créase o no, una teoría verdaderamente inteligible sobre cómo funciona la ironía. Y ejemplos ingenuos, como el paciente con lesiones cerebrales de The Man with the Shattered World de A. R. Luria, que podía escribir pero no leer lo que escribía, no solamente ayudan a Hix a argumentar en contra de la noción de que el escritor es el “residente” por excelencia de lo que escribe, sino que molan un montón.

Es el estilo que tiene Hix para las imágenes y los ejemplos lo que puede hacer que Morte d’Author interese a los lectores de literatura no especializada. Su prosa es a menudo ingeniosa y coloquial, y su talento para construir casos de análisis compensa el detallismo académico abrumador en el que tiende a caer.

No estoy seguro de cuánta familiaridad con la teoría literaria del siglo xx requiere el libro. De forma indirecta, Hix proporciona al lector la mayor parte de los antecedentes del enigma acerca de la muerte del autor. Pero un lector que no se sienta cómodo con jerga tan espantosa como la frase de Foucault, “El concepto de écriture conserva los privilegios del autor mediante la salvaguarda del a priori”, se quedará perplejo, porque Hix tiende a soltar citas como esta sin demasiadas glosas.

Finalmente, me resulta difícil predecir a quién le pueden interesar realmente, aparte de a críticos profesionales y empollones de teoría dura, doscientas veintiséis páginas acerca de dónde reside el autor. Para nosotros, la gente de a pie, que sabemos de forma intuitiva que la escritura es un acto de comunicación entre un ser humano y otro, toda la cuestión parece bastante esotérica.

Tal como señala William (anti-muerte) Gass en Habitations of the Word, los críticos pueden intentar borrar o sobredefinir al autor hasta convertirlo en un ser anónimo por toda clase de razones técnicas, políticas o filosóficas, y “ese “anonimato” puede significar muchas cosas, pero una cosa que no puede significar es que nadie lo hizo”.

*Fragmento de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997)

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