La marea se retira. Me siento aquí y me quedo mirando un clip durante 5 minutos. Ayer, cuando volvía por la autopista, la tarde se sumergía ya en tinieblas. Había una niebla ligera. La Navidad se acercaba como un arpón. De repente me di cuenta de que iba prácticamente solo por la autopista. Luego vi, en la carretera, un gran parachoques de un coche pegado a un trozo de parrilla. Lo evité a tiempo, y luego miré a mi derecha. Había habido un choque en cadena, 4 o 5 coches, pero todo estaba en silencio, no había movimiento, nadie por allí, ni llamas, ni humo, ni luces de faros. Iba demasiado deprisa para ver si había gente en los coches. Y luego, de repente, la tarde se convirtió en noche. A veces no hay advertencias. Las cosas ocurren en segundos. Todo cambia. Estás vivo. Estás muerto. Y todo sigue adelante.

Somos delgados como el papel. Existimos a base de suerte, entre porcentajes, temporalmente. Y eso es lo mejor y lo peor, el factor temporal. Y no se puede hacer nada al respecto. Puedes sentarte en la cima de una montaña y meditar durante décadas, pero eso no va a cambiar. Puedes cambiar tú mismo y aprender a aceptar las cosas, pero quizá eso también sea un error. Quizá pensemos demasiado. Hay que sentir más, pensar menos.

Todos esos coches que habían chocado parecían de color gris. Extraño.

Me gusta la manera en que los filósofos desmontan los conceptos y las teorías que los han precedido. Lleva pasando desde hace siglos. No, ése no es el camino, te dicen. Es éste. Sigue y sigue, y parece muy razonable la manera en que todo sigue adelante. El principal problemas, para los filósofos, es que deben humanizar su lenguaje, hacerlo más accesible, porque entonces los pensamientos se iluminan mejor, se hacen todavía más interesantes. Creo que están aprendiendo que es así. La sencillez es la clave.

Cuando escribes debes deslizarte. Puede que las palabras se retuerzan y entrecorten, pero si se deslizan, entonces hay un cierto encanto que lo ilumina todo. La escritura cuidadosa es escritura muerta. Creo que Sherwood Anderson fue uno de los que mejor jugaban con las palabras, como si fueran rocas, o trozos de comida que se pudieran comer. PINTABA sus palabras en el papel. Y eran tan sencillas que sentía fogonazos de luz, puertas que se abrían, paredes que resplandecían. Veías alfombras y zapatos y dedos. Él tenía las palabras. Encantador. Y sin embargo, eran como balas también. Te podían noquear. Sherwood Anderson sabía algo tenía el instinto. Hemingway se esforzaba demasiado. Percibías todo ese esfuerzo en su escritura. Eran duros bloques, pegados entre sí. Y Anderson era capaz de reírse mientras te contaba algo serio. Hemingway nunca se reía. Alguien que escribe de pie a las 6 de la mañana no puede tener sentido del humor. Quiere derrotar algo.

Cansado, esta noche. Maldita sea, no duermo lo suficiente. Me encantaría dormir hasta el mediodía, pero la primera carrera empieza a las 12.30; si le añades el viaje en coche y lo que tardas en preparar las apuestas, tengo que salir de casa sobre las 11, antes de que llegue el cartero. Y rara vez me duermo antes de las 2 de la mañana o así. Me levanto un par de veces para echar una meada. Uno de los gatos me despierta a las 6 en punto, mañana tras mañana, porque tiene que salir. Y luego están los corazones solitarios, a los que les gusta llamar antes de las 10. No cojo el teléfono, el contestador se ocupa de recoger los recados. Pero se me interrumpe el sueño. Aunque si esto es lo único de lo que me puedo quejar, entonces estoy en plena forma.

No hay carrera durante los dos próximos días. Mañana no me levantaré hasta el mediodía y me sentiré pletórico de fuerzas, diez años más joven. Demonios, eso suena a chiste: con diez años menos, tendría 61; ¿se le puede llamar a eso un respiro? Dejadme llorar, dejadme llorar.

Es la 1 de la mañana. ¿Por qué no lo dejo y me voy a dormir?

Por Charles Bukowski

*Fragmento de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998)

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