Cuando el relato diplomático y el policiaco se entrecruzan

Por GGM

Cuando los diplomáticos que han venido a Ginebra a componer un mundo que ellos mismos descompusieron entraron a comer, anoche, en el palacio de Eynard, había un lugar del globo que no se daba cuenta de la importancia de ese acontecimiento: la vieja Ginebra, la de Calvino, cuyas piedras huelen a jazmines y nadie sabe por qué, pues no se ven los jazmineros por ninguna parte. Mientras el señor Eisenhower masticaba un pedazo de trucha a la Brillat Savarin y el señor Zhukov se ajustaba la servilleta en el pescuezo para no ensuciar de pescado sus ocho hileras de condecoraciones, todavía la catedral de Saint-Pierre estaba allí, donde la pusieron hace quinientos años. Está entre dos árboles que también tienen quinientos años, a dos cuadras de la casa donde nació Juan Jacobo Rousseau; un viejo caserón lleno de ventanas que debe de haberse muerto hace mucho tiempo y nadie se ha dado cuenta.

A esa misma hora, las esposas de los diplomáticos comían y hablaban de las señoras que no estaban presentes, en un hotel particular de la rue des Granges. Mientras la señora Eisenhower elogiaba el resplandeciente traje de satín blanco de la señora Faure —un modelo exclusivo de Fath—, en un modesto rincón del patio de Saint-Pierre estaba todavía, en un pedestal de un metro y medio, el tremendo Jeremías de Rodó, al alcance de los niños. La señora Dulles dijo que no podía comer frutas congeladas, porque echaba a perder su dieta. En ese momento empezaba a oscurecer en el monstruoso monumento de la Reforma, entre las cuatro estatuas de los cuatro grandes de Ginebra: Calvino, Farel, Beze y Knox.

Órdenes son órdenes

A los cuatro grandes de la vieja Ginebra nadie les guarda las espaldas. En cambio, para que los cuatro grandes del mundo moderno entraran al palacio de Eynard, invitados por el presidente Petitpierre, hubo un cinematográfico despliegue de seguridad. El señor Petitpierre, en su calidad de anfitrión, fue el primero en llegar. Apareció en el Buick negro, dispuesto a sacar la cabeza para dejarse saludar por la multitud, como lo hace siempre. Pero no le fue posible, porque se lo impidieron los cordones de policía, que tenían órdenes estrictas. De manera que el presidente de la confederación helvética tuvo que bajarse de su automóvil y caminar cien metros a pie, mientras la multitud compuesta en su mayoría por periodistas extranjeros, no alcanzaba a reconocerlo. Eran las ocho de la noche y la llegada de los invitados estaba anunciada para las ocho y media.

Un cuento inglés

Puntual como un inglés, el señor Eden llegó a las ocho y media clavadas. Aquello parecía preparado por el protocolo. Llegó con un smoking blanco —el único smoking blanco que se vio en el banquete— y atravesó muy serio y tal vez demasiado británico a través de los sonrientes policías suizos. Un smoking blanco se ve extraordinariamente bien a la luz de las arañas. Pero a las nueve de la noche en el verano europeo, cuando el sol está todavía tan alto como si fueran las cuatro de la tarde, un smoking blanco como el del señor Eden o un smoking negro como el del señor Eisenhower, sencillamente parecen cosa de locos. Cuando el señor Eden descendió del automóvil, una entusiasta mujer levantó la cabeza por encima de la multitud y gritó:

—¡Viva Eisenhower!

La única diferencia

Con muy pocos minutos de diferencia llegó el señor Eisenhower, en su largo Cadillac negro. Seguramente la mujer no dijo nada, porque creyó que ése era el señor Eden. Atravesó el presidente muy marcial —con un tranco que es exactamente igual al de Johnny Walker— y le sonrió disimulada y demagógicamente a los policías.

Después llegó el señor Faure, patrióticamente a bordo de un Citroën. Y por último, en una larga caravana de Zis, llegaron los rusos alegres y alborotados, como si se hubieran fugado de la escuela para venir al banquete. El señor Zhukov se enredó en la puerta del automóvil cuando trató de bajar con un saltito de colegial y, muy ofuscado, se volvió sonriente hacia la multitud.

—¡Que les aproveche, camaradas! —gritó entre la multitud alguien a quien todavía no le ha pasado nada porque estamos en Ginebra.

Sólo una mujer asistió al banquete: la señorita Frances Willis, embajadora de los Estados Unidos en Berna. Como hubiera sido lo apropiado, la señorita Willis no estaba vestida de hombre. Se había puesto un traje de tul azul, de lo más femenino que ha hecho Christian Dior.

El susto de las señoras

Mientras en el palacio de Eynard departían cincuenta hombres y una mujer, en el hotel de la rue des Granges departían siete mujeres y un hombre. Tampoco, como hubiera sido lo apropiado, el hombre estaba vestido de mujer: era un corresponsal diplomático que había logrado hacerse invitar a una fiesta de señoras, sólo para publicar lo que decían. Pero hasta ahora son muy pocas las cosas dichas por ellas que han salido publicadas.

Esa tarde, aquellas siete señoras habían tenido la ocurrencia de irse a pasear en yate, aprovechándose de que sus maridos estaban extraordinariamente ocupados en el Palacio de las Naciones Unidas. Esta vez la idea fue de la señora Eisenhower, quien respondió en esa forma a la idea que tuvo hace dos días la señora Faure, también de pasear en yate.

Se fueron en el yate Elna, un inmenso juguete de cuerda que les prestó un joyero francés: Cartier. Pasaron un mal rato, las señoras; a la una de la tarde el diáfano cielo del lago empezó a ponerse color de hormiga. Una tempestad en cinemascope, con sonido estereofónico direccional de cuatro bandas, se desató sobre Ginebra y ocasionó una tremenda sensación en la Maison de la Presse, donde 1143 periodistas de todo el mundo estaban pensando en las navegantes señoras de los Grandes. Pero no pasó nada: el experto piloto del Elna, a pesar de los gritos de las señoras, se negó rotundamente a fondear en un puerto privado de Genthod.

El corto circuito

Mientras las señoras sufrían en el lago, a causa de la borrasca, el señor Eisenhower, indiferente a los trucos y los relámpagos que estallaban en la cara del señor Bulganin, presentaba en el Palacio de las Naciones Unidas su espectacular proposición. El presidente de los Estados Unidos estaba explicando cómo era que los aviones rusos podían tomar fotografías sobre los Estados Unidos, y viceversa, cuando un rayo cayó en alguna parte y produjo un cortocircuito. Se fue la luz. En la oscuridad, a los fogonazos intermitentes de los relámpagos, el señor Eisenhower siguió explicando cómo era la cosa de las fotografías. Cuando acabaron de reparar las instalaciones, todavía el señor Eisenhower no había acabado de explicar su proposición, que en ese instante empezaba ya a provocar otro cortocircuito en las conversaciones.

¡Oh, Dios mío!”

Las señoras apenas tuvieron tiempo de llegar a casa, después de la tormenta, y meterse dentro de los trajes que ya estaban listos para la fiesta que les ofrecía la esposa del presidente de la federación helvética, señora Petitpierre. La señora Eden se puso un traje de organza a la Pompadour. Cuando descendió de su Rolls Royce esa noche en la rue des Granges, parecía una hermosa muñeca encima de una polvera. La señora de Eisenhower se puso un vestido de satín gris, con encajes negros. La señora de Faure, como complemento del mencionado modelo de Fath, se puso unos largos guantes color de frambuesa y una diadema de oro en la cabeza. Estaban muy alegres y habían borrado muy bien con el maquillaje de la noche el tremendo susto de esa tarde. El único hombre que estaba en la fiesta de las señoras ha dicho que una cantante contratada exclusivamente cantó una canción muy apropiada que decía en uno de sus versos: “¡Oh, Dios mío, ayúdame en esta emergencia!”.

La dieta es para los hombres

De todas las señoras que han venido a Ginebra acompañando a los Grandes y a sus lugartenientes, la única que guarda dieta especial es la señora Dulles. Por eso no comió las azucaradas frutas en su jugo.

En cambio, casi todos los hombres están sometidos a un régimen alimenticio especial. En la comida de ayer, veinte cocineros especializados tuvieron que cumplir al pie de la letra las órdenes impartidas por alguien que sabe exactamente qué es lo que pueden comer los Grandes. Después de mucho barajar, logró hacerse un menú que todos pudieran comer:

Cantalop au porto

Truite du lac Brillat Savarin

Aile de bresse Laperouse

Beignet Parmentier

Salade Bergère

Fromages

Mousseline aux framboises

Friandises

Y a pesar de tantos esfuerzos de los veinte cocineros, el señor Bulganin no comió la trucha. Dice que el pescado le hace daño después de las seis de la tarde.

¿Dónde come Dick Tracy?

Mientras los señores y señoras comían, cada cual por su lado, los enormes policías del señor Eisenhower, los severos de Scotland Yard y los miembros del NKVD (policía soviética) comían en otro lugar de la ciudad, en uno de esos refugios secretos que inventaron las películas de detectives.

Alguien que hubiera tenido noticias de esta cándida comida entre feroces guardaespaldas, no hubiera creído que ella se estaba efectuando en la misma ciudad donde está la catedral de Saint-Pierre, cuya única relación con esta conferencia es que en ella se dijo, hace dos días, una misa por el éxito de las conversaciones. Pero en cambio, la fiesta de los alegres detectives era muy apropiada para la Ginebra moderna, donde en las horas de la madrugada sale un chorro de mambos por las ventanas, mientras los turistas sudan dentro de sus guayaberas. Nadie podría creer —y es verdad, como puede verse en las guías de turismo donde la dirección del consulado de Colombia está equivocada— que en la misma Ginebra de Calvino hay un establecimiento nocturno cuyo nombre fue sacado de un mambo de Dámaso Pérez Prado:

Mimí Pinzón

Rue du Rhône 80, teléfono 54312

¿Quién es quién?

Sin lugar a dudas, la fiesta de los detectives fue la más alegre de todas. El anfitrión era el jefe de la policía de Ginebra, señor Knecht. Y a ella asistieron todos los guardaespaldas de todas las delegaciones, menos los que esa noche estaban de turno, y que estaban en el segundo piso del palacio de Eynard, comiéndose las truchas comunistas que no quiso comerse el señor Bulganin, porque le hacían daño después de las seis.

Sin duda, el incidente que más se comentó en la fiesta de los detectives fue el que ocurrió esa tarde, cuando el señor Eisenhower visitaba el reactor atómico suizo, instalado en el Palacio de las Naciones Unidas. Un agente secreto norteamericano se infiltró entre los fotógrafos que seguían al presidente. Uno de los agentes secretos suizos, al advertir que uno de los fotógrafos no tenía cámara fotográfica, lo siguió durante largo rato y por fin le echó mano para requisarlo. Naturalmente, le encontró una ametralladora.

“¡Ah!, ¿conque ésta es una cámara fotográfica?”, dijo el diligente agente suizo. Y como el detective norteamericano no hablaba inglés, se llevaron preso al norteamericano. En la comida de anoche, los dos estaban muertos de risa. En el vestier —supongo—, con una inocente ficha colgada del gatillo para evitar confusiones a la salida, los detectives de la fiesta habían dejado a guardar sus pistolas y sus ametralladoras.

*Fragmento de Obra periodística 3 (1983)

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