¿Cómo se vivía la doctrina de izquierda en EUA?

Por Tom Wolfe

¿Dónde andaba yo? ¿En otra página?, ¿en el canal que no era?, ¿fuera de onda? Mientras los encargados de los edificios, aquí en Nueva York, cerraban los elevadores a las 11:30 de la noche, el 31 de diciembre de 1999, para que los ciudadanos no quedaran atrapados entre pisos debido al error de 2000 y los pirotécnicos autorizados hacían estallar fuegos
artificiales permitidos por el Organismo de Protección al Medio Ambiente desde los lugares de reunión de Central Park exactamente a las 12:00:01 AM del 1 de enero de 2000 para señalar la llegada del siglo xxi y el tercer milenio—, ¿se percató siquiera un único sabio solitario de que acababa de terminar el siglo i y se iniciaba el siglo ii de los Estados Unidos?, ¿y de que bien podría haber otros cinco, seis u ocho por venir que dieran por resultado una Pax Americana milenaria? ¿O me perdí de algo?
¿Pero un solo historiador mencionó que hoy el alcance del dominio de los Estados Unidos en el mundo es tal que Alejandro Magno, convencido de que no quedaba más por conquistar, se pondría en cuatro patas a aporrear desesperado el suelo por no haber sido sino un guerrero y no haber sabido nunca de las fusiones y adquisiciones internacionales, del rock y el rap, del cine de efectos espectaculares, la televisión, la NBA, internet y el juego de la “globalización”?
¿Algún bardo hizo nada por escribir un himno maravilloso del tipo de “¡Gobierna, Gran Bretaña! ¡Gran Bretaña gobierna las olas! ¡Los britanos nunca serán esclavos!”, de James Thomson para los Estados Unidos, la nación que en el siglo recién terminado había derrotado a dos fraternidades nacionalistas bárbaras, los nazis alemanes y los comunistas rusos, dos hordas de depredadores metódicos a la caza de esclavos, que hicieron a los hunos y magiares lucir juguetones en comparación? ¿O se me habían acabado las pilas del discman?
¿Se le ocurrió a nadie, superior o inferior, buscar a un Frédéric-Auguste Bartholdi para crear un nuevo tributo del orden de la Estatua de la Libertad, para el país que en el siglo xx, más aún que en el xix, le abrió los brazos a personas de todo el planeta: vietnamitas, tailandeses, camboyanos, laosianos, hmong, etíopes, albaneses, senegaleses, guyaneses, eritreos, cubanos y a todos los demás, y aseguró que pudieran disfrutar plenamente de sus derechos civiles, inclus0 de los medios para adquirir poder político en una ciudad de las proporciones de Miami con conseguir los votos suficientes? ¿Nadie, siquiera por nostalgia, anticipó semejante monumento a América, Refugio Internacional de la Democracia? ¿O se me había vencido la suscripción a Flash Art?
¿Acaso alguno de los programas especiales de fines de siglo de la red de televisión de los Estados Unidos tuvo la exuberancia del Aniversario de Diamante de la Reina Victoria en 1897? Sólo recuerdo rumores de que para bien o para mal… hmm, hmm… el macartismo, el racismo, Vietnam, las milicias de derechas, Oklahoma City, Heaven’s Gate, Doctor Death… en general, hmm, no estamos por completo seguros… para bien o para mal, los Estados Unidos ganaron la Guerra Fría… hmm, hmm, hmm…
Tuve la impresión de que un siglo de los Estados Unidos pasó a otro con toda la pompa y circunstancia de un mousepad. El gran triunfo de los Estados Unidos inspiró todo el patriotismo y orgullo (o, si prefiere usted, chovinismo), todo el anhelo de gloria e imperio (o, si le gusta más, el espíritu del Destino Manifiesto), toda la música marcial de aniversario de un clic de mouse.
Esa impresión tuve, pero no fue sino eso, mi impresión. De modo que recurrí a las encuestas de la mítica opinión pública del Departamento de Comunicaciones de la Universidad de Michigan. Me enviaron los resultados de cuatro estudios, cada uno con un enfoque distinto. ¿Chovinismo?, ¿el espíritu del Destino Manifiesto? Según una encuesta, el 73 por ciento de los estadounidenses no quería que Estados Unidos interviniera en el extranjero sino en colaboración con otros países, supuestamente para no tener toda la responsabilidad. ¿Emocionante? Los estadounidenses no estaban resueltamente ni a favor ni en contra de la supremacía de su país. Les falta afectividad, como dirían los psicólogos clínicos.
Hubo profetas que se dieron cuenta aun en la cima desenfadadamente pomposa (22 de junio) del aniversario de 1897 de Inglaterra. Uno de ellos fue Rudyard Kipling, el poeta laureado de facto del imperio, que escribió un poema para el aniversario, Himno, que advertía: “¡Mirad, toda nuestra pompa de ayer/ Es una con Nínive y Tiro!”. Él y muchos otros tenían la incómoda sensación de que los cimientos de la civilización europea ya se les estaban desplazando bajo los pies, sensación patente en la tan socorrida frase fin-de-siècle. Literalmente, claro está, no significa otra cosa que “fin de siglo”, pero connotaba algo moderno, asombroso y perturbador en Europa. Tanto Nietzsche como Marx elaboraron lo mejor de su obra en el intento de explicar este misterio. El término que utilizaron ambos fue “decadencia”.
Pero si había decadencia, ¿qué era lo que decaía? La fe religiosa y los códigos morales de toda la vida, afirmó Nietzsche, que en 1882 hizo aquella famosa declaración de la filosofía moderna, “Dios ha muerto”, y tres predicciones asombrosamente precisas para el siglo xx. Incluso calculó cuándo comenzarían a realizarse, alrededor de 1915: 1) La fe que antes los hombres invertían en Dios ahora la dedicarían a bárbaras “fraternidades con el propósito de robar y explotar a los ajenos a las mismas”, cuyos nombres resultaron ser, llegado el momento, los nazis alemanes y los comunistas rusos; 2) Habría “guerras como nunca se han librado en la tierra”, que resultaron llamarse la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial; 3) Ya no existiría la Verdad, sino la “verdad”, entre comillas, según el menjurje de verdades eternas que los bárbaros modernos consideraran más útiles en cualquier momento dado. El resultado sería el escepticismo universal, el cinismo, la ironía, el desdén. La Primera Guerra Mundial se inició en 1914 y terminó en 1918. A continuación, como si Nietzsche todavía viviera para dirigir el drama, surgió una figura por completo nueva en Europa, con un nombre todo nuevo, esa encarnación del escepticismo, el cinismo, la ironía y el desprecio: el Intelectual.
La palabra “intelectual”, utilizada como sustantivo referente al “trabajador intelectual” que asume una posición política, no existía antes de utilizarla Georges Clemenceau en 1898 durante el caso Dreyfus, para felicitar a aquellos “intelectuales”, como Marcel Proust y Anatole France, que se habían unido al gran defensor de Dreyfus, Émile Zola. Éste era una variedad del todo novedosa de preeminencia política, un novelista popular. Su famoso J’Accuse se publicó en la primera página de un diario, L’Aurore, que tiró trescientos mil ejemplares, y contrató a cientos de vendedores extras de periódicos, que a media tarde prácticamente habían liquidado hasta el último ejemplar.
Inesperadamente, Zola y Clemenceau hicieron  ascender a las comunes hormigas obreras del “trabajo intelectual puro” (concepto de Clemenceau): novelistas, dramaturgos, poetas, profesores de historia y literatura, toda esa industria artesanal de pobres almas que emborronan, emborronan y emborronan. Zola era un periodista extraordinario (o “documentador”, como se definía) que había devorado los detalles del caso Dreyfus al grado de estar tan enterado como cualquier juez, fiscal o empleado jurídico. Pero ese detalle inconveniente de la biografía de Zola se olvidó pronto. El nuevo héroe, el intelectual, no necesitaba abrumarse con la fastidiosa labor de informar o investigar. Para el caso, no hacía falta una formación particular, académica, ni bases filosóficas, o marcos teóricos, conocimiento de los acontecimientos académicos o científicos fuera de la clase de cosas que se pueden encontrar en la sección nueve del periódico del domingo. Lo único que se necesitaba era indignación por las autoridades establecidas y los tontos burgueses pujantes y ¡zaz!, se era un intelectual.
Desde el inicio mismo, la distinción de esta nueva criatura, el intelectual, que habría de jugar un papel tan enorme en la historia del siglo xx, fue inseparable de su imprescindible indignación, que lo elevó a un plano de superioridad moral. Una vez ahí, estaba en condiciones de mirar hacia abajo al resto de la humanidad. Y no le había costado esfuerzo alguno, intelectual o de ningún otro tipo. Como dijo años después Marshall McLuhan: “La indignación moral es una técnica utilizada para dotar de dignidad al idiota”. Si los intelectuales del siglo xx eran precisamente idiotas o no es discutible, pero es difícil oponerse a la definición que una vez le escuché a un diplomático francés en una cena: “Un intelectual es una persona con conocimientos de una materia que sólo expresa su opinión sobre otros temas”.
Después de la Primera Guerra Mundial, muchos escritores y académicos estadounidenses tuvieron oportunidad de ir a Europa por vez primera. Pudieron echarle un buen vistazo de cerca al Intelectual. Ese desdén, esa altiva indiferencia ante la plebe, esos largos dedos inmaculados de alabastro con los que señalaban los escombros de una civilización descompuesta, eran irresistibles. El único problema fue que cuando nuestros intelectuales neófitos volvieron a los Estados Unidos para asumir esa pose, no había escombros que señalar. Lejos de ser una civilización en ruinas, Estados Unidos había resurgido de la guerra como la nueva estrella que ocupaba el centro del escenario mundial. Lejos de exudar decadencia, Estados Unidos tenía el resplandor de un nuevo gigante: valiente, robusto, inocente y simple.
Pero los jóvenes escribidores, formidablemente ebrios (como predijera Nietzsche) de escepticismo, cinismo, ironía y desprecio, no estaban dispuestos a dejar que esas… circunstancias… les estorbaran.

Desde el inicio mismo fue conmovedor el afán de este primo campirano, el intelectual estadounidense, por alcanzar a su modelo europeo urbano, como sólo puede serlo el desvelo de un súbdito de las colonias. Esta imagen no se modificaría a todo lo largo del siglo xx (y hoy, cien años después, el sudoroso pequeño súbdito colonial sigue apresurándose a seguirle los pasos al… sahib).

En el decenio de 1920 lo primero era alcanzar esa ironía de los intelectuales europeos respecto al “burgués”, ya iniciada desde hacía cuarenta años. H. L. Mencken, quizá el ensayista estadounidense más brillante del siglo xx, puso el ejemplo al acuñar la versión estadounidense de lo mismo con su concepto del booboisie. En la novela, la solución fue arrebatarle la cobija a nuestro campo lozano y entrañable, y decir: “¡Helo ahí!, ¡fíjense bien en lo que hay dentro!, ¡dense cuenta de lo podrido que está bajo la superficie!”, como hiciera Sinclair Lewis en Main Street y Babbit gracias a las cuales fue el primer estadounidense en ganar el Premio Nobel de literatura y Sherwood Anderson en Winesburg, Ohio. La especialidad de Anderson consistía en exhibir al hipócrita Estadounidense Medio como el rígidamente correcto, sexualmente retorcido predicador mirón. Creó un personaje típico y una trama típica que desde entonces otros han estado afanosamente ordeñando en libros, la televisión y el cine, desde Peyton Place hasta Belleza americana.
La Gran Depresión del decenio de 1930 dio a nuestra versión de esta nueva estirpe, el intelectual, abundante material para indignarse saludablemente. Para variar, los Estados Unidos lucían terribles. Pero ni siquiera entonces la situación fue tan espléndidamente abyecta como en Europa, cuna del intelectual. Después de todo, Europa ahora ya tenía la Depresión y el fascismo. La solución fue lo que se convirtió en especialidad de nuestros intelectuales de las colonias: los adjetivos. ¿Europa tenía fascismo de verdad? Bueno, pues nosotros teníamos “fascismo social”. ¿Y eso qué era? Así le pusieron los intelectuales de izquierda al New Deal de Roosevelt, cuyas reformas simplemente encubrían el fascismo, cuya noche oscura pronto descendería sobre los Estados Unidos.
“Fascismo” fue, en realidad, un concepto acuñado por los marxistas, que tomaron el nombre del partido italiano de Mussolini, los fascistas, y se lo aplicaron a los nazis de Hitler, encubriendo mañosamente que los nazis, como los defensores del marxismo, los comunistas soviéticos, eran socialistas revolucionarios. En realidad, “nazi” era (muy importunamente) la abreviación del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Los marxistas europeos lograron hacer pasar la idea de que el nazismo era el último jadeo brutal, decadente, del “capitalismo”. Pocos de sus primos estadounidenses de las colonias se hicieron marxistas doctrinarios, de catecismo taladrado, pero la mayoría pronto quedó envuelta en una tupida bruma marxista.

La fantasía marxista de los “capitalistas” y la “burguesía” que oprimían a “las masas”, “el proletariado”, se afianzó aun entre los intelectuales antimarxistas. Antes del pacto nazi-soviético de 1939, el Partido Comunista de los Estados Unidos logró con gran éxito movilizar a los súbditos coloniales a favor de causas “antifascistas”, como la lucha de los republicanos contra el “fascista” de Franco en la Guerra Civil de España. El “antifascismo” se convirtió en el arma flamígera universal, útil para eliminar a quien fuera, en cualquier sitio. De ahí… al Everest de la Indignación de los intelectuales.
Después de la Segunda Guerra Mundial este ambiente mental condujo a una singular anomalía. Objetivamente, los Estados Unidos se convirtieron pronto en el país más poderoso, próspero y popular de todos los tiempos. Logramos el poder militar para hacer estallar en añicos el planeta entero sólo con dar la vuelta a un par de llaves del silo nuclear, pero también logramos la hazaña de ingeniería más asombrosa de toda la historia: romper las cadenas de la gravedad terrestre y llegar a la Luna. Y algo todavía más sorprendente. El país se convirtió en lo que los socialistas utópicos del siglo xix, los sansimones y los fouriers, habían soñado: un El Dorado donde el trabajador medio disfrutara de libertad política, libertad personal, tuviera dinero y tiempo libre para desarrollar su potencial a su gusto. La situación llegó a tal grado que a veces uno no podía localizar al electricista o al técnico del aire acondicionado porque andaba en un crucero en el Caribe con su tercera esposa. Y en cuanto se aflojaron las restricciones de inmigración en el decenio de 1960, llegaron muchedumbres de todas partes, de todos colores, religiones, personas de África, Asia, América del Sur y el Caribe.
Pero nuestros intelectuales se emperraron. Igual que después de la Primera Guerra Mundial, se negaron a atenerse a… las circunstancias. Entrevieron El Dorado y produjeron los adjetivos más inspirados del siglo xx. El fascismo real y el genocidio se habían terminado después de la Segunda Guerra Mundial, pero los intelectuales utilizaron el caso Rosenberg, el caso Hiss, el macartismo, toda la cacería de brujas comunistas y, sobre todo, la guerra de Vietnam para salir con… el “fascismo incipiente” (Herbert Marcuse, muy elogiado como marxista europeo bona fide de la “Escuela de Frankfurt”, que se había trasladado a nuestro país), el “fascismo preventivo” (Marcuse de nuevo), el “fascismo local” (Walter Lippmann), “al borde del” fascismo (Charles Reich), el “fascismo informal” (Philip Green), el “fascismo latente” (Dotson Rader), sin mencionar la frase más inspirada de todas: “genocidio cultural”. Genocidio cultural aludía a la negativa de las universidades de los Estados Unidos a tener una política de admisión abierta, para que los solicitantes de las minorías pudieran inscribirse sin necesidad de cumplir el requisito del promedio general mínimo aceptable ni presentar exámenes de admisión, así como otros instrumentos de la represión fascista latente-incipiente-al borde.
“Genocidio cultural” fue una frase inspirada, pero en el conjunto de esta opéra bouffe del fascismo, racismo y genocidio fascista-racista, la nota verdaderamente dominante la dio Susan Sontag. En un artículo publicado en 1967 en Partisan Review, titulado “¿Qué le pasa a los Estados Unidos?”, escribió: “La raza blanca es el cáncer de la historia humana; es la raza blanca, y sólo ella con sus ideologías e inventos la que erradica a las poblaciones autónomas dondequiera que se extienda, la que ha perturbado el equilibrio ecológico del planeta, la que hoy pone en peligro la existencia de la vida misma”.
¿La raza blanca es el cáncer de la historia humana? ¿Quién era esta mujer? ¿Quién y qué? ¿Una epidemióloga antropológica? ¿Una reconocida autoridad de la historia de las culturas de todo el mundo, capaz de elaborar una síntesis como la de Max Weber, Joachim Wach, sir James Frazer o Arnold Toynbee? En realidad era apenas otra escribidora que se pasaba la vida anotándose en las reuniones de protesta y subiendo pesadamente al podio, con el estorbo de su prosa, que llevaba pegada la calcomanía con la silla de ruedas válida en Partisan Review. Quizá estuviera excepcionalmente resuelta a ilustrar lo dicho por McLuhan sobre la indignación que dota de dignidad al idiota, pero fuera de eso, era la típica intelectual estadounidense de posguerra.

Después de todo, era por completo irrelevante tener una mínima idea de lo que se estuviera hablando. Cualquier académico o científico que sólo tuviera un conocimiento profundo de su ámbito de trabajo no cumplía los requisitos para ser considerado un intelectual. El ejemplo principal era Noam Chomsky, brillante lingüista que por sí solo descubrió que el lenguaje es una estructura inscrita en el sistema nervioso central mismo del Homo sapiens, teoría que los neurocientíficos, que entonces carecían de los medios para verificarla, han comenzado a corroborar apenas en fecha reciente. Pero Chomsky no fue considerado un intelectual antes de denunciar la guerra de Vietnam, algo de lo que casi no sabía nada, pero así se hizo merecedor de su nueva distinción.
Los intelectuales estadounidenses de la época del Fascismo con Adjetivos pasaron un año terrible en 1989. En junio, en Pekín, unos estudiantes chinos se rebelaron en contra del ancien régime maoísta, se enfrentaron a los tanques y sacaron a la Plaza de Tiananmen una estatua de yeso, la Diosa de la Democracia, que, con un brazo alzado al cielo, tenía un sospechoso parecido con la Estatua de la Libertad del puerto de Nueva York. ¿Quién entre los intelectuales hubiera sospechado que los disidentes chinos habían estado mirando a los Estados Unidos como modelo de libertad todo ese tiempo? Luego, el 9 de noviembre cayó el Muro de Berlín, y poco después se derrumbó la Unión Soviética y se desintegró su imperio de Europa del Este.

Qué lío, sin duda, no hay de otra. Así era requetedifícil dudar, adoptar una actitud cínica o de desdén, desde una posición marxista. El “capitalismo”, el “proletariado”, “las masas”, “los medios de producción”, la “izquierda infantil”, “la noche oscura del fascismo” y aun el “antifascismo”, todo esto de pronto sonaba, no tanto equivocado como… viejo… se dio por llamarlo “marxismo vulgar”, vulgar por… su falta de refinamiento.

Lo importante no era admitir que uno se había equivocado en esencia. No había que dejar a nadie pensar que sólo porque habían triunfado los Estados Unidos, y nada más porque al abrir los archivos soviéticos habían salido algunas cosas lamentables, digo, ¡maldita sea!, parece que Hiss y los Rosenberg realmente eran agentes soviéticos, y aun la cacería de brujas, una de las bases de nuestro credo, ¡recontramaldición!, esos libros de Klehr y Haynes, de la serie de Yale sobre comunismo en los Estados Unidos, y Radosh y Weinstein, dejan muy claro que si bien Joe McCarthy era el despreciable embustero que siempre supimos que era, realmente entraron en el gobierno de los EE.UU. agentes soviéticos. ¡Yale!, ¡tan respetable!, ¿cómo podían darle el visto bueno a esos académicos renegados de derecha para que hicieran eso? Sin mencionar los archivos de la Guerra Civil española. Resulta que los republicanos llamaron en secreto a los soviéticos al comienzo mismo de las agresiones, y si hubieran ganado, ¡España hubiera sido el primer Estado títere de los soviéticos!
Y ahora Vietnam, nuestro otro fundamento, la más sagrada de nuestras causas, ¡de nuevo esos malditos archivos! ¿Cómo podía nadie ser tan pérfido para abrir nuestros registros secretos? ¡Hacen parecer que los soviéticos y los chinos, de acuerdo con los comunistas norvietnamitas, hubieran estado manipulando siempre al Viet Cong! ¡Hacen que la intervención de los Estados Unidos en Vietnam parezca una especie de cruzada idealista, cuyo único objetivo hubiera sido detener la violenta embestida de las hordas magiares comunistas en el sudeste asiático!

Lo principal es asegurarnos de que no utilicen esto para restar validez a la forma en que hemos ascendido a las cumbres olímpicas de la indiferencia desde hace siete decenios, del 11 de noviembre de 1918, final de la Primera Guerra Mundial, al 9 de noviembre de 1989, fecha en que cayó el Muro. Que los Estados Unidos hubieran ganado la Guerra Fría no lava las manchas de la Guerra Fría, ¿o sí? Ahí está de todas formas el diablo mismo, el bruto, Joe McCarthy, y Richard Nixon, y el Comité del Senado para las Actividades en contra de los Estados Unidos, y todos esos gracias a los cuales muchas personas de Hollywood y del mundo académico se quedaron sin trabajo, ¿no es así? ¿Y el racismo? El simple hecho de que las autoridades establecidas concedieran a todos los llamados derechos civiles y el derecho de voto no significa que se haya eliminado esa virulenta enfermedad peculiarmente estadounidense, ¿o sí? ¡Para nada!

*Fragmento de “In the Land of Rococo Marxists”, publicado en Harper’s Magazine (2000)

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