¿Cuándo calla el eco de una tragedia?

Por Svetlana Alexievich

Yo no soy del campo de las humanidades. Soy físico. Lo mío, por tanto, son los hechos, solo los hechos.

Algún día se habrá de responder por Chernóbil. Llegará un día en que será necesario responder por todo esto, como por lo sucedido en el 37. ¡Aunque sea dentro de cincuenta años! Por viejos que sean. Aunque hayan muerto. ¡Responderán de sus actos! ¡Son unos criminales!

[Tras un silencio.] Hay que conservar los hechos. ¡Que queden los hechos! Porque los pedirán.

Aquel día, el 26 de abril, yo estaba en Moscú. En un viaje de trabajo. Allí me enteré del accidente.

Llamo a Minsk al primer secretario del Comité Central de Belarús, Sliunkov; lo llamo una, dos, tres veces, y no me ponen con él. Doy con su ayudante (que me conoce bien):

—Le llamo desde Moscú. Póngame con Sliunkov, he de darle una información urgente. ¡De un grave accidente!

Llamo por los canales gubernamentales y, sin embargo, las líneas ya están bajo control. En cuanto empiezas a hablar sobre el accidente, el teléfono se corta al momento. ¡Vigilan, por supuesto! Te escuchan. Los órganos competentes, claro. Aquel Estado dentro del Estado. Y eso que con quien quiero hablar es con Sliunkov en persona, el primer secretario del Comité Central.

¿Y yo, quién soy? Soy el director del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús. Profesor, miembro de la academia… Pero también a mí me controlan.

Necesito unas dos horas para que se ponga al aparato el propio Sliunkov. Le informo:

—El accidente es serio. Según mis cálculos (yo ya había hablado con otras personas en Moscú y había hecho mis números), la columna radiactiva se mueve hacia nosotros. Hacia Belarús. Hace falta realizar inmediatamente una operación de profilaxis de yodo para la población y evacuar a todo el mundo que se encuentre cerca de la central. Hay que sacar a toda la población y a los animales en cien kilómetros a la redonda.

—Ya me han informado —dice Sliunkov—. Ha habido un incendio, pero lo han apagado.

Y yo, sin poderme contener:

—¡Esto es un engaño! ¡Un engaño evidente! Cualquier físico le dirá que el grafito arde a unas cinco toneladas por hora. ¡Imagínese cuánto tiempo estará ardiendo!

Tomo el primer tren a Minsk. Paso la noche en blanco. Por la mañana llego a casa. Le mido a mi hijo la tiroides: ¡180 microrroentgen a la hora! Entonces la tiroides era un dosímetro ideal.

Se necesitaba yoduro de sodio. Yodo corriente. Para medio vaso de gelatina, de dos a tres gotas para los niños, y para un adulto, de tres a cuatro gotas. El reactor estuvo ardiendo diez días, diez días durante los cuales ya se debía haber hecho esto. ¡Pero nadie nos escuchaba! Ni a los científicos, ni a los médicos. La ciencia estaba al servicio de la política; la medicina, atrapada por la política. ¡Faltaría más!

No hay que olvidar en qué atmósfera mental se producía todo aquello, qué éramos entonces, diez años atrás. Funcionaba el KGB; el control secreto. Se interferían las radios extranjeras. Mil tabúes, secretos políticos y militares. Instrucciones. Y por añadidura, todos estábamos educados en la idea de que el átomo soviético para la paz era tan poco peligroso como la turba o el carbón. Éramos unas personas prisioneras del miedo y de los prejuicios. En manos de la superstición. Pero los hechos, solo los hechos.

Aquel mismo día… el 27 de abril, decido viajar a la región de Gómel, fronteriza con Ucrania. A los centros de distrito Braguin, Jóiniki, Narovlia; desde allí hasta la central hay unas cuantas decenas de kilómetros. Había de conseguir una información completa. Llevarme los aparatos, medir el fondo. Y lo que es el fondo era el siguiente: en Braguin, 30 000 microrroentgen por hora; en Narovlia, 28 000. Y en aquella situación, las gentes del lugar estaban sembrando, arando. Se preparaban para la Pascua. Pintaban los huevos, cocían panes de Pascua.

¿Qué radiación? ¿Qué es esto? No nos ha llegado ninguna orden. De arriba nos piden informes: ¿Cómo marcha la siembra, a qué ritmo?

Me miraban como a un loco: “Pero ¿de qué me habla, profesor?”. Roentgen, microrroentgen… Como si les hablara un extraterrestre.

Regresamos a Minsk. En la avenida central, por todas partes venden pastelillos, helados, carne picada, bollos. Bajo la nube radiactiva.

29 de abril. Lo recuerdo todo con exactitud. Por fechas. A las ocho de la mañana ya me encuentro en la sala de espera de Sliunkov. Intento llegar como sea hasta él. Pero no me recibe. Y así hasta las cinco y media. A las cinco y media, del despacho de Sliunkov sale uno de nuestros poetas más famosos. Nos conocemos:

—Hemos estado discutiendo con el camarada Sliunkov sobre los problemas de la cultura bielorrusa.

—Pronto no quedará nadie para crear esta cultura —le replico sin poderme aguantar— ni para leer sus libros si ahora mismo no sacamos a la gente de la zona de Chernóbil. ¡Si no los salvamos!

—¡Pero ¿qué dice usted?! Si ya lo han apagado todo.

De todos modos, llego hasta Sliunkov. Le describo el cuadro que vi el día anterior. ¡Hay que salvar a la gente! En Ucrania (había llamado) ha empezado la evacuación.

—¿Qué se proponen sus dosimetristas (los de mi instituto) corriendo por toda la ciudad, sembrando el pánico? Me he asesorado en Moscú, con el académico Ilín. La situación es normal. Se han mandado tropas, maquinaria militar, para cubrir la brecha. Y en la central está trabajando una comisión gubernamental. También la fiscalía. Allí aclararán el asunto. No conviene olvidar la guerra fría. Estamos rodeados de enemigos.

Sobre nuestra tierra ya se habían precipitado miles de toneladas de cesio, yodo, plomo, circonio, cadmio, berilio, boro, una cantidad incalculable de plutonio (en los reactores RBMK de uranio y grafito, en la versión de Chernóbil, se extraía plutonio estratégico, con el que se fabricaban las bombas atómicas). En total, 450 tipos de radionúclidos. El equivalente a 350 bombas como las que se lanzaron sobre Hiroshima. Se debía hablar de física. Y, en cambio, se hablaba de enemigos. Se buscaba al enemigo.

Tarde o temprano, pero se habrá de responder por esto.

“Un día se pondrá usted a buscar excusas —le replicaba yo a Sliunkov—, diciendo que no era más que un constructor de tractores (había sido director de una fábrica de tractores) y que no entendía nada de radiaciones; pero yo soy físico y sí tengo una idea de las consecuencias”.

Pero ¿cómo puede ser? No se sabe qué profesor, no se sabe qué físicos ¿y se atreven a dar lecciones al Comité Central? No, no eran una pandilla de criminales. Más bien nos encontramos ante una combinación letal de ignorancia y corporativismo. La piedra angular de su vida, sus hábitos adquiridos en el aparato eran: no te destaques. Di sí a todo.

Justamente por entonces, a Sliunkov lo estaban promocionando para ir a Moscú, para un ascenso. ¡Esta es la cosa! Hubo de producirse, según me parece, una llamada de Moscú. De Gorbachov. En el sentido de que a ver qué hacéis, los bielorrusos, nada de sembrar el pánico. Ya sin vosotros, Occidente está armando un buen jaleo.

Porque estas son las reglas del juego: si no satisfaces los deseos de tus superiores, no ascenderás en el cargo, no conseguirás tal viaje de descanso, tal dacha. Hay que caer bien. De haber seguido viviendo en el mismo sistema cerrado de antes, tras el telón de acero, la gente seguiría instalada hasta hoy pegada a la central. ¡La habrían declarado zona secreta! Tome los casos de Kishtim o de Semipalátinsk[61].

Un país estalinista. Seguíamos siendo un país estalinista.

En las instrucciones para situaciones de guerra nuclear se dice que, en caso de amenaza de un accidente nuclear o de un ataque nuclear, es necesario aplicar de forma inmediata una profilaxis a base de yodo a toda la población. ¡En caso de amenaza! ¿Y qué es lo que teníamos aquí? 3000 microrroentgen por hora. Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder. En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder, la prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero.

¡Había modo de hacerlo! Nosotros proponíamos algunos. Sin grandes anuncios, sin generar pánico. Sencillamente con verter los preparados de yodo en los embalses de los que se extraía el agua potable, con añadirlos a la leche. Es verdad que se hubiera notado que el agua no tenía el mismo gusto, y la leche tampoco. En la ciudad se hallaban listos 700 kilos de preparado. Y allí se quedaron, en los almacenes. En las reservas secretas.

Tenían más miedo de la ira que les podía llegar desde arriba que del átomo. Todo el mundo esperaba una llamada de teléfono, una orden. Pero no hacía nada por su cuenta. Se temía la responsabilidad personal.

Yo llevaba en mi cartera un dosímetro. ¿Para qué? No me dejaban pasar, estaban hartos de mí en los despachos de arriba. Yo, entonces, sacaba el dosímetro y lo acercaba a los tiroides de las secretarias, de los chóferes personales, sentados en las salas de espera. La gente se asustaba, pero esto a veces servía de ayuda: me dejaban pasar.

“Profesor, ¿qué hace usted poniéndose histérico? ¿O ahora resulta que solo usted se preocupa del pueblo bielorruso? De todos modos, de algo se han de morir las personas: del tabaco, en accidentes de tráfico o de un suicidio”.

Algunos se reían de los ucranianos. Mira cómo se arrastran de rodillas en el Kremlin, mendigando dinero, medicinas, aparatos de dosimetría (no había bastantes dosímetros), en cambio el nuestro (se referían a Sliunkov), en quince minutos informó de la situación: “Todo está en orden. Nos arreglaremos con nuestras propias fuerzas”. Hasta alabaron su gesto: “¡Buena gente, los hermanos bielorrusos!”.

¿Cuántas vidas habrá costado esta alabanza?

Dispongo de información de que ellos (las autoridades) sí que tomaban yodo. Cuando los exploró el personal de nuestro instituto, todos tenían la tiroides limpia. Algo imposible sin el yodo. También a sus hijos los sacaron a escondidas, lejos del desastre. Y cuando iban a visitar las zonas, ellos sí que llevaban máscaras, trajes especiales. Todos los medios que les faltaban a los demás.

Hace ya tiempo que no es ningún secreto que en las afueras de Minsk se mantenía un rebaño especial de ganado. Cada res con su número y adscrita de manera individual. Personal. Campos especiales, invernaderos especiales. Un control especial. Y lo más repugnante.

[Tras un silencio.] Nadie ha respondido de esto.

Dejaron de recibirme. De escucharme. Los inundaba de cartas. Con notas oficiales. Distribuía mapas, cifras. Los mandaba a todas las instancias. He reunido cuatro carpetas de 250 hojas cada una.

Hechos, solo hechos.

Por si acaso, hacía dos copias; una la guardaba en mi despacho del trabajo, y otra, en casa. Mi mujer lo escondió. ¿Por qué hacía copias? Tenemos memoria. Vivimos en un país que… Yo mismo cerraba mi despacho. Pues bien, llego de un viaje de trabajo, y las carpetas habían desaparecido. Las cuatro gruesas carpetas.

Pero yo he crecido en Ucrania, mis abuelos eran cosacos. Y tengo un carácter cosaco. Seguí escribiendo. Interviniendo. ¡Había que salvar a la gente! ¡Evacuarlos con toda urgencia! Siempre de viaje de trabajo. Nuestro instituto compuso el primer mapa de las zonas “contaminadas”. Todo el sur aparece en rojo. Todo el sur “ardía”. Pero esto ya es historia. La historia de un crimen.

Del instituto se llevaron todos los aparatos de control radiactivo. Los confiscaron. Sin explicación alguna. Me llamaban a casa amenazándome: “¡Deja de espantar a la gente, profesor, que te vamos a mandar a donde Cristo dio las tres voces! ¿No lo adivinas? ¿Os habéis olvidado del pasado? ¡Pronto os habéis olvidado!”. Presionaban a los trabajadores del instituto. Los amedrentaban.

Escribía a Moscú.

Me convoca Platónov, el presidente de nuestra academia:

—El pueblo bielorruso algún día recordará tu labor, has hecho mucho por él; pero has hecho mal en escribir a Moscú. ¡Muy mal! Me exigen que te retire de tu cargo. ¿Para qué lo has hecho? ¿O es que no entiendes a quién te enfrentas?

Yo tenía los mapas, las cifras. Ellos, en cambio, ¿qué tenían? Podían meterme en un psiquiátrico. Me amenazaron con hacerlo. Podía tener un accidente de automóvil. Me avisaron. Me podían colgar una causa penal. Por propaganda antisoviética. O por un cajón de clavos que el contable del instituto no hubiera anotado.

Pues bien, me abrieron una causa criminal.

Consiguieron lo que querían. Me dio un infarto.

[Calla.]

Todo está en las carpetas… Hechos, cifras… Las cifras de un crimen.

El primer año… Un millón de toneladas contaminadas se transformaron en pienso, pienso que se dio de comer al ganado (y su carne luego fue a parar a las mesas de los humanos). Las aves y los cerdos se alimentaron con huesos adobados con estroncio.

Las aldeas se evacuaron, pero los campos se seguían sembrando. Según los datos de nuestro instituto, una tercera parte de los koljoses y de los sovjoses tenían tierras «contaminadas» con cesio-137, y a menudo el grado de contaminación superaba los 50 curios por kilómetro cuadrado. Ni hablar de obtener una producción limpia; en estas tierras ni siquiera se podía permanecer por largo tiempo. En muchas áreas se precipitó estroncio-90.

En las aldeas, la gente se alimentaba de sus propios huertos, pero no se hacía ninguna comprobación. Nadie instruía a aquella gente, no se les enseñaba qué debían hacer. Ni siquiera existía un programa para ello. Se comprobaba solo lo que salía de la zona. Las partidas destinadas a Moscú… A Rusia.

Comprobamos de manera selectiva el estado de salud de los niños en las aldeas. Varios miles de niños y niñas. Las criaturas tenían 1500, 2000, 3000 milirroentgen. Por encima de los 3000… Esas niñas… Ya no darán a luz a ningún niño. Tienen los genes marcados.

Cuántos años han pasado y yo a veces me despierto y ya no me puedo dormir.

Un tractor arando un campo… Le pregunto a un funcionario del Comité de Distrito del Partido que nos acompaña:

—¿El tractorista está protegido al menos con una mascarilla?

—No, trabajan sin respiradores.

—¿Qué pasa, no os los han mandado?

—¡Pues claro que los han mandado! Nos han mandado tantos que tendremos hasta el año dos mil. Pero no los hemos repartido. Cundiría el pánico. ¡Y todos saldrían corriendo! ¡Se largarían!

—¡Se da cuenta de la barbaridad que está haciendo!

—Para usted es fácil pensar de este modo, profesor. Si lo echan del trabajo, encontrará usted otro. Pero yo, ¿adónde me meto?

¡Qué poder! ¡Un poder ilimitado de unos hombres sobre otros! Esto ya no es un engaño, sino una guerra contra personas inocentes.

A lo largo del Prípiat vemos tiendas de campaña, familias enteras descansando. Se bañan, toman el sol. Estas personas no saben que desde hace varias semanas se están bañando y tomando el sol bajo una nube radiactiva. Estaba terminantemente prohibido hablar con ellos. Pero veo a unos niños… Me acerco y les explico. Asombro general. Me miran perplejos: “Entonces, ¿por qué la radio y la televisión no dicen nada de esto?”.

El funcionario que me acompaña… En nuestros viajes solía acompañarnos algún representante del poder local, del Comité de Distrito; este era el sistema… El tipo calla. Pero puedo adivinar por su cara qué sentimientos luchan en su fuero interno: ¿informar o no? ¡Porque, al mismo tiempo, también le da lástima la gente! Es una persona normal. Aunque yo no sé de qué lado se inclinará la balanza cuando regresemos. ¿Informará o no? Cada uno decidía por su cuenta, en un sentido o en otro.

[Calla durante un rato.]

Seguimos siendo un país estalinista. Y viven en él hombres estalinistas.

Recuerdo en Kíev… En la estación. Los convoyes se llevan uno tras otro a miles de niños espantados. Hombres y mujeres llorando. Entonces fue la primera vez que pensé: ¿a quién le hace falta una física así? ¿Una ciencia como esta? Si tan alto ha de ser el precio. Ahora se sabe. Se ha escrito. ¿A qué ritmo endiablado se construyó la central atómica de Chernóbil? Se construyó a la soviética. Los japoneses levantan instalaciones como estas en doce años, aquí lo hicimos en dos, tres años. La calidad y la seguridad de una instalación especial como aquella no se distinguía de la de un complejo agropecuario. ¡De una granja de aves! Cuando faltaba algo, hacían la vista gorda y lo sustituían por lo que tuvieran a mano. Así, el techo de la sala de máquinas se cubrió de alquitrán, que fue lo que estuvieron apagando los bomberos. ¿Y quién dirigía la central atómica? Entre los directivos no había ni un físico nuclear. Había ingenieros de energía, de turbinas, comisarios políticos, pero ni un especialista. Ni un físico.

El hombre ha inventado una técnica para la que aún no está preparado. No está a su nivel. ¿Es posible darle una pistola a un niño? Nosotros somos unos niños locos. Pero esto son emociones y yo me prohíbo dejarme llevar por las emociones.

La tierra… La tierra y el agua estaban llenos de radionúclidos, decenas de ellos. Hacían falta radioecólogos. Pero en Bielorrusia no los había, los trajeron de Moscú. En un tiempo, en nuestra Academia de Ciencias trabajó la profesora Cherkásova, una científica que se había dedicado a los problemas de las pequeñas dosis, a las irradiaciones internas. Cinco años antes de Chernóbil cerraron su laboratorio; en nuestro país no puede haber ninguna catástrofe. ¿Cómo se le ocurre? Las centrales atómicas soviéticas son las más avanzadas y las mejores del mundo. ¿Qué dosis pequeñas ni qué?… ¿Alimentos radiactivos?… Redujeron la plantilla del laboratorio y jubilaron a la profesora. Se colocó en el guardarropas de alguna parte, colgando abrigos.

Y nadie ha respondido de nada.

Pasados cinco años, el cáncer de tiroides creció 30 veces entre los niños. Se ha establecido el crecimiento de las lesiones congénitas de desarrollo, de las enfermedades renales, del corazón, de la diabetes infantil…

Pasados diez años…, la duración media de la vida de los bielorrusos se redujo a los cincuenta-sesenta años.

Yo creo en la historia…, en el juicio de la historia… Chernóbil no ha terminado, tan solo acaba de empezar.

Vasili Borísovich Nesterenko, ex-director del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Belarús

*Fragmento de Voces de Chernóbil (1997)

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