En los ’60, los tapatíos se emperifollaban para ir al cine. Mínimo bañaditos, endomingados y peinaditos con Fijapelo o Glostora. Eran otros tiempos. Cuando por sólo cuatro pesitos se podía uno chutar de corridito dos o tres películas en la función de la tarde, rigurosamente iniciada a las 16 horas con la proyección del Noticiero Continental, narrado en off por la voz de don Fernando Marcos, o con la del Cine Mundial y sus festejados sketchs cómicos. También había funciones de tres y dos pesos, ¡y hasta de menos!, si se iba a la matiné o a los llamados “cines piojito”.

Los días de estreno eran los jueves, aunque los fines de semana, especialmente los domingos, era cuando miles de tapatíos abarrotaban al tope las salas cinematográficas. El séptimo arte se había convertido entonces en uno de los tres espectáculos masivos más populares de Guadalajara y, descartando la lucha libre, también era el más democrático de todos debido al bajo costo de los boletos de entrada, los que durante mucho tiempo (hasta 1992) estuvieron bajo control gubernamental; comparativamente, el costo de entradas en el futbol eran de 2.50, 4 y 8 pesos, según la zona del estadio, mientras que en las corridas de toros eran de 25 pesos en tendidos de sombra y de 13 pesos en gradas de sol.

Para inicios de los años ’60, la televisión en Guadalajara era ya una realidad, pero un gran porcentaje de la población todavía no tenía televisor propio, por lo que en las colonias populares era muy usual que los niños “colaboraran” con 20 centavos en la casa de algún vecino que estuviera pagando en abonos su tele b/n, teniendo derecho de disfrutar así una tarde televisiva de corte infantil con programas como El Club de los Millonarios, Carnaval Animado y Las Aventuras de Paquín y Chori.

De allí que el cine continuara siendo la gran diversión social y familiar. Recreación favorita de las parejitas de novios que, con todo y la compañía apersonada del hemanit@@, primit@, o sobrinit@ en calidad de chaperón sobornable con doble domingo o paquete de Pon Pons, encontraban en la semi penumbra de la sala cinematográfica el sitio propicio para sus románticos arrumacos.

Grosso modo, los cines tapatíos de la época se clasificaban en tres grandes grupos: los que pertenecían a la Cía. Operadora de Teatros, S. A., los del Circuito Montes, S. A., y los de la Cadena Independiente que fundara el empresario Demus, de origen griego. Otras pocas salas, como el Reforma, el Micro-Cine, el Tabaré, sobreviviente desde los años 20, y el Autocinema Ritz con tarifas de cuatro pesos por adulto o diez pesos por coche lleno, funcionaban sin pertenecer a alguno de esos grupos comerciales.

Detalles administrativos que a los espectadores poco importaban, porque ellos sólo quería ver a sus estrellas favoritas en la pantalla grande y, sobre todo, sentir la incomparable atmósfera de los grandes cines de esa época.

Porque sí, la dimensión de la mayoría de aquellas salas era monumental, en algunos casos hasta escenográfica, como el inolvidable y malogrado cine Alameda, con su conocida ambientación interior simulando fachadas coloniales de iluminados balcones, techo semejando un cielo estrellado y rígidas armaduras metálicas distribuidas como elementos decorativos por algunos corredores. Otros, como el Variedades y el Roxy, con total influencia del art déco; algunos más, como el Cuauhtémoc, con inverosímil fachada con alambicados tintes prehispánicos.

Obras arquitectónicas diseñadas por firmas reconocidas en el medo, algunas de ellas con fama internacional, como las del despacho Barragán y Garibi, pero también las de Ignacio Capetillo, José Villagrán García, Carlos Crombè, Eduardo y Miguel Giralt, Genaro Alcorta, entre otros.

¿Cuántos recuerdos tapatíos no fueron forjados dentro de esas salas cinematográficas?

Como el de los porteros aluzadores que descorrían la cortinilla que impedía la filtración de luz externa a la sala para después, lamparilla en mano, localizar los asientos vacios que pudieran ocupar los que habían llegado ya iniciada la función. Unas monedas de propina era el pago por sus servicios.

O la estentóreo voz del espectador jubiloso que anunciaba su arribo mediante el conocido grito de “¡¡¡Ya llegué!!!”, y la respuesta anónima inmediata, surgida también a gritos desde algún lugar de gayola: “¡¡¡Pues ya vete!!!”.

Si de gritos se trataba, el inolvidable siempre será el de “¡¡¡Cácaroooo!!!”, proferido a coro cuando la proyección de la cinta se detenía o se ponía tembeleque. A esa exclamación algunos confieren un origen tapatío, por si sí, o por si no, por el momento eso que quede en veremos.

En materia de aplausos, a quien mejor le iba en aquellos ayeres era a la Virgen de Guadalupe. Siempre que su imagen aparecía en pantalla, las palmas la ovacionaban como a una insuperable rockstar. ¿Lo recuerdan?

Con toda seguridad el intermedio en la proyección de las películas, musicalizado con soporíferos acordes de las orquestas de Mantovani, Ray Conniff, Bert Kaempfert, Billy Vaughn, Percy Faith o Henry Mancini, fue inventado por dos razones: para desentumir a los chiquillos que levantados de sus asientos se ponían a correr, rodar o deslizarse como alucinados por todos los lugares posibles hasta que se volvía a apagar la luz y, por supuesto, para incrementar el consumo de los pater y las mater familias en las dulcerías cineras.

Porque, ¡ah!, que recuerdos de aquellas dulcerías de entonces. ¡Tan atrayentemente hollywoodezcas! ¡El paraíso de la guzguera infantil! Parecía que sólo ahí, y nada más ahí, se podían comprar aquellos sándwiches triangulados y desabridos con rebanadas de un dizque jamón y de un queso amarillo que, de tan chicloso, se pegaba al paladar; o las copas de nieve chorreante, o los codiciados Pon Pons, las gomitas, las lunetas; o los refrescos de maquinita servidos con harto hielo frappe en vasos encerados; o, por supuesto, las clásicas bolsitas de pistaches, sin olvidar las infaltables y deliciosas palomitas de maíz.

No todo lo que se vendía en aquellos cines era al estilo americano. Eso dependía de la categoría y modernidad de la sala, porque en los cines populares de barrio, como fue el caso del Edén, ubicado por Escobedo, la dichosa dulcería era apenas un modesto mostrador donde entre otras cosas vendían las tostadas más deliciosas del mundo mundial. Sencillas, con pura crema, o de jamón. Encima les agregaban puños de col y luego las rociaban con salsa casera de jitomate, las servían sobre pedazos de papel estraza. El refresco era aparte y lo vendían directo, en su original casco de vidrio y sin importe. Porque antes no existían los envases, eran cascos de refresco. ¿O no?

Por cierto, en ese mismo cine Edén, las butacas siempre fueron de aquellas abatibles de madera, sin acojinar; y por los pasillos, a la hora del intermedio, solía pasearse un vendedor de paletas de nieve, de agua y de leche, acomodadas en un cajoncito de madera con tirantes, eran de diversos sabores como limón, fresa, arrayán, chocolate, coco y así.

Para los años ’60, la mayoría de espectadores en el Edén era la chiquillería de los barrios cercanos (La Trinidad, El Fuerte, El Carmen y El Pilar) que asistían en bola a ver las series de Tarzán, Tintán o algunas mexicanas de charritos y caballitos, con toda seguridad todavía exhibidas con aquel equipo de sonido y proyección RCA Victor adquirido por la empresa en el lejano septiembre de 1944.

A propósito de ese mes, uno de los eventos cinematográficos anuales más esperados en Guadalajara ocurría en septiembre y era el estreno de la película más reciente de Posa Films Internacional, S. A. y su estrella exclusiva: Mario Moreno “Cantinflas”. Un solo cine no bastaba para alcanzar a contener las multitudes que acudían a ver la nueva caracterización del afamado “peladito” mexicano, por lo que su exhibición era simultánea en cuatro o cinco salas, todas ellas indicando en taquilla y en carteleras que en todas las funciones y sin ninguna excepción, eran “nulos los pases”.

Chicos y grandes fueron a carcajearse con las peripecias de Cantinflas en La vuelta al mundo en 80 días, El analfabeto, El extra, El gendarme desconocido, El padrecito, El señor doctor, etc. No faltaban las familias que entraban a los cines cargando su propio bastimento, el cual era llevado de contrabando desde casa, o consistía simplemente en un pollo rostizado comprado en alguna cercana sucursal de los Da-Se-Ro. Y aunque ahora parezca increíble, más de algún pastel de cumpleaños fue partido y repartido entre un grupo de espectadores durante el intermedio de una película cantinflezca recién estrenada.

Las películas para adultos muy adultos y de amplio criterio, que no pornográficas, por lo general se exhibían en el cine Colón. Y quién no recuerda en su parroquia favorita, aquel negro pizarrón que con todas sus removibles letras blancas anunciaban las películas prohibidas, la de clasificación D; películas que, por cierto, según afirman los que saben, eran las que mayor éxito tenían.

En esos tiempos, cuando aún no existían las plazas comerciales ni las salas múltiples, ir al cine era un lujo posible para las mayorías. Por alguna razón siempre memorable. Tiempos de cine de los cuales usted tiene muchos y mejores recuerdos. Se lo puedo asegurar.

Por Carmen Libertad Vera

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