Desde mediados de noviembre y principios de diciembre, Guadalajara se llena de un amor por los libros que difícilmente muestra el resto del año. Dos eventos son en los que se refleja esa desbordada y efímera pasión: la Feria del Libro Usado y Antiguo (FLUYA) y la Feria Internacional del Libro (FIL).

FLUYA surgió comunitariamente hace apenas ocho años, a iniciativa y por el tenaz esfuerzo del reconocido librero Antonio Mendoza Tabares, sociólogo de profesión y propietario de la Librería Mendoza, especializada en la compra y venta de los denominados libros usados o de ocasión.

Imposible comparar en importancia esa localista iniciativa cultural con el monstruo que para el mundo editorial representa FIL, proyecto que surgió hace tres décadas, cuyos alcances internacionales y difusión acaparan la atención generalizada de propios y extraños.

Poco antes de la FIL, quizás a raíz de la llegada a Guadalajara de las primeras sucursales de cadenas de librerías originalmente asentadas en la Ciudad de México, como serían las desaparecidas Librería de Cristal y El Sótano, o la Gandhi y La Joseluisa del FCE, todavía en funciones; aunado el surgimiento del gran emporio de la cadena local de librerías Gonvill; en la memoria tapatía fue quedando rezagada una de la figuras esenciales y de enorme tradición en el fomento a la lectura, es decir, el librero.

¿Cómo se podría definir a un librero? Algo difícil, en la medida de que los actuales sistemas de venta dependen en gran medida de campañas publicitarias de tipo mercadológico, en las que no pocas veces el libro adquiere un carácter desechable o perecedero. Best seller ergo sum. No es fortuito por lo tanto, que las mesas de novedades en las grandes librerías, al igual que mucho de la gran industria editorial, se rijan por priorizar el criterio comercial sobre la calidad del material publicado. “Mientras mejor se venda, lo consideraremos bueno”, pareciera ser el lema único a seguir. Así, al librero lo sustituyó la mesa de novedades.

A nivel personal, no encuentro una definición digna para identificar a un librero. Porque no cualquier vendedor de libros merece esa denominación. Aun cuando muchos de ellos resulten excelentes marchantes, o exitosos mercachifles.

Tampoco imagino como librero al encorbatado vendedor de enciclopedias a plazos, oficio hoy en desuso, que en cambaceo domiciliario o laboral llegaba cargado de catálogos en papel couché impresos con selección de color, tratando de convencer a sus potenciales clientes de la compra de la colección más conveniente, o acorde, a la decoración de su sala u oficina.

De entrada, un librero auténtico es selectivo. Sabe distinguir el grano de la paja en los libros que vende. También conoce a la perfección gustos, aficiones, intereses y necesidades editoriales o autorales de sus clientes, a los que da trato de amigos. Y como tales los sorprende, los consiente, incluso los cautiva, al sugerir, recomendar u orientar al momento de realizar la compra de un libro. Conoce a la perfección quién busca tal o cual autor, algún tema u obra en específico. Distingue ediciones y editoriales. En pocas palabras: ama su oficio.

Por desdicha, a pesar de la macro dimensión territorial de la Zona Metropolitana de Guadalajara, ésta se encuentra escasa de libreros. Apenas cuatro nombres acuden a mi mente al querer hacer una justa relación actual de quienes merecen ser considerados como tales.

Sin duda alguna, ese listado lo encabeza Alberto Cervantes García, propietario de Librería Cervantes y decano de los libreros de Guadalajara, seguido por la excepcional Silvia Linet Flores, directora de la Librería del Ayuntamiento tapatío, asimismo gran cronista y promotora cultural; por el ya mencionado Antonio Mendoza Tabares y, last but no least, por César Vargas, lector infatigable y propietario de la prestigiada Librería Ítaca.

Ellos cuatro representan la continuidad laboral de personajes locales tan trascendentes como don Fortino Jaime Ibarra, 1883-1951, reconocido librero que llegado de Hostotipaquillo, Jalisco, ya radicado en Guadalajara, como estupendamente lo reseñó Fernán Gabriel Santoscoy Faudón, durante tres años cursó estudios en el antiguo Seminario Conciliar de San José, destacando ahí en el dominio de la lengua francesa y de la Gramática, y quien luego, abandonada la vocación sacerdotal, incursionó comercialmente con una papelería y después, en sociedad, en el 441 de la calle Morelos abrió una tienda de abarrotes en cuya trastienda instaló una pequeña imprenta donde publicaría, entre otras ediciones, una hoja de contenido misceláneo que llevó el regocijante nombre de “El Vacilón”.

Una segunda experiencia en el ramo abarrotero, esta vez por la calle Corona y en sociedad con Aurelio Cortés, concluyó a raíz de un incendio; la reapertura del nuevo local trajo para la ciudad la instalación de uno de los comercios más emblemáticos de esos tiempos, El Árbol de Navidad, ubicado justo en la esquina de Juárez y Corona, y donde don Fortino Jaime se iniciara en la compa y venta de libros usados. Giro que además incluyó el alquiler de libros “por tres centavos diarios”, destinado a aquellos lectores que no quisieran o pudieran, adquirirlos, la encuadernación, la fabricación de sellos de goma, y el comercio de artículos diversos de abarrotería fina, recordando con ello sus inicios comerciales, así como de ferretería y papelería.

Debido al éxito logrado, El Árbol de Navidad pasó después al número 487 de la calle Morelos y, finalmente, en 1947, se mudó a un local en la esquina de Belén y Juan Manuel.

En Ya nada es igual, memorias 1929-1953, el crítico Emmanuel Carballo dedica un capítulo a hablar de la vida y obra de don Fortino Jaime, destacando su labor de editor en autores como Manuel Martínez Valadez, Agustín Basave y el astrónomo Severo Díaz, entre otros.

Carballo catalogó la librería El Árbol de Navidad, como “una de las mejor surtidas de Guadalajara”, y a su propietario como “el editor más importante”; algo por demás comprensible si tomamos en cuenta que don Fortino Jaime en su tiempo editó las revistas Azul. Magazine del Hogar, donde publicó el joven Efraín González Luna, y “Anáhuac”, que quedó compilada en forma de libro bajo el título “Florilegio Jalisciense”.

Otras personalidades que asistieron con frecuencia a las tertulias que en forma natural congregaba la librería de Fortino Jaime, fueron don José Cornejo Franco, José Guadalupe Zuno Hernández y Agustín Yáñez, ambos luego gobernadores del estado, y el primer rector de la UDG, don Enrique Díaz de León.

Como quien dice, la crema y nata de la intelectualidad tapatía.

Carballo, en esa misma obra menciona otros nombres y apellidos de nuestros libreros de antes. Algunos todavía recordados, como el de Leopoldo Font, cuya librería primero fue Font & Velasco, y estuvo ubicada originalmente en Colón 20, entre Pedro Moreno y Morelos; o el de Salvador Farías, dueño de La Selecta, librería vecina de la Font, al estar localizada también en Pedro Moreno, pero casi esquina con Galeana.

Justo también sería agregar los nombres de los de la famosa e importante librería y papelería de los señores Gallardo y Álvarez del Castillo, ubicada frente a Catedral, lugar donde se conseguía “papel de imprenta, cuádruple o triple, por mayor y menor”; y la librería La Joyita, Antigua Casa de Jaques Salvo, especializada en “cuadernos de moda, periódicos, y magazines, novelas y libros de lectura amena”, ubicada primero en la calle San Francisco, luego en el Portal Mina, y después en mero Juárez y 16 de Septiembre; o el de las librerías Carlos Moya, Sucres., S. A. originalmente en Santa Mónica 9 y luego en Morelos 422 donde, el 26 de septiembre de 1966, fue devorada por feroz incendio para luego ser reinaugurada en enero del año siguiente; o El Estudiante, El Surtidor, la Librería Nueva, la de don José Manuel Casarrubias Mendizabal, en Donato Guerra y López Cotilla, continuada luego por su hijo Alejandro; sin dejar de mencionar la librería que fue propiedad de don Jesús Cornejo, sénior, en Donato Guerra y Morelos.

Como continuadores de esa gran tradición en Guadalajara, considero a los cuatro libreros tapatíos mencionados en párrafo anterior. Para ellos, y para su importante labor, resulta conveniente parafrasear aquí las palabras que Emmanuel Carballo dedicara al gran librero Fortino Jaime: “Los recuerdo aquí con cariño de lector agradecido”.

Porque sin duda alguna, Guadalajara necesita más libreros como ellos, y los tapatíos necesitamos vernos entre ese tipo de libreros con mayor frecuencia. No sólo en esta temporada anual donde dizque, según San Lucas, “todos somos lectores”.

Por Carmen Libertad Vera

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