Releo los libros de Graham Greene con un asombro adolescente. El primero, creo, fue El fin de la aventura; luego El revés de la trama y El americano impasible. Pero sobre todo esa maravilla que escribió a los 74 años: El factor humano.

Greene trató como pocos en este siglo (yo no conozco otro) algunos temas pendientes desde Shakespeare: Dios y la condición humana: la justicia, la piedad, la penitencia, el castigo. Siempre sus personajes vivían la angustia de una ética tironeada entre Dios y la Nada y es por eso que ninguna persona es la misma después de leer a Greene. Nadie sale indemne de sus páginas.

Era un novelista aventurero y borracho; solitario, huidizo, fraternal con todas las grandes causas del siglo. Estuvo —y no de paseo— en leprosarios de África, en el frente de Vietnam durante la ocupación francesa, en México, en el Panamá de Torrijos, en la Nicaragua sandinista, en el Haití de Duvalier y en la Argentina de las guerrillas; de cada experiencia sacó una novela. Es decir: era un escritor de otra época, tan grande, lejano e irrepetible como Georges Simenon.

En los años de la dictadura, el poeta Juan Gelman le escribió para preguntarle si quería adherir a una solicitada que denunciaba la desaparición de personas en la Argentina. Su respuesta no podía ser más breve y contundente: “Sí”, decía nada más el telegrama que mandó desde Antibes, en el sur de Francia. Más tarde escribió sobre los militares argentinos y anotó que, en cuanto a la justicia divina, más les valía que Dios no existiera.

Se murió de viejo después de haber intentado otras maneras más expeditivas: la ruleta rusa, el whisky a raudales, el espionaje y todas las formas de la peste que se alojan en los confines del mundo más miserable, ahí donde iba a buscar las huellas de un Cristo anhelado e improbable.

Este católico no hablaba de Dios creador: le interesaban los hombres y su lealtad con las ideas y los actos de una vida, en el error o el acierto. “La gente suele volverse reaccionaria a medida que envejece, sobre todo aquellos que han sido más revolucionarios; yo no he cambiado”. Sin embargo era de esos católicos que no comprenden a un cura casado y sin sotana. El renunciamiento era, para Graham Greene, la primera calidad de un cristiano sincero.

En sus novelas, en cambio, hay canallas muertos de amor y beatos corroídos por el odio. La cuestión de la lealtad —tema central de El tercer hombre y de todas sus grandes novelas— aparece expuesta en toda su tensión dramática, en un desgarramiento que, al fin, no puede ser otro que aquel del Cristo en la cruz, purgando sus errores y asumiendo los de la humanidad entera.

Si hay Dios, Greene ya está con él, borracho, festejando su propia muerte, subido al Trono para ayudarlo a juzgar traidores y canallas.

Por Osvaldo Soriano

*Fragmento de Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996)

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