Otras veces había experimentado el mismo sobresalto cuando se sentaba a oír la lluvia. Sentía crujir la verja de hierro; sentía pasos de hombre en el sendero enladrillado y ruido de botas raspadas en el piso, frente al umbral. Durante muchas noches aguardó a que el hombre llamara a la puerta. Pero después, cuando aprendió a descifrar los innumerables ruidos de la lluvia, pensó que el visitante imaginario no pasaría nunca del umbral y se acostumbró a no esperarlo. Fue una resolución definitiva, tomada en esa borrascosa noche de septiembre, cinco años atrás, en que se puso a reflexionar sobre su vida, y se dijo: “A este paso, terminaré por volverme vieja”. Desde entonces cambiaron los ruidos de la lluvia y otras voces reemplazaron a los pasos de hombre en el sendero de ladrillos.

Es cierto que a pesar de su decisión de no esperarlo más, en algunas ocasiones la verja de hierro volvió a crujir y el hombre raspó otra vez sus botas frente al umbral, como antes. Pero para entonces ella asistía a nuevas revelaciones de la lluvia. Entonces oía otra vez a Noel, cuando tenía quince años, enseñándole lecciones de catecismo a su papagayo; y oía la canción remota y triste del gramófono que vendieron a un corredor de baratijas, cuando murió el último hombre de la familia. Ella había aprendido a rescatar de la lluvia las voces perdidas en el pasado de la casa, las voces más puras y entrañables. De manera que hubo mucho de maravillosa y sorprendente novedad esa noche de tormenta en que el hombre que tantas veces había abierto la verja de hierro caminó por el sendero enladrillado, tosió en el umbral y llamó dos veces a la puerta.

Oscurecido el rostro por una irreprimible ansiedad, ella hizo un breve gesto con la mano, volvió la vista hacia donde estaba la otra mujer y dijo: “Ya está ahí”.

La otra estaba junto a la mesa, apoyados los codos en las gruesas tablas de roble sin pulir. Cuando oyó los golpes, desvió los ojos hacia la lámpara y pareció sacudida por una tenebrante ansiedad.

—¿Quién puede ser a estas horas? —dijo.

Y ella, serena otra vez, con la seguridad de quien está diciendo una frase madurada durante muchos años:

—Eso es lo de menos. Cualquiera que sea debe estar emparamado.

La otra se puso en pie, seguida minuciosamente por la mirada de ella. La vio coger la lámpara. La vio perderse en el corredor. Sintió, desde la sala en penumbras y entre el rumor de la lluvia que la oscuridad hacía más intenso, sintió los pasos de la otra, alejándose, cojeando en los sueltos y gastados ladrillos del zaguán. Luego oyó el ruido de la lámpara que tropezó con el muro y después la tranca, descorriéndose en las argollas oxidadas.

Por un momento no oyó nada más que voces distantes. El discurso remoto y feliz de Noel, sentado en el barril, dándole noticias de Dios a su papagayo. Oyó el crujido de la rueda en el patio, cuando papá Laurel abría el portón para que entrara el carro de los dos bueyes. Oyó a Genoveva alborotando la casa, como siempre, porque siempre, “siempre encuentro este bendito baño ocupado”. Y después otra vez a papá Laurel, desportillando sus palabrotas de soldado, tumbando golondrinas con la misma escopeta que utilizó en la última guerra civil para derrotar, él solo, a toda una división del gobierno. Hasta llegó a pensar que esta vez el episodio no pasaría de los golpes en la puerta, como antes no pasó de las botas raspadas en el umbral; y pensaba que la otra mujer había abierto y sólo había visto los tiestos de flores bajo la lluvia, y la calle triste y desierta.

Pero luego empezó a precisar voces en la oscuridad. Y oyó otra vez las pisadas conocidas y vio las sombras estiradas en la pared del zaguán. Entonces supo que después de muchos años de aprendizaje, después de muchas noches de vacilación y arrepentimiento, el hombre que abría la verja de hierro había decidido entrar.

La otra mujer regresó con la lámpara, seguida por el recién llegado; la puso en la mesa, y él —sin salir de la órbita de claridad— se quitó el impermeable, vuelto hacia la pared el rostro castigado por la tormenta. Entonces, ella lo vio por primera vez. Lo miró sólidamente al principio. Después lo descifró de pies a cabeza, concretándolo miembro a miembro, con una mirada perseverante, aplicada y seria, como si en vez de un hombre hubiera estado examinando un pájaro. Finalmente volvió los ojos hacia la lámpara y comenzó a pensar: “Es él, de todos modos. A pesar de que lo imaginaba un poco más alto”.

La otra mujer rodó una silla hasta la mesa. El hombre se sentó, cruzó una pierna y desató el cordón de la bota. La otra se sentó junto a él, hablándole con espontaneidad de algo que ella, en el mecedor, no alcanzaba a entender. Pero frente a los gestos sin palabras ella se sentía redimida de su abandono y advertía que el aire polvoriento y estéril olía de nuevo como antes, como si fuera otra vez la época en que había hombres que entraban sudando a las alcobas, y Úrsula, atolondrada y saludable, corría todas las tardes a las cuatro y cinco, a despedir el tren desde la ventana. Ella lo veía gesticular y se alegraba de que el desconocido procediera así; de que entendiera que después de un viaje difícil, muchas veces rectificado, había encontrado al fin la casa extraviada en la tormenta.

El hombre empezó a desabotonarse la camisa. Se había quitado las botas y estaba inclinado sobre la mesa, puesto a secar al calor de la lámpara. Entonces, la otra mujer se levantó, caminó hacia el armario y regresó a la mesa con una botella a medio empezar y un vaso. El hombre agarró la botella por el cuello, extrajo con los dientes el tapón de corcho y se sirvió medio vaso del licor verde y espeso. Luego bebió sin respirar, con una ansiedad exaltada. Y ella, desde el mecedor, observándolo, se acordó de esa noche en que la verja crujió por primera vez —¡hacía tanto tiempo!…— y ella pensó que no había en la casa nada que darle al visitante, salvo esa botella de menta. Ella le había dicho a su compañera: “Hay que dejar la botella en el armario. Alguien puede necesitarla alguna vez”. La otra le había dicho: “¿Quién?”. Y ella: “Cualquiera —había respondido—. Siempre es bueno estar preparados por si viene alguien cuando llueve”. Habían transcurrido muchos años desde entonces. Y ahora el hombre previsto estaba allí, vertiendo más licor en el vaso.

Pero esta vez el hombre no bebió. Cuando se disponía a hacerlo, sus ojos se extraviaron en la penumbra, por encima de la lámpara, y ella sintió por primera vez el contacto tibio de su mirada. Comprendió que hasta ese instante el hombre no había caído en la cuenta de que había otra mujer en la casa; y entonces empezó a mecerse.

Por un momento el hombre la examinó con una atención indiscreta. Una indiscreción tal vez deliberada. Ella se desconcertó al principio, pero luego advirtió que también esa mirada le era familiar y que no obstante su escrutadora y algo impertinente obstinación había en ella mucho de la traviesa bondad de Noel y también un poco de la torpeza paciente y honrada de su papagayo. Por eso empezó a mecerse, pensando: “Aunque no sea el mismo que abría la verja de hierro, es como si lo fuera, de todos modos”. Y todavía meciéndose, mientras él la miraba, pensó: “Papá Laurel lo habría invitado a cazar conejos en la huerta”.

Antes de la medianoche la tormenta arreció. La otra había rodado la silla hasta el mecedor y las dos mujeres permanecían silenciosas, inmóviles, contemplando al hombre que se secaba junto a la lámpara. Una rama suelta del almendro vecino golpeó varias veces contra la ventana sin ajustar y el aire de la sala se humedeció invadido por una bocanada de intemperie. Ella sintió en el rostro la cortante orilla de la granizada, pero no se movió, hasta cuando vio que el hombre escurrió en el vaso la última gota de menta. Le pareció que había algo simbólico en aquel espectáculo. Y entonces se acordó de papá Laurel, peleando solo, atrincherado en el corral, tumbando soldados del gobierno con una escopeta de perdigones para golondrinas. Y se acordó de la carta que le escribió el coronel Aureliano Buendía y del título de capitán que papá Laurel rechazó, diciendo: “Dígale a Aureliano que esto no lo hice por la guerra, sino para evitar que esos salvajes se comieran mis conejos”. Fue como si en aquel recuerdo hubiera escanciado ella también la última gota de pasado que le quedaba a la casa.

—¿Hay algo más en el armario? —preguntó sombríamente.

Y la otra, con el mismo acento, con el mismo tono en que suponía que él no habría podido oírla, dijo:

—Nada más. Acuérdate que el lunes nos comimos el último puñado de habichuelas.

Y luego, temiendo que el hombre las hubiera oído, miraron de nuevo hasta la mesa, pero sólo vieron la oscuridad, sin la mesa y el hombre. Sin embargo, ellas sabían que el hombre estaba ahí, invisible junto a la lámpara exhausta. Sabían que no abandonaría la casa mientras no acabara de llover, y que en la oscuridad la sala se había reducido de tal modo que no tenía nada de extraño que las hubiera oído.

Por GMM

*Texto publicado en El Espectador

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