¿Cómo se supera el terror a un veneno que no se ve?

Por Svetlana Alexievich

No tenga vergüenza. Pregunte. Se ha escrito tanto que ya estamos acostumbrados. Una vez me mandaron el periódico con un autógrafo. Pero yo no los leo. ¿Quién nos va a comprender? Para eso hay que vivir aquí.

Mi hija me dijo no hace mucho: “Mamá, si doy a luz a un niño deforme, lo querré igualmente”. ¿Se imagina algo así? Estudia en la décima clase y ya tiene estas ideas. Como sus amigas. Todas piensan en eso.

Unos conocidos nuestros han tenido un niño. Lo esperaban; era su primer hijo. Una pareja joven, guapa. Pero el niño tiene una boca que le llega a las orejas; aunque no tiene orejas. Yo no voy a verlos como antes, no puedo. En cambio mi hija, un día sí y otro también, va corriendo a verlos. Le tira esa casa; no sé si se imagina su futuro o se prepara.

Pudimos marcharnos de aquí, pero mi marido y yo lo sopesamos y decidimos que no. Nos ha dado miedo irnos. Aquí todos somos de Chernóbil. No nos asustamos el uno del otro, si alguien nos ofrece sus pepinos y las manzanas del huerto o del jardín, lo aceptamos y nos lo comemos, no lo escondemos tímidamente en el bolsillo, o en una bolsa, para luego tirarlo.

Todos tenemos los mismos recuerdos. Compartimos la misma suerte. En cambio, en todas partes, en cualquier otro lugar, somos unos extraños. Unos apestados. Ya nos hemos acostumbrado a que nos llamen: “gente de Chernóbil”, “niños de Chernóbil”, “evacuados de Chernóbil”.

Ahora la palabra “Chernóbil” acompaña toda nuestra vida. Pero ustedes no saben nada de nosotros. Nos tienen miedo. Puede ser, incluso, que si no nos dejaran salir de aquí, si se hubieran colocado controles policiales, muchos de ustedes se sentirían más tranquilos. [Se queda callada]

Y no me demuestre lo contrario. No intente convencerme. Yo eso lo he vivido.

Los primeros días… Agarré a mi hija y salí corriendo a Minsk, a casa de mi hermana. Y mi hermana, una persona de mi misma sangre, no me dejó entrar en su casa porque tenía un niño pequeño y lo estaba amamantando. ¿Se imagina?

Pasamos la noche en la estación. Me venían unas ideas locas por entonces. ¿Adónde huir? Puede que lo mejor sea acabar con una misma, pensaba, para así dejar de sufrir. Eso fue los primeros días. Todos se imaginaban no sé qué terribles enfermedades. Males inimaginables. Y eso también lo pensaba yo, que soy médico. Solo puedo adivinar lo que les estaba pasando por la cabeza a los demás.

Miro a nuestros hijos: vayan adonde vayan se sienten extraños entre sus compañeros. En los campamentos, donde mi hija pasó un verano, tenían miedo de tocarla. “Erizo de Chernóbil. Luciérnaga. Das luz por la noche”, le decían. Al llegar la noche, la querían sacar a la calle para comprobar si daba o no luz.

La gente dice que la guerra… La generación de la guerra… Y las comparan… ¿La generación de la guerra? ¡Pero si esa gente era feliz! Vivió la victoria. ¡Salieron vencedores! Esto les infundió una gran energía vital o, dicho en los términos de ahora, una poderosa carga de supervivencia. No tenían miedo de nada. Querían vivir, estudiar, traer hijos al mundo.

En cambio, nosotros… Nosotros tenemos miedo de todo. Tememos por nuestros hijos. Por los nietos que aún no han nacido. Aún no han nacido y ya tememos por ellos.

La gente sonríe menos, no canta como antes lo hacía en las fiestas. No solo ha cambiado el paisaje, pues donde antes se extendían los campos han crecido de nuevo los bosques, se ha llenado de arbustos, sino que también se ha alterado el carácter nacional. Todos sufren depresiones. El sentimiento dominante es el de estar condenados.

Para algunos, Chernóbil es una metáfora. Un símbolo. En cambio, para nosotros es nuestra vida. Simplemente la vida.

Algunas veces pienso que sería mejor que no escribieran sobre nosotros. Que no nos observaran desde fuera. Que ni nos hicieran diagnósticos: radiofobia o yo qué sé más; que no nos destacaran entre los demás. Entonces nos tendrían menos miedo. Pues tampoco en casa de un enfermo de cáncer se habla de esta terrible enfermedad. Como tampoco en las celdas de los condenados a cadena perpetua se cuentan los años que les quedan por cumplir. [Calla]

Cuánto he hablado… No sé si le hará falta todo esto que digo o no.

[Pregunta]

Mejor que ponga la mesa. ¿Comemos? ¿O le da miedo? Respóndame sinceramente, porque aquí ya no nos ofendemos. Las hemos visto de todos los colores. Una vez vino a verme un corresponsal. Veo que tiene ganas de beber. Le traigo una taza con agua, y él, en cambio, se saca su agua del bolso. Agua mineral. Le da vergüenza. Se justifica. La conversación, claro, fue un fracaso, yo no pude ser sincera con aquel hombre. Porque yo no soy un robot, una computadora. ¡No soy un pedazo de hierro! Él allí tomándose su agua mineral, temiendo tocar mi taza y yo, en cambio, le tengo que abrir de par en par mi alma… entregarle mi alma.

[Ya a la mesa. Estamos comiendo. Habla de muchas cosas. Y de pronto…]

Ayer me pasé la noche llorando. Mi hombre me dice: “Eras tan guapa”. Entiendo a qué se refiere. Me miro en el espejo. Cada mañana. Aquí la gente envejece pronto; tengo cuarenta años y me echarían sesenta. Por eso las chicas tienen prisa en casarse. Lástima de juventud, es tan corta.

[Explota]

Pero ¿qué saben de Chernóbil? ¿Qué se puede apuntar?… Perdone.

[Calla]

¿Cómo poder apuntar lo que dice mi alma? Si ni yo misma sé siempre leerla.

Nadezhda Afanásievna Burakova, habitante del poblado urbano Jóiniki

*Fragmento de Voces de Chernóbil (1997)

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