Entrevista con Juan Rulfo

Por Joaquín Soler Serrano

Joaquín Soler Serrano: “Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y matemos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque siento preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo. En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz; todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda”. Éstas son palabras de Juan Rulfo, recogidas por María Teresa Gómez Gleason en Juan Rulfo y el mundo de su próxima novela. Lo extraordinario es tener aquí hoy al gran maestro mexicano de la novela, uno de los grandes de la narrativa contemporánea que con un solo libro logró una reputación universal. Hablemos de esos antecedentes familiares: ¿quiénes eran los Pérez Rulfo?

Juan Rulfo: Los Pérez Rulfo eran en realidad un apellido compuesto. Se apellidaban originalmente Rulfo. Ellos llegaron de España allá por 1790. Uno fue monje de un convento: era el mayor de la familia, el padre no lo quería y lo metió a monje. Pero él se fue a México a un convento y de ahí subió. Originalmente se llamaba Juan del Rulfo. Lo que resultó después fue que este hombre se casó, y después enviudó y volvió a casarse. Combatió en las fuerzas de Calleja, que a su vez estaba combatiendo contra los insurgentes. Quizá fue el motivo principal de que él se apoderara de ese “Pérez-Rulfo”, porque era muy conocido como capitán Juan del Rulfo en las fuerzas realistas, y cuando vino la Independencia él trató de eludir el compromiso que había tenido con las fuerzas españolas para pasarse al lado insurgente.

JSS: Viniendo hacia estadios más próximos, detengámonos en sus abuelos.

JR: Mi abuelo paterno era abogado, y mi abuelo materno tenía una hacienda. Mis orígenes más inmediatos hay que buscarlos en Jalisco, en los Bajos. Yo nací exactamente en un pueblecito que se llama Pulco, que a su vez pertenece a San Gabriel, distrito de Sayula.

JSS: Y como Pulco no aparece en los mapas, los biógrafos le atribuyen a San Gabriel o a Sayula como lugar de su nacimiento.

JR: Siempre se da como origen la población más grande, ¿verdad?

JSS: Pulco era un pueblo muy pequeñito, con unos dos mil habitantes.

JR: Estaba metido en una barranca, con calles torcidas y empinadas. Mi abuelo construyó en realidad casi todo el pueblo, el puente sobre el río, la iglesia, casi todo el pueblo, pero vino después la rebelión cristera, y a toda la gente de los pueblos pequeños nos concentraron en los grandes. Por eso pasamos a vivir a San Gabriel.

JSS: Parece que, efectivamente, la revolución cristera fue muy dura con ustedes…

JR: Así fue, perdimos prácticamente todo lo que teníamos.

JSS: Esa revolución ocurrió entre los años 1926 y 1928. ¿Por qué se los llamaba “cristeros”; cuál fue el fundamento de esa revolución?

JR: Los cristeros nacieron al aplicarse la Constitución mexicana, que señalaba un cura por cada 10 mil habitantes, y el pueblo se opuso, como es natural. Entonces los sacerdotes cerraron las iglesias, y suspendieron los cultos también. Primero el pueblo protestó con boicots y de otras muchas formas, y después acabó levantándose en armas y se fue a defender lo que ellos llamaban “la Santa Causa de Dios”. Esta rebelión tiene, en realidad, un origen más bien matriarcal. Las mujeres crearon esa revolución cristera, y empujaron a sus hermanos, esposos o hijos a luchar. Si les decían “¡No sois hombres si no vais a luchar por la Causa de Dios!” lo tomaban como una ofensa muy grande, y todos tomaron las armas.

JSS: Esa región en la que usted vivía era verdaderamente violenta: se producían saqueos, incendios, revoluciones, sequías, toda clase de fenómenos caracterizados por la violencia de la naturaleza o del hombre. Todo ello aparecería más tarde en sus libros.

JR: Sí, fue una zona muy agitada, francamente violenta, sobre todo estremecida por el saqueo. La “cristiada” se caracterizó especialmente por el saqueo, tanto de un lado como del otro. Fue una rebelión estúpida, porque ni los cristeros tenían posibilidad de triunfo, ni los federales contaban con los recursos suficientes para acabar con estos hombres de tipo guerrillero. Además, las mujeres tenían que luchar, eran las que surtían el parque, almacenaban el armamento, se movilizaban libremente por el campo, por todas partes. Era muy difícil acabar con aquella rebelión.

JSS: De ahí, de Sayula, salieron siempre, y sobre todo en esa época, muchos hombres que emigraron a Tijuana, hacia la frontera con los Estados Unidos para buscar trabajo como braceros, que era, por lo menos, más seguro, ¿no le parece?

JR: Claro. Como que la mayor parte de la población de Tijuana es mexicana, de Jalisco.

Contraje una depresión en mi infancia de la que todavía no me pude curar

JSS: En esa revolución sufrió usted dos terribles pérdidas: la de su abuelo y la de su padre.

JR: Sí, los dos. Y en seguida murió mi madre.

JSS: Y se quedó usted casi sin parientes próximos que lo cuidaran.

JR: Solamente una abuela.

JSS: Pero acabó viéndose obligado a ir a vivir a un orfanato.

JR: Sí, pero era casi un correccional, el único orfanatorio que existía en Guadalajara. Yo estaba cursando los estudios primarios en la escuela de las monjas Josefinas de Guadalajara, la capital del estado. Nos habíamos ido allá cuando vino la rebelión cristera, y las monjas Josefinas de San Gabriel clausuraron los colegios.

JSS: ¿Qué recuerdos conserva usted del orfanatorio?

JR: Era terrible la disciplina, el sistema carcelario.

JSS: ¿Recuerda usted haber aprendido algo que tenga que agradecer a esos años tristes?

JR: Lo único que aprendí fue a deprimirme. Ésas fueron las épocas de mi vida en que me encontré más solo, y contraje un estado depresivo que todavía no me he podido curar.

JSS: ¿No logra usted remontarlo del todo?

JR: No creo que lo consiga nunca.

JSS: Y antes de ir al orfanato, ¿era usted un niño abierto y alegre?

JR: Sí, señor. Pero allí me aplacaron, me ensombrecieron. Y la vida era muy pesada, y los muchachos se organizaban en pandillas feroces.

JSS: Tiene usted un raro prestigio de hombre muy escéptico con respecto a las gentes, de hombre tímido e introvertido, reacio a enfrentarse con el público. Yo sé los años y la tenacidad que he necesitado para conseguir traerle al programa. ¿Cree usted que ese sentimiento arranca también de aquellos años, o estaba ya en sus genes?

JR: Yo creo que era cosa de carácter. El pánico que le tengo yo a la gente es una cosa natural, congénita.

JSS: ¿Es usted más feliz en la soledad?

JR: Con la soledad he aprendido a vivir.

JSS: Pero esa soledad suya ¿no está demasiado poblada por los fantasmas del pasado con los que acaso mantiene una especie de diálogo constante?

JR: Sí, señor, pero yo no he conocido a gente violenta. Sé que existe, y en mis libros la he creado. Porque después de aquellos años de la “cristiada”, no he vuelto a vivir en una zona azotada por la violencia. He vivido en lugares más tranquilos y apacibles, ¿sabe?, pero el hombre lleva consigo una violencia retardada, que puede saltar y explotar en cualquier momento, y ellos era lógico que la trajeran en sus adentros porque traían todavía los resabios de la Revolución: venían con ese impulso, y les había gustado la experiencia vivida: el asalto, el allanamiento, la violación, el asesinato… la violencia. De modo que se encontraba uno con hombres aparentemente pacíficos, y que no aparentaban ninguna maldad, pero por dentro eran asesinos, gente que había vivido muchas vidas, con una larga trayectoria de crímenes. Y es impresionante conocer a estos seres que uno imagina pacíficos y sabe que han dejado tras de sí una historia escalofriante de violencia. Esos personajes se me han grabado en la memoria, y los he recreado, no pintándolos tal cual eran, sino reviviéndolos, imaginándolos como yo hubiera querido que fuesen. El proceso que sigo en estas cosas no es tomarlas propiamente de la realidad, sino recrearlas, imaginarlas.

JSS: La realidad se queda sólo en un punto de partida para la recreación.

JR: Queda de real, sobre todo, la ubicación. Ubicando al personaje le doy cierta realidad aparente, y después tengo que inventarle también el modo de expresarse, la manera de hablar.

JSS: Usted, que es escritor con gran economía de palabras, ni siquiera nos describe los fondos sobre los que se desarrolla la acción, y sin embargo ese llano, ese páramo, esa calidad del paisaje, esa luminosidad están descritos casi sin quererlo.

JR: Le agradezco mucho esos conceptos. Pero esos paisajes, motivos o sugestiones de paisajes, no existen. Con frecuencia, muchas personas han querido visitar la zona, fotografiarla, así como a los personajes, para números especiales de revistas y otras publicaciones, por ejemplo, y no lo han conseguido. Porque además mis personajes no tienen rostro, como usted ha observado también, la gente es común y corriente como en todas partes, no tienen nada de especial.

JSS: Se ha dicho de usted, entre tantas otras cosas, que es un novelista telúrico, enraizado en la tierra. ¿Siente usted devoción por los escritores que están dentro de esas clasificaciones?

JR: Sí, pero siempre que vean la naturaleza en función del hombre, como es el caso de José María Arguedas, con el que tengo mucha similitud incluso en la manera de pensar. Los personajes son irracionales, actúan de forma irracional, y se les quiere caracterizar bajo el punto de vista de la lógica, estudiarlos lógicamente, y así se encuentran constantes contradicciones. Para mí el ideal no consiste en reflejar la realidad tal como es, ni mucho menos la realidad actual (que la estamos viviendo, leyendo en la prensa, viendo en la televisión, sintiéndola en nuestro mundo), no, no podemos ponernos a repetir lo que pasa, lo que se dice, lo que es. Ya comentábamos ayer con usted esa idea que tenía precisamente Arguedas de que al autor, al escritor, hay que dejarle el mundo de los sueños ya que no puede tomar el mundo de la realidad.

JSS: Diríamos que el mundo de la realidad se ha convertido en periodismo, en información, y que el escritor tiene que vivir en otro mundo, el de los sueños o el del pasado o el de la imaginación, nunca del reflejo de la realidad directa.

JR: Ésa es exactamente mi opinión. No se puede decir con menos palabras.

JSS: Continuemos con su vida. Hizo usted sus estudios primarios en Guadalajara, y además estudió contabilidad. ¿Por qué?

JR: Se estudiaba contabilidad en aquellos tiempos como una especie de muleta, para tener un medio de trabajo al salir de la escuela. La contabilidad era la gran muleta de entonces para que uno pudiera defenderse, o seguir estudiando otras cosas.

JSS: Cuando tiene 15 años (corría 1933) emigra usted a la ciudad de México, y le tocó cubrir diversos tipos de empleos.

JR. Sí. Fui agente de emigración, luego recaudador de rentas… ¡qué sé yo! Hice una bola de cosas.

JSS: Al mismo tiempo reanudó sus estudios, esta vez en la Facultad de Filosofía y Letras.

JR: Toda una década me pasé en aquella oficina de inmigración. ¿Sabe cuál era mi obligación? ¡Perseguir extranjeros! Extranjeros que entraban clandestinamente o estaban ilegalmente en el país. ¡Nunca capturé ni uno!

JSS: Y durante la guerra le encargaron a usted de la distribución de las tripulaciones de los barcos alemanes que llegaban a México.

JR: Oiga, ¿y cómo sabe usted eso?

JSS: Busqué información, como hago siempre, reuní algunos datos, y éste era uno de ellos. ¿No es correcto?

JR: Me asombra que lo sepa, pero ése era mi cargo, sí señor.

JSS: ¿Qué hacía usted con los alemanes e italianos de los barcos que se refugiaron en los puertos mexicanos?

JR: Los controlaba.

JSS: ¿Internándolos?

JR: No, nada de internarlos. Tenían toda la ciudad de Guadalajara como cárcel.

JSS: ¿Vivían libremente en la ciudad?

JR: Libremente. Tan sólo pasábamos lista todos los días.

JSS: ¿Y los barcos?

JR: Eran tanques petroleros, y el gobierno se apoderó de ellos, a excepción de un trasatlántico, el Orinoco. El gobierno los puso a navegar con bandera panameña. Después se hundieron dos de esos barcos: el Luccifero, al que habían puesto Potrero del Llano y el Rhin, que se llamó Cerro azul.

JSS: ¿Los hundieron en acción de guerra?

JR: No, señor. Les estallaron las calderas, porque aquellas tripulaciones eran tan buenas para operar aquellos barcos tan modernos… No quisieron utilizar a los tanquistas, a los foquistas o fogoneros, por tratarse de extranjeros, y como no tenían ni idea, les estallaron las calderas y se hundieron. ¡Y llegaron a decir que los habían hundido los submarinos alemanes, que habían llegado hasta allí, a trescientos metros de la costa!…

JSS: Me dijeron que fue en 1940 cuando tomó usted la pluma por primera vez con ánimo literario. Al parecer escribió usted una novela sobre la Ciudad de México, que acabó por destruir…

JR: Sí, eso fue lo primero que escribí. Era una novela bastante grande, muy extensa, sobre la Ciudad de México, efectivamente, y la destruí porque era muy mala. Retórica, alambicada, llena de los pecados literarios de la juventud. Le di una vez a Juan Rejano (cuando ellos llegaron) un capítulo de esa novela para que lo publicaran en su revista de los republicanos españoles, que se llamaba Romance, y jamás lo publicó. ¡Así era de mala!

JSS: Era, según creo, una novela un tanto hipersensible, analizando la soledad de un campesino trasplantado a la gran ciudad. Tenemos que esperar a 1942 para conocer el primer cuento de Rulfo. “La vida no es muy seria en sus cosas”, que apareció en la revista América, de Guadalajara.

JR: Y el siguiente fue “Nos han dado la tierra”, que más tarde se recogería en El Llano en llamas.

JSS: Llega 1947 y tiene usted que ponerse a trabajar.

JR: Sí, esta vez en publicidad, en el departamento de ventas de una firma de neumáticos. Poco tiempo estuve en la publicidad, y en seguida me dediqué a hacer de agente de ventas por todo el país.

JSS: ¿Cómo se le daba la venta de neumáticos?

JR: Muy bien. ¡Se venden solos!

JSS: En 1953 publica usted El Llano en llamas, cuya primera edición me parece que contenía 15 cuentos. Una obra de la que se han hecho tantas ediciones, que puede el libro ostentar fajas como esta que estamos viendo: “¡400 mil ejemplares!”, cifra récord en un libro de cuentos en castellano. ¿Qué sintió usted al advertir esa enorme capacidad de llegar al público?

JR: Al principio me sentí muy frustrado, porque las primeras ediciones no se vendieron nunca. Eran ediciones de 2 mil o máximo de 4 mil ejemplares, y prácticamente yo los regalaba. Han sido las últimas generaciones las que han empezado a leer el libro, y a buscarlo, y en estos últimos años ha alcanzado los grandes tirajes.

JSS: El Llano en llamas está traducido a gran cantidad de idiomas. Yo estuve presente en el lanzamiento de la versión alemana en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, puesta bajo el signo de la narrativa hispanoamericana, en la que fue usted un protagonista esencial, y donde por fin pude convencerle a usted de que aceptara nuestra invitación para venir a este programa.

JSS: Y llegamos a los años decisivos de su carrera. En 1953-1954 consigue usted una beca de la Fundación Rockefeller, que le permite dedicarse a escribir con una cierta calma su novela Pedro Páramo.

JR: Realmente, la escribí en muy poco tiempo. Cuatro o cinco meses nada más.

JSS: Batió usted todas sus marcas, pues según dicen (y usted me lo ha confirmado en una conversación anterior) Rulfo es un escritor más bien lento.

JR: Bueno, pero es que… ¡esa novela estaba ya prácticamente escrita!

JSS: ¿Estaba tal cual en su cabeza?

JR: Prácticamente. Sólo fue cuestión de trasladarla al papel.

JSS: Aquí vemos varias ediciones internacionales de Pedro Páramo: españolas, venezolanas, cubanas, mexicanas, argentinas… ¿Cuántos ejemplares deben haberse publicado de Pedro Páramo?

JR: Pasan del medio millón.

JSS: Ésta es la novela de su vida.

JR: Sí, me lo ha dado todo.

JSS: Una absoluta notoriedad, un enorme prestigio, un puesto de primerísimo plano en la narrativa hispanoamericana de nuestro tiempo. Y en eso también rompe usted los récords. Porque generalmente un escritor necesita cinco o seis novelas para llamar la atención del público, en tanto que usted consigue el éxito y el consenso general con una sola obra.

JR: Este libro mío ha tenido mucha fortuna.

JSS: Mirémosle ahora desde la perspectiva del tiempo. Apareció en 1955. Más de 20 años después, maestro Rulfo, ¿cómo la ve usted?

JR: Hasta cierto punto ya me he olvidado de ella, como una cosa que pertenece al pasado. Recuerdo que tuve problemas para escribirla. Considero que es una novela difícil, y que muchas personas no la entienden. Hacen falta varias lecturas para penetrarla. Yo creo que mi generación no la entendió, ni siquiera la consideró interesante. Son las nuevas generaciones las que la entienden, la estudian y la aprecian. A ellas se les deben los grandes tirajes alcanzados.

JSS: Se dijo que su técnica era muy complicada, y que recuerda un poco a Faulkner…

JR: Faulkner es un gran escritor de mi gusto, pero no hay ni sombra de su influencia en Pedro Páramo.

JSS: Sobre todo llama la atención esa manera suya muy personal de narrar desde todos los planos posibles, hacia adelante, hacia atrás, de costado, a saltos. Es casi un planteamiento maquiavélico de la narración.

JR: Sí, están rotos el tiempo y el espacio. En eso influyó el hecho de que yo trabajaba con muertos, y eso facilitó el no ubicarlos en ningún momento, pudiendo estar en todas partes, hacerlos aparecer en el momento preciso para desaparecer después. En realidad es una novela de fantasmas, de fantasmas que de pronto cobran vida, la vuelven a perder… ¡Sí, era y sigue siendo complicada!

JSS: Pero ha sido un punto de partida fundamental, que ha dado paso a una nueva generación de escritores, de “rulfistas”. Usted ha creado una escuela, ha señalado un camino.

JR: Sí, y es un camino difícil por la estructura misma de la obra. Porque está de tal forma estructurada que aparentemente carece de estructura, y sin embargo eso es lo que sostiene a la novela: la estructura.

JSS: Demos otra ojeada panorámica al resto de su vida. En 1970 recibe usted el Premio Nacional de Letras de su país que le entrega el presidente Gustavo Díaz Ordaz. El presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, le otorga la condecoración de la Orden de Francisco de Miranda. En 1955 trabaja en la Comisión del Papaloapán, un río que cruza los estados de Oaxaca y Veracruz y desemboca en el golfo de México tras un recorrido de 445 kilómetros, en un proyecto de irrigación y creación de plantas eléctricas. Hace luego guiones y adaptaciones de películas comerciales, y trabaja recopilando documentación del mexicanismo en el pasado para la televisión de Guadalajara. Desde 1962 dirige el departamento editorial del Instituto Indigenista de México, viajando por todas las zonas más desheredadas del país en una tarea de redención de las comunidades indígenas. Y llegamos al momento quizá más crítico en la vida literaria de Juan Rulfo. El maestro lleva unos cuantos años trabajando en una novela que no acaba de salir, y que en principio se iba a llamar “La cordillera”.

JR: No, ese título ya está cambiado.

JSS: ¿Y cuál es el nuevo?

JR: No lo tengo decidido.

JSS: Cada vez que le preguntan por su nueva novela usted dice: “Estoy medio trabajando en ella”…

JR: Yo creo que si logro trabajar duramente en este asunto, si es que tengo para ello la suficiente tranquilidad, la calma que necesito, y la serenidad necesaria, y también las ganas, pues a lo mejor hasta termino este año de hacerla.

JSS: ¿Cómo está usted de ganas este año?

JR: Hay buena disposición…

JSS: Esperamos ese libro, maestro. ¿Quiere que hablemos de otros escritores vivos hispanoamericanos? ¿Cuáles le interesan?

JR: Juan Carlos Onetti, Skármeta, un joven mexicano que se llama Arturo Azuela, y en cuanto a una técnica muy moderna, difícil, y con utilización de un lenguaje nuevo, Salvador Elizondo. Y en España me interesa muchísimo Rafael Sánchez Ferlosio. Y también Juan Marsé.

JSS: ¿Y de los protagonista del boom?

JR: Cortázar es el que más me interesa, y yo creo que de él se puede aprender mucho. También me gusta Vargas Llosa.

JSS: Maestro, debo repetirle mi mayor gratitud por haber venido. Sabiendo lo que a usted le cuesta exponerse a la curiosidad de la gente, le estimamos doblemente esta gentileza.

JR: Para mí ha sido un gran honor.

JSS: ¿Sigue usted teniéndole horror a la televisión?

JR: Usted me ha sacado de mis casillas… Éste es el primer programa de televisión en el que yo participo. Y me llevo un gran recuerdo de él.

*Fragmento de Escritores a fondo (1986)

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