¿Qué relación hay entre cultura y barriga?

Por Gerson Gómez

La vida es sumario de tiempo perdido.

Antes de las nueve de la mañana, con el estómago vacío, pasa de la bodega en el mohoso sótano al pulcro recibidor en la residencia de sus padres en Fuentes del Valle. Ajusta los reblandecidos anteojos con el débil desarmador.

Toma su toalla ruñida y entra a la ducha de los empleados domésticos. Demora 30 minutos en el aseo. Momentos de intimidad para sentirse humano y valorado.

Talla con Zote su cabello de casi un metro, peina la barba hasta trenzarla, le coloca la liga verde y en la cabeza. Después de pasar la pistola de aire, se planta su boina negra apostillada de todos los días.

Mientras los mozos de casa cortan el césped y la cocinera prepara la comida, Alán se asoma por la cocina. Substrae una manzana del frutero, obra de caridad de la empleada doméstica al conocer el régimen de abstinencia severa de los padres.

—Vas a seguir en la bodega hasta conseguir un trabajo. No puedes tener casi 40 años y seguir viviendo como adolescente —lo sentenciaron.

Mordisquea la manzana verde mientras se ajusta las grises cintas de los gastados tenis Nike para caminata. La distancia entre San Pedro Garza García y Monterrey le permite mantener los 70 kilogramos para su metro con ochenta centímetros de estatura.

Cruza el portón, se despide de los mozos con unos buenos días Don Benito, buenas Rutilio. Ya nos vamos a agarrar calle. A gastar suela. Baja de lo escapado de su calle hasta tomar la avenida. A esa hora ya es menos el tráfico y la carga vehicular con sus escapes contaminantes.

Escucha en su celular la música precargada. Ese es su único bien material, tangible y en regular estado. La conoce de memoria. Del Appetite for Destruction de Guns N’ Roses, al And Justice For All de Metallica.

Cruza el Túnel de la Loma Larga casi en tiempo record. En la parte mortecina, amarilla de su hogar Garza García, al impersonal blanco de las lámparas led, en Monterrey.

Baja por entre los tejabanes de los barrios bravos de Pio X, Nuevas Colonias y El Maguey, poblados de basura, vecindades lúgubres a medio derrumbar y vecinos ociosos al servicio de quienes paguen al día sus labores de macheteros.

Apresura el paso, mete segunda y tercera velocidad en su trayecto.

Viene dilatado para el evento de los Cronistas en la Casa del Libro de la UANL en el barrio de La Purísima, en la parte poniente del centro de Monterrey.

Si tiene suerte, llegará en las conclusiones. Evitará las infumables sesiones de los vetustos jubilados, con frases de autoelogio para el organizador, un docente comisionado con sobrepeso y el cabello teñido de rubio.

El besamanos cansino de quienes, como él, no tienen más actividad de importancia en el tránsito del día.

La conferencia dictada por el novelista oficial de la ciudad, un tipo soberbio y granuja, entenado de políticos reverenciados del PRI, resaltó la importancia de la figura de Santiago Vidaurri por encima de Benito Juárez. Les propuso a los Historiadores un acto de desagravio. Iniciar colecta para colocar en la Macroplaza el busto del Benefactor Lamparense.

Alán asintió. Su orgullo de San Petrino, conocedor de los apellidos ilustres de la ciudad, validaban el comentario.

—Somos una sociedad conservadora, jacobina. Históricamente disentimos con los liberales. Mucho daño le ha causado a la Historia de nuestro país —comentó mientras se servía el plato colmado con nutridos sándwiches, cuatro hojarascas caseras, tomates cherry, salchichas cocktel, aceitunas españolas y dos vasos grandes de Coca Cola Original.

Saludó a los múltiples conocidos. Les palmeó la espalda a cuantos pudo. Apoyar las actividades culturales de la ciudad a deshoras en días laborales es toda una labor con visión.

Haciendo malabares encontró un asiento disponible. Comer de pie le hace daño en sus intestinos y le provoca gases casi de inmediato. Vació el humedecido plato. Se sirvió dos veces más, hasta quedar satisfecho.

Agradecido por las viandas se disculpó de no permanecer más tiempo en el recinto librero universitario. Hay una comida en la Casa de la Cultura de Monterrey, en la Estación del Golfo.

Se van a entregar los reconocimientos en vida y post mortem de los ferrocarrileros jubilados de la sección 19 asentada sus reales en el estado de Nuevo León.

Desde temprano, van a llevar conjunto fara fara, regional de Hualahuises, amenizando la reunión.

Toda una gran verbena. Servirán antojitos regionales: asado de puerco, caldillo, machacado con huevo, carne seca, cortadillo norteño y machito, en tortillas de harina recién paloteadas. De postre, dulces de leche de Marín, glorias de Linares, campechanas de la panadería Leo. Aguamiel para los sedientos y tepache con naranjas de Montemorelos, con el permiso de la administración.

El Cristo de los Tentempiés camina por Vallarta. Detiene en seco su paso acelerado. Levanta la mirada hacia el poniente, rumbo a Venustiano Carranza: huele el chicharrón recién salido de la Carnicería Ramos. Sus tripas gruñen de vuelta.

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