Tal vez haya llegado el momento de superar la esperanza. Autorizarse a la desesperanza, o al menos no linchar a quien a ella se autoriza. Quiero afirmar aquí que, para hacerle frente al desafío de construir un proyecto político para el país, la esperanza no es tan importante. Creo, de hecho, que está sobrevalorada. Tal vez haya llegado el momento de entender que, ante tal coyuntura, es necesario hacer lo mucho más difícil: crear/luchar incluso sin esperanza. Lo que va a coser los trazos de Brasil no es la esperanza, sino nuestra capacidad de hacerles frente a los conflictos, incluso cuando sabemos que vamos a perder. O luchar incluso cuando ya se ha perdido” [1].

Si bien estas líneas se refieren a la situación crítica que atravesaba Brasil a finales de 2015, no he podido evitar traerlas a colación en el contexto de los acontecimientos de los últimos meses, años, en México.

En un hecho terriblemente bello, los sismos de septiembre nos regalaron imágenes de solidaridad y empatía revitalizantes. Así como desde el inicio de la guerra contra el narco comprobamos que, cuando pensábamos que no podía haber masacre o cataclismo más atroz que el contemporáneo inmediatamente algo más abominable pasaba; ahora nos rebasó ser testigos y partícipes de la comunión ante la adversidad.

Al igual que el conteo del 1 al 43 en las marchas por Ayotzinapa, el puño en alto representa un símbolo de apropiación societaria; quizá el más fuerte que la presente generación haya experimentado. Hace sentido que sea así cuando lamentablemente la agenda de arropo a los deudos de la guerra y búsqueda de desaparecidos aún es entendida en estratos sociales dentro de una lógica de izquierdas y derechas. Que al día de hoy existan sectores de la sociedad mexicana que conciben la búsqueda de desaparecidos, justicia y memoria como agendas de “izquierda” y no como un imperativo ético, es una de nuestras más grandes derrotas.

El puño en alto ha permeado porque cuando la tierra se mueve, los vulnerables somos absolutamente todos; mientras que si eres estudiante y te desaparecen seguro es porque andabas de revoltoso; si eres mujer y te asesinan andabas de borracha; y si eres baja colateral del narcoestado es porque estabas en malos pasos.

Esa ruina de país es la que el polvo de las ruinas de septiembre nos hizo olvidar por unas semanas, y celebro que, por primera vez en lo que va de nuestra espiral de dolor, pudimos experimentar colectivamente que la ausencia produce flores.

Pero no nos engañemos. El país que se ha podrido en nuestras manos los últimos años sigue aquí. Con sus carreteras intransitables, sus narco-caciques estatales, sus ciudades secuestradas por el crimen, su clase política pusilánime y corrupta hasta la médula, su élite empresarial avara y mezquina, sus trabajadores con sueldos miserables, su mercado laboral precario, su política social cooptada por mapaches, sus fosas clandestinas, su infinita agonía.

Quizá debemos hacer un ejercicio de realidad y reconocer que, pase lo que pase, la elección presidencial de 2018 es un callejón sin salida. Que el PRI le apuesta a pulverizar para vencer y es probable que lo logre; que de ganar Andrés Manuel y su tribu van a gobernar con buenas intenciones un camposanto rodeado de cuervos; y que de regresar el PAN al poder perpetuaremos la hipocresía del gobierno eficiente para unos cuantos.

Quizá debemos abrazar la realidad telúrica de la Ciudad de México como convicción de las luchas que vienen: Un sueño construido sobre un lago. Condenado al derrumbe, condenado a intentar reconstruirse.

Quizá la mejor forma de seguir caminando es reconocer lo que ya está perdido y no podremos recuperar en el corto ni en el mediano plazo: el sistema de impartición de justicia, el sistema electoral, el sistema político y el modelo económico. Un proyecto de país.

Partamos de la fatalidad de que el país que soñamos comienza aquí donde empezamos, en esta deriva. En estas ruinas que somos.

Por Rodolfo Castellanos

[1] Eliane Brum, “En defensa de la desesperanza”

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