He estado en el hipódromo hoy, bajo la lluvia, viendo ganar a siete favoritos en nueve carreras. Un jugador como yo no tiene nada que hacer cuando ocurre eso. Vi cómo las horas iban siendo golpeadas en la cabeza y estuve mirando a la gente, que examinaba sus hojas de apuestas, periódicos y formularios de carreras. Muchos de ellos se fueron temprano; bajaban por las escaleras mecánicas y se marchaban. (Oigo disparos ahí fuera mientras escribo esto; la vida ha vuelto a la normalidad).

Después de unas cuatro o cinco carreras salí de la tribuna y bajé a las gradas. Había diferencias. Menos blancos, por supuesto, y más pobres, por supuesto. Allí abajo yo estaba en minoría. Me paseé por allí sintiendo la desesperación que flotaba en el ambiente. Éstos eran jugadores de a dos dólares. No apostaban a favoritos. Apostaban a los caballos difíciles, a las exactas, a los dobles combinados. Esperaban sacar mucho dinero a cambio de muy poco dinero, y se estaban ahogando. Ahogándose en la lluvia. La atmósfera era sombría allí abajo. Necesitaba un pasatiempo nuevo.

El hipódromo había cambiado. Hacía cuarenta años se respiraba cierta alegría en el ambiente, hasta entre los perdedores. Los bares estaban llenos. Éste era un público diferente, la ciudad era diferente, el mundo era diferente. No había dinero para lanzar por los aires, ni dinero para fundir alegremente, ni dinero para volver mañana. Esto era el fin del mundo. Ropa vieja. Caras retorcidas y amargadas. El dinero del alquiler. El dinero ganado a cinco dólares la hora. El dinero de los parados, de los inmigrantes ilegales. El dinero de los ladrones de poca monta, de los rateros, el dinero de los desheredados. El aire era oscuro. Y las colas eran largas. A los pobres los hacían guardar largas colas. Los pobres estaban acostumbrados a las largas colas. Y se ponían en ellas para que les machacaran sus pequeños sueños.

Éste era el hipódromo de Hollywood Park, situado en el distrito de los negros, en el distrito de los centroamericanos y otras minorías.

Subí otra vez a la tribuna, a las colas más cortas. Me puse en una de ellas y aposté 20 dólares a ganador al segundo favorito.

—¿Cuándo lo va a hacer? —me preguntó el cajero.

—¿Hacer qué? —pregunté.

—Cobrar alguna apuesta.

—Cualquier día de éstos —le dije.

Me di la vuelta y me marché. Le oí decir algo más. Era un tipo viejo y encorvado, de pelo blanco. Estaba pasando un mal día. Muchos de los cajeros apuestan. Yo intentaba ir a un cajero diferente cada vez que hacía una apuesta; no quería confraternizar con ellos. Ese cabrón se había pasado de listo. No era asunto suyo que yo cobrara o dejara de cobrar alguna vez una apuesta. Los cajeros chupaban rueda cuando tenías una racha de suerte. Se preguntaban unos a otros: “¿A qué caballo ha apostado ése?”. Pero si te equivocabas se te mosqueaban. Que usaran ellos la cabeza. El hecho de que yo estuviera en el hipódromo todos los días no significaba que fuera jugador profesional. Yo era escritor profesional. A veces.

Seguí caminando y vi a un chaval que venía corriendo hacia mí. Ya sabía lo que me iba a preguntar. El chaval me cortó el paso.

—Perdone —me dijo—, ¿es usted Charles Bukowski?

—Charles Darwin —dije, antes de rodearle y seguir andando.

No quería oírlo, fuera lo que fuese lo que me quisiera decir.

Estuve viendo la carrera y mi caballo llegó en segundo lugar, detrás de otro favorito. Cuando la pista está en mal estado o embarrada ganan demasiados favoritos. No sé por qué, pero pasa. Saqué el culo del hipódromo, me metí en el coche y me marché.

Llegué a casa, saludé a Linda. Recogí el correo. Carta de rechazo del Oxford American. Releí los poemas. No estaban mal, eran buenos, pero no excepcionales. Hoy me tocaba perder. Pero seguía vivo. Casi habíamos llegado al año 2000 y seguía vivo, si es que eso significaba algo.

Fuimos a cenar a un restaurante mexicano. Todo el mundo hablaba del combate de esa noche. Chávez y Haugin ante 130 mil espectadores en Ciudad de México. En mi opinión Haugin no tenía nada que hacer. Tenía agallas pero no tenía pegada, ni movimiento, y su mejor momento había pasado hacía unos 3 años. Chávez lo tenía en sus manos.

Y esa noche ocurrió lo que tenía que ocurrir. Chávez ni siquiera se sentó entre asaltos. Casi ni jadeaba. El combate fue un choque limpio, vertiginoso y brutal. Los puñetazos de Chávez en el cuerpo de su oponente me hicieron estremecerme. Era como pegarle a un hombre en las costillas con un martillo. Chávez se aburrió por fin de cargar con su oponente y lo noqueó.

—Bueno, qué demonios —le dije a mi mujer—, hemos pagado por ver exactamente lo que esperábamos ver.

Apagamos la televisión.

Al día siguiente venían los japoneses a entrevistarme. Ya se había publicado un libro mío en japonés, y se estaba preparando otro. ¿De qué podría hablarles? ¿De los caballos? ¿De la asfixiante vida en la oscuridad de las tribunas? Quizá se limitaran a hacer preguntas. Eso deberían hacer. ¿Yo era escritor, no? Qué raro que todo el mundo tuviera que ser algo, ¿no? Vagabundo, famoso, homosexual, loco, lo que fuera. Si vuelven a meter siete favoritos en una jornada de nueve carreras, voy a empezar a dedicarme a otra cosa. Salir a correr. O visitar museos. O pintar con los dedos. O jugar al ajedrez. Quiero decir, Dios mío, que todo eso es igual de estúpido.

Por Charles Bukowski

*Fragmento de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998).

Comments

comments