Isadora Duncan fue sobre la escena musa, walkiria, ninfa, santa, medusa, bruja, fantasma, vapor de agua, humareda de sangre antigua y moderna. Ana Pavlova va a las flores y a la aves por el amor de la pechuga del paráclito y del pecíolo que ama al Sol. Aquella genial Tórtola Valencia, que murió (?) de locura en un teatro de La Habana o que se ha convertido en ojerosa piedra de río en algún país sagrado, bailaba arqueológicamente, columna a columna, crótalo a crótalo, símbolo a símbolo, al amor de su poderoso vientre sacerdotal, semidescubierto por el manto de iris. Y en París, ¿qué compás, qué diástole del pobre corazón humano, no habrá sido ya danzado por las mil bailarinas de la tierra miliaria?…

Mas ahora se trata de una especialidad, señores norteamericanos, especialistas por excelencia que habéis dividido y subdividido la actividad humana en innúmeras casillas. Ahora se trata de una especialidad, y de una especialidad a base, justamente, de un escándalo zoológico, grandes amigos míos, que amáis el color crudo, la cruda salida de tono y más si viene al lomo de un animal raro o siquiera endemoniado y temible entre muchos. Se trata de La danza del leopardo, baile puesto en moda a raíz de la muerte del leopardo escapado del Jardín de Aclimatación de París. El Moulin Rouge ha ganado esta vez la delantera de los otros music-halls que negocian con el exotismo y la mansedumbre de los buenazos clientes de ambos lados del globo.

Las fieras y las aves raras están de moda en París. Primero el leopardo; luego se ha visto un águila tremenda y negra, posarse en uno de los muros del Museo de Cluny y revolotear sobre los mútiles morrillos de los toros merovingios. Un periódico anunció después que de la Estación del Norte, a tiempo en que entraba un tren en que venía de incógnito el señor Baldwin, jefe del gobierno británico, y su esposa, salieron de unos vagones abandonados dos pájaros de la isla, graznando y como si fuesen heridos. Un zorro joven y pestilente penetró la otra tarde a la Opera, refugiándose de no se sabe qué persecutores invisibles; una de las actrices que a la sazón ensayaban Boris Godunov se desmayó y ha perdido la voz para siempre.

El teatro Mogador acaba de dar La ruée sauvage, película de un bisonte que es amado y disputado por una mujer y una tortuga extraordinaria de tres metros de coraza. A la cocinela roja y negra con que hasta ayer adornaban las mujeres la solapa del abrigo o el corpiño, y que de tan espléndida manera suplantaba la condecoración de la Legión de Honor, ha sucedido un leopardo amarillo y negro, semejante a ciertas escarapelas con que son premiados los salvadores de náufragos en el Oriente. Y, para que la literatura no se quede en el umbral, viene M. Emile Gromier, encargado de una misión en el África ecuatorial, por el Museo de Historia Natural, y nos relata en L’Illustration sus andanzas a través de la fauna salvaje del continente negro, entre un clan de elefantes, verdaderamente escalofriantes y a gran espectáculo: el pastoreo de los preciosos colmillos; el vagabundeo de las parejas amantes, al caer de las tardes ardientes del desierto; el natural furor de las grandes bestias de Dios ante los hombres, etc.

Pero, aquí les toca el turno a los caricaturistas.

Una revista de oposición, que según se murmura, sale de la misma imprenta de L’Action Française —no me vaya usted a pegar, señor Maurras—, nos ofrece un pávido dibujo sobre el viaje del señor Caillaux a Washington, mostrándonos que el célebre Ministro de Finanzas, como el Leopardo de marras, huye de la jaula y se interna en el Wall Street, acaso para perder la vida a manos de un policeman, que puede ser el terrible senador Borah, pongamos por caso.

—¡Señor Poiret! —gritaban anoche unas muchachas bonitas, maniquíes, duquesas o cocottes—. ¿Y nosotras?…

El ilustre modisto, desenguantado y cortesano, seguía bailando un tango de moda y sonreía con toda su nariz de emperador de la línea suntuaria. La Peniche “Delices”, donde tenía lugar la escena, quemaba toda su pólvora de placer mundano. Las muchachas, cada vez que pasaba el señor Poiret, volvían a enarbolar sus voces y exclamaciones, como banderas revolucionarias en la toma de la Bastilla:

—¡Señor Poiret! ¿Y para nosotras?…

¡Para vosotras, el canguro! Y el asimétrico animal, de cola avergonzada y de pecho epiceno a lo aprendiz de acróbata, se ha convertido en la bestia mimada de las mujeres elegantes y en modelo de cuerpo perfecto. Los modistos dicen que, fuera de algunos raros países, tales como Turquía y Persia, donde todavía no ha impuesto la moda parisiense la esbeltez femenina, la silueta de curvas poco acentuadas ha ganado los sufragios universales. En New York, en Copenhague, en Roma, en Viena, se multiplican los modelos en que la delgadez aparece consagrada como un signo de distinción. ¿Y qué hacer en este caso para afirmar la silueta? Todos los métodos empleados hasta ahora son imperfectos o nocivos. Unos zapatos de resorte, que acaban de inventarse, permiten a las muchachas realizar un ejercicio cotidiano de muchos saltos, que las hará adelgazar y les dará una forma esbelta y distinguida. Solo que ese ejercicio las hace semejarse a los canguros en marcha. Además, de las “muchachas-canguro” a un “canguro step”, que puede ser el baile de este invierno, no hay más que un paso…

Todo esto quiere decir espiritualizarse, tornarse sutil, ágil. ¿Será que los modistos están de acuerdo con los filósofos neo-espiritualistas? No sería nada extraño. El propio Conan Doyle, llevado por sus preocupaciones espiritistas, expresaba en su reciente conferencia de la Sala Wagram, entre otros imperativos éticos de la secta, que es necesario desmaterializarse hasta en las modas actuales, que son gusaneras de pequeñez y chatura terrestre. A lo que una vedette del Concert Mayol, que asistía a la conferencia en compañía de André Barde, autor de Pas sur la bouche, respondió con respuesta insultante y archi-femenina. Al terminar el espectáculo, la mujer caprichosa pasó delante del autor de Sherlock Holmes, dejando ver en toda su longitud sus pendientes de perlas, que llegaban hasta la altura de la falda. Conan Doyle los vio y su sonrisa de hombre de fe creció por el lado de sus sienes de oso blanco.

A los tres días, venían de Londres noticias según las cuales el ilustre Presidente de la Federación Internacional Espiritualista, cuyo Congreso acaba de constituir el escándalo filosófico del día, anunciaba que, siguiendo mensajes llegados del Más Allá, el mundo va a sufrir apabullantes catástrofes, de todo género, guerras infernales, hambres, terremotos, etc., a fin de que los hombres, sacudidos hasta el fondo del alma, se convenzan de una vez por todas que éste no es todo el universo y que existen otros mundos más puros y ligeros, adonde van los espíritus, vivos y plenos de actividad infinita.

—¡Y cómo no nos dijo aquí nada de eso! —argumentan las gentes incrédulas y temerosas.

Lo cierto es que la vedette del Mayol parece haber seguido al fornido novelista inglés, pie con pie, durante toda su permanencia en París hasta su partida a Londres. André Barde ha lanzado miradas extrañas sobre su linda amiga:

—¿Qué ha hecho usted a Conan Doyle, querida amiga? Yo no sé qué rencor a París ha inspirado usted en él. Tamaños pendientes contra tan vagas imágenes del ectoplasma, era duro e impío, en verdad. Acaso él ha visto encarnado en usted el zarandeado sibaritismo de Francia.

La inquietante y bonita vedette decía, meditativa y extendiendo sus pendientes infinitos:

—Si Conan Doyle viera la hermosa, la encantada, la recóndita masa donde nacen las perlas que le enojan… ¡Ah!, qué maremotos mayores anunciarían los Espíritus a los hombres.

Ella ha sonreído y al ponerse de pie para salir, su batik de crepúsculo ha caído a uno y otro lados de sus hombros, hasta el suelo, mientras la falda, en cambio, quedaba suspendida hasta más arriba de las rodillas.

Entre tanto, todo queda en las tinieblas: el sortilegio de la actriz parisiense, el némesis de Conan Doyle, las comunicaciones con el Más Allá, el ectoplasma, todo. Porque cada día la vida se vuelve más azarosa y se puebla de sombras y misterios más o menos desagradables. En una época tan pobre y egoísta, nadie tiene segura ni siquiera la vida, mucho menos lo que será el Más Allá.

En Alemania acaba de descubrirse un Ku Klux Klan, mucho más feroz que el de los Estados Unidos, aunque el de Alemania estos días, la Orden de los Caballeros de la Cruz de Fuego, que consta ya de algunos miles de adherentes alemanes, comprende varios grados y funciona bajo la égida de un Senado o Walhalla, que tiene a su cabeza a cierto Brandt, empleado de las fábricas eléctricas de Siemens. La mayor parte de los miembros de la Sociedad, que contaba ya con similares anteriores a ella, tales como los “Cascos de Acero”, los “Bismark”, etc., son pequeños empleados, funcionarios modestos, obreros y algunos, los menos, son comerciantes y estudiantes. La fórmula del juramento que todos los miembros deben prestar, está contenida en estos términos:

En mi calidad de germano honorable, juro cumplir mi deber para libertar al pueblo germánico. Usaré de todos los medios que estén a mi alcance para combatir a los judíos, franceses, poloneses, chinos, japoneses, negros y a todos los pueblos de color. Odiaré a los enemigos, su oro no deslumbrará mis ojos; destruiré sus bienes y les roeré la vida como carroña. Si traiciono los fines de la Sociedad, aceptaré los peores suplicios; que todos mis huesos sean quemados, mis ojos arrancados, mi cuerpo mutilado y arrojado para pasto de los cuervos…

Tal juramento debe ser prestado ante una calavera, detrás de la cual habrá extendida una bandera bordada con una cruz negra.

Los franceses han sentido un escalofrío. Y los periódicos han dicho luego que un Ku Klux Klan acaba también de organizarse en Francia.

Que no lo sepa el señor Cachin. Ni el señor Krassin, embajador de Rusia.

Ya el otro día se dijo que un duelo entre el supuesto Ku Klux Klan francés y una avanzada del Soviet tendría lugar en la ceremonia de inauguración del monumento a Maupassant, en el parque del castillo de Miromesnil, acto al que asistiría el Gobierno, tirios y troyanos. ¿Qué culpa tendría el mediocre novelista para que sobre su suelo natal se quieran dar de puñetazos rojos y amarillos? ¿El haber influido su obra en la literatura rusa y el que Lenin hiciera de ella su lectura preferida como lo ha dicho el señor de Monzie, Ministro de Instrucción?

Por César Vallejo

*Texto publicado en Mundial (1925).

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