I

Pocos escritores encarnan una tradición literaria por sí mismos. Los ejemplos se cuentan con los dedos de una mano: Balzac, Proust, Mann, Kafka. Ninguno de ellos es el autor de una obra maestra que resuma su poética, sino de complejos ciclos narrativos. Dicho de otro modo, cada uno escribió un libro a lo largo de su vida, aglutinando una infinita variedad de personajes, registros y estilos.

En este sentido, la literatura latinoamericana resulta un caso inédito, pues varios de los pilares de su tradición novelística continúan vivos. García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes, los sobrevivientes más señalados de nuestra edad de oro literaria al lado de Borges, Rulfo, Onetti o Cortázar, no sólo han edificado un conjunto de novelas ejemplares, sino un cosmos narrativo que ha modificado el panorama literario de esta región.

Si García Márquez cumplió el mayor deseo de un escritor al hacer que una enorme cantidad de lectores identifique un continente como una prolongación de su imaginación, Vargas Llosa y Fuentes han tomado caminos distintos: mientras el primero ha apostado por recrear la ambición purista de Flaubert con un estilo cada vez más transparente, Fuentes ha preferido concebir una nueva Comedia Humana, más latinoamericana que mexicana, que asume nuevos riesgos en cada entrega y en la cual parecería habitar una pléyade de autores diversos. Como ocurre con pocos escritores, el verdadero nombre de Fuentes podría ser Legión.

Si usásemos una clasificación teológica para situarlos en el panorama de la literatura latinoamericana, García Márquez debería ser visto como un dios primitivo que inventa un cosmos tropical; Vargas Llosa sería un dios racionalista, algo así como el dios de los filósofos, creador de un planeta sobrio y a veces frío, de una perfección abismal; Fuentes, por último, sería un dios caprichoso y voluble, semejante a Yahvé o a Zeus, fascinado con provocar a sus criaturas, que se mezcla con ellas y las pone a prueba, se transforma de maneras cada vez más peligrosas, juega en terrenos sinuosos sin arredrarse jamás ante lo desconocido.

II

Si en una novela Fuentes intenta llevar a sus últimas consecuencias esta voluntad demoníaca de intervenir en el destino de sus personajes, es en Terra Nostra, la más osada, valiente y vigorosa de sus obras. Si Fuentes es uno de esos pocos escritores que constituyen una tradición literaria por sí mismo, Terra Nostra constituye una imagen holográfica de su poética: en ella sus disfraces y máscaras resultan tan variados como los de Júpiter. Pero Terra Nostra es más que un mosaico de voces: es un universo dentro del universo, una anomalía cósmica, un agujero negro. En resumen, una de las obras más deslumbrantes de nuestro tiempo.

III

Nos han enseñado a ver el mundo como una sucesión de acontecimientos: la Historia como un hilo donde se enroscan los destinos humanos. Con esta lógica, un buen narrador sería aquel que une hechos dispersos según los principios de composición derivados de la retórica clásica. Desde la antigüedad hasta fines del siglo xix, nadie puso en duda que la única manera de contar una historia era a través de esta sucesión de episodios. Pero este delicado artificio nada tiene que ver con la realidad. El mundo no posee una línea argumental. El cosmos se parece más bien a su contraparte, el caos: todo ocurre de manera simultánea, sin que logremos contemplar todo lo que ocurre en un instante. Nuestra experiencia es desoladoramente fragmentaria. Nunca lo conoceremos todo: estamos condenados a esta parcialidad que nos aleja de los dioses. Sólo ellos gozan de ese don que apenas somos capaces de intuir, la simultaneidad.

Aristóteles y Santo Tomás lo presentían: sólo una mente universal podría verlo todo al mismo tiempo. A partir del siglo xx, unos cuantos escritores comprendieron que la novela era una de las pocas invenciones humanas que podía acercarnos a la mirada divina. En vez de conformarse con narrar una historia por turno, apelando a la claridad, la transparencia y el orden tradicionales, los novelistas modernos quisieron retar al Creador. Demonios en potencia, asumieron que sus textos podían reproducir la azarosa simultaneidad del mundo.

La historia de la novela es la historia de esta lucha contra el tiempo lineal. Decididos a quebrar los límites previos, los novelistas contemporáneos desafiaron las convenciones que impiden atisbar esta complejidad. Ya desde el Ulysses, Joyce buscó aprehender la infinita variedad de experiencias que ocurren en un día. En el ámbito de la literatura latinoamericana, Terra Nostra constituye uno de los combates más arriesgados contra el tiempo. En este nuevo Aleph, en el cual los tiempos históricos se borran o superponen, Fuentes inventa un espacio mítico en el que conviven todas las eras y todos los seres humanos y donde pasado, presente y futuro se anudan entre sí. Más que una novela histórica, Terra Nostra es una novela contra la Historia.

IV

En uno de sus ensayos, Ludwig Wittgenstein se refería a la posibilidad de contemplar lo sucesivo como simultáneo y le daba el nombre de visión perspicua. El filósofo también imaginaba la anhelada cercanía con lo divino. De manera más cercana, los murales de Diego Rivera o José Clemente Orozco también aspiran a esta anulación del tiempo. Terra Nostra es la más clara prolongación de este reto: quien atraviesa sus páginas se convierte, al menos durante unas horas, en un verdadero dios —en un dios enloquecido—, capaz de observar el París moderno y la España del siglo xvii, el México prehispánico y la Europa del Siglo de Oro a la vez. El mayor pecado contra Dios no es negarlo, sino inventar un mecanismo para que cualquiera pueda convertirse en Él.

Esto es lo que ha hecho Carlos Fuentes al fraguar Terra Nostra, nuestra tierra imaginaria.

V

Felipe II es el personaje central de Terra Nostra. Absurdo, colérico, envejecido, su espectro habita el pudridero del Escorial y desde allí no sólo dirige un imperio en donde no se pone el sol, sino los destinos de todos sus súbditos, incluidos sus lectores. Cegado por el poder, el anciano emperador habita el centro de ese embudo invertido que construye la novela (remedo del infierno) y desde ahí establece la única norma que se aplica verdaderamente en sus dominios —incluido el de la novela titulada, justamente, Terra Nostra—: lo único que existe es aquello que está escrito.

Esta máxima, extraída del derecho romano y que ordena la realidad desde la escritura, alcanza en el libro sus últimas consecuencias: cuando un lector se deja conducir al interior de esta novela, el exterior deja de existir. A partir de ese momento, se convierte en uno más de los delirios de Su Majestad. Atrapado en sus páginas como los herejes en las mazmorras de la Inquisición, el visitante contemplará el sueño de la razón, y sus infinitos monstruos, gracias al mejor de los cronistas, ese malicioso escribano llamado Carlos Fuentes.

VI

Resumir la trama de Terra Nostra sería tan vano como resumir la historia de la humanidad. Fuentes no pretendió escribir una novela, sino todas las novelas.

En sus páginas es posible encontrar a todos los protagonistas de la tradición literaria hispánica, de la Celestina a Don Juan y de Don Quijote al Cid. Por esta aventura que va de un confín a otro del planeta y del Siglo de Oro al desdorado siglo xx, transitan bandidos, monteros, enanos, campesinos, juglares, obreros, frailes y prostitutas, soldados, conquistadores, reyes, tlatoanis, guerreros y poetas: miles de personajes que intentan no extraviarse para siempre en la barahúnda de palabras pronunciadas por el viejo Señor.

El mundo de Terra Nostra, sobre todo de su primera parte, es un mundo de espectros o más bien de claroscuros: sus figuras permanecen en la penumbra de Velázquez y Murillo, del Bosco, el Greco y Zurbarán y, adelantándose en el tiempo, presagian los grabados de Goya. Cada escena remite a la tradición pictórica flamenca y española, a esos personajes imposibles de definir, refugiados en la opacidad y puestos en evidencia por esa luz divina que apenas roza sus contornos. Alrededor de esa corte de los milagros que es la España de Carlos V y Felipe II, un alud de personajes extraídos de la picaresca, émulos y parientes del Lazarillo de Tormes y de Sancho Panza: los hombres comunes que día a día, a fuerza de sentido común y de astucia, escapan de los caprichos de sus amos y de los caprichos de la Historia. Cosmos hecho con espejos, la España Imperial encuentra su otro rostro —su otra mitad, deforme y luminosa— allende el Mar Océano, en América. Allí todas las reglas se invierten, la locura se torna cordura, y dioses y hombres intercambian sus papeles.

La segunda parte de Terra Nostra relata la creación, más que el descubrimiento o la conquista, de ese nuevo mundo, de esa otra posibilidad de la existencia que se actualiza entre los mitos y el desconocimiento, en ese diálogo imposible entre Cortés y la Malinche. América es la metáfora perfecta de Terra Nostra, y no a la inversa: el lugar —o, más bien, el no-lugar, la utopía— donde convergen sueños y pesadillas. Es por ello que en la tercera parte de este libro infinito, el viejo y el nuevo mundo no sólo chocan y se encuentran, no sólo se descubren y combaten, no sólo se inventan y se destruyen, sino que restituyen el orden perdido. En esa empresa, los mundos romano, morisco, judío, español e indígena alcanzan al fin una perversa armonía.

VII

Una de las claves de la composición de la novela se halla en el capítulo titulado, “El número tres”, el cual no sólo hace referencia a las tres partes de Terra Nostra, sino a la obsesiva recurrencia de este número en su trama: “Uno es la raíz de todo. Dos es la negación de uno. Tres es la síntesis de uno y dos. Los contiene a ambos. Los equilibra. Anuncia la pluralidad que sigue. Es el número completo. La corona del principio y el medio. La reunión de los tres tiempos. Pasado, presente y futuro. Todo concluye. Todo se reinicia”.

Terra Nostra como un túnel del tiempo averiado, la entrada a un laberinto de espejos, un infierno —o un purgatorio— en el que se entremezclan memorias y ecos, el pudridero de la historia, un embudo en el que han caído los personajes prófugos de la literatura universal, un rompecabezas mal ensamblado o unas cajas chinas que se hacen a cada instante más profundas, la prisión a la cual han sido condenados los tiranos y los héroes, el túnel submarino que une a Europa y América. Insisto: Terra Nostra es una llave, una trampa, un acertijo, el libro al que se referían los cabalistas medievales y que vuelve loco a quien lo lee.

VIII

Carlos Fuentes escribió Terra Nostra entre 1968 y 1974. Paralelamente a esta gigantesca obra de ingeniería, su autor se permitió trazar un complemento ensayístico, un pequeño texto teórico sobre sus intenciones, un plano o un mapa que no sólo sirve para entender la España de Carlos V y de Felipe II, sino su propia y desmesurada creación. Cervantes o la crítica de la lectura (1976) no sólo es una lúcida guía del Siglo de Oro, sino un fascinante tejido sobre el poder de la palabra, las complejas relaciones entre la realidad y la ficción, el conflicto entre el poder y la literatura y, en fin, la capacidad de la palabra para transformar el mundo.

Fuentes se aproxima a la obra de Cervantes a través de círculos concéntricos, rodeándolo poco a poco a fin de situarlo en su época y poder destacar así su genio y su apabullante modernidad. Cervantes o la crítica de la lectura avanza con la misma morosidad ahistórica de Terra Nostra, prosigue su anhelo de escapar al tiempo y de mostrar de una sola vez, como en un mural renacentista, todos los elementos de la España medieval que hubieron de quebrarse para dar origen al milagro quijotesco. Como una suerte de Vesalio, Fuentes hace la autopsia del medioevo, sus percepciones y sus mitos, su imaginería y sus dogmas, su brutalidad y su esplendor, a fin de comprender la insólita patología que dio paso al Renacimiento y al Siglo de Oro.

Fuentes centra sus reflexiones en torno a La Celestina como precedente directo del Quijote, el cual, como escribió Foucault, inaugura la nueva mirada —la nueva episteme— de la modernidad occidental. La riqueza de Don Quijote de la Mancha se encuentra en su ambigüedad, en su condición híbrida, en su locura. En su opinión, esta nace a partir de las lecturas escolásticas de Alonso Quijano, de su necio deseo de volver al pasado, de su incapacidad de comprender su época. Sólo después de un sinfín de contratiempos y peripecias, adquiere una nueva sabiduría. Cuando se lee a sí mismo en la segunda parte de la novela, Don Quijote triunfa. “Esa nueva lectura transforma al mundo”, escribe Fuentes. Y agrega: “Don Quijote recobra la razón y esto, para él, es la suprema locura: es el suicidio, pues la realidad, como a Hamlet, lo remite a la muerte”.

Como Cervantes, Fuentes también trastoca su tiempo a través de la escritura. Terra Nostra no es, pues, una novela o un artificio, ni una simple ficción, sino una ficción capaz de alterar la realidad: una vez introducidos en sus paradojas y su crítica de la modernidad, ya no es posible volver la vista atrás. Terra Nostra es una máquina del tiempo. Y Cervantes o la crítica de la lectura es la llave que Fuentes nos ha entregado para ponerla en marcha.

Por Jorge Volpi

*Fragmento de Mentes contagiosas (2008)

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