¿Se puede ser bicicletero a gusto en Monterrey?

Por Gerson Gómez

La rodada obligatoria del fin de semana solo en exploración nocturna.

A la caída del incandescente y abrazador sol. Entre el bochorno de la prisa, la utopía de la recuperación de los espacios públicos. Para estos energéticos y ambiciosos bohemios de la lírica en dos ruedas.

En la explanada del Colegio Civil, como telón de fondo, apersonados, en pequeñas manadas. Se emparejan en la contemplación del encendido. La iluminación del edificio centenario los sorprende con su majestuosidad.

Los pedaleantes, inequívocos de la creencia de la salud, del cardio forjado en el esfuerzo de la convivencia, implantan su fe personalísima. Lo hacen circular por medio de Facebook.

El pueblo bicicletero se ubica en los elementos de la soledad educada. Promueven la fusión entre lo deseable del ejercicio y el espacio cultural de la tradición ecléctica del vivir a contracorriente.

El turismo citadino incluye laberintos desconocidos del barrio mediterráneo, en la zona baja poniente del centro de la ciudad.

Un polígono en descenso de habitantes, con trazos de aurora para revivir la zona. Detonarla, con nuevos edificios nice de departamentos multifamiliares para enamorados del progreso, con ingresos económicos luminosos.

Nuestro contingente robusto e idealista. Más de 70 simpatizantes, minoría comparativa con el contingente automovilista y de transporte oficial, en la épica batalla por volver la urbe amigable y respetuosa.

De carril exclusivo, con quienes desean suicidas, desarrollo sustentable, atesorando derechos de paso, entre las nubes de smog de los escapes de los motores de combustión interna.

El otro yo

Del puro gusto por la pedaleada, en menos de dos meses de estarle dando cada tercer día, revivió la pérdida de apetito sexual. Milette y yo llevamos 20 años de casados. Se fueron como un sólo día. Sin alucines ni malas ondas. Tenemos tres hijos. La mayor ya está terminando la preparatoria en la UDEM. El chavo, el de en medio, está batallando un poco para terminar la secundaria en el Franco. No le gustan nada las matemáticas. Pasa mucho tiempo encerrado en su cuarto. Jugando con sus videojuegos y su tablet. Online es su estatus permanente. La niña, la menor, nuestro pilón; ella es el primer lugar de su salón en la primaria. Puras buenas noticias con ella. Estamos pensando mandarla a estudiar a Canadá la secundaria con mi hermano, quien emigró después de un secuestro exprés a la salida de su negocio en San Pedro.

Mi vieja es rete emprendedora. Puso una estética para microdermoabrasión, un rollo de embellecimiento para sus amigas del Colegio Labastida. Se gana un buen dinerito, para sus gastos. No la ando auditando. Es su lana.

En lo íntimo ya nos habíamos acostumbrado a una vez por mes, sólo por cumplir con el requisito del matrimonio. Jamás hemos usado anticonceptivos. Ella es súper regular. Incluso ahora en su menopausia. Lleva su calendario con una aplicación de su iPhone.

Estábamos de vacaciones familiares en San Antonio el fin de año pasado. Me les despego un poquito para ver cosas de hombres. Entré a una tienda deportiva con equipos de primera, con descuentos por liquidación. Fue amor a primera vista. Es la Ferrari de las bicicletas: fabricada con grafeno y en una sola pieza. Imposible decirle no. Pasé la tarjeta y en el mismo rato me instalaron en la cajuela de la camioneta el rack para traerla a Monterrey. Una chulada. Mamalona. Compré además el casco, los tenis con suela anti-derrapante, el chaleco refulgente, los shorts de licra, la playera entallada y los lentes oscuros.

—¿A dónde te vas a ir a pedalear si nunca has andado en una bicicleta? —me dijo mi vieja.

—A la Huasteca. Ya hay un grupo de amigos juntándose todos los sábados y domingos.

—¿La Huasteca? ¿Ya se te olvidó cuando atropellaron y mataron a varias conocidas? Ellas sí eran muy aplicadas, y un oficial de tránsito borracho fuera de turno las atropelló.

—No me va a pasar nada. Tú confía en mí.

—El único requisito para ese nuevo pasatiempo, te lo exijo contundente: amplía la cobertura de servicios médicos y la póliza del seguro de vida, incluyendo no resucitación en caso de accidente por uso de la bicicleta. No quiero estar yendo al hospital o tenerte aquí en casa como vegetal.

Lo provisional del caos

La rodada termina en las aguas profundas del Bar Campanario. Sin tropiezos o accidentes, los bicicleteros, en sus palcos etílicos, gesticulan sobre el pésimo estado del asfalto en Monterrey.

—Rajaron lo viejo y pasaron el dragón por encima. No equilibraron los desniveles ni aplacaron el terreno. Es un deporte extremo salir a la calle. Para la siguiente rodada necesitamos una avanzada conocedora de la geografía.

El entrampado oculto: las cadenas de los burros para cuidar los espacios de los automóviles en los domicilios particulares y los negocios.

Con sentimientos entremezclados, le dan el trago extendido a la cerveza.

La memoria les revela la problemática de una ciudad moribunda: los salvajes, los conductores de los automóviles, el ejército ampuloso con más de un millón de vehículos, los ha derrotado y está dispuesto a exterminarlos.

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