En la granja con Capote

Por Truman Capote

Hace mucho tiempo, en los campos del Sur, había granjas donde las mujeres ponían mesas a las que casi todos los forasteros de paso, un predicador itinerante, un afilador de cuchillos, un trabajador errante, eran bien venidos para sentarse ante un suculento almuerzo. Probablemente sigan existiendo muchas de aquellas granjeras. Desde luego, mi tía sí, la señora Jennings Cárter. Mary Ida Cárter.

De niño viví largos períodos de tiempo en la granja de los Cárter, entonces pequeña, aunque ahora sea una finca enorme. En aquella época, la casa se alumbraba con lámparas de petróleo y se caldeaba por medio de chimeneas y estufas; el agua se sacaba y se traía de un pozo, y la única diversión consistía en la que nosotros nos procurábamos. Por las noches, después de cenar, no era extraño que mi tío Jennings, un hombre guapo y viril, tocara el piano acompañado por su bella esposa, hermana pequeña de mi madre.

Los Cárter eran gente que trabajaban duro. Jennings, con ayuda de algunos aparceros, cultivaba la tierra con un arado tirado por un caballo. En cuanto a su mujer, sus tareas eran ilimitadas. Yo la ayudaba en muchas: echar el pienso a los cerdos, ordeñar las vacas, batir la leche para hacer mantequilla, despinochar el maíz, pelar guisantes y pacanas; era divertido, excepto por una faena que yo trataba de eludir y que cuando me obligaban a realizarla, cumplía con los ojos cerrados: simple y llanamente, odiaba retorcer el cuello a los pollos, aunque desde luego no ponía objeciones a la hora de comérmelos.

Esto era durante la Depresión, pero en la mesa de Ida había mucha comida para el almuerzo, que se servía a mediodía y al que su sudoroso marido y ayudantes eran convocados por el tañido de una gran campana. Me encantaba hacer sonar la campana; me hacía sentirme poderoso y caritativo. En esas comidas de mediodía, la mesa se llenaba de galletas calientes, de pan de maíz, de miel en panales, de pollo, de barbos o ardilla frita, de judías verdes y pintas, y en ocasiones se presentaban invitados, unas veces esperados y otras no.

—Bueno —decía suspirando Mary Ida al ver acercarse por el camino a un vendedor de Biblias con los pies lastimados—. No necesitamos otra Biblia. Pero creo que sería conveniente poner otro cubierto.

De todas las personas a quienes dimos de comer, hubo tres que nunca se me irán de la memoria. La primera, el misionero presbiteriano que viajaba por el campo solicitando fondos para sus tareas cristianas en tierras de infieles. Mary Ida dijo que no podía permitirse una contribución en metálico, pero que se sentiría complacida si se quedaba a comer con nosotros. Pobre hombre, sin duda tenía aspecto de necesitarlo. Vestido con un traje negro, deslustrado, cubierto de polvo y brillante, decrépitos calcetines negros de enterrador y sombrero verdinegro, estaba tan flaco como un tallo de caña de azúcar. Tenía un cuello largo, colorado y rugoso, con una nuez del tamaño de un bocio que se movía arriba y abajo. Nunca vi un individuo tan ansioso; de tres tragos engulló un cuarto de leche de manteca, devoró toda una fuente de pollo con una sola mano (mejor dicho, con ambas, pues comía a dos manos), y tantísimas galletas, untadas con mantequilla y miel, que perdí la cuenta. Sin embargo, a pesar de sus tragaderas, logró darnos una espeluznante narración de sus hazañas en territorios peligrosos.

—Les voy a contar una cosa. He visto a caníbales asar a hombres negros y blancos en una parrilla (exactamente igual que ustedes asan un cerdo) y comerse hasta el último bocado, dedos de los pies, sesos, orejas y todo. Uno de aquellos caníbales me dijo que la mejor comida era un asado de niño recién nacido; afirmó que sabía igual que el cordero lechal. Supongo que la razón por la cual no me comieron a mí, es porque no tengo bastante carne sobre los huesos. He visto a hombres colgados por los tobillos hasta que la sangre les salía a borbollones por las orejas. Una vez me mordió una cobra verde sudafricana, la serpiente más mortal de la tierra. Me entraron muchas náuseas por el acceso, pero no me morí, así que los negros creyeron que era un dios y me regalaron un abrigo hecho con pieles de leopardo.

Después de que el predicador glotón se marchara, Mary Ida se sintió mareada; estaba segura de que tendría pesadillas durante un mes. Pero su marido, animándola, le dijo:

—Vamos, cariño; no te habrás creído nada de esa faramalla. Ese hombre es tan misionero como yo. No es más que un pagano mentiroso.

En otra ocasión, invitamos a un recluso que se había fugado de una cuerda de presos del Penal del estado de Alabama, en Atmore. Desde luego no sabíamos que era un tipo peligroso que cumplía cadena perpetua por incontables robos a mano armada. Simplemente se presentó ante nuestra puerta y le dijo a Mary Ida que estaba hambriento y que si podía darle algo de comer.

—Pues, señor —dijo ella—, ha venido usted al sitio indicado. En este momento estoy poniendo la comida en la mesa.

De algún modo, acaso allanando un tendedero de ropa, había cambiado sus franjas de presidiario por un mono y una gastada camisa azul de trabajo. Pensé que era agradable, todos nosotros lo creímos; tenía una flor tatuada en la muñeca, la mirada atenta y la voz suave. Dijo que se llamaba Bancroft (lo que resultó ser su verdadero nombre). Mi tío Jennings le preguntó:

—¿En qué trabaja usted, míster Bancroft?

—Pues —contesto despacio— precisamente estoy buscando algo. Como todo el mundo. Soy bastante habilidoso. Puedo hacer casi cualquier cosa. ¿No tendría usted algo para mí?

Jennings dijo:

—Me vendría muy bien contratar a un jornalero. Pero no podría pagarle.

—Yo trabajo por casi nada.

—Sí —dijo Jennings—. Pero eso es lo que yo tendría: nada.

De improviso, pues era un tema al que raramente se aludía en aquella casa, el crimen salió en la conversación. Mary Ida se lamentó:

—Pretty Boy Floyd. Y ese tal Dillinger. Recorren el país matando gente. Robando bancos.

—Pues no sé —dijo míster Bancroft—. Los bancos no me caen simpáticos. Y Dillinger es muy listo, hay que reconocérselo. En cierto modo me da risa la forma en que atraca bancos y se escapa.

Y, efectivamente, se echó a reír, mostrando dientes manchados de tabaco.

—Vaya —replicó Mary Ida—, me sorprende un poco oírle decir eso, míster Bancroft.

Dos días después, Jennings fue al pueblo en el carro y volvió con un keg de clavos[3], un saco de harina y un ejemplar del Mobile Register. En primera página, había un retrato de míster Bancroft, Bancroft Dos Cañones, como era familiarmente conocido por las autoridades. Lo habían capturado en Evergreen, a treinta millas de distancia. Cuando Mary Ida vio su foto, rápidamente se dio aire en la cara con un abanico de papel, como para prevenir un amago de desvanecimiento.

—¡Que el cielo me ayude! —gritó—. Podría habernos matado a todos.

Jennings dijo, en tono áspero:

—Había una recompensa. Y nos la hemos perdido. Eso es lo que me fastidia.

A continuación, vino una chica llamada Zilla Ryland. Mary Ida la encontró bañando a un niño pelirrojo de dos años, en un riachuelo que discurría entre los árboles de detrás de la casa. Según lo describió Mary Ida:

—La vi antes de que ella me viese a mí. Estaba desnuda dentro del agua bañando a ese precioso niñito. En la orilla, había un traje de algodón, las ropas del niño y una maleta vieja atada con un trozo de cuerda. El niño se estaba riendo y ella también. Entonces me vio, y se sobresaltó. Se asustó. Yo le dije: “Buenos días. Aunque calurosos. El agua debe sentar bien”. Pero ella agarró al niño y salió disparada del riachuelo, y yo le dije: “No debe tener miedo de mí. No soy más que la señora Cárter, y vivo justamente al otro lado. Venga allá y descanse un poco”. Entonces se echó a llorar; sólo era una criatura, nada más que una niña. Le pregunté: “¿Qué le pasa, querida?”. Pero no contestó. Entonces ya se había puesto el traje y había vestido al niño. Le dije: “Si me contara lo que le preocupa, quizá podría ayudarla”. Pero meneó la cabeza y contestó que todo iba bien, y yo le dije: “Pues entonces no debemos llorar por nada, ¿verdad? Ahora sígame a casa y hablaremos de ello”. Y así lo hizo.

Ya lo creo que sí.

Yo me balanceaba en la mecedora del porche leyendo un Saturday Evening Post atrasado, cuando las vi venir por el sendero. Mary Ida cargando con una maleta rota, y esa chica descalza y llevando un niño en brazos.

Mary Ida me presentó:

—Este es mi sobrino, Buddy. Y… perdona, cielo, no he entendido tu nombre.

—Zilla —musitó la chica, bajando la vista.

—Perdona, querida. No te oigo.

—Zilla —susurró de nuevo.

—¡Vaya! —exclamó alegremente Mary Ida—. Ese sí que es un nombre poco corriente.

Zila se encogió de hombros.

—Me lo puso mi mamá. Ella también se llamaba así.

Dos semanas después, Zilla seguía con nosotros; demostró ser tan poco corriente como su nombre. Sus padres habían muerto, su marido se «había escapado con otra mujer. Con una muy gorda; a él le gustaban las mujeres gordas, y me dijo que yo era demasiado flacucha, así que se marchó con ella, consiguió el divorcio y se casó con ella en Athens, Georgia». Su único pariente vivo era un hermano: Jim James. “Por eso es por lo que he venido a Alabama. Las últimas noticias que tengo es que se ha establecido en algún sitio de por aquí”.

El tío Jennings hizo todo lo que estuvo en su mano para localizar a Jim James. Tenía buenas razones, pues aunque le gustaba el niñito de Zilla, llegó a sentir bastante hostilidad hacia Zilla; le irritaba su voz frágil y su costumbre de tararear misteriosas melodías disonantes.

Jennings le dijo a Mary Ida:

—¿Cuánto condenado tiempo más va a quedarse nuestra huésped por aquí?

Mary Ida:

—¡Oh, Jennings! ¡Chsss! Que Zilla te puede oír. Pobre criatura. No tiene ningún sitio a donde ir.

De modo que Jennings intensificó sus esfuerzos. Hizo que el sheriff se ocupara del caso; hasta pagó por colocar un anuncio en el periódico local, y eso era ir muy lejos. Pero nadie de los contornos había oído hablar jamás de Jim James.

Por fin, Mary Ida, mujer inteligente, tuvo una idea. Consistía en invitar a un vecino, Elridge Smith, a cenar, lo que normalmente era una comida ligera servida a las seis. No sé por qué no se le había ocurrido antes. Míster Smith no tenía muchos atractivos, pero era un granjero de unos cuarenta años que había enviudado recientemente, con dos hijos en edad escolar.

A partir de aquella primera cena, míster Smith venía casi todas las tardes a casa. Después de anochecer, todos dejábamos solos a Zilla y a míster Sraith para que se columpiaran juntos en la chirriante mecedora del porche, y se rieran y hablaran y cuchichearan. Aquello le estaba volviendo loco a Jennings, porque míster Smith no le gustaba más que Zilla; los repetidos ruegos de su mujer de «Calla, cielo. Esperemos a ver», hacían poco para calmarlo.

Aguardamos un mes. Hasta que, por fin, una noche hizo Jennings un aparte con míster Smith, y le dijo:

—Bueno, mira, Elridge. De hombre a hombre: ¿cuáles son tus intenciones hacia esa guapa joven?

La forma en que Jennings dijo eso, era más una amenaza que otra cosa.

Mary Ida confeccionó el vestido de novia en su máquina de coser Singer a pedal. Era blanco, de algodón, con mangas anchas, y Zilla se puso un lazo blanco de seda en el pelo, rizado especialmente para la ocasión. Estaba sorprendentemente guapa. La ceremonia se celebró a la sombra de una morera en una fresca tarde de septiembre, bajo la dirección del reverendo míster L. B. Persons. Seguidamente, a todo el mundo se le sirvió pastelitos en forma de taza y ponche de frutas fortalecido con vino de uvas especiales. Cuando los recién casados se alejaron en el carro de míster Smith, tirado por una mula, Mary Ida se levantó el borde de la falda y se lo llevó a los ojos, pero Jennings, con la mirada tan seca como la piel de una serpiente, declaró:

—Gracias, Dios mío. Y ya que nos concedes tus favores, a mis cosechas les vendría bien un poco de lluvia.

*Fragmento de Música para camaleones (1980).

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