Esa tarde, mi señora me echó de la casa. Estaba molesta porque no le había dado el gasto completo. Yo trabajaba en un periódico cubriendo nota roja, pero me pasaron a otra sección, bajándome mi ya de por sí raquítico sueldo. Las noticias de asesinatos y accidentes jalaban más lectores y ocupaban el 90 por ciento de la publicación matutina.

En el periódico en el que trabajaba, donde cubría nota roja, me pasaron a otra sección. Y todo por el estilo que aplicaba a los textos. Mi método era sencillo: por la noche recorría los ministerios públicos en busca de noticias. En cuanto me enteraba si podía, tomaba fotos, y si no, de todas formas llegaba a mi casa a redactar la nota en mi maquinita Olivetti hasta que se acabara mi jarra de café. Mis escritos y crónicas los aderezaba apoyándome en las letras de canciones bandas de metal y hardcore, cosa que molestó a mi editor, así que me dijo:

—¿Te gusta escribir de música? Pues vas a escribir de música!

Me cambió a la sección de música. Pasé de escribir en las portadas y páginas centrales del periódico a un cuadrito cerca de los horóscopos y crucigramas. Pues ni modo; a darle.

Para pasarme el trago amargo, crucé la avenida central hacia un centro comercial frente del fraccionamiento donde rentábamos un departamento. Ahí había un bar donde siempre tocaba un grupo en vivo. Ese lugar me lo habían recomendado mis hermanos. Atinadamente le pusieron “El Piojito” por su pequeño espacio donde apenas cabía la banda, dos mesas con sus dos sillas, un solo baño y una mesita a modo de cantina donde te servían las cervezas. Afuera había unas escaleras que servían de tribuna y que conectaban al segundo piso de la plaza, pero nadie pasaba por ahí porque siempre había banda que se apoderaba del breve espacio. Ahí me encontraba en ese momento: sentado con caguama en mano, mi medio limón y mi salerito, curándome las penas.

Ese tarde tocarían Juan Domínguez y su Banda de Bluegrass. Estaban conectando sus instrumentos, así que saque mi herramienta de trabajo (mi libretita y una pluma Bic) y me puse a escribir la introducción a una reseña de tarde de Rocanrol. Había poca gente. Sólo estaba yo sentado en las escaleras, escuchando las pruebas de sonido que realizaba el grupo. Tenía al mesero a mi disposición; me ofreció unos chicharroncitos rancios. En cuanto le daba mi segundo trago a mi cerveza, alguien se paró frente a mí, tapando la escasa luz que había en el lugar y que me servía para escribir.

Lo primero que vi fueron unas flamas estampadas en las campanas de un pantalón de cuero. Debajo de ellos había un par de botas como de plataforma. Fui levantando la vista poco a poco y me di cuenta que no era un pantalón de cuero sino unas chaparreras como esas de los vaqueros del viejo oeste, sujetadas por un cinturón ancho, igual de cuero, lleno de estoperoles. Más arriba, una playera negra con un estampado de conocida marca de whisky, cubierta por un chaleco, igual de cuero y con las mismas flamas. Levanté más la vista y vi una cara redonda portando unas gafas como de piloto aviador y una melena toda alborotada color rojo. Inmediatamente lo reconocí, y él me saludo como si nos hubiéramos topado por ahí con anterioridad en el rol.

—¿Que pasó, caón? ¿Cómo te va? ¿Qué andas haciendo? ¿Ya en el Rocanrol?

Estiró la mano derecha. Yo hice lo mismo para saludarlo, pero él cambió de objetivo. Dejando mi mano estirada, agarró mi cerveza, le dio un largo trago y se sentó junto a mí.

—No mames, caón, ando a medios chiles. Estoy chupando desde que me desperté. Luego tocamos en el centro cívico de Ecatepec y no sé cómo llegué aquí, ¡ja,ja,ja!

—Lo bueno es que llegaste bien. ¿Vienes a ver a Juan Domínguez y su Banda de Bluegrass?

—Simón —me contestó, y le dio otro sorbo a mi cerveza.

Como presentí que esa bebida ya no regresaría, pedí otra cerveza para mí y otra para Charly Mountains. Porque no todos los días podías tener el lujo de beber un par de amargas con el buen Charly Mountains, mi vaquero rocanrolero.

—¿Y cómo te fue en el toquin? —le pregunté.

—Ya sabes, puro pinche desmadre, morras y rocanrol.

—¿Es difícil ser rocanrolero en México? Digo, dedicarse en cuerpo y alma, porque hay músicos estudian o que tienen un trabajo estable que nada tiene que ver con la música y luego se van a tocar, pero en tu caso veo que te dedicas 100 por ciento a esto.

Al abrir la boca para contestarme, me soltó un eructote, se comenzó a reír y luego, ahora sí, me respondió:

—Pues sí, caón, sí es bien pinche difícil. Yo me vengo rompiendo la madre desde morro, primero en la calle, luego para aprender a tocar la guitarra y cantar bien. La composición se me da bien fácil. Ah, y este pinche “look” que me copeó el Axl Rose, ahí si no batallo. Pero para grabar un disco o irte a tocar sí luego esta medio cabrón. Cabrón en el sentido de que luego los promotores primero te contratan y quedas en un costo con ellos, pero ya cuando llegas y la raza anda bien alebrestada, luego estos cabrones empiezan a regatear sacando miles de pretextos, y el personal bien pinche loco exigiendo tu presencia, y al fin cedes, pero no fueran grupos o artistas de otros géneros musicales acá más populares. Y se dan la vuelta y dejan todo ahí tirado, valiéndoles madres la gente que ya pagó para verlos, en ese pedo si esta difícil…Salud.

Le dimos ambos un buen trago a nuestras cebadas y ya el grupo empezó a tocar. Charly pegó un gritote que hizo que Juan Domínguez volteara a verlo y ambos se saludaron de lejos. Durante la introducción de la rola que tocaba la banda de Juan, éste lo mencionó por el micrófono y le agradeció que estuviera ahí y lo invitó a unirse más tarde a tocar una canción con ellos.

—No pues si está bien cabrón —le dije al Charly ese—. ¿Entonces cómo ves el panorama para el rock mexicano? Pero para ese, el que no suelen tocar muy a menudo en el radio y la televisión, aquel que no ha salido de las cloacas desde la represión del ’68, el de los hoyos fonkis, el de…

—Ya, ya sé para dónde vas. Es que yo creo que tenemos algo de culpa nosotros lo rockers. Fíjate, pongamos de ejemplo a la onda grupera. Se juntan unos cuates a tocar y lo hacen bien, empiezan a trabajar duro y lo que sacan de cada show lo ahorran. Luego van y se compran más equipo, invierten en buenos productores y grandes estudios de grabación y luego las familias van y empeñan hasta el tractor y compran vehículos para transportarse. Y hacen más shows y al rato ya traen mejor equipo que Aerosmith ¿Por qué? Porque se organizan y administran, se convierten en una gran empresa familia. Y acá no. Lo que ganan primero se van y se compran buen vestuario y un carro último modelo porque ya son rockstars.

—Pero tú ya eres un rockstar con todas las de la ley. Disfrutas mucho lo que haces ¿no?

—Eso sí, caón.

—¿Y qué pasó con Marabunta? ¿Cómo es tu relación con ellos?

—Chida, sana. Ps’ es que ya no me aguantaban el paso, mi pinche vida de estrella de rock; juar, juar, juar. Pero bien, son unos chavos a toda madre. A lo mejor más adelante hacemos algo. A lo mejor para mi próximo disco de duetos….

—¿Duetos? ¿Con quiénes….?

En eso se apareció un miembro del staff de Juan Domínguez y se lo llevó para el palomazo. Aproveché para cambiarle el agua al canario. Cuando salí, Charly se encontraba dando unos autógrafos a unos morros. Vi que ya no lo iban a soltar, así que me resigné a perderme la exclusiva y opté por aprovechar para hacer mi graciosa huida e irme a mi casa de retache. Conseguí mi reseña y, sin querer, una breve entrevista con la noticia de un disco de duetos de Charly Mountains. Iba contento, haciendo mil planes. Seguramente con esto podía exigir un aumento de sueldo. Iba feliz como una lombriz en agua puerca.

Pasé por una rosa al jardín de mi vecino y toqué la puerta de mi departamento. Al no abrirme nadie, abrí con mi copia y entré gritando el nombre de mi señora al mismo tiempo que le avisaba que había buenas noticias. Pero lo único que obtuve por repuesta fue el sonido del viento nocturno al entrar por la única ventana que se podía abrir. Busqué en los cuartos y ya no estaba. Únicamente encontré una nota donde me avisaban oficialmente que me dejaba….

No cabe duda que de que el amor apesta, apesta.

Por Alex Fulanowsky

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