¿Qué sucede cuando el presidente de EUA entra a la juguetería?

Por GGM

Si usted quiere comprender cómo fue que el presidente Eisenhower compró esta tarde una muñeca y un aeroplano de juguete para sus nietos en un almacén de Ginebra, no tiene sino que hacerse una composición de lugar: imagínese que el hotel del Rhône, donde se hospeda la delegación de los Estados Unidos, está situado en la gobernación de Cundinamarca. A un lado del hotel se está construyendo el centro residencial del Rhône, en el lugar donde en Bogotá se construye ahora el edificio del Banco de la República: antiguo hotel Granada. En la construcción del centro del Rhône hay una grúa “Loro Parisino” —una gigantesca grúa de brazo metálico— ni un centímetro más grande ni un centímetro más pequeña que la que se utiliza en Bogotá, en el edificio del Banco de la República.

Ni más ni menos

De acuerdo con esto, frente al hotel del Rhône pasaría la calle 15. Imagínese usted que la avenida Jiménez de Quesada no ha sido construida y que por allí pasa todavía el río San Francisco. Por donde en Bogotá pasaba el río San Francisco pasa aquí en Ginebra el río Rhône, una limpia y caudalosa corriente de agua verde con dos puentes: uno, por ejemplo, en la carrera octava. El otro, también, por ejemplo, en la carrera séptima. El largo boulevard de cemento que separa la avenida Jiménez de la calle quince, en Bogotá, también existe en Ginebra. Y aquí también se forman colas, sólo que no son colas de pasajeros para los buses, sino de silenciosos y pacientes pescadores aficionados, que se pasan el día esperando a que muerda una trucha. Allí, detrás de los pescadores que se apoyan en una larga baranda de tubos oxidados, se construyó una galería provisional de cartón piedra y techos de tejas machihembradas, para acomodar los almacenes del frente, mientras se termina el edificio. En la acera, como en todas las calles de Ginebra, hay una larga fila de árboles.

¿Estamos?

En el primer almacén —y empiece usted a contar desde la carrera séptima hacia la octava— se vende rancho y licores. En el segundo se vende medias y artículos para señoras. En el tercero, artículos para señoras y medias. En el penúltimo, juguetes y artículos para niños. En el último, antigüedades. El penúltimo de los almacenes tiene un anuncio luminoso, cuadrado, hecho con dos vidrios pintados por dentro de amarillo, y un letrero en negro que dice: “Jouets, voitures d’enfants”. En un rincón del anuncio fue pintada una cochinilla roja, y siguiendo la curva del lomo de la cochinilla un letrero casi invisible: La Cochinelle. Fue en ese almacén donde el señor Eisenhower compró esta tarde una muñeca y un aeroplano de juguete para sus nietos.

Uno de esos niños lo vio usted hace dos meses en El Espectador, levantándose la manga de la camisa para que le aplicaran la vacuna Salk.

Las sirenas de la casualidad

Estoy contando estas cosas por casualidad. Se me habían acabado los francos suizos y tuve que ir al hotel por más dólares. Al regreso entré al Banque Populaire Suisse, en la rue des Etuves, que en la composición de lugar que usted está haciendo podría ser el café Automático, de Bogotá. Estaba contando mis francos suizos cuando oí las sirenas. Al principio creí que eran motociclistas. Pero era una máquina de bomberos. Pensé que se estaba incendiando el hotel del Rhône —con toda la delegación norteamericana dentro— y salí disparado. La multitud se precipitaba hacia el mismo lugar. Una estudiante de sweater amarillo, empujada por la multitud, se estrelló contra una flecha indicadora: “Annecy”. Pero por la cara de la muchedumbre supe que no se trataba de ninguna catástrofe. Era que el presidente de los Estados Unidos estaba comprando en La Cochinelle una muñeca y un aeroplano para sus nietos.

Así fue la cosa

Esta mañana el presidente trabajó tres horas, dictó numerosas cartas, estudió infinidad de problemas y luego descansó en la terraza. Un fotógrafo inglés trató de retratarlo con un teleobjetivo y fue arrestado. Como el protocolo se lo impide —por ser el único presidente de la república— no pudo asistir al almuerzo de los otros tres grandes, que apenas son jefes de gobierno.

Después del mediodía, el presidente pensó que tenía tiempo de venir hasta el hotel del Rhône, antes de que se iniciara la segunda reunión, a las tres de la tarde. Vino en un Cadillac negro, pero no llegó en él hasta el hotel del Rhône. Hizo detener el vehículo en el quai Turrettini —como quien dice: en La Cigarra— y siguió andando sobre la suela de sus sencillos zapatos de becerro, negros. Vestía un liviano traje gris claro, camisa blanca y corbata azul oscura, y un sombrero color de ratón. Todo muy apropiado para los 30 grados y el sol metálico de este verano ardiente.

Caminaba sin apresurarse con sus trancos largos y marciales. Cuando atravesó el puente, debió sentir un poco de envidia por los melancólicos pescadores urbanos, porque también el presidente es aficionado a la pesca de truchas. A lado y lado del puente, también a pie, entre la multitud indiferente y las jóvenes ciclistas que pasaban cantando, iban sus enormes ángeles guardianes con el pecho abultado por las ametralladoras. Fue al llegar al extremo del puente cuando el presidente levantó la vista —como para mirar la hora en la torre de San Francisco, en Bogotá— y vio en la acera de enfrente un letrero con una flecha indicadora, pintado sobre un pedazo de hojalata, con letras amarillas: La Cochinele. Voitures d’enfants. Jouets.

Se revolvió el avispero

Entonces el presidente hizo conversión a la izquierda, sin apresurarse. Penetró en la sombra densa y fresca de los árboles y se detuvo en la vitrina del primer almacén: rancho y licores. En ese instante llegó el avispero de los fotógrafos. Se desató una cegadora tempestad de bombillas. Sin saber qué pasaba, la gente corrió atraída por los relámpagos. Una máquina de bomberos, que nada tenía que ver con los fogonazos de las cámaras, pasó como un relámpago rojo y amarillo. Y en medio de la tempestad, sin preocuparse por los fotógrafos, el presidente seguía caminando parsimoniosamente, con las manos enlazadas por detrás.

Estuvo casi un minuto frente al almacén de rancho y licores. Pasó de largo por los dos almacenes de medias y artículos para señora. La esposa del dueño de La Cochinelle, Genoveva, una mujer alta, blanca y flaca, que está de luto de un primo que murió hace mes y medio, vio la gente y corrió a ver qué pasaba. Pero cuando salió a la puerta fue atropellada por la avalancha de fotógrafos que irrumpió en el almacén, arrastrando a su paso los cochecitos convertibles que se exhiben en la acera.

Cuando el presidente se detuvo frente a la primera vitrina de La Cochinelle, donde hay una muñeca de setenta centímetros, había no menos de veinte fotógrafos dentro de un almacén atiborrado de cachivaches y no más grande que una alcoba corriente. Estaban tratando de tomar una fotografía como la que tomó Guillermo Sánchez, de una niña anhelando una muñeca con la nariz aplastada contra la vitrina, y que publicó El Espectador en la edición de Navidad.

De cuerpo entero

Dentro de La Cochinelle es imposible que puedan moverse cinco personas al mismo tiempo. Es una construcción provisional, de techo muy bajo, llena de cochecitos, sillas con babero, bolas de caucho, triciclos y juguetes mecánicos, esparcidos en el salón de entrada y colgados en el techo y en las paredes. Sin embargo, cuando el presidente entró al almacén había 32 fotógrafos trepados como micos en una selva de juguetes. Detrás del mostrador, con la boca abierta, en mangas de camisa y con un par de anteojos para el sol colgados del cuello con una piola, el pequeño y moreno propietario del almacén, Albert Barbier, no sabía qué estaba pasando.

—Yo traté de salir a la puerta —ha dicho Albert Barbier— cuando vi la gente corriendo. Pero en ese momento entraron los fotógrafos y alcancé a darme cuenta de que el presidente Eisenhower estaba en la vitrina. No pude moverme del mostrador, porque en un segundo había como cien fotógrafos adentro.

Y allí se encontraba, perplejo, viendo a los fotógrafos que seguían entrando como un terremoto, cuando entró el presidente Eisenhower y le dijo, en francés:

—¿Quién es el dueño?

—Soy yo —respondió Albert Barbier. Y entonces el presidente le dio la mano.

El mejor día de mi vida

Es extremadamente sencillo y amable —ha dicho Albert Barbier para El Espectador—. Ya los periódicos lo habían dicho. Pero es increíble que un presidente sea tan sencillo y amable.

Luego, explicándoles el episodio a los periodistas, Albert Barbier empezó a tratar al presidente Eisenhower, confianzudamente, como si fueran viejos amigos:

—Ike miró muchas cosas —dijo—. Luego cogió tres muñecas folklóricas: una grisonesa, otra vernoiesa y una vaudoiesa (procedentes de tres cantones de Suiza). Cuando tenía en la mano la muñequita vestida con el traje típico de Vaudois, me pidió que hiciera como si la estuviera mostrando, para que nos retrataran los periodistas.

Y concluye:

—Nunca en mi vida había tenido un día más agitado.

Una razón para estar triste

La Cochinelle se cierra a las seis de la tarde. Hoy estuvo abierta hasta las nueve, porque Albert Barbier, hablando con los periodistas, se había olvidado de cerrar. Tuve que esperar hasta esa hora para hablar con ese comerciante rico, nacido en Ginebra, que ahora parece pobre porque está metido en una barraca, mientras terminan el edificio del frente. Cuando le pregunté qué se le había olvidado decirles a los otros periodistas, dijo sin pensarlo dos veces, tratando de decirlo en español:

—Que me morí de la susta.

Junto a la puerta, pensativa, estaba su esposa mirando sombríamente las banderas del hotel del Rhône. Tenía razón para estar triste: cuando trató de regresar a su almacén se lo impidió la multitud. Y no vio al presidente.

*Texto publicado en El Espectador (1955).

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