Me asomo por la ventana y parece que no sea hoy. Los domingos suelen ser predecibles. Todos empijamados, las greñas dispersas, el rostro cansado, las neuronas disminuidas, los músculos entumidos y sobre todo la consciencia intranquila porque el lunes se presenta como un día funesto.

Me apiado de aquellos que planifican el domingo. Piensan en ese día como si fuera una luz cegadora cuyo propósito es alejar a los problemas. Una barbacoa, el domingo, ida al museo, el domingo, unas chelas, el domingo, salida al parque, el domingo, darse en la madre con los patines, el domingo, visitar a los abuelos, el domingo. Glorifiquemos pues el día. Hemos tenido una semana penosa pero cargamos con el rosario anclado en que Santo Domingo nos va a hacer el milagrito de que nuestra vida sea menos penosa.

Hoy, es un día que carece de identidad, es, cómo decirlo… inclasificable, tal vez por eso sufro de angustia al no saber en qué día estoy, no sé qué hacer, cómo vestir, hablar, qué comer, beber…

El calendario dice que es domingo, pero repito, carece de todo para llamarlo así. Por ejemplo los pájaros que siempre escucho los domingos, hoy domingo no han coreado su refinada melodía; los veo patas arriba, totalmente tiesos. Yo digo que están haciendo alguna postura yoguista. Por si fuera poco, no escucho las peleas de los vecinos a propósito del fiestón del sábado. Doña Eugenia no está regando las plantas. Don Prudencio no está barriendo las calles. Algo no cuadra.

Como todos los que habitan aquí son ateos, no tienen la preocupación de ir a misa. La iglesia que había justo en la plaza ha cerrado por falta de fieles. Yo creo que si me pongo abusado en un pis plas acabo las labores domingueras, no es que me guste mucho la idea, pero ando descolocado.

Bueno pues, a barrer toda la calle, menos mal que no hubo fiesta, solo hay tierra. Ayyy!!! tengo que regar las plantas ¿Dónde está la manguera?, ya la vi, ¿Cómo es que Doña Eugenia puede con esto?, con lo débil que se ve. La vieja está fuerte. ¿Qué cantidad de agua tengo que poner?, he leído que si pongo demasiado las plantas se pudren, en qué problema me he metido, si hago algo mal, me van a recriminar. Voy a poner ni mucho ni poco, si pasa algo Doña Eugenia lo arreglará. Supongo que con esto será suficiente.

Unos que viven a dos cuadras hacen una bisteciza los domingos. No me han invitado pero sé de buena fuente que es algo que se suele hacerse los fines de semana. Vaya problema, no tengo carne, ni provisiones; bueno… si no se hace no es el fin del mundo.

Se me están acabando las ideas, pero qué diablos se hacen los domingos. Visitar a los ancianos. Hay varios en la cuadra: Don Arturo, Doña Milagros y Don Alfonso. Siempre se sientan en una esquina, sacan las sillas y sin previo aviso empiezan la partida de domino que siempre gana Doña Milagros. Don Arturo y Don Alfonso siempre se enfadan y dicen que nunca más van a jugar con una tramposa, pero como se sabe, es puro show, entresemana ponen caras largas como esas que siempre hay en los entierros pero el domingo ahí están los tres jugando la partida. ¡Qué raro! No están.

Alguien me está gastando una broma porque ahora que lo pienso, no hay nadie. La calle principal está desierta. Las ventanas de las casas particulares están sin abrir. Se ha perdido el sonido, sólo escucho mis pisadas. No se oye el crujir del colchón de los nuevos amantes de la puerta 46, el chillido de los niños cuando finaliza el pacto con la madre que les ha restringido el horario de entretenimiento, el rasgueado torpe del peor alumno de la escuela de música y sobre todo los interminables chismes que se corean entre unos y otros a propósito de la semana que está por irse.

Francamente me estoy preocupando, ¿He comprado un calendario defectuoso? Es febrero. ¿Han pasado los cuatro años para el año bisiesto? No, eso fue el año pasado. Enciendo la televisión. Está ese programa que me encanta, sí, ése que pasan todos los martes a las diez de la mañana.

Por Malinalli García

Comments

comments